miércoles, 23 de septiembre de 2009

LA ALQUIMIA Y EL SENTIDO ESPIRITUAL DE LA MATERIA POR MIRCEA ELIADE


LA ALQUIMIA Y EL SENTIDO ESPIRITUAL DE LA MATERIA ( Frag. de capítulo "Alquimia e iniciación", en Herreros y alquimistas)

Por Mircea Eliade



No vamos a abordar aquí el estudio de los principios y métodos de la alquimia de alejandrina, árabe y occidental. El tema es inmenso. (...) Es suficiente para nuestro propósito hacer resaltar brevemente algunos simbolismos y operaciones alquímicas y mostrar su solidaridad con los simbolismos y técnicas arcaicas vinculadas a los procesos de la materia. Es a las concepciones que conciernen a la madre tierra, los minerales y los metales y, sobre todo, en la experiencia del hombre arcaico ocupado en los trabajos de la mina, de la fusión y de la forja donde hay que buscar, a juicio nuestro, una de las principales fuentes de la alquimia. La conquista de la materia comenzó muy pronto, tal vez en el mismo período paleolítico; es decir, tan pronto como el hombre consigue no solo fabricar, sino dominar el fuego y utilizarle para modificar los estados de la materia. En todo caso, ciertas técnicas ( agricultura y cerámica) se desarrollaron ampliamente en el neolítico. Ahora bien: estas técnicas eran al mismo tiempo misterios, pues implicaban por una parte la sacralidad del cosmos y por la otra se trasmitía por iniciación (los secretos del oficio). El laboreo de la tierra o la cocción de la arcilla, como un poco más adelante los trabajos mineros y metalúrgicos, situaban al hombre arcaico en un universo saturado de sacralidad. Sería vano pretender reconstruir su experiencia: hace ya demasiado tiempo que el cosmos ha perdido esa sacralidad, como consecuencia sobre todo del triunfo de las ciencias experimentales. Los modernos somos incapaces de comprender lo sagrado en sus relaciones con la materia; todo lo mas podemos tener una experiencia estética, y lo más frecuente es reconocer la materia en tanto que fenómeno natural. No hay más que imaginar una comunión no limitada por las especies de pan y vino, sino ampliada al contacto de toda clase de sustancias, para medir la distancia que separa tal experiencia religiosa arcaica de la moderna de los fenómenos naturales.

No es que el hombre de las sociedades arcaicas estuviese sepultado en la naturaleza y fuese incapaz de desprenderse de las innumerables participaciones místicas de la naturaleza y, en suma, incapaz de pensamiento lógico o de trabajo utilitario en el sentido que hoy damos a esta palabra. Todo lo que sabemos de los primitivos invalida estas imágenes y juicios arbitrarios. Pero es evidente que un pensamiento dominado por el simbolismo cosmológico habría de crear una experiencia del mundo completamente distinta a la que hoy posee el hombre moderno. Para el pensamiento simbólico el mundo no solamente esta vive, sino también abierto; un objeto no es nunca tal objeto y nada más, sino que es también un signo o receptáculo de algo más, de una realidad que trasciende el plano del ser de aquel objeto. Para limitarnos a un ejemplo: el campo labrado es algo más que un trozo de tierra; es también el cuerpo de la tierra madre; la azada es un phallus, sin que por ello deje de ser una herramienta; el laboreo es al mismo tiempo un trabajo mecánico y una unió sexual orientada hacia la fecundación heriogámica de la madre tierra.

Pero si nos resulta imposible revivir tales experiencias, sí nos es dado, al menos, imaginar su resonancia en la vida de los que las sufrían. El cosmos era una hierofanía, y al estar sacralizada la existencia humana, el trabajo implicaba un valor litúrgico que aún sobrevive oscuramente entre las poblaciones rurales de Europa. Importa particularmente subrayar la posibilidad ofrecida al hombre él las culturas arcaicas al insertarse en lo sagrado mediante su propio trabajo, su sacralidad de homo faber, de autor y manipulador de herramientas. Estas experiencias primordiales se han conservado y transmitido durante numerosas generaciones gracias a los secretos de oficio; cuando la experiencia global del mundo se modificó como consecuencia de las innovaciones técnicas y culturales consecutivas a la instauración de la civilización urbana, a lo que sé a convenido en llamar historia en el sentido principal del término, las experiencias primordiales vinculadas a un cosmos sacralizado se reanimaron periódicamente por medio de las iniciaciones y ritos del oficio. Hemos hallado ejemplos de transmisión por iniciación en los mineros, los fundidores y los herreros que conservaron en occidente hasta la Edad Media, y en otras regiones del mundo hasta nuestros días, el comportamiento arcaico frente a las sustancias minerales y los metales.

Las obras de metalúrgica del antiguo oriente representan un testimonio de que el hombre de las culturas arcaicas había llegado a conocer y dominar la materia. Hasta nosotros han llegado numerosas recetas técnicas, algunas de las cueles datan del siglo XVI a. C., que se refieren a las operaciones de aleación, de tintura e imitación del oro. Los historiadores de las ciencias han subrayado oportunamente el hecho de que los autores de estas recetas utilizaban cantidades y números, lo que, a su juicio, probaría el carácter científico de estos documentos. Es cierto que los fundidores y los maestros orfebres sabían calcular las cantidades y dirigir los procesos fisico-químicos de la fundición y la aleación. Pero había que saber si se trataba para ellos solo de una operación metalúrgica, de una técnica o de una ciencia en el sentido riguroso de estas palabras. Los herreros asiáticos y africanos, que aplican recetas análogas con los resultados prácticos que conocemos, no consideran tan solo el lado práctico de estas operaciones, sino que van acompañadas de un sentido ritual. Sería por tanto imprudente aislar, en los principios históricos de la alquimia greco-egipcia, las recetas de las tinturas de los metales; ningún oficio, incluso en la antigüedad posterior, era considerado como una simple técnica. Por avanzada que estuviese en tal época la desacralización del cosmos los oficios conservaban aún su carácter ritual, sin que el contexto hierúrgico fuese necesariamente indicado en recetas.

De todos modos, es cierto que los documentos históricos nos permiten distinguir tres épocas en los principios de la alquimia greco-egipcia: 1) la época de las recetas técnicas; 2) la época filosófica, inaugurada muy probablemente por Bolos de Mendes (siglo II a. C.) y que se manifiesta en los Physika kai Myistika , atribuidos a Demócrito; 3) finalmente, la época de la literatura alquímica propiamente dicha, la de los apócrifos, de Zosimo (siglos III y IV E. C.). Aunque el problema del origen histórico de la alquimia alejandrina no este todavía del todo resuelto, podría explicarse la brusca aparición de los textos alquímicos en los comienzos de la Era cristiana como el resultado del encuentro entre la la corriente esotérica representada por los misterios, el neopitagorismo y el neoorfismo, la astrología, las sabidurías orientales reveladas, el gnosticismo, etc, y las tradiciones populares, que conservaban los secretos de oficio, las magias y técnicas de gran antigüedad. Un fenómeno análogo puede comprobarse en China con el taoísmo y el neoplatonismo, y en la India con el tantrismo y el Hathayoga. En el mundo mediterráneo estas tradiciones populares han prolongado hasta la época alejandrina un comportamiento espiritual de estructura arcaica. El creciente interés por las sabidurías orientales y las técnicas y las ciencias tradicionales relativas a las sustancias, las piedras preciosas, las plantas, caracteriza toda esta época de la antigüedad, brillantemente estudiada por Franz Cumont y l reverendo padre Festuiere.

¿A qué causa históricas debemos atribuir el nacimiento de las prácticas alquímicas? Sin duda nunca lo sabremos. Pero resulta dudoso que la alquimia se haya constituido como disciplina autónoma a partir de las recetas para falsificar o imitar el oro. El Oriente helénico había heredado todas sus técnicas metalúrgicas de Mesopotamia y Egipto, y sabemos que desde el siglo XIV a, C. los mesopotamicos habían puesto a punto la prueba del oro. Querer emparentar una disciplina que durante dos mil años ha intrigado al mundo occidental con los esfuerzos realizados para hacer oro por medios artificiales es olvidar el extraordinario conocimiento que los antiguos tenían de los metales y las aleaciones y subestimar sus capacidades intelectuales y espirituales. La transmutación, meta principal de la alquimia alejandrina, no era ningún absurdo, pues la unidad de la materia era desde hacía muchisimo tiempo un dogma de la filosofía griega. Pero resulta difícil creer que la alquimia haya surgido precisamente de las experiencias llevadas a cabo para convalidar ese dogma y demostrar experimentalmente la unidad de la materia. Es difícil ver la fuente de una técnica espiritual y una soteriología en una teoría filosófica.

Por otra parte, cuando el espíritu griego se aplica a la ciencia da pruebas de un sentido extraordinario de observación y razonamiento. Y lo que precisamente nos llama la atención al leer los textos alquímicos griegos es su falta de interés por los fenómenos físico-químicos; es decir, justamente la ausencia de espíritu científico. Como acertadamente señala Taylor: "Todos cuantos utilizaban el azufre no podían dejar de observar los curiosos fenómenos que se producían tras de su fusión y el calentamiento del líquido. Ahora bien, aun cuando se mencione centenares de veces el azufre, jamás se hace alusión a ninguna de sus características aparte de su acción sobre los metales. Hay en ello tal contraste con el espíritu de la ciencia griega clásica que no podemos por menos de concluir que los alquimistas no se interesaban en los fenómenos naturales que no servían a sus fines. Es, sin embargo un error no ver en ellos sino buscadores de oro, pues el tono místico y religioso que se advierte en sus obras, sobre todo en las de épocas tardías, se acomoda mal al espíritu de los buscadores de riquezas(...). No se encontrará en la alquimia ningún rastro de una ciencia(...). El alquimista no emplea jamás procedimientos científicos" Los textos de los antiguos demuestra que "este hombre es se interesaban por hacer oro real. El químico que examina esas obras experimenta la misma impresión que un albañil que quisiera extraer informaciones practicas de un tratado de francomasonería" (Taylor PP. 138).

Si por consiguiente, la alquimia no podía nacer del deseo de falsificar oro, ya que la prueba del oro era conocida desde hacía varios siglos, ni de una técnica científica griega, forzoso nos resulta buscar en otro lugar los orígenes de esta disciplina sui generis. Es probable que, más que la teoría filosófica de la unidad de la materia, haya sido la vieja concepción de la Madre Tierra, portadora de minerales-embriones, la que cristalizó la fe en una transmutación artificial: es decir, verificada en un laboratorio. Fue probablemente el encuentro con los simbolismos, las mitologías y las técnicas de los mineros, fundidores y herreros lo que verosímilmente dio lugar a las primeras operaciones alquímicas. Pero, sobre todo, fue el descubrimiento experimental de la sustancia viviente, tal como era sentida por los artesanos, el que debió jugar el papel decisivo. Efectivamente, es la concepción de una "vida compleja y dramática de la Materia lo que constituye la originalidad de la alquimia en relación con la ciencia griega clásica. Existe, pues, fundamento para suponer que la experiencia d la vida dramática de la materia fue posible precisamente gracias al conocimiento de los misterios greco-orientales.

Es sabido que la esencia de la iniciación a los misterios residía en la participación en la pasión, muerte y resurrección de un dios Ignoramos las modalidades de esta participación, pero bien podemos suponer que los sufrimientos, la muerte y la resurrección del dios, ya conocidos al neófito como mito, como historia ejemplar, le eran comunicados durante la iniciación de modo experimental. El sentido y la finalidad de los misterios eran la transmutación del hombre: por la experiencia de la muerte y resurrección iniciáticas, el místico cambiaba de régimen ontológico (se hacía inmortal).

Ahora bien, el argumento dramático de los sufrimientos, muerte y resurrección de la materia está atestiguada desde el comienzo de la literatura alquímica greco-egipcia. La transmutación, la opus magnun que conducía a la piedra filosofal, se obtiene haciendo pasar la materia por cuatro grados o fases denominadas según los colores que toman los ingredientes, melansis (negro), leukosis (blanco), xanthosis (amarillo) e iosis (rojo). El negro (el nigrido de los autores medievales) simboliza la muerte, y más adelante hablaremos de volver sobre este misterio alquímico. Pero conviene subrayar que las cuatro fases de la opus aparecen atestiguadas ya en los Physika Kai Mystika seudodemocriteanos (fragmento conservado por Zosimo) y, por tanto, en el primer escrito alquímico (siglos II-I a. C). Con innúmeras variantes las cuatro (a veces cinco) fases de la obra se mantienen en toda la historia de la alquimia árabe y occidental.

Mas aún, es el drama místico del dios lo que se proyecta sobre la materia para transmutarla, el alquimista trata la materia como dios era tratado en los misterios; las sustancias minerales, sufren, mueren, resucitan a un nuevo modo de ser, es decir, son transmutadas. Jung ha llamado la atención sobre un texto de Zosimo, en el cual el célebre alquimista refiere una visión que tuvo en sueños: un personaje de nombre Ion le revela que ha sido perforado por una espada, cortado en pedazos, quemado por fuego, y que ha sufrido todo eso a fin de poder cambiar su cuerpo en espíritu. Al despertar Zosimo se pregunta si todo lo que ha visto en sueños no esta relacionado con el proceso alquímico.

Observamos que la descripción de Zocimo no sólo recuerda el desmembramiento de Dionisos y otros dioses moribundos de los misterios (espíritu del trigo) sino que también presenta sorprendentes analogías con las visiones chamánicas y en general, con las iniciaciones arcaicas. Es sabido que toda iniciación incluye una serie de pruebas. En las iniciaciones chamanicas estas prueban son de extrema crueldad: el futuro chaman asiste en sueños a su propio descuartizamiento, su decapitación y su muerte. Si tenemos en cuenta la universalidad de este esquema y, por otra parte, la solidaridad entre los trabajadores de los metales y los chamanes; podemos situar la visión de Zosimo en un universo espiritual. Al mismo tiempo, advertimos que los alquimistas proyectan sobre la materia un sufrimiento. Gracias a las operaciones alquímicas, asimiladas a las torturas y al misterio y la pasión, la sustancia en transmutada, es decir, obtiene un modo de ser trascendental: se hace oro, que, repetimos, es el símbolo de la inmortalidad. En Egipto se consideraba que la carne de los dioses era de oro: al convertirse en dios, el faraón alcanzaba la conversión de su carne en oro: en términos cristianos a la redención.

Hemos visto que los minerales y los metales eran considerados como organismos vivos; se hablaba de su gestación, su crecimiento y de su matrimonio. Los alquimistas adaptaron todos estas creencias arcaicas. La combinación azufre y mercurio, casi siempre se expresa en términos de matrimonio, mediante el cual se simboliza una unión mística entre dos principios cosmológicos. Aquí reside la novedad de la perspectiva alquímica: la Vida de la Materia no está ya definida en términos de hierofanías vitales, sino que adquiere una dimensión espiritual; dicho de otro modo, al asumir la materia la significación del drama también asume el destino del espíritu. Las pruebas de iniciación, que en el terreno del espíritu conducen a la libertad, a la iluminación y a la inmortalidad llevan en el terreno de la materia a la transmutación, a la Piedra Filosofal. (*)



(*) Fuente: Mircea Eliade, "Alquimia e iniciación", en Herreros y alquimistas, Madrid. Alianza editorial

Extraio de Temakel