martes, 1 de noviembre de 2011

Will Self-El mundo




1. EL MUNDO

No carecería de lógica la esperanza de ser capaz de seguir adelante y, tras haber caminado por el mundo, satisfacer mi ambición de recorrer a lo largo la isla de Inglaterra, una de las trescientas que componen este extraño archipiélago artificial. Para empezar, yo no había andado todo el camino desde la casa de Jim Ballard en Shepperton (exceptuando el vuelo entre Heathrow y el aeropuerto internacional de Dubai), sino que habían sido los áridos páramos de Tiger Woods los encargados de minar mi determinación, mientras el desenfadado aniversario del Divino Profeta me había trastocado la agenda. La verdad es que me divertía la ironía de que a un judío anglicano como yo se le negara el acceso a un simulacro de mi tierra natal englobado en un festival musulmán: eso colocaba no sólo al Mundo, sino también al mundo, en la perspectiva adecuada. Pero no iba a ser ése el obstáculo definitivo, sino la simple ausencia de un lugar para bajar a tierra.

Anna, la chica que se encargaba de las relaciones públicas de Nakheel, una empresa subsidiaria de las construcciones del jeque Mo, se moría de ganas de ayudarme, pero cuando llegamos al Mundo nos encontramos con que el malecón había sido enviado a Alemania. En 2006, Richard Branson, el magnate de los refrescos y los condones, había plantado la bandera en Inglaterra como parte de una campaña publicitaria destinada a «celebrar» el inicio de los vuelos directos de Virgin Airways entre Londres y Dubai. Más recientemente, Piers Morgan, el egregio ex director del Daily Mirror que había sido lo suficientemente tonto como para comprar fotografías trucadas de militares torturando a presos iraquíes (cuando había tantas auténticas dando vueltas por ahí), también había puesto los pies en Inglaterra para un documental televisivo que estaba filmando.

Probablemente, yo carecía de la influencia necesaria para que me pusieran una pasarela, pero la verdad es que no quería armar mucho barullo porque, francamente, ya me parecía todo un logro haber conseguido llegar al Mundo. Tampoco había hecho el menor esfuerzo para ocultarle a Anna mi identidad, ni aquello acerca de lo que pensaba escribir, por lo que suponía que ella no había hecho los deberes muy a conciencia o que sus jefes habían pensado que dejarme expandir información negativa sobre ellos siempre sería mejor que impedirme la entrada.

Personalmente, si llego a estar en la posición de Nakheel, me hubiera prohibido a mí mismo acercarme a ese demencial ejercicio de miniaturización, pues se trataba de una perita en dulce para cualquier humorista. Yo hubiera enviado unos acorazados pequeñitos para hundirme o unos mini submarinos que me torpedearan. La situación me recordaba la columna sobre Psicogeografía que había escrito tras pronunciar un discurso en vistas a recaudar dinero para una organización caritativa llamada Niños de la Guerra en la Real Corte de Justicia de Londres. La cosa consistió en una cena organizada por la revista de economía Euro Week para los agentes de bolsa de la City, y durante mi relato acerca de la violación de una niña afgana de trece años, más su consiguiente encierro y tortura por haber cometido el «delito» de «adulterio», los ya cocidos bolsistas no habían dejado de darle con ganas al Chateau Petrus.

Evidentemente, les puse verdes, tanto en persona como en el papel. Sin embargo, no fueron los bolsistas los que intentaron demandarme por libelo, sino los picajosos caritativos. Yo había dicho en mi artículo que creía en el trabajo que llevaban a cabo –ayudar a niños en zonas de guerra–, pero que no estaba seguro de que eso fuese lo que deberían hacer: «Las organizaciones caritativas, y demás ONG, se suman a las aventuras de nuestro gobierno en el extranjero cual buitres licenciados en sociología, alimentándose de la carroña que queda en el campo de batalla. Se posan durante unos meses o unos años, publican en casa discos con colaboraciones de famosillos para financiarse y luego levantan el vuelo en busca de más Humanismo con el que alimentarse».

Un par de días después, la abogada de The Independent me llamó para informarme de que niños de la guerra preparaba una querella por difamación contra el periódico. Ambos nos reímos larga y amargamente, y ella –o sea, la abogada– apuntó que mi artículo no sólo era de lo más ponderado, sino que los de Niños de la Guerra quedarían como unos perfectos idiotas si iban a juicio por algo así; y tendrían que reconocer en público que habían invitado a un notorio polemista para que les guiara hasta el becerro de oro, pero que de momento se dedicaban a balar porque les estaban esquilando a ellos.

De todos modos, no podía evitar sentir cierta lástima por la simplona y francamente ovina Anna, que me recibió en la recepción de la oficina de ventas de Nakheel (lema de la empresa: «nuestra visión inspira a la humanidad»), donde me senté con cierta prevención bajo otro retrato del preclaro dirigente. tras intercambiar saludos, me llevó a una enorme habitación lleno de maquetas arquitectónicas. «¡Ooh!», exclamé. «Me encantan las maquetas. A veces son mejores que cuando se hacen realidad». «A veces» es la expresión que hay que utilizar aquí: no es que yo prefiera modelos a escala reducida de mi mujer y mis hijos, ni aspiro a poseer una reproducción del Panteón o del Partenón, pero cuando se trata de una arquitectura tan inane como la que practica Nakheel, lo mejor es la versión reducida.

Por supuesto, el Mundo en sí mismo también es una maqueta, lo cual suscita la curiosa cuestión filosófica de qué añade la maqueta de una maqueta a la inteligibilidad del asunto que ya aporta una simple maqueta. Levi-Strauss pensaba que la miniatura debía ser la forma arquetípica del trabajo artístico, observando que hasta los frescos de Miguel Ángel para la Capilla Sextina eran miniaturas, dado que el tema central de la cuestión era la propia Creación. La literalidad y el crudo imaginario visual de las construcciones Palm –que Nakheel había definido como una «trilogía», aunque «amasijo» habría sido una descripción más atinada– también me sugieren un poso religioso o, más bien, una ambivalente paradoja islámica, pues aúnan dos pulsiones simultáneas y contrarias: por un lado, se trata de demostrar que el mundo carece de forma hasta que se interpreta con un manual de instrucciones coránicas; y por otro, la cosa consiste en rascarles la barba a los devotos con lo que, en esencia, no es más que un montón de pictogramas vulgares.

Ciertamente, una vez empiezas a observar la península arábiga desde la perspectiva de satélite que te ofrece la visión del jeque Mo, resulta difícil no quedarte pasmado ante la dimensión geo-política de todo esto: están los emiratos Árabes Unidos y Omán, interior y suela respectivamente de un zapato que golpea el suave bajo vientre de Irán, Afganistán y Pakistán. O, posiblemente, una protuberancia más fálica (unida a sus priápicos rascacielos y la lubricación de la comida rápida occidental, el alcohol y la crema solar) que se interna entre las separadas nalgas del resto de la umma: un acto de sodomía tectónica que puede haber sido diseñada aposta para inflamar el honor de los islamistas. Digamos, y reiteremos, que no hay nada que resulte en lo más mínimo gay en los habitantes de los emiratos en sí, a no ser que las cosas hayan cambiado en las dos últimas generaciones. Thesiger reconocía que la homosexualidad era «común entre la mayoría de los árabes, sobre todo en las ciudades». Sin embargo, «se da muy poco entre los beduinos… A veces, éstos hacen chistes sobre cabras, pero nunca sobre muchachos».

Pensé en los joviales iraníes y sus muñecas hinchables, pero dejando aparte los chistes de cabras, no había gran cosa de la que reírse mientras Anna y yo nos encaramábamos a la lancha –manejada por dos marineros de una extrema pulcritud– y se ponía en marcha el motor. La aceleración fue rápida, y no tardamos mucho en surcar las olas dejando un rastro de espuma a la espalda, cual clásico ejercicio de caligrafía arábiga. Las falsas torres Chrysler de Knowledge City se empequeñecían mientras nos alejábamos del largo bulto del Palm y nos deslizábamos junto a Logo Island, una urbanización autónoma de lujo que a mí me recordaba ligeramente una fábrica de cemento. ¡Logo Island! Menudo nombrecito. De hecho, hay un par de islas Logo, una a cada lado de la masa del Palm, y resulta evidente que al jeque Mo le parecen logos de Nakheel estilizados, muy estilizados; un logo al que beneficia la estilización añadida de los caracteres árabes de la palabra «Nakheel». Mola, ¿eh?

La pulcra tripulación, la lancha impecable, el mar chispeante, la chica recién salida de unos cursos de relaciones públicas en una universidad británica de provincias… Sin duda, se me podía perdonar por imaginar que me dirigía a la isla secreta del Doctor Mo –o puede que del doctor Moreau–, donde se me sometería a una atroz vivisección: me amputarían las piernas y me sustituirían el cerebro por uno de un empresario de la construcción. Desde el mar, la barrera del Palm Jumeirah parecía exactamente lo que era: siete millones de toneladas de piedra. Costaba creer que los planificadores de ese charco de cinco kilómetros cuadrados no se hubiesen dado cuenta de que acotar casi por completo una zona tan grande de agua marina acabaría por estancarla, pero así había sido. En cualquier caso, habían conseguido solventar el problema a base de abrir otro canal en la barrera, y ahora –o eso aseguraban sus biólogos marinos–, los intersticios de las diecisiete frondas del Palm eran famosos por su rica fauna y flora: hierba marina, pescado de arrecife, ostras… el típico menú tropical. pero los residentes del Palm preferían un entorno más sofisticado: el buceo se llevaba a cabo en torno a los cascos hundidos de dos aviones F100 Super Sabre (utilizados por las fuerzas aéreas de Estados Unidos en Vietnam), y también se decía que había un lingote de oro de un kilo oculto en el fondo de tan placentera piscina.

Probablemente, a Hamid Karzai –que tiene propiedades en el Palm– o a su hermano, el narcotraficante, le encantaría desnudarse y sumergirse en tan cálidas aguas en busca del botín. Sería una alternativa muy agradable a tener que aguantar el desbarajuste de la vida submarina, por no hablar del de Kabul. La choza de Karzai está justo enfrente de la de Kieron Dyer, el futbolista. Se trata de dos de las ocho mil residencias que han sido metidas con calzador en el Palm, en vez de las cuatro mil quinientas planeadas en principio. Los que habían pre-pagado sus casas fueron informados, de forma nada ceremoniosa, del nuevo diseño dos años antes de que se terminara de construir el Palm. En esos tiempos, claro está, dada la hinchazón de la burbuja inmobiliaria, fueron pocos los que se quejaron (tampoco es que pudieran hacer nada al respecto). Pero ahora, los palmeros estaban viendo cómo su inversión se estaba evaporando en el aire, y los murmullos de los descontentos iban subiendo de volumen.

Personalmente, yo creo que si te compras una casa en una península artificial en forma de palmera y con una extensión de 25 kilómetros cuadrados, te mereces lo que te pase. así pues, quejarse, como hizo un residente de la zona, de que la cosa «no tenía nada que ver con lo que se veía en el folleto» fomenta un cachondeo de lo más humano. Joder, si hasta el propio consultor de medio ambiente de Nakheel tuvo que admitir –mientras defendía el tinglado de la Trilogía– que, «Hay una cuestión filosófica en si la creación de hábitat mediante arrecifes rocosos, vegas de hierba marina y extensas playas para el control de las mareas (setenta kilómetros en Palm Jumeirah) constituye una defensa suficiente para la actividad constructora de nuestra isla». Sí, señor, y la respuesta filosófica a esa pregunta quedaba claramente de manifiesto al ver las grúas paralizadas en la zona en la que se había dejado de trabajar en la Trump International Tower (coste estimado: 2.96 mil millones). «Lo vulgar es para los demás», rezaba una valla situada frente a las grúas, que empezaban a parecer las horcas de las que pendería pronto la civilización. Sí, lo vulgar es para los demás, y lo mantendremos alegremente mientras nos olvidamos de reparar el Atlantis, un hotel de lujo de siete estrellas con la elegancia arquitectónica propia de un gordo rico y cabrón que se te sienta en la cara. Y además, ¿Quién en su sano juicio le pondría a un hotel el nombre de una tierra mítica que se inundó de forma catastrófica? ¿Y quién tendría el valor de alojarse ahí? Así pues, el Atlantis, donde cada habitación tiene vistas al mar o a un tanque de tiburones, se mantiene vacío y putrefacto.

En alta mar, el tipo del timón le dio al cambio de marchas y la lancha pasó de golpear las olas a atravesarlas. toda la línea costera de Dubai apareció ante mí envuelta en una nube marrón de polución: desde los bloques del centro en torno a la ensenada a los pináculos de Dubai Centro y las agujas de su Burj, y de ahí al agusanado Burj Al Arab y el cielo infestado del Club Náutico de Dubai. Todo eso, pensé, es el mundo en toda su torrencial y sucia obsolescencia, mientras que más allá se extiende el Mundo: un planeta desierto y prístino en bajorrelieve. su magma arenoso había sido extraído del fondo marino por la empresa holandesa Van Oord, y luego –utilizando una técnica conocida con el poético nombre de «arcoirización», en referencia a los arcos de sedimentación espectrográfica–, la laguna de nueve kilómetros por ocho había sido retirada a un lado para que apareciera la tierra seca. eso es lo que se hizo. Y el Constructor le llamó a la tierra seca el Mundo, y Él la llenó de isletas de entre cinco y veinte acres, cada una de ellas en forma de una muy querida porción del viejo mundo… y el Constructor creyó que se las quitarían de las manos.

Los precios en el Palm estaban bajando –sí, lo adivinaron–, cosa del cincuenta por ciento en el último trimestre, mientras que aquí, en el Mundo, las cosas iban tirando: se había vendido el setenta por ciento de las isletas, y el treinta por ciento restante –o eso quería hacernos creer Nakheel– andaban muy buscadas. Durante 2009, al igual que en años anteriores, se habían enviado «invitaciones para poseer el Mundo» a unos pocos privilegiados. Por lo menos, así se suponía que funcionaban las cosas, aunque la adjudicación de Great Britain Island (que es como la llama su actual propietario) parece haber sido más problemática. Comprada inicialmente por un consorcio de Galway, al oeste de Irlanda, que ya había sido «invitado a poseer» la isla Irlanda, Gran Bretaña volvió de manera misteriosa –como Laputa– a manos de Nakheel, y luego fue vendida de nuevo, esta vez a Safi Qurashi, un constructor medio asiático, medio británico, instalado actualmente en Dubai.

Una vez en el interior de la barrera de arrecife del Mundo, el barquero apagó el motor, nos deslizamos entre los simulacros de Sudamérica y África y luego aparecimos en la laguna del Atlántico Norte –al cabo de unos tres minutos–, circundando la Península Ibérica y enfilando la costa «francesa». Todos los continentes eran unos arenales informes, aunque vi un Portaloo hacia la supuesta región de Nigeria. Los promotores inmobiliarios habían tenido que analizar el terreno y solicitar permisos de construcción antes de empezar a convertir ese territorio fantasma en algo que diera dinero, pero… ¿Quién sabe? Iban a por todo el mundo, incluyéndole a usted: algunos se interesan por mansiones de lujo aisladas, otros aspiran a la igualdad del «desarrollo mezclado». El consorcio irlandés había pretendido que la isla Inglaterra tuviera un estilo «Grandísima Bretaña» a base de plantificar un hotel de lujo junto a 219 unidades residenciales, mientras que su visión para las reunidas Islas Británicas tasaba las unidades de la isla Irlanda –«Irlanda al sol»- entre ochocientos cincuenta mil y tres millones de euros.

John O’Dolan se había tomado en broma la compra de su consorcio: «Me han preguntado si planeo unir ambas islas». Tampoco pudo evitar cierta ironía celta: «Nos sentimos muy honrados de que Nakheel le propusiera a un irlandés comprar la isla de Inglaterra. Se habló mucho de que Richard Branson y Rod Stewart querían comprarla, y hay gente en Inglaterra muy cabreada porque creía que lo habían conseguido, pero luego resultó que no». El 29 de febrero de 2009, el cadáver de John O’Dolan fue descubierto en un cobertizo de sus propiedades cerca de Galway: a sus cincuenta y un años, este padre de tres hijos, profundamente preocupado en apariencia por su crisis financiera, se había quitado la vida.

En su funeral, el padre Peter Finnerty –amigo suyo desde la adolescencia aludió a la sospecha, muy extendida en Irlanda, de que los bancos habían mostrado una actitud implacable con los negocios demasiado llamativos. «Durante todos los años que conocí a John, nunca incumplió un trato o dejó una deuda sin pagar. Me gustaría plantear una pregunta… ¿Fue señalado John de alguna manera? ¿Tan mal se le trató para que hayamos llegado a esta situación? Creo que esta pregunta es de justicia».

Yo no sabía nada del suicidio de O’Dolan cuando, nueve días después, salté de la lancha a las blancas arenas coralinas de «Alemania». Evidentemente, me sabía muy mal no desembarcar en «Inglaterra»; había pensado avanzar con decisión –a lo veni, vidi, vinci–, recorriendo el terreno de un extremo a otro en vistas a imaginar el paseo por la auténtica Gran Bretaña que pensaba emprender de aquí a un par de años. En los esperanzados recovecos de mi mente –cenadores rosados, chispeantes de luminescencia neuronal– me imaginaba recorriendo los escasos pasos desde la costa sur, atravesando un Jardín de Inglaterra del tamaño de un jardín doméstico; descubriendo, acto seguido, extendida ante mí, una reconstrucción del Londres de Ballard: una muestra de tejados rojos, la forma acuosa del Támesis, junto a ella la contundencia de la urbanización con verja del puerto de Chelsea que Jim había plasmado en «Millenium People». Más allá, el carrusel del ojo de Londres giraría lanzado cual rueda de bicicleta, mientras aún más allá, zumbaría un Heathrow encogido, con sus terminales en forma de pepino y sus aviones moviéndose por control remoto por la pista de aterrizaje para aparcar. Avanzo cuidadosamente por las afueras de «Londres», de parque municipal en parque municipal, hasta que distingo entre mis pies la silueta familiar de la casa de Jim; y ahí estaba yo, a un extremo de la carretera M3 en miniatura, un insecto intentando salirse de un sendero embarrado, mientras rugían en la cercanía las aguas de las presas, y más allá de éstas, Vaughan cruzaba las carreteras arteriales en busca de otra colisión climática, una que significara que… el espacio y el tiempo íntimos de un solo ser humano habían sido fosilizados para siempre en esta telaraña de cuchillos de cromo y cristal congelado. (…) *

Londres, abril de 2009

Traducción de Ramón de España


Publicado originalmente en Granta