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viernes, 11 de julio de 2008

JOSÉ MANUEL ROJO IV: LA GUERRA DE LAS ILUSIONES


José Manuel Rojo: LA GUERRA DE LAS ILUSIONES

Tengan razón o no algunos fatalistas nada exagerados que, como la Encyclopedie des Nuisances consideran que poco falta para que se cierre el ciclo revolucionario por la sencilla razón de que el capitalismo tecnoindustrial se ha entregado a una ‘empresa de desolación planificada cuyo programa explícito es la producción de un mundo inaprovechable' (Discurso preliminar, EdN nº1), lo cierto es que nuestro tiempo parece languidecer bajo el signo de la protesta en vez de la revolución, hasta el punto de que es ahora cuando se podría utilizar la etiqueta desmedida que un historiador dió al siglo XX: la Era de la Protesta (1). Aunque semejante denominación es excesiva y sobre todo interesada, y aunque aquí y allá, en Argentina o Argelia, en Perú o Ecuador el llamado proletariado salvaje prosiga sus asaltos supuestamente sin esperanza, la contestación social de los países capitalistas se está articulando a través de los movimientos de protesta colectiva, siguiendo, como se ha dicho, el modelo del Mayo del 68 en su faceta más espectacular. Desde las marchas ecopacifistas de la Alemania de los años 70, hasta las recientes manifestaciones contra la guerra de Irak, hemos asistido a protestas masivas que han llegado a derivar en auténticas conmociones de la opinión pública, que han conseguido paralizar la vida política y puesto contra las cuerdas aparentemente al poder, pero sólo para disolverse con una facilidad suma. También aparentemente , no han dejado nada atrás como un posible legado. Y así hasta la próxima protesta.

Este carácter cíclico y espasmódico permite enlazar la protesta contemporánea con otro modelo histórico de combate social, la revuelta preindustrial. La relativa facilidad con la que fracasaban las revueltas medievales o de la Edad Moderna parece legitimar tal acercamiento, pero, más allá de torpes analogías, podemos encontrar un punto en común más evidente: tanto la una como la otra no cuestionan la autoridad suprema de su tiempo. La revuelta criticó el mal gobierno, no al rey justo elegido por Dios; la protesta critica la política equivocada, corrupta o egoista, nunca al sistema democrático que está por encima de cualquier sospecha.

Seguramente, aquí acaban las semejanzas. Porque, por ejemplo, los campesinos que se amotinaban en el siglo XVIII sabían muy bien por qué lo hacían, y hasta cierto punto estaba en su mano el derrotar las manifestaciones más directas y concretas de su opresión: la subida del impuesto de la sal, el encarecimiento o escasez de los productos de primera necesidad, el despotismo exagerado de las autoridades locales, podían ser mitigados si la revuelta era lo bastante audaz y peligrosa como para que el gobierno considerara prudente ceder, aun momentáneamente, a sus reivindicaciones. Victorias parciales, pero victorias, que hablan de un mundo y unos conflictos que se nos antojan reales , sobre todo si los comparamos con los nuestros.

Pero los actuales movimientos ciudadanistas , impelidos sobre todo por imperativos éticos más que por amenazas concretas a sus intereses vitales, se caracterizan al contrario tanto por su ignorancia como por su impotencia. Ignorancia, porque la mayoría de esos ciudadanos que se movilizan por una causa justa ignoran el motivo o el culpable exacto del mal que denuncian (¿quién fue el culpable del Prestige , el capitán del barco, el armador, el gobierno, la industria petrolera?). Impotentes, porque la actual organización de un mundo dirigido y reconstituido por una economía que gracias a la globalización se ha emancipado casi por completo de la política, hace vanas todas las esperanzas de los movimientos de protesta, que lo apuestan todo a la carta de que su voluntad sea escuchada y respetada por sus gobiernos, cuando éstos ya no pueden complacerles, ni, claro está, lo pretenden (2). Desde este punto de vista, la definición mínima (y válida) del ciudadanismo, explican también las causas de su fracaso: ‘por ciudadanismo, entendemos en principio una ideología cuyos rasgos principales son: la creencia de que la democracia es capaz de oponerse al capitalismo, el proyecto de reforzar el Estado (o los Estados) para poner en marcha esta política, los ciudadanos como base activa de esta política. La finalidad expresa del ciudadanismo es humanizar el capitalismo, volverlo más justo, proporcionarle de alguna manera un suplemento de alma' (3). Ahora bien, no hay un acontecimiento que genere más sentimientos humanistas y reflexiones éticas que una guerra; no nos extrañará entonces que la guerra de Irak haya supuesto el punto álgido del ciudadanismo, su apoteosis global, pero también su mayor fracaso. Indudablemente, la oleada de manifestaciones que ha sacudido el mundo tienen también otros orígenes, y prometen distintos desarrollos. Por fortuna, muchos han salido a la calle como simples ciudadanos indignados, pero todavía no como ciudadanistas (4). Y no es descabellado interpretar estas protestas como un eslabón más de la cadena del movimiento de contestación al capitalismo triunfante, que se ha ido forjando, con avances y retrocesos, con aciertos y debilidades (5), con algunas luces y más claroscuros, desde (por poner una fecha) el levantamiento de Los Angeles de 1992.

Pero en casi todos los casos, las protestas contra la guerra han levantado algunas ilusiones que se justifican mal, igual que han provocado la resurrección de otras que creíamos muertas y que son decididamente injustificables.

En primer lugar, la capacidad de movilización y protesta de las opiniones públicas ha dado lo máximo de sí misma, pero con magros resultados. No se pretende reducir la importancia de las manifestaciones, signos del malestar social de millones de personas, en cuanto tales ; pero la pasión espectacular por el número y el récord, el entusiasmo por su supestamente inédito carácter internacional (6), no pueden borrar un sencillo hecho: la importancia final de las opiniones públicas cuando llega el momento de la verdad , es decir, el momento en que se miden las relaciones de fuerza entre dominantes y dominados, y se hace recuento de las victorias y de las derrotas. En el caso que nos ocupa, no sólo, ni por asomo, se ha “parado” la guerra, sino que ni siquiera se ha abierto una polémica seria entre los gobiernos belicistas y sus delicadas opiniones públicas. Por esta razón, resulta prematuro hablar, como se está haciendo con tanta alegría incluso desde las filas “radicales”, de esa falsa esperanza convertida en lamentable lugar común, de esa “nueva potencia mundial” de las opiniones públicas, que ha nacido con la guerra de Irak para contrarrestar el poder de los EEUU. Aparte de que ese discurso delata una incomprensible nostalgia de la guerra fría (volveremos sobre ello), lo menos que se puede decir es que esta nueva gran potencia es un gigante que tiene los pies de barro ya desde su mismo nacimiento, y esto sí que es una verdadera novedad histórica.

A este respecto, nada más significativo y aclarador que el caso español. El día 15 de febrero se manifestaron millones de personas, y no consiguieron ni siquiera abrir un debate de protesta reconociéndola legitimidad política, y que en consecuencia accediera a debatir con argumentos para intentar, si no convencer, al menos justificar sus decisiones. Y decimos argumentos, y no las naderías banales que los burócratas han soltado distraídos como el que se dirige, con fastidio y aburrimiento, a unos niños a los que ni ama ni soporta.

Este proceso de apertura de un debate y una negociación política con el poder es, por otra parte, el secreto y la esperanza del ciudadanismo. Aquí ni siquiera ha asomado su tímida naríz. Porque si una manifestación de un millón de personas, como la madrileña del día 15 de febrero, no es capaz de producir ni el más mínimo estremecimiento en el poder, aparte de las consabidas y cínicas alusiones al “respeto de todas las opiniones”, podríamos preguntarnos, parafraseando a ese patético ratón que rugió, ¿ qué más tiene que pasar para que el Estado se de por enterado? Seguramente muchas cosas, pero ninguna al estilo ciudadanista. Porque los ciudadanistas, o más en general todos aquellos que todavía confían en los medios civiles y pacíficos que permite y aconseja la democracia burguesa, han cumplido todos los requisitos imaginables exhibiendo toda su potencia de fuego de artificio, para conseguir nada: la multitud desfiló por todo el mundo, en marchas pacíficas, lúdicas, participativas, masivas , besó la frente de la democracia encantada pero ésta no despertó, ni siquiera para convertirse en rana represora (7). De esta forma se ha demostrado tanto lo que es la democracia, como la fuerza real del movimiento ciudadanista y de sus ilusiones.

Pero tal es la fe de los creyentes que siguieron las manifestaciones, mitines, sentadas, conciertos reivindicativos, etc. La misma sordera de los gobiernos produjo un hecho bien curioso, en cuanto que debería ser serena conciencia de nuestro tiempo, y no sobresalto ocasional: la sensación de incredulidad y humillación, de estafa insoportable de tantos “demócratas” ante el funcionamiento de la democracia. Se les había prometido que su voz sería siempre escuchada, y así había sido cuando de lo que se trataba era de encuestas inofensivas, de rankings de popularidad, de competiciones absurdas, de estudios de mercado; aquí su opinión, su voto emitido por móvil o correo electrónico, era respetado y hasta reverenciado (seguramente porque muchas veces pagaban por él, porque lo consumían; al menos, los desengañados plebeyos romanos vendían su voto, no lo compraban…). Y se lo creyeron. Pero ya se ha visto que otra cosa muy distinta es una guerra, donde ninguna opinión es necesaria porque sólo cuenta el poder de decisión que caracteriza a la clase dominante y del que carecen sus siervos. La brutal contestación de esta modesta evidencia, el doloroso (aunque seguramente momentáneo) despertar a la agria realidad, puede que ayude a explicar el desbordamiento de ciertas manifestaciones, producto de una rabia acumulada que en algunos se debe justamente a razones más amplias que la mera guerra y sus mentiras escandalosas.

En efecto, se han producido gratas y no desdeñables rupturas de la legalidad, como la de la manifestación del sábado 22 de marzo en Madrid, convocada, organizada y apoyada por la gente en abierto desafío a la prohibición y a las amenazas de un gobierno que tuvo que legalizarla a última hora para cubrir las apariencias. Una manifestación (pero no fue la única) que tranquilamente hizo caso omiso del tímido recorrido pactado, que prosiguió su marcha sin más consideraciones, y que desembocó en uno de los enfrentamientos más graves de todas las movilizaciones, enfrentamiento en el que participó un número de personas mucho mayor y mucho más variado de lo habitual, hecho quizás no tan significativo como el apoyo que estas personas recibían del grueso de manifestantes que se contentaban con concentrarse en la Puerta del Sol negándose a disolverse. Pero aunque el alborozo complaciente sea comprensible, habría que resituar esta experiencia de libertad colectiva en sus justos límites, que son los de la pérdida progresiva de los derechos más elementales de reunión, manifestación y expresión que se ha dado en los últimos quince años. Si un hipotético asiduo a las manifestaciones de los años 80, no digamos ya de las luchas obreras de la transición, hubiera estado en coma durante los años 90 y hubiera despertado de repente para acudir a una de tantas manifestaciones de los últimos años, se hubiera horrorizado ante este modelo de no-manifestación: cinturones de antidisturbios a ambos lados de la marcha, recorridos ridículamente cortos, ordenadas filas indias en las aceras o en los márgenes laterales de las calles para no interrumpir el sacrosanto tráfico, miedo a moverse y a dejarse ver, pantomimas teatrales para ocultar carencias más serias.

Se entiende que en un ambiente tan viciado una cierta espontaneidad y ruptura de las reglas haya sido una bocanada de aire fresco. Pero puede que haya tenido más importancia la crisis que ha sacudido al discurso oficial, y que ha permitido, como en el caso del Prestige , la emergencia de algunas dudas y preguntas muy inquietantes para el poder y para los que lo sirven. No sólo la puesta en cuestión del funcionamiento del sistema, sino, sobre todo, el llamado problema de la violencia , demasiado tiempo secuestrado por el duelo entre la ETA y el Estado. De alguna manera, en estos meses mucha más gente de lo habitual se ha planteado a qué llamamos violencia, violentos, terrorismo, asesinatos, legitimidad de los políticos demócratas que dan lecciones de pacifismo, razón de Estado, de tal manera que el hechizo del espectáculo ha dado síntomas de quedar en suspenso, y sus mentiras rotas ante la realidad. Así, la propaganda de guerra ha exhibido sus acostumbrados arsenales hollywoodienses de bombas inteligentes, marines hipervitaminados y cableados hasta convertirse en cyborgs , aviones no tripulados y tomahawks infalibles como la ira de Dios, pero el desequilibrio con las desventuradas tropas de Sadam era tan escandaloso, tan palpable , que no ha conseguido simpatía o emoción, ni siquiera la incertidumbre y la tensión propias del cine de acción, sino piedad por el enemigo débil y rencor contra el fuerte. De la misma manera, la desproporción absurda entre los ataques simbólicos a la sede del PP y la guerra sangrientaque éste avalaba, dejaba poco espacio de margen para las maniobras de distracción que apelaban al “terrorismo” de los “violentos”: como se podía leer en El Acratador , ‘las cristalerías en la sede del PP no tienen vida, los civiles iraquíes sí. Romper los cristales de MacDonalds o Kentucky Fried Chiken no causa un gran daño ecológico, quemar un pozo de petróleo causa una catástrofe a largo plazo. Hacer pintadas contra la guerra no produce cáncer, lanzar proyectiles con uranio empobrecido afecta a miles de personas durante un tiempo que puede ser de siglos. Boicotear una gasolinera no afecta más que a sus dueños, asfixiar económicamente a un país durante 12 años supone la pobreza para millones de personas. A un policía armado, con casco, escudo y protecciones una pedrada es difícil que le haga mucho daño. Un manifestante tirado en el suelo y pateado por seis policías (sólo hay que ver la tele, no necesitamos dramatizar) puede sufrir secuelas de por vida' (8). Lógicamente, para reducir este abismo entre la realidad y la ficción y hacer comulgar con ruedas de molino, el PP sólo podía contar con la colaboración de su leal oposición, PSOE, IU, los sindicatos, que al no poder, por la posición institucional que tienen y a la que se deben, responder al chantaje del gobierno cogiéndole la palabra (pues en efecto la ecuación propuesta por Aznar entre “terrorismo” y “guerra” es muy correcta, lo que le convierte, a él y a los suyos, en terroristas en cuanto que partidarios de la guerra), no pudieron sino replegar velas, permanecer en un silencio culpable más o menos indignado, y abrir el camino de la recuperación. Es el mismo papel que han desempeñado en el tempo y desarrollo de las manifestaciones de protesta, una vez que la impía violencia apareció en marzo: reconducirlas, moderarlas, ahogarlas, con el consabido recurso de las marchas a Torrejón y los mitines-fiesta. Este proceso sólo debería disgustar, sin embargo, a los que todavía esperan algo de estas organizaciones, igual que sólo se descepcionarán con los resultados de las elecciones municipales y autonómicas los que todavía guarden alguna fe en esos rituales sin sustancia. Tanto unos como otros (que suelen ser los mismos) aún no deben haber comprendido que todo movimiento popular, por desesperado, indignado o radical que pueda parecer, se desnaturaliza irremediablemente y se diluye en cuanto se le reconduce por los caminos de la política de partidos y las elecciones; que si ya es difícil que una lucha determinada, como la que provocó el Prestige , se extienda y cristalice en una crítica y en un rechazo algo más riguroso y consciente del orden dominante, lo que es seguro es que en cuanto entramos en el camino de la política institucional desaparecen todas las posibilidades abiertas por la crisis de conciencia y vuelven a ocupar su trono, momentáneamente discutido, la apatía, el conformismo y los cálculos más mezquinos.

Así se explica que un cínico notorio como Alain Touraine se permita constatar con deliciosa despreocupación que ‘es incluso sorprendente que la opinión pública no haya reaccionado más violentamente ante las revelaciones que demuestran que Sadam no poseía armas de destrucción masiva, cuya amenaza enarboló el presidente Bush como justificación para una guerra preventiva' ( El imperio guerrero , EL PAÍS, 1-9-03). No ya con la violencia, sino ni siquiera con medidas más contundentes que la mera acción simbólica o la consabida manifestación, ni después de la guerra, ni en su desarrollo, ni cuando todavía se podía detener antes de que empezara. Medidas tales como ‘una huelga generalizada o un proceso de desestabilización económica contra la economía de guerra'(9), que parecen ajenas o como poco difícilmente imaginables a un movimiento que parece conformarse con la demostración ética y su posible impacto sobre los medios de comunicación, la opinión pública y, como colofón, se supone que el “accesible” gobierno interlocutor. Quizás sea demasiado drástico concluir con Corsino Vela que hay un ‘consenso tácito, estructural, entre el movimiento [pacifista] y la estructura de poder capitalista', pero podemos estar más de acuerdo con que las connotaciones emocionales han dominado (y ocultado) las causas económicas de la guerra, y la responsabilidad del capitalismo como culpable último de la misma. Pero también esto podría ser injusto, pues como ejemplifica la popularidad del lema “sangre por petróleo”, muy pocos de los manifestantes podían permitirse el lujo de olvidar ciertas obviedades sobre el funcionamiento real del mundo, aún en la versión más superficial e inmediata de que los beneméritos argumentos del partido de la guerra intentaban disimular una indisimulable puja por el oro negro. Ahora bien, su análisis no ha llegado más lejos , y era en el problema crucial de la respuesta que había que dar a la lógica bélica donde han predominado, sin ningún género de dudas, las soluciones fantásticas que apelaban al humanitarismo compasivo, los sentimientos cristianos de la clase dirigente o la buena voluntad del género humano que todo lo puede.

¿La sangría de la guerra, la oposición (aún limitada) contra la misma han abierto los ojos al respecto? Puede que en algunos sí, lo que ya es mucho, pero el voluntarismo de Toni Negri, que confía en que ‘la lucha por la paz ha integrado los objetivos contra el liberalismo, ha permitido el reconocimiento de la guerra como un dispositivo feroz de legitimización del poder capitalista'(10), se debería aplicar tan sólo a esas minorías, descontando de entre ellas a las que no les hacía falta ninguna guerra para hacerlo. Hasta nueva orden, es decir, hasta que el siguiente estropicio del capital no deje a la “ciudadanía” otra salida que una nueva conmoción como respuesta (no se sabe si programada o, al contrario, fruto del instinto de supervivencia que intenta romper aún oscuramente con todos los acondicionamientos del consenso), la pasividad y el cansancio de los que se congratula Touraine siguen siendo demasiado reales y, sobre todo, generales, como para cantar victoria. Ni siquiera simbólica. Sobre todo, nunca simbólica si no se quiere subir un peldaño más en la escalera del optimismo a toda prueba ascendiendo de la ilusión al autoengaño. Eso es al parecer lo que hacen los aprendices de brujo de Wu Ming cuando se niegan a reconocer el fracaso o la insuficiencia del movimiento antiguerra, pues al menos ha conseguido éxitos tangibles nada desdeñables: ‘¿Sin las movilizaciones de los últimos tres años y el 80% de la población europea manifestándose contra la guerra, habríamos tenido las posiciones de Francia, de Alemania y de la ONU ? (…) Y, ¿pensamos que sin las citas mundiales del movimiento en Porto Alegre, Lula habría ganado las elecciones en Brasil y podría hoy desplazar los equilibrios económicos del subcontinente latinoamericano hacia MERCOSUR en lugar de hacia el NAFTA?' ( Entrevista a Wu Ming, tercera parte, Molotov nº 37, julio 03). Verdaderamente es dar pruebas de un pensamiento mágico que no se toma una mínima distancia dialéctica con los mitos que pretende promover el pretender que un camaleón político como Chirac, maestro de la manipulación de la opinión pública (¿nos hemos olvidado ya de la famosa “fractura social” que tanto ayudó a su primera elección presidencial?), ha hecho otra cosa que recoger el viento de la contestación popular en las velas de la tradicional estrategia política y económica del Estado francés. Lo mismo vale para el caso de Brasil. Sin despreciar los aspectos positivos y esperanzadores de las reuniones de Porto Alegre, el triunfo de Lula tiene poco que ver con las movilizaciones “altermundistas”, y mucho (casi todo) con ciertas claves políticas y económicas de orden interno y externo en las que no hay espacio para la heterodoxia: en primer lugar, estaba en juego la credibilidad del sistema democrático de Brasil, que no podía permitirse un nuevo pucherazo sin ponerse en flagrante evidencia. En segundo lugar, dado que la descomposición económica y social estaba llegando a un punto sin retorno que podría perjudicar los mismos intereses capitalistas, nada mejor que un programa reformista que sanee la economía, modernice las estructuras anquilosadas y dé una oportunidad de consumo a las masas excesivamente empobrecidas. Entiéndase que no se trata de negar la utilidad perentoria de ciertas reformas de primera necesidad , en nombre de un purismo “revolucionario” tanto más cómodo cuanto son otros los que corren con el hambre y la miseria absoluta; pero habría que ser conscientes de los límites y objetivos últimos de esas reformas(11).

Sin duda Wu Ming no ignora estas banalidades, pero da la impresión de que quizás prefiere endulzar las realidades amargas bajo la explicación mítica que asegura que las profecías emancipatorias están empezando a realizarse. Desde luego, nada hay que decir en principio contra la creación y utilización de mitos movilizadores en el terreno político, mitos que, en palabras de Vratislav Effenberger, ‘al asignar un sentido unitario a la vida individual, a las pasiones, al amor y a la vida colectiva, ilustran la fase activa del deseo y su historicidad (…) haciendo pasar los movimientos de la afectividad profunda de la virtualidad a la actualidad en una fórmula liberadora'(12). Pero no se puede pedir al mito aquello que el mito no puede ni debe dar, esto es, la interpretación objetiva y crítica del acontecimiento concreto, tanto más cuanto que ese error de ángulo, por puro desprestigio, puede terminar desactivando la fuerza de gravedad del mito, y la causa que este defiende y de la que no es sino una de sus expresiones(13).

La segunda de las ilusiones no está lejos de la primera, y es más bien su consecuencia lógica. Puesto que los estados-nación europeos parecen ineficaces ante el poder del mercado y la prepotencia del Imperio de los EEUU, habría que fundar un super Estado, dotado de toda la fuerza moral y legal necesaria (inevitablemente, también militar y policial, pero estos pensamientos desagradables se prefieren dejar para más adelante) para moderar al imprudente y poco sofisticado amigo americano y poner en su sitio al lobo feroz del capital, pues ese nuevo estado será capitalista, sí, pero renano, y a la vez democrático, tolerante, culto, integrador, respetuoso del medio ambiente y sobre todo de los deseos de sus ciudadanos, mestizo hasta un cierto punto decorativo, campeón de la cooperación con el Tercer Mundo, en definitiva humanista y como es lógico europeo .

Esta ilusión se sostiene sobre unos muy frágiles cimientos ideológicos: que hay diferencias fundamentales entre las civilizaciones europea y americana, que se plasmarían económicamente en la existencia de un capitalismo europeo alternativo, más productivo que financiero, más razonable, más honesto, más sensible a la contaminación y a la pobreza, que aceptaría por tanto sabias políticas socialdemócratas, justas redistribuciones de rentas, reglamentaciones prudentes y generosas “tasas Tobin”. En cambio, el capitalismo de los EEUU es un capitalismo financiero, cínico, depredador, genocida, etc., como corresponde a un país y una sociedad intrínsecamente perversas , y en simbiosis con semejante pueblo enloquecido, sólo puede fomentar un mundo desestabilizado y violento. Así, la esperanza está en fortalecer Europa, a partir de su valiente eje franco-alemán, creando una nueva fuerza internacional que, tal vez aliada o al menos en coordinación dialogante con la poderosa gran potencia de la opinión pública global, de la batalla en nombre de la dignidad humana. Para levantar este hipotético nuevo polo de poder autónomo, que lleva camino de cristalizar más como mitología que como realidad objetiva (14), parece que no importa echar mano de cualquier cosa, incluso de un político corrupto y autoritario como Chirac, al que se convierte por arte de magia en el héroe de la Resistencia ciudadanista y de la legitimidad de una ONU que hasta ayer se denostaba como organización puesta al servicio de la economía, ignorando o fingiendo ignorar que este improbable nuevo Asterix es, además de insignificante, un aliado inseguro que, como se está comprobando estos últimos meses, corre a pedir perdón y a reconciliarse con los EEUU, una vez que han terminado (y fracasado) sus combates de retaguardia para reajustar a la decadente Francia en el escalafón de bloque imperialista del Primer Mundo.

Pero independientemente de estas maniobras ubuescas, el sol de la economía sale en todas partes y es igual para todos. La desregulación de los mercados de trabajo, el empleo temporal, la destrucción de los tejidos sociales, la nueva pobreza, la mercantilización de todos los ámbitos de la vida, el holocausto del Tercer Mundo… forman parte de una nueva vuelta de tuerca del mismo sistema económico. Si en Europa se dan todavía ciertas inercias, es debido simplemente a una distinta evolución histórica de sus sindicatos y partidos “de izquierda”, que por un lado no han sufrido la misma descomposición mafiosa de sus compañeros del otro lado del Atlántico, y por otro han conservado un papel todavía útil en el marco del control social y del encuadramiento de la vieja clase obrera. Pero todo llega a su fin cuando su utilidad ha caducado: desde los años 80, y aprovechando siempre el fantasma de la crisis sempiterna, el neoliberalismo se afana en destruir también en Europa los últimos bastiones del contrato social y del Estado de Bienestar, como podemos comprobar con el enésimo asalto del capital que se está dando en Francia, Italia o Alemania, desde que terminó la Guerra de Irak. Igual que se afana en desmantelar, también en EEUU , los últimos resortes de la vida comunitaria, de las relaciones sociales y familiares, formas de convivencionalidad sin duda mediocres y casi siempre represoras, pero que una vez superado su papel integrador y de defensa del orden conservador suponen, por su misma existencia anterior y en cierto modo rival del totalitarismo del mercado, una rémora a la voluntad de poder de la economía, que necesita, para llegar a ser en absoluta plenitud, un universo de individuos aislados, perdidos, dejados a la merced del consumo y del espectáculo. Porque para que la propaganda del capital sea aceptada, asumida, realizada, no puede existir ninguna instancia, experiencia o institución autónoma que ofrezca otros sentidos o trascendencias disintos del económico, ya que su mera existencia sería una competencia y una amenaza que el totalitarismo del mercado no soporta, no puede soportar; porque las relaciones sociales y la forma de vida que impone son en realidad tan poco satisfactorias y tan antinaturales, es tan decepcionante la promesa de la mercancía y tan inhumana la sumisión de las relaciones personales a la mediación del dinero, es tan grande y tan triste el vacío miserable que intentan llenar los productos del consumo, que sólo si no tiene rivales, si no hay ya sentido, esperanza, sueño, utopía o mito, viejos o nuevos, retrógrados o revolucionarios, sólo si no queda más simulacro de alma que la suya, puede imponerse el delirio económico como forma de vida, como ideal y como obsesión patológica que encamine todos los actos del hombre hacia el trabajo y el consumo, la acumulación de cosas y el anestesiamiento de sus dudas y la sublimación de sus energías por medio de las transfuciones del espectáculo.

Es esta línea de sombra la que puede arrojar algo más de luz sobre las verdaderas causas de la Guerra de Irak, sin descartar la parte de razón que contengan otras interpretaciones, desde la competencia por el petróleo hasta el duelo financiero entre el dólar y el euro: para la economía, el objetivo era desencajar a la población iraquí del desmesurado estatalismo de la vía baazista al desarrollo, y, sobre todo, de sus légamos culturales, para desviarla hacia el cauce canalizado de su dominación, como ya ha hecho con las nuestras. Desde luego, el comercio, la banca o el fenómeno del consumo nunca han sido un misterio para la mentalidad musulmana, ni para las tribus que estructuran la sociedad iraquí, pero no siempre se han plasmado según los parámetros del capitalismo occidental, ni han absorvido la totalidad de las actividades que llamamos económicas: siguen vigentes la solidaridad tribal de tintes patriarcales, el uso comunitario de algunos de sus recursos, y una proporción no despreciable de la producción e intercambio de los bienes que tiene todavía más en común con la institución del don que con la mediación del dinero como forma única de relación social. No se trata de idealizar tradiciones y costumbres que pueden ser tan opresoras como la nuestra (15), ni mucho menos el régimen de Sadam, sino de constatar cómo nunca se ha buscado hacer de Irak “el faro de la democracia que alumbre a todo Oriente Medio”, sino el anuncio luminoso que tiene que deslumbrar a la noche árabe y a sus habitantes, para que, como polillas fascinadas por el fuego, corran a abarrotar los “no lugares” de la mercancía que se les tiene preparados. Como en el caso del Comodoro Perry, la misión confiada a los EEUU consiste en abrir de par en par un mercado todavía proteccionista a las mercancías, y romper las resistencias culturales que podrían ser refractarias al fetichismo de las mismas; a diferencia del siglo XIX, EEUU ya no es un socio más del imperialismo, ni siquiera un primus inter pares , sino el único amo. Pero el emperador debe cumplir los designios del dios de la economía, y todo indica que a ésta no le temblará la mano si tiene que sacrificarlo a los infiernos del déficit, de la lenta sangría de la guerrilla y de la “crisis de liderazgo”, una vez que, gracias a sus servicios, ha conseguido estirar aún más la piel de zapa de su globalización.

Sea como fuere, es innegable que la anomia social y el vaciamiento de las conciencias y de la vida cotidiana son más rápidos en EEUU, como es lógico que así sea, pues es este país y no cualquier otro la punta de lanza del capitalismo posindustrial (algo habría que hablar también de Japón y de sus aberraciones psicológicas); como son igualmente innegables los efectos catastróficos de estos procesos, que han dado lugar a verdaderas psicopatologías que por otro lado se han fundido con las lacras propias de la sociedad norteamericana (puritanismo, culto a las armas, racismo), como ilustran películas como Trust me, Glengarry Glen Ross, American Beauty o Bowling for Columbine , mezcla explosiva de la que se aprovecha la lógica totalitaria de la política imperial de su clase dominante, que se comporta en esto como todos los Imperios de la Historia. Pero estos fenómenos no son exclusivos de los EEUU, y se deben principalmente a su sistema económico y no a su “esencia” o “alma” malas . Puesto que este sistema económico es el de todos, y ha entrado en metástasis universal, estos odios indiscriminados revelan menos un explicable rencor contra el Imperio invencible, que el deseo más o menos inconsciente de afirmarse por contraste como miembros de una cultura, de una democracia, de una economía en definitiva superiores .

Como un inesperado (en cuanto que procede del medio “radical”, supuestamente vacunado contra el virus xenófobo) botón de muestra de este pensamiento deficiente, convendría perder algo de tiempo comentando un artículo de Gianfranco Berardi “Bifo”, Lo incalculable , publicado en altediciones . Aunque este texto hace un diagnóstico aceptable tanto de la dominación actual como de la resistencia que ésta encuentra en la vida misma, se pierde por caminos equívocos cuando identifica imprudentemente tal dominación con la naturaleza ontológica de EEUU. ‘La cultura americana ha sido y es el lugar predeterminado [la cursiva es mía] para un pensamiento del cálculo (…) Los Estados Unidos de América nacen en un espacio que la ideología pretende libre de la historia y conciben la política como puro cálculo, como combinatoria puramente racional, o ética en el sentido puritano'. Es decir, esta nación maldita sería culpable de inventarse desde cero, por medio de una Constitución basada solamente en la razón artificial que ha roto con la Historia , así como de un puritanismo fanático y apocalíptico que se expresa hoy en la pesadilla tecnológica de la economía. En cambio, “en la modernidad europea el desarrollo se produce por medio del contraste y la fusión de un elemento ilustrado (constitucional) y un elemento romántico (histórico)”, por lo que “el uso de la fuerza tiene como fin eliminar el exceso (lo ajeno, lo no regulable) e imponer las bases de un derecho contínuamente renegociable”. En cuanto a la religión, “mientras en Eurasia la religión es el resultado de la historia pasada, en Norteamérica la religión está completamente proyectada hacia un futuro al tiempo salvífico y apocalíptico”. Aunque el tremendista cuadro está bien trazado, abundan los agujeros negros. Para empezar, las críticas dirigidas por “Bifo” a la soberbia constitucionalista estadounidense son las mismas que hicieron los ideólogos de la Restauración contra la Revolución Francesa , los liberales y la Ilustración europea que los había inspirado (17). Pero además, el sueño de un mundo nuevo que hace tabla rasa de las tradiciones de la themis es un tópico europeo al menos desde los sofistas, y ha tenido un notable éxito, desde Platón a Fourier, desde Moro a Babeuf. En cuanto al “derecho contínuamente renegociable”, al pacto entre razón y sentimiento romántico de la Historia que no arrasa las viejas tradiciones y formas de vida, que se lo digan a los campesinos ingleses expulsados por las Enclosure Acts , a los chouanes vendeanos, o, para abreviar de una vez, a las víctimas del stalinismo (¡un régimen verdaderamente euroasíatico!) o del III Reich. Respecto a la religión, el ciertamente odioso puritanismo norteamericano no es sino un artículo de exportación del calvinismo europeo, que arraiga en América y sufre su propia evolución (como la sufrió entre los boers de Sudáfrica), por cierto nada artificial, sino bien enraizada en la trayectoria histórica de los colonos y de su enfrentamiento con lo “telúrico” de la desconocida naturaleza americana, para ellos tan grandiosa como atemorizadora (véase al respecto ciertas narraciones de Hawthorne, Melville, London o Lovecraft). En fin, sobre el milenarismo apocalíptico de las religiones norteamenricanas, marca de fábrica de su “epistemé” absolutamente extraña a Europa, es mejor no hablar; como es harto improbable que “Bifo” no haya leído a Norman Cohn, pero imposible que desconozca Rastros de carmín o Q , sobran las explicaciones.

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Si nos hemos detenido seguramente demasiado tiempo en el artículo de “Bifo”, ha sido porque sus aciertos parciales hacen más peligroso el confusionismo de sus otros argumentos (17). Sin embargo, otras interpretaciones no están para tantos matices, y seguramente por esto encuentran auditorios mucho más amplios. Nos referimos a lo que podría ser considerada como la ilusión primordial de esta guerra, la que a la vez resume y es símbolo de todos los equívocos que estamos comentando: el deseo mal disimulado (más bien exhibido sin complejos) de que el “yanquee” recibiera una lección a manos del pueblo iraquí, de que, en definitiva, perdiera la guerra o, con más realismo, se empantanara en un nuevo Vietnam. Entiéndase bien que nada hay que oponer al muy humano (y compartible) resentimiento contra el Imperio, que puede llegar a ser incluso necesario como un primer paso para la toma de conciencia y el deseo de revuelta. Pero desgraciadamente muchos se han quedado en ese primer paso, y lo han elevado a autocomplaciente ideología que habitan como un cómodo refugio contestatario. Una ideología que ha aceptado y acepta apoyar a cualquier tirano, por opresor y estrambótico que fuera, con tal de que se opusiera a los EEUU y luchara “contra el capitalismo”, de Stalin a Milosevic, de Fidel Castro a Jomeini, de Mao a Sadam Hussein. Una ideología que siente nostalgia de la URSS porque cree ciegamente en el poder del Estado, porque sólo entiende la lucha contra la dominación en términos de grandes potencias, de equilibrios de poderes, de ejércitos y de dirigentes esclarecidos, en definitiva en términos de guerra imperialista y lucha por el poder. Una ideología que, lo quiera o no, consigue desviar la lucha contra el capital a una lucha entre naciones, estados o imperios, creando la ilusión de que todavía puede haber diferencias entre ellos, convocando a las opiniones públicas a un combate que por principio no puede tener lugar y que consistiría en el apoyo o adhesión (a la manera de la fidelidad del consumidor) a unos Estados y políticos buenos (o aceptables, positivos, progresistas) contra otro que es por definición enemigo del género humano (18). Una ideología, en fin, que es intolerable no tanto por consideraciones morales, sino sobre todo porque supone una regresión en cuanto que prefiere luchar por delegación antes que enfrentarse por su cuenta al capital que le ha tocado en suerte.

Hay un último argumento que oponer a aquellos que, conscientemente o no, abiertamente o no se embriagan más con las hazañas bélicas de países lejanos que con la miseria cotidiana con la que pactan y transigen en su propia ciudad. Como esta ideología cifra su salvación en el choque de las armas, sólo puede ir de frustración en frustración, pues la superioridad tecnológica del ejército norteamericano hace por ahora imposible que sea derrotado en el plano militar, más allá del desgaste que sufra a manos de la resistencia iraquí. Incluso podríamos ir más lejos y empezar a pensar que, desde el estricto punto de vista de la técnica militar, no estamos muy lejos de la clausura del fenómeno histórico de la guerra, entendiendo ésta como un enfrentamiento de dos potencias o bloques de potencias dotadas de una capacidad militar y económica análogas o, al menos, mínimamente comparables. Naturalmente, no se trata de que el libre mercado sea pacifista. ‘La guerra no nació con el capitalismo, pero el capitalismo sí nació con guerra, siendo uno de sus pilares'(19), sin duda, y se ha insistido hasta la saciedad sobre cómo la economía no sólo se conforma con declarala allí donde lo considera necesario, sino que imita en la vida “civil” sus métodos de coerción, disciplinamiento y movilización de todas las energías humanas. Pero cuando un historiador experto en estrategia militar como Paul Kennedy reduce el número de ejércitos realmente operativos a poco más de una media docena, aparte del norteamericano (El juego de mesa planetario , EL PAÍS 21-8-03), es que también en el plano de la guerra el valor de cambio ha terminado por absorver el valor de uso. Y no porque, desgraciadamente, no sean eficaces los engendros de la tecnociencia aplicada al arte de matar, sino porque su precio es tan elevado, su obsolescencia programada tan vertiginosa, y su utilización tan compleja (¡hasta el punto de que los soldados necesitan “servicios técnicos especializados” proporcionados por compañías civiles!), que ya casi un solo Estado puede utilizar verdaderamente las mercancías de la industria militar, y está por ver si puede hacerlo por un tiempo indefinido y con qué eficacia real a la hora de asegurar la posguerra. Desde este punto de vista, toda retórica ajada del Pentágono sobre el “estado de guerra” y la consiguiente apelación a cerrar filas, al heroísmo, al agitar de banderas, a la amenaza “terrorista”, a los sacrificios necesarios, a la censura y vigilancia inevitables, queda privada de toda base objetiva, pues ni hay enemigo a la vista ni mucho menos una “tercera guerra mundial” a las puertas de la fortaleza, y se revela como lo que es: la reposición cansina en horario prime time del espectáculo belicista que pretende enmascarar la violencia cotidiana que el sistema impone en todas las partes del mundo, y la lucha social que se opone a esa violencia.

Así, podremos afirmar que ‘ciertamente, lo que se alumbra a principios del nuevo milenio es una nueva estrategia de mando que convierte la guerra en el estado permanente de gobierno'(20), siempre y cuando comprendamos cómo para que la guerra total del capital triunfara, el capital ha tenido que poner a la guerra totalmente bajo control . En primer lugar, como ya se ha apuntado, apartándola de su camino: quiero decir, evitando el enfrentamiento bélico a gran escala de la guerra industrial, consiguiendo para empezar que la Tercera Guerra Mundial no tuviera lugar, pues la destrucción mutua asegurada del armamento termonuclear se sitúa por encima de cualquier balance rentable de beneficios y gastos (21). En segundo lugar (y esta consideración es más arriesgada pero no tan absurda o estéril como puede parecer a primera vista), ya que la violencia como expediente económico no va a cesar sino todo lo contrario, la guerra ha experimentado una desustanciación de sus principios y valores, una subversión de su estructura para que nunca más de la voluptuosidad de la sangre , que tanto subyugó a individuos más que dudosos pero nunca simples como Jünger o Drieu La Rochelle , germine esa ‘mística atroz' que André Breton reconocía en la guerra, precisamente por encerrar ‘modos oscuros de seducción' que asediaban ‘uno de los grandes momentos de la desesperación humana', por lo que era urgentemente necesario ‘comenzar por arrancar a la guerra sus cartas de nobleza' (Luz Negra , 1944). Porque la guerra industrial, por su misma desmesura tecnológica, abstracta, anónima y sobrehumana, se ha demostrado capaz de engendrar a lo largo del siglo XX esa mística que, además de ser atroz, lograba absorver todo lo demás convirtiéndose en un valor puro en sí mismo, el único valor. ‘Toda actividad humana y social no se justifica si no prepara la guerra', dictaminaba el fieldmariscal Lündendorff en La guerra total, pero la dominación de la economía no necesita otra justificación que ella misma. Y de la misma manera que no podía consentir la ocupación monopolista de la calle por la agitación y la propaganda política de los totalitarismos, pues impedía el despliegue no menos totalitario de su publicidad y de sus mercancías, tampoco, en lo sucesivo, permitiría ninguna mística, ni la de la guerra ni otra cualquiera, pues todas tienen que ser neutralizadas y absorvidas si la economía ha de reinar como soberano absoluto de la totalidad. Y desde luego, nada repugnaría más a los códigos de honor de la caballería de la Edad Media o de los estrategas de la China clásica que la guerra tecnológica de la actualidad, donde los armamentos de última generación han desposeído de cualquier aura mítica a los hombres que las utilizan, donde a los cibersoldados de los EEUU, superprotegidos y alérgicos a esa muerte que era el último título de gloria (aún gloria negra ) del guerrero (22), se les oponen, en un infame pero esclarecedor juego de espejos, esos niños soldados desvalidos y grotescos que “campean” por todo el Tercer Mundo. Tan desecada ha quedado la guerra, que se desdeña participar en ella, confiándola a los niños o a los robots: es que los hombres tienen ya otros juegos, más asépticos y productivos. Por esta razón es sintomático que toda la épica que ha producido la Guerra de Irak se haya reducido a la “epopeya” de la “heroína” Jessica Lynch, cuyos títulos de gloria se reducen a perderse junto con su unidad por el desierto para ser capturada por el ejército iraquí e internada (y cuidada) en un hospital, donde la “liberarían” diez días después sus compañeros en una confusa operación digna de Sopa de gansos ; eso sí, a falta del verdadero ardor guerrero, a la ya ex soldado Lynch la adornan los dones y atributos competitivos y oportunistas de la guerra económica, pues ya se ha apresurado a escribir su autobiografía, que muy pronto se convertirá en película, ¿dirigida por Spielberg? Pero no hace falta cargar las tintas sobre esta cómica peripecia, ni sobre el falso y obsceno humanitarismo que pretende exhibir, ni tampoco sobre la mecánica espectacular que lo sostiene. Baste con levantar acta de que si éste es el modelo futuro del héroe, es que ya no hay heroísmo posible; que, también en las guerras, se ha aplicado esa ley de plástico de la economía que consiste en que sólo puede ofrecer cantidad y número a cambio de empobrecer cualquier vivencia humana, cualquier pasión que caiga en sus manos, indiferentemente de que esa experiencia sea de libertad o de locura homicida (23). Que, también aquí, ‘el espectáculo no canta a los hombres y sus armas, sino a las mercancías y sus pasiones' (Debord).

De esta forma, por causas muy diferentes y con bastante tiempo de retraso, el capital ha coincidido con el movimiento revolucionario en la carrera por despojar a la guerra de sus falsos valores, manteniendo a cambio la vigencia de sus instrumentos y de sus actos. Entonces oponerse a la guerra significa negarse a tomar en serio la declaración de la guerra universal, terminando de una vez por todas de arrancar a la guerra sus cartas de nobleza , lo que implica negarse también a elegir bando y tomar partido, incluyendo la vieja tentación que consiste en mitificar a no importa qué guerrilla, compartiendo su lucha mediante la acostumbrada y absurda identificación espectacular. Es que este Imperio no debe ser derribado por los bárbaros que levantan sus tiendas fuera de sus fronteras, sino por los que viven en el interior de ellas; y no lo hará como un ejército, aunque tenga que librar una guerra civil. Porque el capital está licenciando los ejércitos, pero sólo para llenar las cárceles y extender la violencia por las ciudades abiertas de la retaguardia global: al hacerlo, devuelve a la política todos los medios, y la política al conflicto social. A partir de este punto sin retorno, ya no es cuestión suya sino nuestra el que se extraigan o no las consecuencias últimas de su locura, y los medios adecuados para poner fin a las premisas que la hacen posible.

José Manuel Rojo

Publicado en «Salamandra», nº 13-14, Madrid, 2003-2004.

NOTAS:


(1) CANTOR, Norman F.: La era de la Protesta , Alianza Editorial, 1973. El sesgo ideológico de Cantor queda expresado a las mil maravillas ya desde el prefacio, donde promete una lectura provechosa a ‘rectores de universidad, jefes de policía y personajes políticos'. Más allá de la ironía “sesentayochista” (el libro se editó en 1969), tiene sin duda más interés los rasgos que Cantor presta a la protesta tal y como él la entiende, algunos de los cuales se ajustan a la perfección a los métodos ciudadanistas que más adelante se revisarán: protagonismo y liderazgo de las clases medias, programa centrado en reivindicaciones morales y éticas, utilización estratégica y táctica de los medios de comunicación a los que se pretende manipular mediante el escándalo. No es ninguna sorpresa entonces que el nombre y los análisis de Cantor sean citados y tomados a consideración por un ensayo ciudadanista de título evocador, Para una pedagogía de lo público (Pedro Saez Ortega, www. Iglesiaviva.org), que encuentra (no sin razón, pero no con toda la razón) rastros de ellos en la revuelta de Seattle y, más generalmente, en el movimiento antiglobalización.

(2) Se objetará que este análisis es demasiado imprudente y gratuito, en cuanto que las luchas corporativistas de la clase obrera están también a la orden del día, y que aquí no se puede hablar de ignorancia, puesto que la defensa del trabajo amenazado por el cierre de la fábrica, del sistema de pensiones o de las garantías de los trabajadores del sector público son sin duda combates parciales, reformistas, de retaguardia, pero tan reales , tan miserablemente concretos y determinantes para la vida de esas personas como los precios del trigo en el siglo XVIII. Ahora bien, en realidad la ignorancia sigue reinando, porque las soluciones reformistas que se exigen son, en último término, imaginarias, tan imaginarias como el juicio de valor del que proceden. Porque exigen al Estado soluciones economicistas y desarrollistas que suponen la reafirmación del proyecto capitalista que busca destruir la condición humana, y porque ese Estado, que ha abdicado ya de su autonomía económica ante el capital, ya ni siquiera sueña en que pueda ponerlas en práctica.

(3 ) ALAIN C: El impasse ciudadanista, contribución a una crítica del ciudadanismo , folletos Etcétera nº 23. Se puede leer también en www. altediciones.com

(4) Recuérdese, en las manifestaciones, la contradicción entre el iluso y ciudadanista “No nos representan”, que implica la esperanza de que otros políticos son posibles , y el “Lo llaman democracia y no lo es”, mucho más desencantado, y, por eso mismo, más cercano a la lucidez.

(5) Si no se puede obviar que en ese movimiento participan ciudadanistas con sus voluntariosas recetas y paños calientes, tampoco se puede ignorar que no escasean otros grupos y colectivos que llevan bastante más allá la crítica teórica y práctica del sistema dominante. Véase, como botón de muestra, el folleto Guerra a la guerra. Visión sobre la guerra y la paz desde una perspectiva revolucionaria (Madrid, mayo de 2003), donde se recogen varias aportaciones de ese sentido.

(6) Un hito histórico sin precedentes, se nos dice, pero la gloria de esta efeméride es más que dudosa. Aparte de precedentes históricos de solidaridad internacional, como los que se organizaron contra la guerra de Vietnam, la condena a muerte de Sacco y Vanzzeti, o incluso la ejecución de Ferrer i Guardia, no se puede ocultar que las marchas más concurridas han sido, como siempre cuando nos movemos en el contexto de la lucha ciudadanista, en el Occidente de las clases medias de buena conciencia, y más concretamente en Europa. ¿Qué quiere decir que se manifiesten cinco, diez, veinte mil cairotas, cuando esa ciudad sobrepasa los diez millones de habitantes? Algo parecido podríamos decir sobre las prácticamente testimoniales manifestaciones del resto del mundo árabe, de Pakistán, de Indonesia (¡3.000 manifestantes en Yakarta, 1,500 en Java, varias centenas en Sumatra!, según el nº 34, Marzo-03, de Molotov ).

(7) Evidentemente ha existido represión, a veces muy dura, pero poco significativa desde el punto de vista histórico, es decir, si la comparamos con la violencia que el poder ejerce cuando realmente se siente amenazado, desafiado o meramente burlado (véase el caso de la contracumbre de Génova).

(8) Hipócritas condenas , en El Acratador nº 74.

(9) VELA, Corsino: Autocelebración de la impotencia , Molotov nº 35, mayo 2003.

(10) La postguerra de los movimientos, revista Global Magazine nº 3, junio 2003, traducido y publicado en www.altediciones.com

(11) ¿Qué significa, por ejemplo, esa política de gran potencia que enlaza con el nacionalismo modernizador latinoamericano de los años 20 y 30? ¿Desmontará Lula la industria militar brasileña, que es (recordémoslo), después de la norteamericana, rusa y europea, una de las más pujantes y exportadoras del mundo? ¿Se quiere eregir Brasil en el defensor del Tercer Mundo, pedir un lugar competitivo al sol de la economía globalizada, o (lo que sería muy práctico) las dos cosas? El tiempo dirá si Lula da Silva es el Salvador Allende o el Felipe González del Brasil, pero algunos síntomas (la complacencia de los medios financieros internacionales, la reconversión de la Administración Pública , la recientísima aprobación de la soja transgénica) indican más lo segundo que lo primero. Léase al respecto la esclarecedora entrevista, publicada en Molotov nº 35, a un militante del Partido Comunista del Brasil y responsible de vivienda del ayuntamiento de Goiânia, que explica cómo ‘el sector de las clases dominantes de Brasil relacionado con lo productivo y lo industrial, dio un paso adelante y varios de ellos apoyaron la campaña de Lula, incluso para que la economía de Brasil venga a crecer y desarrollarse', pues los brasileños ‘no comen lo suficiente para tener fuerzas para trabajar al día siguiente' y el mercado interno ‘no llega hoy a 30 millones porque los otros mal consiguen sobrevivir'. Es decir, trabajo, producción y desarrollo, en la mejor tradición stalinista, más un barniz de consumismo postmoderno.

(12) El deseo obrando en la historia , en W.A.A.: La civilización surrealista , 1976.

(13) Puede también que el problema sea más general, y aquí sólo cabe apuntarlo sin pretender ni su desarrollo ni su solución: cuando, por comprensibles razones de eficacia, se ponen en marcha mitos excesivamente definidos, prefabricados , casi de diseño , construídos en torno a movimientos y fenómenos tal vez episódicos o al menos coyunturales, como las protestas contra las “cumbres” del capitalismo o los zapatistas, se corre el riesgo de cortar el cordón umbilical que nos lleva al inconsciente colectivo, el cual se manifiesta, como la poesía, en la cosmovisión general más que en el hecho particular, en la emoción inconsciente que galvaniza todas las dimensiones del individuo más que en la consigna de agit-prop .

Una visión diferente sobre estos aspectos del mito, pero no por ello carente de interés en cuanto que reconoce en éste valor civilizatorio y poder de movilización política, es el texto Apuntes sobre la necesidad de crear mitos , de Amador Fernández-Savater, aparecido en: Desobediencia Global , nº 2, 2001.

(14) Parece exagerado hablar de un Imperio europeo contrapuesto al estadounidense, y enfrentado a él por la competencia económica clásica (mercado, materias primas) del capitalismo, rivalidad que podría conducir a futuras guerras como medio tradicional, precisamente, de superación de las crisis de ese capitalismo. Los rencores históricos, los diferentes intereses económicos, hacen muy dudosa la creación de un verdadero Imperio, aunque la ideología nacionalista paneuropea del mismo, que sí está en proceso de gestación, bien podría utilizarse como una pantalla que distrajera de los conflictos sociales reales. Pero seguramente de ahí no se pasará. Para empezar, una guerra de verdad entre superpotencias dotadas de armamento nuclear (y Europa lo está) no interesa al capitalismo, como ya demostró el caso práctico de la guerra fría (y se aceptará que las diferencias ideológicas y políticas entre los bloques occidental y oriental eran mucho más acusadas y objetivas que todas las posibles incomprensiones culturales que puedan elucubrar los cantores del “divorcio euroatlántico”). Además, hay lazos más que solidarios entre las grandes y pequeñas potencias capitalistas para proseguir de forma más o menos armoniosa su común despojo del mundo: ya se ha visto cómo, a partir de la cumbre de Salónica de junio, la UE se ha “reconciliado” con los EEUU, formulando una doctrina estratégica que sigue punto por punto las exigencias y obsesiones de Bush (el terrorismo difuso, los “estados gamberros”, el estado de guerra permanente y preventivo). Algo parecido ha pasado en la reunión de la OMC en Cancún, donde era sumamente difícil encontrar diferencias entre las delegaciones de los EEUU o la UE ; si acaso, como dijo el representante de un país africano, “EEUU viene de frente mientras los europeos te intentan engañar”. Por último, pero cada vez más importante, en el horizonte apunta (y no es nada improbable) la entrada o asociación de Rusia (¿algún día China?) en la OTAN , o en alguna organización similar que se crearía para la ocasión, lo que la convertiría en el definitivo brazo armado de la globalización, en la Santa Alianza del capital contra los pueblos del mundo.

(15) Reconocer la incompatibilidad funcional entre ciertos arcaísmos precapitalistas y la dominación económica no supone complacerse con ellos, al igual que la crítica de los aspectos reaccionarios de esas instituciones no convierte en tontos útiles del capitalismo a aquellos que la ejercen. ‘Jacques Berque decía, y con razón, que “la lengua árabe, en la que cada palabra conduce a Dios, ha sido concebida para ocultar la realidad tras un velo, no para comprenderla (…) En el mundo árabe, la mujer-causa no cuenta, ni existe el escritor asesino, ni el texto-libertad, crimen que entraña todos los crímenes. El mundo árabe no ha conocido escritores, sino escribanos (…) Veo las bridas que retienen la lengua árabe en manos de una sociedad dominada por principios religiosos, cuyos portavoces persisten en considerar, con razón, que la poesía no es el camino recto'. Quien así habla no es un rabioso eurocéntrico, sino un árabe, iraquí por más señas, el poeta surrealista Abdelkader El Yanabi, que en los años 70 editó una revista de combate, El deseo libertario , entre cuyos objetivos se encontraba la crítica de la religión islámica en cuanto enemiga de la libertad y del amor. Se podría objetar que la actividad de El Yanabi y sus amigos, árabes exiliados como él, se equivocaba de enemigo, puesto que al socavar las tradiciones milenarias de su civilización sólo estaba abriendo la puerta a la nefasta modernización capitalista; este es, por lo demás el reproche que se hace al surrealismo o a la I.S ., en nombre de una revalorización (o relectura) de las formas de vida precapitalistas como posibles resistencias a la supremacía del capital. Esta curiosa nostalgia, de la que se pueden encontrar ejemplos en Jean-Claude Michéa o en la misma Encyclopedie de Nuisances , tiene razón cuando identifica las coincidencias, no deseadas pero reales, entre ciertos puntos de esos programas revolucionarios y el estilo de vida que impone el espectáculo, pero, aparte de que pasa demasiado alegremente sobre el problema crucial de la recuperación de esas reivindicaciones y de la falsificación ibsípida de las mismas en el horno microondas del consumo, parece desdeñar algo más importante aún: que, independientemente de la relación tormentosa que mantuvieran con el capitalismo (ahora ideología burguesa, ahora lastres de su dinamismo), la moral victoriana, la familia patriarcal, el concepto judeocristiano de pecado, la ética del trabajo o el nacionalismo xenófobo, eran y son repudiables en cuanto tales , en cuanto cortapisas y barreras de la liberación del ser humano. Parafraseando a René Crevel, ¿estamos todos locos, o qué? , si ponemos en duda ya no la oportunidad, sino la necesidad de combatir tales instituciones reaccionarias cuando y donde se presenten. (El que desee conocer una visión del mundo árabe tan lejana del relativismo cultural como del “choque de civilizaciones”, puede leer el libro de recuerdos: EL YANABI, Abdelkader: Horizontes Verticales , Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 2001).

(16) De Bonald: ‘El hombre no puede dotar de una constitución a la sociedad política como tampoco puede dotar de gravedad a los cuerpos o de extensión a la materia'. De Maistre: [El hombre] ‘puede, sin duda, plantar un pepino, hacer crecer un árbol, perfeccionarlo mediante injertos y podarlo de cien maneras distintas, pero jamás se ha podido imaginar que pueda crear un árbol; ¿cómo ha podido, entonces, imaginarse que tuviese poder para crear una constitución?' (DROZ, Jacques: Europa: Restauración y Revolución , Siglo XXI, 1988).

Como buenos reaccionarios, el vizconde de Bonald y Joseph de Maistre no tenían demasiada imaginación, y desgraciadamente hoy ya es posible no sólo crear árboles sino hasta seres humanos, de la misma manera que se puede dotar de gravidez, ingravidez, aumentar o desintegrar toda la materia que se crea conveniente; pero la cuestión no es ésta, como no lo es tampoco el que, a falta de imaginación, estos reaccionarios poseyeran quizás una juiciosa sensatez de la que carecían y carecen los peligrosos optimistas del Progreso, sino que de Maistre, Burke o Savigny se refirieron siempre al hombre europeo de la Ilustración y del ciclo revolucionario burgués.

(17) El caso de “Bifo” es tanto más curioso cuanto que abusa en demasía del noble pecado de la contradicción. Mientras que en algunos de sus textos abunda en la línea que aquí se ha criticado (véase como ejemplo las siguientes perlas de su artículo Too Much , publicado en Rekombinat , 7-10-02: ‘El discurso europeo y el americano parecen incompatibles (…) En el genocidio los anglos son imbatibles' ¿comparados a quienes? ¿a los españoles en América, a los italianos en Libia o Etiopía, a los alemanes en Europa?), en otros argumenta justo lo contrario, denunciando cualquier identificación simplista entre la sociedad norteamericana y el mal absoluto de la “lumpen-burguesía” del capitalismo internacional que ha tomado el poder “tanto en USA como en Italia” ( El tercer actor , Rekombinat , 25-2-03). Este es el caso de textos como Futura humanidad internacional ( Molotov nº 34, abril 03) o Por una Europa menor , de próxima aparición en Archipiélago , donde aboga por una nueva organización europea “en red”, construída desde la base de pequeñas comunidades autogobernadas y libre de cualquier ilusión imperialista. En esta propuesta “Bifo” parece alejarse de su querencia por la herencia romántica europea, pero para caer en el otro extremo, también contraproducente: la Europa “postnacionalista” ha de hacerse a partir de la mejor tradición europea, que consiste (según él) en la ‘creación de redes que no coinciden con ningún territorio y que se extienden hacia zonas distantes de la Europa histórico-geográfica'. Aparte de que este es el típico argumento ahistórico del internacionalismo difuso que enajena a los perdedores de la globalización, arrojándoles a los brazos de los vendedores de telurismo defensivo como Le Pen, habría que preguntarse por el modelo económico de esas redes, clave de bóveda sobre la que edificar el único internacionalismo viable; habría que preguntarse si esas redes ‘independientes pero interconectadas' seguirán siendo capitalistas, o si la autogestión debe extenderse a los medios de producción. Porque la economía es también otra red, su manipulación actúa en red, y sabe dirigirse y complacer a grupos y gustos muy dispares entre sí, de tal forma que no le disgustaría la idea de esas comunidades “independientes pero interconectadas” en la misma alienación; en cierto sentido, ya las ha puesto en marcha, pues, ¿qué son si no la “nación cóctel”, la “nación prozak”, la “nación rave ” o (todo se andará) la “nación okupa”?

(18) En este sentido, querríamos, en esta ocasión, rendir al pueblo norteamericano, el pueblo de Henry Thoreau y Emma Galdman, de Noam Chomsky y Benjamin Paul Blood, de los mártires del Haymarket de Chicago y de los wobblies , de la Brigada Lincoln , de los Black Panters y de los insurrectos de Los Angeles, de Charles Brockden Brown y Herman Melville, del Círculo de Cthulu y de la novela negra , de E. A. Poe y de Henry James, de Ambroise Bierce y de Philip K. Dick, de Sylvia Plath y de Penelope Rosemont, de Stuart Merrill y Ted Joans, de Loïe Fuller y de la Tamla Motown , del swing y de la Velvet Underground , de Blondie y de Sonic Youth , de Clarence John Laughlin y de Joseph Cornell, de Krazy Cat y de Little Nemo in Slumberland , de Simon Rodia y de Tex Avery, de Tim Burton y del Hollywood clásico y mestizo de Wells, Garbo, Stroheim, Hitchcock, Murnau, Bergman, Lugosi, Dietrich o los Hermanos Marx, el más solemne homenaje. Esta lista, sin duda arbitraria e incompleta, , es sobre todo tan gratuita como todas las que se podrían hacer con ejemplos opuestos, pero tiene al menos la virtud de redefinir la cuestión en términos del problema de la libertad. Es decir, que toda cultura está atravesada por corrientes antagónicas que se combaten y que refuerzan, respectivamente, la liberación y la dominación del ser humano, como reflejos y partes que son de la lucha de clases que se da en cada sociedad, en cada civilización. Ignorar esto es hacer el juego del enemigo, y convertir a todos los estadounidenses en los verdugos voluntarios de Bush hijo, y a su cultura en eterno huevo de la serpiente, es trabajar por la separación y por una condena aún mayor de las mismas víctimas de la misma economía.

(19) Otra guerra es posible, UHP, Madrid, 2003.

(20) Contrapoder nº 7, primavera 2003.

(21) Como se explica en el nº 105 de la revista Echanges ( Respuesta a un camarada , 2-11-02), ‘la guerra es una operación que se desarrolla en un mundo capitalista. Busca superar una situación de crisis económica destruyendo la mayor cantidad posible de capital, bajo la forma de utillaje industrial o de hombres, pero sin buscar nunca una eliminación total ni del potencial industrial ni de la población'.

(22) Es que la guerra posindustrial socava hasta el principio último y primigenio de la cosmovisión del guerrero: el derecho que éste tiene a recibir el homenaje de la tribu por la que ha combatido y, llegado el caso, caído en combate. Es claro que ese homenaje debe ser público, no clandestino o vergonzante. La amnesia aséptica de Bush y sus ladrones de cuerpos , que temen como a la peste cualquier contacto con la realidad irrelevante de sus soldados muertos en Irak, es seguramente la mayor violación del código militar desde que el vengativo Aquiles se negó a que se rindieran honras fúnebres a Héctor Priámida, domador de caballos. El héroe aqueo terminó entregando los despojos de su enemigo, pero Bush no es Aquiles, ni siquiera su porquero.

(23) Este análisis no intenta en absoluto absolver a la guerra de sus culpas, ni se subsumirla en el espectáculo hasta obviar su realidad como haría un Baudrillard, sino observar cómo, a la vez que se universaliza la violencia mafiosa del orden capitalista, se banaliza su práctica también en el plano de la psicología de masas, haciendo de ella una profesión respetable,convencional (ya se dijo que en la primera Guerra del Golfo los pilotos de los bombarderos norteamericanos volvían a sus hogares por la noche, para cenar en familia, tras la normal jornada de trabajo), segura, donde no se muere y quizás ni siquiera en el fondo se mata, pues todo se querría reducir a un confortable juego de ordenador. Se entienden mejor así ciertas contradicciones, producto de una institución en crisis, que superficialmente pueden pasar por incongruentes, como el llanto que asaltó en la hora de la despedida a algunos de los soldados profesionales del contingente español enviado a Irak hace unos meses, pues el decoro castrense exige que sea el que se queda en la patria quien llore, y no el que marcha en busca de la gloria. Pero estos soldados no se habían alistado para matar y morir, sino para jugar con máquinas sofisticadas, entrenarse en emocionantes deportes, aprender la utilísima informática, comer caliente… la mayoría de ellos era, además, inmigrante: igual podrían haber sido temporeros de la fruta o empleadas del hogar, y es con este poco marcial perfil psicológico con el que aceptaron las condiciones de trabajo ofrecidas por el Ejército. Puede que el tiempo y las circunstancias hagan de ellos saqueadores o asesinos, pero no guerreros enamorados del peligro y orgullosos de su valor y sacrificio. Es claro que la pérdida de tan acendrados valores, por los que por cierto no se siente aquí ningún tipo de nostalgia delirante sino un asco infinito, le importa muy poco a la dominación: sea para limpiar las playas de petróleo o para mancharlas de sangre, sólo le convienen los buenos profesionales para los que nada es personal porque todo es un negocio.

jueves, 10 de julio de 2008

JOSÉ MANUEL ROJO III: EL OTRO ILUSTRE COLEGIO DE PATAPHYSICA


El Otro Ilustre Colegio Oficial de Pataphysica o la patafísica realizada

José Manuel Rojo



Ya se sabe que los ideales y valores de los que más presume una época histórica son precisamente aquellos que menos existen en la realidad. Se sueña con princesas que se casan con campesinos, porque la distancia real que separa a estos dos estamentos es inmensa e irreversible. De ahí los mitos, y las ideologías, que pueden hablar tanto de los deseos irreprimibles de una clase social, como de las justificaciones y coartadas de la otra; al menos en el mito, existe una ambivalencia que permite ciertas sorpresas o sobresaltos históricos, cuando el mito consolador se toma al pie de la letra y se exige su realización. Entonces se provoca, violentamente porque es necesario, el Milenio, para colmar todas las distancias y celebrar todas las bodas. Mientras tanto, se siguen pregonando las mentiras, las ilusiones van por un lado, y la vida por otro.

Si aplicáramos esta sencilla ley a nuestra época, llegaríamos a la conclusión, entre otras muchas cosas, que nunca antes el ser humano se había aburrido tanto, ni su vida ha sido tan monótona y vacía, puesto que en todo momento se nos quiere convencer de que estamos rodeados de diversiones, que somos capaces de reinventar nuestro comportamiento de forma libre y espontánea, de que somos, en fin, un pozo inagotable de creatividad. Y en cierto modo es así, al menos para una franja cada vez mayor de la clase trabajadora que se ve explotada en las condiciones de producción del capitalismo posindustrial, o capitalismo de espíritu el que se dedica sobre todo a producir, comerciar, publicitar y vender las mercancías basadas en los sentimientos, emociones, deseos y fantasías de la propia población. Aquí se exige creatividad, compromiso emocional, sentimientos a flor de piel, flexibilidad conceptual, gusto por la aventura mental, y no sólo a los altos directivos. Pronto, a todos, hasta a las cajeras de los supermercados o a los repartidores de pizzas, se les conminará a que se les ocurran cosas, para atraer al consumo y multiplicar los beneficios. "Los tiempos han cambiado, hace falta pensar y reaccionar, y sé con pena que no podrás vivir en este lugar. Ya no tendrás hogar alguno, los rincones de los despachos te repudiarán, Y si alguien te ofrece cobijo, pues a ese alguien también habrá que despedir. Sin demora. Sin mano trémula. Y sin indemnizar". Así reza una lamentable Oda a la mediocridad que una empresa de publicidad se permite lanzar a los cuatro vientos, como manifiesto del Nuevo Orden, como nuevo contrato social. El mediocre, que no es lo mismo que el vago de la cadena de montaje contra el que luchaban las draconianas reglamentaciones del fordismo, será despedido sin indemnización por no imaginar, por no tener fantasía, por su falta de corazón. Y a la salida de tan excitante jornada laboral, la fiesta continúa, pues el mundo se ve convertido en el país de las hadas por obra y gracia del espectáculo, con sus efectos especiales, con sus hechizados que se pasean con cadenas voluntarias por los pasillos virtuales de la casa de vecinos global, con sus tierras encantadas por los parques temáticos, con la realidad echada a perder por la ficción que responde a un único y despiadado imaginario: el imaginario de la economía.

Y sin embargo, la gente se aburre. Porque a esos a los que se les pide que se les ocurran cosas ficticias, nunca les ocurre nada verdadero; porque esos juegos de manos y esa magia degradada tampoco nos pertenece, pues no responde a ningún deseo profundo sino a lo que dicen las encuestas sobre las tendencias de mercado (todavía no son lo mismo...); porque nuestro comportamiento sigue siendo estereotipado, responsable, ordenado, previsible y vulgar, racionalista (sí, racionalista en el peor sentido de las palabra puesto que nada debe salirse del cálculo de proabilidades de la economía y del control social) y lógico, a pesar de las máscaras de la demencia que la farsa nos ofrece. Porque esa creatividad se dedica exclusivamente al trabajo, y se agota en él, de modo que, en el así llamado tiempo de ocio, no se espera que el consumidor sea realmente creativo (entonces no consumiría, incluso tal vez hasta se negaría a trabajar), sino que acepte las reglas del juego de los entretenimientos del espectáculo, que simulan tanto como niegan la verdadera imaginación. La vida se malogra así en una infinidad de tareas que parecen variadas por incomprensibles, que parecen entretenidas por absurdas, pero que en definitiva conforman la geografía desoladora de la alienación y del aburrimiento contemporáneos.

En este contexto se entiende que la lucha por los derechos de la imaginación sigue siendo tan acuciante como antes, y que los programas utópicos del surrealismo o de la I.S. siguen de alguna manera vigentes, porque, escandalosamente para nosotros, todavía no se han hecho realidad. Pero se equivocaría el que pretendiera aplicar las recetas polvorientas de la misma manera que en su época original (y ya en esas épocas, fracasaron), porque el combate es hoy otro. No contra un orden victoriano que encorsetaba las pasiones y condenaba al individuo a unas reglas morales rígidas, a unas actitudes codificadas según el estatus social, sexual o de edad, reglas que sofocaban cualquier emoción y cualquier espontaneidad; más bien, la lucha es contra un mercado de la personalidad en el que no hay instinto humano, pasión irracional o acto delirante que no encuentre su modelo y rol conformados como objeto de consumo, de tal forma que, dentro de la enajenación social, nadie sea capaz de encontrar el camino de su verdadera enajenación individual, pues cualquier acto, hasta el más delirante o el más sacrílego, no parece sino que imita uno de los infinitos roles que nos ofrecen los escaparates del mercado. Tampoco contra un racionalismo estrecho que condenaba a la loca de la casa, la imaginación, al infierno de la marginalidad o la locura; más bien, contra la legitimización como herramienta de la mercadotecnia de una imaginación corrompida por las fantasías del espectáculo, que identifica imaginar o soñar con comprar, y que presume de que "todo es posible", que se trata tan sólo de "imaginálo y hazlo", a condición, claro está, de la negación de la facultad primordial de la imaginación, la única que en definitiva nos interesa, que consiste en la capacidad de desear, proponer y hacer deseables otras alternativas vitales, sociales, políticas y económicas al orden dominante (1) . Ni siquiera, en fin, contra un orden lógico diseccionado por una ciencia que ha decretado la extinción de lo maravilloso y de lo absurdo; otra vez, contra el delirio científico que no admite más maravillas ni más absurdos que los que ella misma se dedica a crear y propagar bajo la forma de horrores y de monstruos en un mundo reconvertido en inmensa isla del doctor Moreau. Estas serían algunas de las coordenadas del nuevo mapa de la vieja lucha. Faltan, claro está, otras muchas más. Y no se ha hablado de las armas a nuestra disposición. Sin duda, los movimientos que han hecho de la realización de la poesía su razón utópica de ser, pueden proporcionar todavía un arsenal muy prometedor, siempre que se corrija el ángulo de su punto de mira para adaptarlo a las condiciones actuales. En ese arsenal, bajo extraños cachivaches y máquinas inservibles, se esconde una bomba negra y redonda provista de una evocadora y larga mecha. Se llama la patafísica.

* * *
No se trata de resumir ahora la historia de la pataphysica, esa "ciencia de las excepciones y de las soluciones imaginarias" creada por Alfred Jarry, que a través del humor, del cultivo de lo absurdo y de la parodia del método científico pretendió "describir un universo que se pueda ver, y que quizás se deba ver en lugar del tradicional". Conformémonos con recordar cómo la patafísica, que puede ser interpretada como la filosofía última del Simbolismo que prepara ya el camino teórico a los profetas de la realización de la poesía, fue desviada con la creación del Colegio de Patafísica en el París de 1948 hacia la fundación de una jerarquía, mitad aristocrática mitad cirquense, en la que entraron viejos camaradas de Jarry supervivientes de la Belle Epoque, exsurrealistas, surrealistas, surrealistas-revolucionarios, letristas, antiguos futuristas y francotiradores varios. A pesar de sus fértiles ocurrencias, la patafísica oficial y celosa de su denominación de origen terminó fosilizándose en el dogma, la secta y la repetición de los mismos chistes al calor de un fuego ya languideciente y en vías de extinción. El mayor error, sin embargo, consistió en el desaprovechamiento de la energía de la patafísica, que se utilizó para experimentos literarios finalmente banales como el OULIPO, en vez de utilizarla para desarrollar lo que la propia patafísica ya era en germen: por un lado, una crítica de la ciencia y de la técnica tanto más efectiva cuanto que se basaba en un razonamiento tan lógico como humorístico y poético. Por el otro, un método de subversión de la vida servil, un código de conducta, de gimnasia corporal y gestual, una esgrima de actos cotidianos capaz de desbaratar el entumecimiento eterno de la marioneta humana. Como decía uno de los grandes sátrapas del Colegio, Noel Arnaud, "la patafísica es una ciencia de la observación, o una manera de ver, de la que los exaltados pueden deducir un arte de vivir". Ese arte de vivir es el que en su momento apuntaron los surrealistas, por medio del acto irracional, del escándalo o de la confiada aceptación del azar; o los situacionistas, con su búsqueda racional y consciente de una nueva vida. Ese arte de vivir es el que igualmente necesitamos hoy, sólo que todavía más refinado, pues las actitudes pasionales que puedan desacreditar la supervivencia superándola no pueden ya no confundirse ni solaparse con el catálogo de manías y de espasmos de polichinela del espectáculo, y, sobre todo, más negativo (2). Para la reconstrucción de ese arte de vivr, como para el lanzamiento de la imprescindible ofensiva de gran estilo contra la civilización tecnocientífica, hemos encontrado en el viejo arsenal la bomba patafísica.

* * *
Porque afortunadamente, la patafísica es una sustancia demasiado explosiva como para que las instituciones (¡aun pataphysicas!) pudieran almacenarla sin peligro, y así se producen tranfusiones de la antigua energía que anima en otros tiempos y en otros lugares una actividad análoga. Como El Otro Ilustre Colegio Oficial de Pataphysica de Valencia que se empeña, desde su fundación en 1990, en renaudar y proseguir la agitación del Chat Noir de París, o del Cabaret Voltaire de Zurich, utilizando sus mismas armas: el humor, la provocación y el caos. El objetivo, que insiste en la brecha abierta por el surrealismo, es nada menos que "hacer conscientes los procesos inconscientes". Ahora bien, hoy el inconsciente ya no es lo que era, y quizás no nos permita revelar maravillas sino pesadillas, y en vez de iluminar confunda y mienta, pues también él, como realidad que es, está impregnado de las quimeras de la economía y del consumo. No importa, pues la labor profiláctica es tan necesaria como la genésica. "El OICOP se yergue como órgano y símbolo del ridículo de una época que no ha sabido administrarlo", reza el manifiesto del OICOP del Dr. D. Quatre-Vingts Cocotiers. Más bien, ese ridículo se administra a manos llenas, hasta anegarnos, pero no se quiere reconocer como tal, como materia constituyente de nuestra sociedad, sino como entretenimiento; haría falta entonces hacerlo consciente, sin falsas coartadas, para despues destruirlo. Para ello, nada mejor que la construcción de situaciones absurdas que revelen el absurdo de la normalidad razonada y de la religión de lo útil, y que permitan la irrupción, siquiera efímera, de la imaginación autónoma que no sólo rotura la mediocridad ridícula de la vida cotidiana, sino que, sobre esa tierra baldía, se atreve a echar los cimientos de otra etología humana.

En otras épocas más felices y menos escépticas, menos estragadas por el atracón del espectáculo, hablaríamos de que con el OICOP llega el soplo de la libertad. Hoy no nos atrevemos a tanto. Sea como fuere, vestidos como caballeros de entreguerras, o, mejor aún, de principios de siglo (del siglo XX, decimos), el Colegio, en una de sus muchas encarnaciones, se entrega a una actividad "artística" que resulta difícil de catalogar, una mezcla de actuación musical, pantomima y recital de poesía que por participar de todos los géneros muertos inventa uno nuevo, melancólico y grotesco, el número de la patafísica. Por esta misma razón, se hace difícil, si no imposible, arriesgarse a una descripción de sus actuaciones. Deberíamos intentarlo sin embargo. En cuanto al aspecto musical, las melodias románticas, sentimentales y nostálgicas que el Dr. Friederich Von Pinacothéque toca al piano, experimentan el sabotaje y la destrucción a manos de dos terribles violinistas, el Dr. Antuan Duanel, ese dandy indiferente, y el Dr. El Antiabraham Mi Primer Mamut, ejemplo esclarecido de la perversión polimorfa de la infancia eterna. Conviene aclarar que la mayor virtud de estos doctores es que no saben tocar el violín. Sobre este pandemonium musical, el Dr. Bungalou Lumbago A´tresbandas ¿canta? ¿declama? sus extraños poemas, no aptos para todos los públicos, con una retórica que por anticuada y polvorienta se nos aparece como la más actual (o inactual, tanto nos da). Últimamente, a este caos sonoro-poético que el colegio ha bautizado, no sin razón, como punk decimonónico, se le han unido nuevos elementos de demolición. Es el caso del Dr. Truna, que incorpora sus inventos inquietantes, reliquias de un retrofuturismo paródico que bate en su propio terreno de la eficiencia técnica a la ideología utilitarista de la máquina. Así, el toro cósmico, definido como "una escultura que hace ruido"(?); o la trompeta truna, que consiste en una placa electrónica conectada a una trompetita de juguete provista de un altavoz; o la bola mágica, un artilugio que conectado a un cable eléctrico amplifica el cuerpo de las personas que la sostienen, de tal manera que al rozarse o tocarse generan un simpático ruido, algo así como "mec, mec". Por otro lado, tenemos al Dr. Sieur Oublié Le Parapluie, gran mago negro, ogro refinado que se pierde entre sus lúgubres bromas y sus sangrientas paradojas, embajador del lado oscuro y supremo comeniños, al que sin embargo adivinamos, como en los más crueles cuentos de hadas, bondadoso. Aclaremos que el equívoco y temible sentido del humor del Dr. Oublié, que para empezar y por sistema se dirige contra sí mismo, pertenece al linaje de los grandes señores de la decadencia; que, entre el Duque de Blankemburgo de Elemir Bourges, y el príncipe Noronsoff de Jean Lorrain, se sitúa y explica la desmesura moral y la crueldad mental de este último decadente, cuya sola presencia escandalosa es capaz de provocar a su alrededor un total desbarajuste y una fuga de cualquier idea de autoridad, empezando por la autoridad de lo serio. Hasta aquí el vano intento de descripción. Sea como fuere, quien haya asistido a algunas de sus "veladas", puede dar fe de que no se trata en ningún caso de una revisión arqueológica o estetizante de esos modelos históricos que supieron encarnar la rebelión pura y el furor organizado a la vez que desesperanzado. Todo lo contrario. Por medio de una taumaturgia que se nos escapa, el libre espíritu que poseyó a Alphonse Allais o a Hugo Ball se transmite, literalmente, a las huestes del OICPV, que retroceden así a la edad del salvajismo, o de la infancia. Y hay una violencia poética inmanente a sus escenificaciones, que llega a conmover los espectadores, que si al principio sonríen despreocupados pueden muy bien sentir vértigo cuando las luces se encienden, un vértigo no precisamente ilusorio sino físico. A veces esa violencia es casual y gratuita, a veces no (3).

Por otro lado y como era previsible, al proponerse injertar los procesos oníricos en una actividad cualesquiera (en este caso, una actuación músico-teatral) de lo que llamamos realidad o estado de vigilia o vida consciente, el OICOP se reencuentra con el problema que ya advirtió el surrealista belga André Souris al estudiar las relaciones entre surrealismo y música: que es imprescindible partir de elementos reales, entendidos como lugares comunes reconocibles por todos (una música monótona y mal interpretada que se basa en Satie pero también en el vals, la barcarola y otros géneros caducos; una declamación poética rancia y tópica que no teme caer en la retórica más polvorienta), para después "hacerles sufrir, por una operación muy particular, una transformación que metamorfosee esa realidad". En el caso del OICOP, la propia inoperancia instrumental se confunde con la improvisación musical y conduce a una sensación de ambiguo extrañamiento, y la dicción retórica no se aplica sino a textos convenientemente delirantes, y se extrema hasta volverse contra sí misma y fundarse como voz oracular, con lo que la simple burla trasciende a un clima inesperadamente poético y encantatorio, agresivo y perturbador: como volver a la infancia. Es que, una vez más, sólo desde la realidad tiene sentido la imaginación, y sólo los lugares comunes y la cotidianidad más estandarizada son rivales dignos con los que ella puede y debe medirse (4). Todo lo demás es literatura, o como diríamos ahora, simulacro.

* * *
Pero la actividad perniciosa del OICOP no se limita ni mucho menos a sus "actuaciones", sino que contagia toda su vida cotidiana, sus actos y sus gestos, así como sus intervenciones públicas. Las fotos que acompañan este texto ilustran una de ellas, modelo posible de agitación poética. Un sábado por la tarde, en el cruce de algunas de las calles más comerciales de Valencia, los patafísicos aprovechaban el momento en que se cerraba un semáforo para, vestidos de rigurosa (y anacrónica) etiqueta, oficiar una solemne ceremonia de la toma del té, con sillas, mesa y mantel incluídos, en pleno paso de cebra, ceremonia que se interrumpía con el semáforo en verde, para ser continuada en el paso de cebra vecino, y así sucesivamente. Ninguna presencia de los medios de comunicación, ninguna pretensión artística, ni una sombra de vulgar happening. El OICPV tomaba el té porque le apetecía, por puro placer, porque sí. Que la masa movilizada por el consumo sintiera estupor ante tan ilustre ceremonia, que ese estupor pudiera levantar siquiera un atisbo de sospecha, en algunas personas no del todo hipnotizadas, sobre lo que significa el ocio en las sociedades contemporáneas, sobre cómo vivimos, incluso sobre cómo podríamos vivir... son efectos siempre deseables, puede que hasta conscientemente buscados, pero siempre secundarios. Así al menos lo entienden los patafísicos, que hoy beben té en la calle, ayer avanzaban impertérritos por la playa vestidos de rigurosa etiqueta para bañarse en el mar con la más olímpica de las serenidades, antesdeayer se ofrecían a los pasajeros de un autobús como empleados de la Compañía de Autobuses para satisfacer todos los deseos de los usuarios en lo que durara el trayecto (recordemos que en nuestro tiempo sin gusto ni estilo, las elegantes galas se confunden fácilmente con un uniforme oficial), y hace 15 años transformaban los nombres de las calles de Burriana, cambiando la Calle Salvador por (era obvio) Calle Salvador Dalí, y la calle Divina Pastora por Calle Adivina la Hora (el absurdo no está tanto en estos juegos de azar y lenguaje sino en que, 15 años despues, las calles siguen con el mismo nombre, lo que dice mucho tanto de la diligencia de los ayuntamientos como de la ceguera y estabulación de los ciudadanos, incapaces de observar algo alrededor, porque viven en la nada). Y mañana, tal vez, se disfracen de conejos para romper el sentido del trabajo, el sentido del deber y todos los sentidos de la vida actual, tal y como proponen en el texto-programa de acción que se transcribe a continuación, y del que sólo se puede lamentar que todavía no se haya llevado a la práctica.



LOS CONEJOS, CHISTERA EN RISTRE, RAPTAN AL PRESTIDIGITADOR
por el Dr. Bungalou Lumbago A'tresbandas, Doctor en Patafísica, 1998 [8473 desde el reinado del Padre Ubú]

El Dr. Bungalou pretende con este mini ensayo teórico-práctico acribillar a los acadudalados bienpensantes de la razón impreante, esto es, a los fervientes defensores del más común de los sentidos que, si para un perro es el sentido del olfato, ya que es en estos mamíferos donde juega un papel preponderante en la hora fatal de la reproducción, sin embargo, hete aquí, que para los hombres y mujeres este sentido es el sentido común, llamado así por la excesiva facilidad con la que prende en los espíritus que se pliegan ante la promesa de un provechoso destino. Los Doctores en Pataphysica, siempre ojo avizor, si acaso pertrechados bajo el parche del disimulo ante su malcarada gobernante, es decir, ante su conciencia, la cual recibe en el vestíbulo de su cerebelo de 12 a 14 hrs., recogen con los dedos de su mano más próxima el hilo de saliva que se balancea como una red entre sus labios y el vacío y lo aplican como agua de Mayo hacia las regiones mas inferiores de su conciencia que huye engalanada por la prodigiosa longanimidad de su adversario, es decir, de su propio Doctor ( ya se sabe: todo Doctor en Pataphysica tiene su propia conciencia aunque el Doctor se empeñe en negarlo repetidamente ). Los hechos serán los siguientes: cariacontecidos como un erizo ante una batalla campal van los pasajeros de los autobuses regulares camino de sus ocupaciones habituales. Es un lunes por la mañana, Cronos tuerce la nariz, dan las ocho. El trolebús para, abre sus puertas automáticas y un Doctor en Pataphysica sube vestido impecablemente con un disfraz de conejo de la mejor calidad- saca una zanahoria y busca sitio para sentarse; es muy temprano, esto no son horas, ni siquiera para un Doctor en Pataphysica disfrazado de conejo. Todos los asientos estaban ocupados pero ¡Oh Novedad! ahora están totalmente libres; sus ocupantes se han enderezado dando su primer salto en todo el semestre y se han sujetado de las argollas que el autobús concede -invitando a la horca- para sus huéspedes en un gesto de cortesía sin par. El Pataconejo se acomoda en el mejor asiento del autobús ¿? y espera pacientemente.

El conductor masca tabaco, lo hace desde mucho tiempo atrás, así pues, no se apercibe de lo que ocurre a su alrededor. Otra parada. Nadie se apea; al contrario otro Pataconejo sube y, al estilo inglés, se sienta dos filas más allá de su congénere. No se hablan; ni se han mirado; esta circunstancia ha calado profundamente en el ánimo de los presentes inyectándoles el aguijón que lleva el veneno de una creciente curiosidad. La escena se repite solemne y meticulosamente durante 7 estaciones más. Hay 9 Pataconejos en el interior y, ahora, los pasajeros ya no son los mismos aunque numéricamente la cifra sea idéntica a la que existía cuando apareció el primer conejo-doctor. Ninguno ha abandonado su puesto, sin embargo, muchos serán despedidos de sus trabajos, otros dejarán -esa mañana- los pechos de sus amantes en carne viva, los más se habrán librado de otra deuda..... un crimen ?, un amor ?, las reprimendas del sastre ?...... En el exterior, un viandante -al ver el autobús repleto de conejos- realiza un acrobático doble salto mortal y acto seguido aborda -en su aterrizaje- a una pacífica viejecita a la que sin más miramientos le entrega toda su ropa y desaparece misteriosamente de la calle ocultándose en el alcantarillado. De pronto un espasmo general penetra en los hocicos de los Pataroedores, hay gritos y alboroto; un zorro, falda escocesa y jersey a cuadros, acaba de subir portando una carpeta llena de planos y un escalpelo. A su vez, los 9 Pataconejos apretujados en la parte trasera lanzan ortigas diminutas -que extraen de su chistera- sobre tan inoportuno mamífero. La situación se complica y los conejos presionan repetidamente "parada solicitada". El conductor frunce el ceño, escupe tabaco y frena. Las puertas se abren y los Doctores-conejos corren despavoridos; mientras, el zorro, animal de costumbres, se acomoda al lado de una señorita de exagerada fragata y, con la excusa de los planos y el escalpelo entabla animada conversación. Una vez mas el desorden público ha sido restablecido; pero ahí no acaban las Patafechorías. Los conejos se desprenden del traje de conejo y los Doctores en Patahysica reaparecen deslumbrantes con la sonrisa de Humpty Dumpty dibujada en el semblante.

Advierten a un Magistrado que se dirige plácidamente –después de sus 6 condenas diarias- con el deber ungido, a su camita a descansar donde le espera su mujer, una abogada de la patria, con un callo muy molesto en el pie derecho y un esternón de campeonato con el que enamoró a nuestro hombre. De otro costal, dos calles más allá los Doctores divisan a un honrado pastelero que a fuerza de manipular el azúcar ha endulzado las formas de su rostro de raíz y ahora es tan hermoso como un efebo griego. ¿Qué hacer? ¿Cómo corromper radicalmente las vidas de estos dos individuos sin que lo noten?. Muy fácil. Atacaremos desde el exterior. La mecanización de sus existencias hará el resto.

Así pues, los Doctores en Pataphysica dispondrán de los siguientes elementos: una escalera, una brocha, un pincel mediano y un bote grande de pintura. Esto y un cierto grado de habilidad será suficiente. ¿Cómo? pensarán ustedes. He aquí la solución: Supongamos que el Magistrado (MA) vive desde hace 15 años en la calle de las Transparencias Imperativas y el Panadero (PA) en la calle del Hongo Dulzón. Un simple intercambio del nombre de las calles utilizando los materiales antes indicados conseguirá que nuestros hombres varíen su trayectoria y aparezcan en una casa que no es la suya. El hábito unido a la pereza y a la nula capacidad de asombro implantará rápidamente la nueva situación en sus mentes como costumbre lógica y abrumadoramente vana. Todo el entorno volverá a adaptarse fácilmente como se adhieren las lapas a las rocas del litoral. Esto se haría extensivo a todas las calles, plazas y avenidas de cualquier ciudad confundiendo y trastornando las vidas de sus parroquianos. Es más, cada trimestre ( u otro lapsus de tiempo elegido al azar ) una brigada de Doctores en Pataphysica se encargará de volver a poner patas arriba el callejero municipal. El municipio, por tanto, caerá irremisiblemente en el precipicio del sin sentido y se habrá convertido en el lupanar -patrocinado por El Otro Ilustre Colegio Oficial de Pataphysica- con diversión gratuita de cualquier tendencia, que todos deseamos.

Schubert es acuoso.

Sin apenas descanso los Doctores abren los ojos nuevamente y..........

¡ ya es navidad !. Una idea, diabólica, embellece sus frentes con la agilidad propia del gamo del Ecuador. Nos encontramos en el Salón de Actos Paganos del Ayuntamiento; es víspera de Reyes. Ya habrán adivinado que los 3 Reyes Magos que agasajarán a los infantes de la ciudad son ni más ni menos que otros 3 Doctores en Pataphysica convenientemente disfrazados de sus Majestades de Oriente. Y bien, hasta aquí todo normal. Pero, como el imán, lo normal atrae el cieno, cicuta del alma y alegría del Doctor.Se trataría de tentar con citas de Ciorán y del Marqués de Sade los oídos tiernamente permeables de esos niños y niñas para que las caricias del baile enigmático de esas frases se pegaran como una calcomanía en las sinapsis virginales de sus cerebros y durmieran el sueño de la carnalidad hasta que en el fragor tumultuoso de la juventud explotaran, agravando así la situación empírica de sus semejantes.

Esos pequeños rasguños propiciados por el temor a lo insólito trotarán como Ratoncitos Pérez en sus almas embriagadas y abiertas a todo y serán la dinamita que estallará impregnando de nubes de colorines las perlas dionisíacas que alientan el temblor pueril y libidinoso que transforma las actividades de la infancia en honda y sublime delectación, espoleando el deseo devastador de anteponer el siempre fascinante, gaseoso e inaudito principio del placer al principio -no muy simpático e incluso pernicioso- de la realidad.

Innecesario es agregar nada más.

Piénsenlo señoras y caballeros, qué sería de nuestra cultura y aún menos de nuestra civilización occipital si los Doctores en Pataphysica danzaran a sus anchas ejecutando estos actos a diestro y siniestro y muchos más que aún -no lo duden ustedes- reposan, prudentes, esperando el instante preciso para saltar implacables, arrebatando al vuelo los peluquines pragmáticos que yacen, hastiados, sobre las insípidas testas de nuestros contemporáneos.

¡ BUENAS TARDES !

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Se equivocaría el que quisiera encontrar en estas acciones un mero sentido lúdico, o el puro delirio sin consecuencias. Que tales elementos estén también presentes en el OICOP, es innegable, y además muy saludable. Pero el OICOP asume y practica a su manera y quizás sin saberlo ciertos principios y métodos de los movimientos actuales de contestación social, y de lo que intenta ser la crítica revolucionaria de nuestro tiempo. Como en el caso de sus "representaciones", la crítica del comportamiento que cotidianamente aplican los Doctores del OICOP parte, en principio, de la realidad más vulgar y anodina, que es precisamente la que conviene sabotear y subvertir, poniéndole delante un espejo para que se reconozca en su miseria y en su imbecilidad. Por otro lado, es bien conocido que actos como por ejemplo la transformación de los nombres de las calles se han utilizado durante los años 90 en muchas de las luchas sociales, por medio de las llamadas "acciones estéticas" o "simbólicas", que han intentado incorporar el humor y la imaginación a la protesta política, inspirándose en los presupuestos utópicos de las vanguardias históricas que intentaron fusionar el arte con la vida y con la lucha revolucionaria (5). Tan en boga han estado estas acciones, que han terminado por llegar al MACBA de Barcelona, donde se han impartido clases de "guerrilla estética" para los futuros activistas. Semejante inflación no podía sino generar dudas muy justificadas, como la de aquellos grupos que tachan tal actividad de "no acción" por ser espectacular, pasiva, impotente, cobarde y reformista. Sin duda el debate no está agotado, porque la dimensión simbólica del ser humano y de la sociedad en la que se integra o que desea transformar, dimensión donde entraría lo imaginario, los sueños, el inconsciente personal y colectivo, el simbolismo de clase, los mitos y las estructuras mentales de cada civilización, no deja de ser tan real como la esfera económica o política: no debería ser necesario recordar a pensadores como Sorel, Benjamin, Breton, Bataille o Castoriadis para aclarar este punto. Por lo tanto, no es descabellada una actividad que se proponga actuar sobre la materia simbólica y la conciencia de las personas, mediante estrategias que partiendo del legado de cierto arte y de cierta poesía se basan también en la utilización de lo imaginario y del símbolo, para desencadenar una serie de consecuencias prácticas en la lucha social. Pero una de las debilidades de esta estrategia es su dependencia asumida de los medios de comunicación, con los que se cuenta para que publiciten un acontecimiento que se convierte por lo mismo en seudoacontecimiento; otra, el voluntarismo que se obsesiona en positivizar la acción simbólica, en darle una función útil y práctica que, al no corresponderse siempre con la realidad, acaba por suplantar a la acción real. Ambos errores van de la mano, intrínsecamente unidos. Tal vez la acción que preferiríamos llamar poética, para reencontrarse consigo misma, necesite volver al anonimato más estricto, aun pagando el precio de pasar desapercibida, y de refundarse en su irresponsabilidad, en el placer que a sí misma se causa: que causa a los que las ponen en práctica, decimos. Sin renunciar a la voluntad subversiva de cortocircuitar por medio del choque poético las costumbres mentales y el proceso de descomposición del aparato afectivo, de lo que se trata hoy es de esbozar a partir siempre de la realidad objetiva una cierta poética de la vida cotidiana tan imprescindible como la crítica de la misma, pero, a diferencia de ella, autocomplaciente, gozosa, siempre gratuita, aunque por su condición escandalosa, por su negación de las experiencias clonadas y de la muerte lenta de la economía del aburrimiento, esa poética pueda y deba metamorfosearse en crítica, en un proceso dialéctico del que desgraciadamente todavía ni conocemos ni dominamos sus leyes. Hablar desde la miseria omnipresente de placer y gozo es caer sin duda en el discurso utópico que desea encontrar ya en lo real aquello de lo que la realidad carece, pero, aun asumiendo la necesidad ante todo de una crítica negativa que emprenda el gran trabajo de demolición pendiente, hay quien no renuncia a la afirmación de la vida contra la dictadura de la muerte. La crítica negativa que por puritanismo o rigor da la espalda a cualquier dato sensible o afectivo que demuestre la pervivencia de lo vivo, se tranforma en miserabilismo; y el miserabilismo tiende a apuntalar la miseria, o a edificarla.

Esa básica banalidad es la que no olvida el OICOP en su existencia cotidiana. Por eso mismo, lo que al fin y al cabo se expresa públicamente en el terreno equívoco y limitado del "arte" ("arte escénico", en su caso), lo que podría interpretarse como un juego fútil que se empeña en el delirio por el delirio, y que parte de un desprecio confeso y nihilista por lo político, desemboca en algunos de los problemas que se plantea la impugnación radical de nuestro tiempo (6). Porque lo que está vivo y se manifiesta como vivo siempre termina por unirse a la lucha por la vida contra la superviencia, igual que el sueño se ramifica en la vigilia, o la razón encuentra al fin a su doble.


NOTAS

1. En una publicación surrealista de 1947, Jules Monnerot hablaba ya de cierto pecado de imaginar que se concretaría hoy en la prohibición efectiva de atreverse a vislumbrar siquiera una organización social diferente a la dominante, prohibición que se materializa no tanto desde el exterior sino desde uno mismo, en cada uno de nosostros. No es casual que nuestro tiempo no segregue utopías, sino contrautopías. Esta mediocridad imaginativa no pasa sin consecuencias nefastas. El caso argentino es muy ilustrativo de esta debacle del espíritu. Aunque la reinvención de la asamblea y del trueque están sustituyendo en muchas zonas a la autoridad del Estado y a la economía de mercado, existe todavía un prejuicio, un tabú que impide extraer las últimas consecuencias de un proceso que ya es revolucionario: la dificultad casi invencible de proponerse y proponer otro mundo, otra vida. Por esta grieta se cuelan la resignación y el escepticismo que traen de regreso a los "hombres providenciales", los políticos honestos, las recetas infalibles y tradicionales del FMI, las ayudas del Primer Mundo, y el consabido convoy de ilusiones consoladoras. No es casual que en algunas asambleas de Argentina se empiecen a debatir la necesidad de propuestas, y no sólo protestas. Para que esas "propuestas" sean destructivas y no caigan en el reformismo, el ejercicio crítico de la imaginación quizás esté supeditado a la afirmación de la teoría revolucionaria y a la maduración de la conciencia de clase, pero debe estar junto a ellas, y mejor cuanto más cerca.

2. Negativo, en el sentido de que estos actos deberían por su propia lógica resultar inaceptables para el orden y la legalidad dominantes, cayendo así en la misma delincuencia, desde el punto de vista de ese orden. Como decía Vaneigem a propósito de los "actos surrealistas" escandalososy provocadores que sugería el Primer Manifiesto de Breton, cuando critica que no proliferaran con la suficiente conciencia y sistematización, "llamar surrealista a todo acto sancionado por las leyes habría puesto el acento, en un primer momento, sobre la alienación general, sobre el hecho de que nadie puede ser uno mismo sino obedeciendo a la parte inhumana que el condicionamiento del Estado y de sus mecanismos introduce en cada cual. A continuación, se podría haber distinguido entre los actos ´repensibles´desde el punto de vista de las leyes, y que se inscriben en precisamente en la lógica de muerte, en la lógica de la inhumanidad impuesta por el poder, y los que al contrario, nacen de un reflejo de la voluntad de vivir" (Historia desenvuelta del Surrealismo"). Aun sin caer bajo el castigo de las leyes, desde luego todo comportamiento que se quiere libre tiene que pasar también por esta prueba de fuego: darse cuenta de que su reino no es de este mundo, que al expresarse en plenitud, choca inevitablemente con los límites del orden dominante, que, quiéralo o no, lo niega y lo combate. En el caso del OICOP, baste con decir aquí que su concepto de vida inspirada ha chocado alguna vez, efectivamente, con la policía. Hasta el punto de casi provocar un motín popular.

3. Hace ya varios años, el OICOP "actuó" en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en el marco del Festimad. Ya hacia el final, las risas, las sonrisas y la complaciencia indulgente del público sobrado de sí mismo se congeló y cayó hecho pedazos cuando el Dr. Bungalou Lumbago Atresbandas pronunció estas sencillas palabras: "La patafísica ha vuelto para destruir vuestro mundo. Por eso se intenta aniquilarla. Porque cuando la ETA mató a ese Tomás y Valiente que tanto queréis y por el que tanto lloráis, se equivocó, ya que quería acabar con los patafísicos". Aunque luego el discurso recuperaba el tono humorístico y aparentemente enloquecido, el daño ya estaba hecho. El atentado del famoso jurista estaba efectivamente muy reciente, y la broma se comprendió como lo que era, como un insulto.

4. "Lo propio del surrealismo es partir de lo real, tenerlo siempre presente e intentar descubrir en esa realidad una dimensión que le es inmanente, y que se ha llamado surrealidad", puntualiza Sourois. "EL OICOP no es sordo ni refractario a los hechos desnudos, cuando quiere los extenúa con el rigor y la sensibilidad de un combatiente, los goza, los apura como para quien vivir significa matar, los ordena en campo abierto para estrellarse contra ellos con titánico vigor sexual, y la palidez resultante del encuentro produce desmesuradas erecciones y desmesuradas flaccideces. Indistintamente Edipo inquiere a la Esfinge o toma el té con ella", aclara el Dr. Quatre Vingt Cocotiers en el manifiesto ya mencionado.

5. Para una visión de conjunto y de primera mano de estas acciones, es recomendable consultar el folleto Acción directa en el arte y la cultura (entre textos teóricos clásicos y futuros clásicos de Paul Nougé, Debord y Wolman, Hakim Bey o Luther Blissett, contiene reflexiones pioneras de la primera mitad de los 90 en España, o al menos en Madrid, como las de Preiswert Arbeirtskollegen, Industrias Mikuerpo o el Grupo Surrealista de Madrid), editado por Literatura Gris. La misma editorial ha publicado un sabroso dossier del Luther Blissett de antes del éxito literario, Pánico en las redes. Teoría y práctica de la guerrilla cultural. La editorial Virus, en fin, ha editado también un compendio casi enciclopédico de todas las tácticas y tendencias de este "modo de lucha": Manual de guerrilla de la comunicación.

6. Sin embargo, hay una objeción fundamental a esta realización de la patafísica. ¿No amplía y se complace quizás en la confusión propiciada por el espectáculo, por los medios de comunicación, por el principio de realidad virtual de esta economía de la fantasmagoría en la que vivimos? ¿No puede coincidir con las estrategias de falseamiento de la realidad y de la existencia, en vez de enriquecerlas y liberarlas? ¿Se puede apagar el fuego arrojando más madera? Los Hermanos Marx dirían que sí; cierta crítica radical no está tan segura. Existe un peligro evidente en complacerse en una actividad y una actitud todo lo imaginativa que se quiera, pero que puede recordar desgraciadamente las estupideces de los mass-media, los entretenimientos disparatados de la economía posindustrial. Este peligro podría arruinar desde la raiz la empresa patafísica, al menos vista desde el exterior. En este sentido, tal vez sería útil conocer unos extractos de la réplica a tales objeciones del principal animador del OICOP, Hilario Traver, el Doctor Bungalou Lumbago Atresbandas:

"Los doctores hacen sus acciones de perversión por el placer primario que esto supone como una forma de volver a vivir las experiencias de la infancia, en el sentido de lo hecho y experimentado por primera vez. Los sujetos que se dedican a las endebles manifestaciones como la "cámara oculta" o Gran Hermano, vuelven a sus casas con la conciencia bien acomodada y su vida bien ordenada donde no entra ni una mota de polvo de la VIDA. Así se pudren en su cielo particular. Estos individuos entran dentro de la normalidad y no salen de ella. Los que participan en estos programas no estan en guerra con ellos mismos y sus actos son equiparables a lo que suelen realizar en el cuarto de baño, o en el salón-comedor, oficina, etc.

Desbaratar el sistema de valores y creencias de estos "bienpensantes" es nuestro cometido. El lenguaje y con él las relaciones sociales donde se manifiesta puede ser un buen punto de partida.

Los actos patafísicos son enteramente gratuitos, son realizados por diversión, puro placer, exento de cualquier condicionamiento, y, en este sentido, la calle es como una prolongación del espíritu patafísico donde surge la pregunta: ¿Qué voy a hacer con mi vida? En la misma calle están las claves para la respuesta, ¡ojalá no sea nunca contestada!"