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jueves, 27 de octubre de 2011

Museos de melancolía- Iain Sinclair





Museos de melancolía
Iain Sinclair


Una investigación sobre los orígenes de la familia de mi esposa, los Hadman, me llevó hasta una oscura pared de la estación de King’s Cross. El padre de Anna consideraba que los Hadman estaban emparentados con el poeta John Clare, que provenía de Helpston, un pueblo cercano al suyo propio. Nuestra investigación sacó a muchos Hadman anteriormente desconocidos de la tierra donde habían yacido, sin que nadie les molestara, durante cientos de años. Algunos de ellos se habían conocido entre sí, pero eran desconocidos para nosotros: vidas resumidas por fechas inciertas e incompetentes transcripciones de aquel apellido. Los registros eclesiásticos habían sido roídos por las ratas, las inscripciones de las lápidas habían sido borradas por el viento de los pantanos. La mayoría de los Hadman nunca se habían alejado más allá de un día de paseo de distancia respecto de su punto de partida, el ahora desaparecido asentamiento de Washingley (en la colina sobre Stilton en Huntingdonshire). Descubrimos que dos de ellos se habían aventurado más lejos. Uno, Oscar, compró un pasaje para América. Registró su destino como 414 West First Street, Sioux Falls, Dakota del Sur. Desgraciadamente, su billete de tercera clase era para el Titanic. El otro, ‘Hadman E.’, fue registrado entre las columnas de los muertos del monumento a los caídos de King’s Cross. Los esfuerzos heroicos de Anna, viajes a
Kew, Clerkenwell, días de rastreo por Internet, establecieron una conexión. Hadman E. era Ernest. De Stilton. Ferroviario en Peterborough, «mozo interino». Ernest falleció en el Somme [Francia] en 1917 y figura en la lista del monumento a los caídos de Thiepval. Existía ciertamente un remoto parentesco con Anna. Su tatarabuelo y el bisabuelo de Ernest eran hermanos. Suficiente para dejarla envuelta en lágrimas y animarla a emprender una expedición al
monumento conmemorativo de la estación. Tuve que abordar este episodio a mi manera:
recorriendo a pie un circuito de las principales estaciones de Londres, para comprobar la visibilidad y la constante presencia de los muertos de las guerras. ¿Cómo los recuerda una ciudad preocupada, los rostros ausentes de un generación perdida? ¿Durante cuánto tiempo sobreviven estos recuerdos en la agitación de la vida contemporánea? Estaciones y guerra: bandas de música, banderas, banderines, torpes abrazos. Niños refugiados con
cajitas colgadas con cordeles alrededor de sus cuellos. Humo, vapor. Pitidos. Transportes de tropas. Rostros demacrados vistos a través de los tablones de camiones de ganado. La distribución física de las estaciones urbanas, en parte alarde cívico, en parte cocheras de puertas abiertas, crea un microclima de ansiedad suspendida: el deseo de caerse dormido sobre un incómodo banco, comer una comida que no necesitas, comprar productos como sacrificio simbólico contra los azares del viaje. Dejar atrás una identidad anterior, arraigada, que te mira mientras te alejas, implica un elemento de riesgo. Las estaciones son lugares aconfesionales de culto, atendidos por incrédulos preocupados. Las leyes del tiempo y del espacio son
diferentes aquí. El narrador de La guerra de los mundos se pasea hasta la estación de Woking para comprobar los últimos boletines informativos sobre la invasión marciana, noticias de otro lugar: los periódicos vespertinos londinenses, cotilleos con porteros, rumores difundidos por visitantes ocasionales de la estación. Las líneas ferroviarias que salen de las grandes catedrales urbanas –Victoria, Waterloo– parecen conectar directamente con apocalípticos campos de matanza. Excavan trincheras a través de un barro denso para emerger en la explosión de la batalla. La ciudad se estremece con los latidos silenciosos de la artillería de piedra, el mudo
estruendo del obús tamaño natural de Charles Sergeant Jagger en el Royal Artillery Memorial de la esquina de Hyde Park. Colocados sobre obeliscos vemos escuadrones de aeroplanos sin motor que nunca levantarán el vuelo. Acorazados de granito se esconden en los nichos. Ejércitos fantasmas se encaraman sobre pedestales temporales en una aventura psicosexual de pesadas capas, máscaras de gas, botas y cinturones. Pienso en la extraña fantasía de la Primera Guerra Mundial de Walter Owen, The Cross of Carl (1931), en la que trenes subterráneos transportan cadáveres todavía conscientes de las trincheras a las unidades industriales, donde serán convertidos en carne. Los raíles plateados que salen de la ciudad se duplican como cables telegráficos. El zumbido de la inteligencia manipulada, en las provincias, ciudades rurales, trae ruidosos ecos de conflictos actuales. En un ambiente de alucinación comunal, compañeros de coros o bandas o clubes de fútbol, hermanos trabajadores, son inducidos a presentarse como voluntarios. Abandonan el arado, el martillo del herrero, el cuchillo del carnicero. Intoxicados con una retórica de sangre y bandera, relatos de atrocidades cometidas por un enemigo bestial, desfilan voluntariamente. Sueños de gloria póstuma. Un monumento conmemorativo en la
iglesia del pueblo. La Gran Guerra infligió un daño psíquico todavía no apaciguado sobre la Inglaterra del siglo XX: las ondas de choque del Modernismo, las fracturas de la pretensión imperial. Las noticias eran ilegibles. Ya no se podía confiar en las fuentes oficiales: era mucho mejor construir tu propio relato a partir de titulares recortados al azar y barnizados e incrustados en los cuadros cubistas. Los zombis de La tierra baldía de T. S. Eliot, q ue
atraviesan el Puente de Londres, la mirada clavada en el suelo, acaban de salir de una estación de ferrocarril. Los muertos están esparcidos, sin enterrar, sin ser reclamados por nadie en Francia y Bélgica. No se han levantado monumentos conmemorativos, todavía no, para recordar a los trabajadores de la ciudad de Eliot lo que han perdido: padres, hermanos, hijos. Publicar el dolor, catalogar los nombres (sin un vulgar detalle forense), era un ritual necesario de convalescencia. Incluso monumentos conmemorativos que ahora nos sorprenden como barrocos o histéricos, fueron criticados en su inauguración por un innecesario realismo. La muerte como muerte: tan morbosa.Tanta gente. Tantos trabajadores ferroviarios; rostros desaparecidos, calor perdido. Apellidos que ya no se oyen: Asplen, Ellege, Ellener, Ellum, Elvidge, Fairminer, Gilderdale, Gladders, Hawnt, Kedges, Markillie, Povah, Rasberry, Shawsmith, Shimelda, Shroff, Snoxell, Smotheringale, Spendiff, Waldie, Waterworth, Wellawise. En los paneles de King’s Cross, están presentes, todos ellos, junto con Hadman E. Los nombres están allí porque los hombres muertos, un uniforme cambiado por otro, no lo están. Los cuerpos individuales no pudieron ser reensamblados, los huesos no pudieron recogerse del fango. «El gobierno de la época», escribió
Peter Ashley en su folleto para la editorial English Heritage, Lest We Forget (2004), «se negó a reconocer el concepto de la repatriación de los muertos, de manera que estos monumentos se convirtieron en los puntos focales para expresar el dolor». Los caídos de King’s Cross aparecen uniformemente en letras mayúsculas: un diseño sencillo, negro sobre gris. Los monumentos conmemorativos son pequeños incidentes de amnesia cívica, una manera de olvidar. Si colocamos algo así sobre una pared alta, nadie lo ve. Hace años, trabajé acarreando sacas de correo navideño, en Liverpool Street, King’s Cross y St Pancras, pero no tenía una imagen clara de los monumentos a los caídos. Un determinado día, el 29 de abril de 2005, uniría las estaciones terminales de Londres en un circuito de la memoria. Anna decidió que le gustaría venir conmigo, una parte del trayecto.Mientras masticaba mi muesli, contemplé un drama que se representaba justo al otro lado de la ventana; una urraca clavaba su pico en el vientre de un ratón, que estaba vivo pero inerme, boca arriba, moviendo desesperadamente las patas. Anna estaba encantada: un roedor menos que envenenar. El pájaro voló hasta el tejado del cobertizo, para disfrutar mejor su bocado. El paso de una ardilla le asustó. El ratón moribundo o muerto se soltó de sus garras y cayó rodando por la pendiente mohosa.Londres anticipa el desastre. Y, en esa temerosa anticipación, lo incuba. Tanques bien visibles patrullan por la valla que rodea el perímetro, marcando los límites de riesgo: Heathrow, el centro comercial de Bluewater. El personal de las fuerzas aéreas estadounidenses, se anunciaba, no podrá entrar en la M25. Al
afirmar que los horrores futuros son inevitables, los políticos nos invitan a adaptarnos al infortunio presente.A las siete y media de esta mañana de abril, coches patrulla recorren ruidosamente las calles, con su falsa vigilancia del limbo preelectoral, para cazar a los reincidentes e invadir los antros de fabricación de droga que cambian de sitio antes de que la brigada de acción rápida atrape al «camello expiatorio», que acaba esnifando en las celdas. Una desaparición importante es el puente del ferrocarril que antaño transportaba, además de pintadas en defensa de los condenados George Davis y Reggie Kray, a pasajeros desde Dalston
Junction hasta Broad Street: una encantadora vista aérea de industrias, canales, propiedades domésticas y comerciales, de Shoreditch a la City. Veías exactamente dónde estabas. Por una tarifa simbólica (a veces gratis), te convertías en un espectador privilegiado. Ahora hay planes más grandiosos en curso y tenemos los bloques de apartamentos, el polvo y el ruido y los derechos de paso cancelados para demostrarlo. Todo lo que queda, como ásperos muñones abiertos que muestran la memoria del puente, es una serie de pilares circulares de color rosa, coronados por unos pedestales planos sobre los cuales no se levanta nada. Los pilares han sido
personalizados por las poco elegantes firmas de grafiteros, el aerosol se convierte en el equivalente de la pata levantada del perro.
Desde el canal (los desaparecidos Gainsborough Film Studios, modernizados con escalinatas en cascada y apartamentos angulares, y difuminados letreros comerciales sobre ladrillo diseñados para ser leídos desde las barcazas o los trenes al pasar), aparecemos en los altos de Islington: esa famosa vista descendente hacia las locas espirales de St Pancras mordisqueadas por los murciélagos. Un ejemplo de arquitectura pretendidamente fabulosa, pero impracticable. Agujas grises sobre ladrillo rojo. Un millar de ventanas de renacimiento gótico con un sombrero oscuro en cada una de ellas. Hay una nostalgia residual de suciedad, heroína, cocaína, hierba, condones tirados, salones de masaje de cristales oscuros, platos para limosnas, perros pulgosos, atracadores, chaperos, antros de comida rápida, cámaras espías para optimizar los ingresos por multas de tráfico en nombre de ese dios corrupto, la ecología. La zona apesta: a pelo grasiento, sudor, movimiento espamódico. A miedo
inespecífico proveniente de los controles de vigilancia. La condición urbana: suspensión de realidad. Una multitud de viajeros evitan el contacto y la colisión. Se disculpan. O discuten interminablemente y a gritos con los invasores uniformados de la intimidad. Toda esta mezcolanza está asegurada, una vez más, por una futurología nocional. La Ciudad Radiante todavía está por venir, conectada a Bruselas, aderezada con la mantequilla del euro. Y en algún lugar, detrás de todo esto, Antony Gormley tiene una fábrica-refugio dedicada a procesar recortes de Gormley desnudos que se necesitan en todas partes para convalidar Ciudades de la
Cultura ricas en petróleo: desiertos, aeropuertos, autopistas, zonas de hipermercados, museos y centros comerciales. Gormley no es un escultor de monumentos de consuelo, un técnico del dolor capaz de curar los traumas. Es un místico práctico, un filósofo de espacios que de otro modo pasarían desapercibidos: montículos en los bordes de las autopistas, plataformas en las riveras de los ríos. Va por delante del siguiente proyecto de urbanización. Interrogado sobre la reproducción obsesiva de su propia envoltura corporal, responde: «quier o enfrentarme a la existencia».No podemos llegar al monumento conmemorativo: un carro cargado hasta los topes ha sido colocado delante del muro, con montones de ejemplares multicolores del diario de usar y tirar. ¡Todo gratis! Una guía de televisión que los viajeros mañaneros no están dispuestos a aceptar. Los turistas, tambaleantes con sus bultos de peregrinos, se resisten a aumentar sus cargas, pero sospechan que podría ser obligatorio. Aceptan la revista, la huelen y la tiran a la papelera tan pronto como pierden de vista a su benefactor. Las mochilas parecen Bergens de las SAS británicas [fuerzas aéreas especiales] vistas por última vez en el escenario de la Guerra de Las Malvinas: los viajes son ahora una operación militar, una prueba de resistencia. La mayoría de los programas de televisión de esta noche, según parece, han sido entregados a la franquicia de Hitler. Es posible que haya perdido la guerra, pero arrasa en los índices de audiencia. Dos horas y media de Hitler in Colour (Hitler a todo color), seguidas por Uncle Adolf («Tío Adolfo», un drama «basado en hechos reales» que se centra en la bochornosa relación del Führer con su sobrina Geli Raubal). La BBC2 ofrece The Nazis: A Warning from History (Los nazis: una advertencia de la historia). Por lo demás, programas de billar. Y repiten Dad’s Army (El Ejército de Papá).Los paneles que anuncian a los muertos de la guerra son invisibles para los usuarios que atraviesan la estación, clientes de la apatía. El falso techo no ayuda. Tampoco las cámaras elevadas de circuito cerrado de televisión que mantienen su vigilancia sobre la cola permanente del cajero automático. Te pones a buscar en la lista a un pariente perdido y quedas atrapado en el encuadre de vigilancia. Las cámaras sobresalen como erizos. Cualquier persona que saque dinero o que compre un billete de tren es culpable. Estás en el bucle de memoria de la estación, grabado en cinta: eres parte del cine involuntario de la vida metropolitana. Esta esquina oculta está pensada para no tener descanso, para que no dejes de moverte. Se eriza con los avisos de «Información de seguridad» que significan una condición contraria: la imposibilidad del libre tránsito. Los viajeros exhaustos desdeñan la placa conmemorativa: once columnas con ochenta y seis nombres en cada una.La razón de ser del puesto de información convenientemente situado es atenuar el pánico mediante una pequeña isla de calma en un océano de caos. No hay mozos. Unos grandes paneles informativos, con destinos míticos, hacían girar sus letreros como máquinas tragaperras. La naturaleza de la información que las placas giratorias podían transmitir es un secreto: no pueden decir lo que no saben. Y no saben lo que te dicen. Son
meros conductos; transmiten, a aplicaciones personales correctamente entregadas (en inglés), sosegadas y apacibles evasiones. Ofrecen una terapia, un consuelo analgésico, no hechos innegables.«¿Incendio?», dijo el hombre, ofendido. «¿Qué incendio?». La mujer, más joven, sabía algo sobre ello. «Pregunte a Wally», sugirió. Pero ya habíamos hecho eso, ya habíamos buscado al uniformado más antiguo de la estación, en nuestra anterior búsqueda del nombre de Hadman E. No molestemos otra vez a Wally. Sus conocimientos locales son un blasón de honor. El tristemente famoso incendio del Metro, en 1987, es la vergüenza del lugar; lo mejor es olvidar los malos tiempos. Descendemos por la rampa hacia un laberinto de pasillos subterráneos. «Hubo un incendio», grita la mujer a nuestras espaldas. «La estación ardió hasta quedar
hecha cenizas».No encontramos ni rastro de esta todavía poderosa fábula. Unas mamparas de yeso ocultan las anteriores paredes. No hay ninguna placa visible, ningún monumento conmemorativo de esa pérdida de vidas. Pero, cuando ascendemos hacia la luz de la calle, en Euston Road, veo a un oficial mayor, aunque más joven que Wally, un hombre que se mantiene en posición de firmes. Un raro oficial que sabe exactamente dónde está. El hombre explica: el monumento conmemorativo del desastre de King’s Cross ha sido retirado, guardado en un
almacén. Reformas. Si buscamos con suficiente intensidad, encontraremos un cartel informativo: un monumento conmemorativo del monumento conmemorativo. El incendio del ascensor de la línea de Piccadilly, el 18 de noviembre de 1987, mató a 31 personas. La placa ha sido trasladada a Acton, el almacén del Museo del Transporte de Londres, donde puede ser visto, mediante cita, en «fines de semana abiertos». El
monumento conmemorativo del incendio, nos prometen, será devuelto a su sitio. «Será reinstalado al finalizar el Proyecto en una zona pública de la estación». Y una cosa más: «Recurriremos a expertos para poner el nombre del señor Alexander Fallon en la placa, anteriormente identificado como víctima sin nombre».Incendios, choques de trenes, bombas y bombardeos aéreos: las estaciones principales, inconscientemente, se han convertido en nuestros museos melancólicos. Con el paso del tiempo, los monumentos pierden su función original, de ofrecer un lugar a los muertos homenajeados, y se convierten en mobiliario urbano, obstáculos, curiosidades. En Internet se ofrecen monumentos conmemorativos descatalogados para su venta a coleccionistas privados. O son retirados al National Memorial Arboretum de Staffordshire, un parque temático de símbolos redundantes: leones, osos, águilas. Existe incluso un hombre
con los ojos vendados, fantasmalmente blanco, que Peter Ashley cree que podría ser un homenaje póstumo a los soldados ejecutados por abandonar la batalla.La siguiente estación, en nuestro paseo hacia el oeste, nos deja frustrados. La grandilocuencia de mazapán y papilla de St Pancras es impenetrable, está acotada, protegida por guardias de seguridad. Se puede visitar la vieja estación los sábados y domingos de once de la mañana a una y media de la tarde. Y por
supuesto lo hago. Recientemente, los enormes pasillos, las decadentes salas públicas y las impresionantes escaleras han sido un escenario escogido para sesiones de moda y promociones musicales. Las Spice Girls tuvieron su lanzamiento allí, y un sótano frío y húmedo fue convertido en un antro de opio para Johnny Depp en la versión filmada de From Hell de Alan Moore. El monumento conmemorativo de la guerra se mantiene fuera de los límites mientras se produce el cambio que convertirá mágicamente las dependencias de la antigua estación en apartamentos de lujo para la Manhattan Loft Corporation y el resto en un reluciente Hotel Marriott.
St Pancras no tiene que ver con ir a ninguna parte, ya no: tiene que ver con la arquitectura, antaño admirada, posteriormente menospreciada, ahora restaurada. Tiene que ver con el enlace ferroviario del Túnel del Canal: otro grandilocuente proyecto más. «El mayor centro de transportes de Europa, según nos dicen los proyectos. La estación fue bombardeada en 1917, pero los trenes siguieron funcionando. Nuestro error es evidente, consiste en vivir en el pliegue entre la anticuada niebla de una ciudad que anda a tientas (privilegios para los privilegiados) y una ciudad que es prometida, pero que nunca llega del todo (se queda en la línea).
Cuando finalice el monstruoso maquillaje, las estaciones gemelas, parque ecológico, depósito de gas reubicado, hoteles, pisos y nuevas urbanizaciones a orillas del canal convertirán este lugar en «uno de los lugares más accesibles de Europa». Accesible al bombo publicitario, al dinero rápido, a los sueños olímpicos y a todas las células y grupúsculos del terrorismo internacional. Porque ahora los terroristas, como todos los demás hombres de negocios y soldados rasos corporativos, son aficionados a las sesiones de navegación en canoa o a los prácticos gimnasios. Por el momento, en el letargo de futuras emociones y actuales frustraciones, nos unimos al barullo de peatones nerviosos que cargan con bolsas a lo largo de una zanja entre zonas de obras.
Las barreras de plástico rojo y blanco son obras de arte conceptuales que sirven además como protecciones. Los edificios heridos han sido vendados para someterlos a una cirugía cosmética electiva. El viento suelta ráfagas de neblina como el último aliento de un moribundo, suelta ráfagas de polvo rojo alrededor de nuestros pies. No existen monumentos conmemorativos en la estación temporal. Las guerras actuales no se mencionan y las guerras antiguas han sido olvidadas. Una «Aviso de seguridad» promete una completa cobertura de circuito
cerrado de televisión en las zonas públicas y la «seguridad física» de todas las instalaciones y equipos.
Al abrirnos camino hacia Euston, la última parada en la tríada de Euston Road, un Sickert entre
estaciones, inspeccionamos el geómetra blakeano de Eduardo Paolozzi, esteroidal y con la espalda rota, sobre su pedestal frente a la Biblioteca Británica, bajo la pertinente sombra del Novotel. Newton desnudo (patrocinado por la casa de apuestas Vernon) es el verdadero arquitecto de esta visión retorcida. He aquí un símbolo adecuado de la ciudad corporativa. La Jerusalén de Blake reimaginada por un comité decidido a cubrir cualquier cambio y cualquier marca cultural. El compás del gigante hace sus terribles cálculos en la suciedad de las zonas de obras. En su profético poema, Europa, Blake escribe que el «poderoso espíritu... de la tierra de
Albión, llamado Newton» es el único que tiene poder para hacer que suene «la trompeta del juicio final».
El patio de la Biblioteca Británica es un terreno de pasto para atracadores: docenas de inofensivos y tiernos académicos, que esperan para entrar, agarran lo que son obviamente ordenadores portátiles, softwareen bolsas blandas. Se han adaptado al concepto del foro, el espacio cívico aderezado con sus indicaciones escultóricas. Se sientan donde pueden, sobre muros bajos, sobre los bancos curvos de piedra de un bonito anfiteatro adornado con ocho rocas de Gormley: Los planetas. La zona de Gormley refrenda la remodelación de la biblioteca, una impronta cultural: serenidad, cosmología medieval que firma su tratado con la física
contemporánea. Los planetas como estados de ánimo, como nuestros guías y mentores. Polvo humano llevado a reconocer su propia mortalidad, los espacios infinitos dentro de las células más minúsculas de nuestros cuerpos. Partes de cuerpos son prensadas en las balas de cañón de Gormley, sus rocas sobre pedestales; brazos, piernas, manos. Las ocho piedras son como trozos calcificados y recuperados de las cenizas de Pompeya o Herculaneum. Rastros vivientes impresos sobre basalto. Detrás del anfiteatro hay un seto cuadrado que contiene un árbol dorado-rojizo, un arce japonés; un árbol de monedas de bordes afilados. No te puedes aproximar al árbol a través del laberinto del seto fuertemente recortado; está aislado, solitario. También este árbol tiene su placa; es un monumento conmemorativo viviente, plantado el 12 de junio de 1998: «En memoria de Anna Frank y todos los niños muertos en las guerras y conflictos de este siglo». La placa incluye una cita del diario de Frank: «Veo que el mundo se transforma lentamente en una jungla, oigo la tormenta que se acerca y que un día me destruirá a mí también».
Llegados a este punto, mis anécdotas peatonales sobre lo que encontramos en Euston, Marylebone, Paddington, Victoria, Charing Cross, Waterloo, London Bridge, Liverpool Street, se volvieron repentinamente redundantes, rebasadas por los acontecimientos del 7 de julio, las cuatro bombas que estallaron en Londres. Con otras cuatro exactamente dos semanas más tarde. Explosiones aparentemente orquestadas por el compás de Newton: Norte, Sur, Este, Oeste. Contemplada en este entorno, junto a los Planetas de Gormley, la numerología era perturbadora. La expedición original, que registraba los nombres de ferroviarios muertos, las eliminaciones, era una alucinación, una fuga de un sonámbulo en el periodo de calma antes de los ataques de
Londres que utilizarían King’s Cross como el desencadenante de una maligna reacción en cadena.
El 14 de julio, el transporte ya funcionaba de nuevo con normalidad, el autobús 30 subía ruidosamente la colina desde King’s Cross mientras yo descendía de nuevo, hacia la estación. Había más peatones, ciertamente, más mochillas, pero los pasajeros se mostraban tan estoicos, preocupados y químicamente adaptados como siempre. Miraban hacia delante, impacientemente, hacia el próximo Harry Potter, un anuncio semitransparente que dificultaba la visión desde la ventana. Un arma, un peso reconfortante en el regazo. Potter utiliza el Andén Nueve y Tres Cuartos en King’s Cross: los aprendices de magos tienen que aprender a pasar a través de las sólidas barreras entre los andenes 9 y 10. Supongo que son capaces de sortear los sistemas de vigilancia. Los invisibles de la ciudad real no aparecen en el circuito cerrado de televisión hasta que están muertos, hasta que todo ha terminado y una ficción adecuada del pasado es editada por políticos y jueces.
Las colas normales de transeúntes, muchos de ellos aparatosamente cacheados por docenas de policías de chaleco amarillo o por guardias de seguridad de la estación con chaquetones de color «grosella y natillas», se alargaban interminablemente con personas que deseaban mostrar su dolor. Aguardaban pacientemente, con homenajes florales en recipientes de plástico con agua, a que les llegara su turno en el pequeño jardín de la memoria que se había formado alrededor de un árbol en una esquina no acotada en la fachada de la estación, entre Euston Road y York Way. A pesar del sombrío aspecto de los testigos, este templo multiconfesional parecía mexicano: una masa de colores contradictorios, camisetas de fútbol adaptadas, banderas con inscripciones, osos rosas, perros blancos. La luz del sol relucía sobre el celofán. El tronco del serbal blanco
desaparecía en un túmulo de flores ladeadas. Una mujer con uniforme de la Cruz Roja estaba junto al árbol, sosteniendo discretamente a su espalda una caja de kleenex. En el punto de entrada, se apilaban más cajas de pañuelos de papel, listos para hacer frente a un estallido de emoción confusa. Un accidente inadvertido de arquitectura ferroviaria, un adecuado no lugar, era el espacio consentido de la memoria, un claustro de flores momificadas. La muerte de la princesa Diana era el patrón del dolor público en la ciudad. Una valla, que protegía un palacio real, enterrada en claveles, azucenas, rosas, en ramos profesionalmente preparados, o manojos de lavanda recogidos de jardines privados. Ahora, este camino generalmente restringido limitado era el centro de atención para hileras de cámaras a las que no se permitía el acceso, mantenidas a distancia; los entrevistadores se entrevistaban unos a otros, hablaban con la policía, bostezaban, esperaban. Los rostros de los desaparecidos, algunos reproducidos en serie, eran clavados en paredes de yeso y adheridos a los cristales de las paradas de autobuses. En las cabinas telefónicas, los retratos de los ausentes competían con tarjetas para prostitutas. Algunas eran ingeniosas impresiones de ordenador, otras tan crudas como fanzines de la era punk. «¿Puedes ayudar?». Un triste tríptico de recuerdos grabados en vídeo, momentos especiales en una vida perdida, desplazaban a una destrozada octavilla referente al ya olvidado desastre del tsunami.
Poco antes de mediodía, vuelvo a la plaza de la Biblioteca Británica. Un puñado de hombres, sin camisa, cubiertos de tatuajes, pronuncian obscenidades muy audibles y juegan al pitch-and-toss
*(N. del T .: Juego que consiste en el lanzamiento de monedas contra una pared; quien gana se lleva las monedas de los demás)en el anfiteatro de Gormley. Es un lugar muy idóneo para esta actividad. Turistas nerviosos bordean el foso y se dirigen hacia el café al aire libre. Pero entonces, de un modo totalmente inesperado, cuando se anuncian los dos minutos de silencio, los jugadores se inmovilizan y se ponen firmes como si estuvieran en un desfile. Los turistas, perplejos, son sorprendidos a medio camino. Son figuras de Lowry, negro sobre ladrillo rojo, casillas del tablero de ajedrez. Londres no está acostumbrado a semejante silencio, a que no se oigan sirenas de policía, ambulancias, taladradoras; se paraliza por completo el tráfico en Euston Road sin el rumor de fondo de frustración y mal humor, el parloteo de las conversaciones telefónicas, las bocinas de los coches. La quietud de algo absorbido de la atmósfera, una respiración aspirada y sostenida. Dos minutos, entonces, es un tiempo largo, necesario: en el que puede experimentarse la proyección de Gormley del vacío de nuestros cuerpos, el difícil mecanismo de mantenerse firmes sobre un trozo de suelo en movimiento.
Parecía un día perfecto para pasear por las obras del enlace ferroviario del Túnel del Canal, los extensos terrenos aplanados y protegidos alrededor de las estaciones. Itinerarios conocidos detrás de King’s Cross y Pancras han tenido el acceso prohibido durante años; únicamente las visiones fugaces desde los trenes que pasan por la línea elevada del norte de Londres transmiten una sensación del progreso de esta inmensa obra de ingeniería civil. Barrios destartalados como Somers Town hace mucho tiempo que han desaparecido y los montículos polvorientos son un recuerdo urbano invocado por nuevos montones de basura, grúas gigantescas.
Abandonada e ignorada, en el centro secreto de toda esta actividad se alza la vieja iglesia de St Pancras [St Pancras Old Church], en su montículo pequeña colina sobre el ahora sumergido y canalizado río Fleet. Las empresas de construcción y consorcios y organismos semiautónomos asociados con este inmenso proyecto celebraron numerosas reuniones, debates, presentaciones privadas y semipúblicas. Tuvieron cuidado de no aparecer como destripadores de terrenos, como explotadores ciegos del tejido de la ciudad. Cada nuevo bloque tenía su sombra de parque ecológico, cada piratería un artista residente. El poeta más profundamente implicado en la geografía visionaria de King’s Cross fue Aidan Dun. Su ciclo largamente meditado, Vale Royal,
fue publicado en una bonita edición limitada en 1995. Dun fue invitado a dirigirse a los
constructores y ciertamente retribuido por ello. «Kings Cross –declaró– ha ejercido una
magnética atracción a lo largo de los siglos. Los artistas, los poetas, con su presencia, han convertido este lugar olvidado en un lugar majestuoso». Dado el manifiesto poético de Dun, basado en una lectura de Blake, una interpretación del dibujo de colinas y ríos, los acontecimientos del 7 de julio pueden verse como la consecuencia inevitable de nuestro
rechazo a recordar, nuestra amnesia colectiva. La ciudad de oro de Blake, sus pilares alineados con la topografía de Londres, ha sido deliberadamente desechada. Las leyendas de Chatterton y Rimbaud, de Shelley, su asociación con la vieja St Pancras, han sido olvidadas. Dun reconoce que las invocaciones bucólicas del río Fleet, sus nadadores, su ganado, sus pescadores, no son más que grabados nostálgicos colgados en la iglesia cerrada para hacer frente a la tormenta que se avecina. «La fetidez agridulce de la combustión de carne infantil / flota por las calles de Londres». Dun ve un patrón repetido de sacrificio como consecuencia de nuestra
negativa a reconocer los mitos originarios de este lugar desdeñado. «La flor envenenada de una necrópolis militar, / con perfumes de azufre».
La iglesia elevada sobre este montículo aparece ahora como un pensionista avergonzado, suspendido en los límites exteriores de la zona de construcción. Los operarios del enlace ferroviario del Túnel del Canal han levantado una pared protectora de color verde y ofrecen además una «línea de ayuda 24 horas» junto con la extensión de ese ubicuo plástico rojo y blanco: más barreras protectoras. Un enclave protegido pero medio oculto, sombreado y atractivo para los transeúntes urbanos de picnic. Me decido a entrar, como a menudo lo
hacía cuando trabajaba como cartero ferroviario. Entré en la iglesia por primera vez el 16 de mayo de 1973.
Hice una anotación sobre este hecho, sobre mi visión de la lápida del siglo VI de San Agustín debajo del paño del altar, el dibujo de cruces sencillas. «La iglesia –escribí– forma parte de la línea Northern Rail [del Metro de Londres]. Bebe de antiguas fuentes cristianas». Una semana después de las primeras bombas, he vuelto, por casualidad, a la hora en que se abren sus puertas. Incienso, cantos grabados, luz tenue; una mujer joven está de rodillas, absolutamente quieta, junto al estante de velas encendidas. Es checa y deja un mensaje en el libro de visitantes, donde expresa cuánto consuelo encuentra aquí. Se escenifican los rituales privados sin el boato
del templo de King’s Cross: las flores, las ofrendas de camisetas, los colores. La iglesia es de piedra y arena, toda ella descolorida y tiznada. Dos hombres entran al mismo tiempo. Uno de ellos, con elegante camisa de rayas, compra su vela, se arrodilla, hace sus gestos y sale. El otro, sucio, hecho jirones, enfadado, pide prestado para pagar su vela, se desploma, baja la cabeza, permanece en el sitio durante unos minutos y sale con paso vacilante. En el salón parroquial, da una patada contra la puerta del servicio. Las paredes de la iglesia están adornadas con grabados, acuarelas: la vieja St Pancras tal y como nunca existió. El icono más inesperado es una fotografía de los Beatles, colocada en el marco de la puerta occidental. Ringo, George y Paul se reclinan
contra el arco normando dentado, mientras que John se inclina hacia la cámara; su puño levantado es una imagen borrosa. Creo que esta fotografía proviene de una sesión con el fotógrafo de guerra Don McCullin el 28 de julio de 1968. Se cita en los libros de referencia como el «Día loco». La tropa póstuma se desplazó por un extraño y azaroso paseo por Londres, una versión de la geografía dictada de Aidan Dun o William Blake. De la vieja iglesia de St Pancras a Old Street Roundabout y de allí a Farringdon Road y Wapping Old Stairs, donde Lennon se tumba en el suelo y se hace el muerto.
St Pancras fue un niño mártir que dio su nombre a numerosa iglesias, un hospital, una estación de ferrocarril. Aparece pintado en un cuadro colgado en la pared de la casa sacramental de la vieja iglesia (cuyo tabernáculo fue robado en 1985). En su mano izquierda sostiene una cruz bizantina, una extensión de la cruz de tao. Un sitio web islamista argumentó que las bombas habían convertido a Londres en una «cruz ardiente» cuyo pivote habría sido la estación de King’s Cross, el punto de reunión desde donde los terroristas emprendieron sus mortíferas misiones. Un fallo del servicio en la línea Northern Line había desbaratado sus planes.
Un jardinero con camisa verde, el pelo recogido en una coleta, al verme leer en una lápida el borrosohomenaje a «una de las pocas personas que salió del agujero negro de Calcuta», se ofrece para hacer el recorrido completo: John Soane, William Godwin y Mary Wollstonecraft, los «Tres de Hardy». Las obras, como en los tiempos de la construcción del ferrocarril, provocan una gran confusión. Se destroza tumbas, los monumentos se tambalean como si estuviesen ebrios, aparecen socavones en la tierra. Si no se pisa con cuidado, se puede acabar en una cripta. El tejido de la ciudad no puede ser sacudido, taladrado, cubierto de zanjas, día tras día, sin coste alguno. No siempre es tan insignificante como el hundimiento de un supermercado Tesco en un túnel de ferrocarril excavado a cielo abierto. Londres se ha quedado sordo, tiene los ojos enrojecidos, está traumatizado. Se las apaña lo mejor que puede. Contamos nuestras historias a la cámara como en una confesión pública. Las víctimas reproducen incidentes horrorosos como una forma de exorcismo. Los acusados son observados y grabados por instrumentos diseñados para no hacer ningún juicio moral. La ciudad está paralizada mientras relatos contradictorios luchan por la credibilidad.
De nuevo en el canal, de regreso a casa, hay más paseantes que nunca, más bicicletas. Nada perturba el sentido del absurdo de Londres: un hombre negro, completamente desnudo, hace ejercicios sobre un banco, estiramientos, inclinaciones, gruñidos, mientras mira, a través de las aguas, hacia la zona de obras sin terminar, el jardín ecológico y las grúas. Junto a él, una mujer de mediana edad se sienta y come unos sandwiches, sin prestar atención al hombre sudoroso, doblando los bordes de su desgastado ejemplar de Harry Potter (releído hasta el olvido en preparación del siguiente acontecimiento). Cuando me acerco a Hackney, veo una nueva pintada en letras negras: Fallujah Londres. Bombas = Bombas.
No era sencillo, pero persistí. Tenía que ver el monumento conmemorativo del incendio de King’s Cross en el depósito del London Transport Museum de Acton. Los funcionarios de este hangar fueron agradables, serviciales, pero en cierto modo parecían afectados: como combatientes apartados del frente. «Mi espalda», dijo el hombre de ojos lechosos que nos llevó al pasillo lateral donde se almacenaban las dos lápidas conmemorativas. El depósito es un almacén estilo Ikea de recuerdos del transporte, archivados, envueltos y escondidos. El mozo del almacén agarró una banqueta para que yo pudiera fotografiar los paneles de pizarra con sus 31 muertos. Andy Burdett, B.A. (Hons), Jane A. Fairey, B.A. (Hons): distinciones académicas añadidas
a la lista. Mohammed Shoiab Khan, Rai Singh, Ivan Tarassenko. Las letras son sencillas; el monumento conmemorativo, financiado por la King’s Cross Disaster Fund, está protegido por capas de plástico. Las losas permanecerán en este lugar tranquilo, en este almacén, hasta que finalicen las obras de la estación.
El depósito es inquietante. Tenemos libertad para deambular, para examinar cualquier cosa que se nos ocurra entre los objetos amortajados y solitarios, los fragmentos conservados de un Londres anterior. Hay bucólicas litografías de Metroland, realizadas por Lawrence Bradshaw y John Mansbridge. Una fotografía en blanco y negro de pasajeros en el piso superior de un autobús: todos blancos, mujeres con el pelo ondulado, hombres con camisas blancas y corbatas, sin equipaje, sin cargas. Otra era, tan remota e independiente: un periodo de calma entre guerras. Hay también un extraordinario dispositivo, una especie de torpedo vertical con
una puerta lateral. Esta carcasa metálica gris es un refugio antibombardeos para una o dos personas, miembros del personal exclusivamente. Los refugios se situaban en «lugares vulnerables», de manera que los ferroviarios pudieran disfrutar de la experiencia de ser enterrados vivos en un doble ataúd con una escotilla de escape.
Los autobuses de color rojo oscuro relucen, sus ventanas brillan. Inmaculadas antigüedades como el 236 a Leyton High Road, pasando por Highbury Barn, Queensbridge Road, Hackney Wick. El transporte de Londres alcanza por fin la perfección: no va a ninguna parte. El horror de un sistema que se desmorona, el viaje de pesadilla para llegar a Acton desde Dalston Kingsland, es refutado por esta ciudadela de maravillas. Paseamos por plataformas de metro vacías, un cine de objetos ejemplares y sin guión. J. G. Ballard, en un ensayo sobre el director de cine Michael Powell, sugería que el drama en la novela «seria» del futuro «pasaría de [las cabezas de] los personajes al mundo a su alrededor». Nada de monólogos interiores, nada de sátira
social: sucesos absurdos y crueles relatados sin emoción. Esto parece predecir la mirada fija de los retratos fotográficos en los carteles de «desaparecidos»; las difusas grabaciones en vídeo de sospechosos que corren, tropiezan, esconden la cabeza: imágenes en movimiento. Escenas agrupadas a partir de improvisaciones en teléfonos móviles. Primero observas la cámara en el tejado y luego estalla la bomba. La nueva ficción de la ciudad es editada a partir de fragmentos sin autor, mientras que las fantasías egoístas de los políticos se pudren en oscuros cobertizos y almacenes subvencionados. Montados en estas plataformas virtuales, pasamos por el prototipo de Crossrail, por los trenes limpios y elegantes que nunca saldrán de sus cocheras. Y entonces
Anna, a quien le disgusta el viaje en metro, se da cuenta de que las puertas deslizantes de entrada a uno de los vagones están abiertas. Duda y luego entra. No está sola. Otros la han precedido. Maniquíes. Los muertos en vida. Figuras utilizadas para probar explosiones de bombas: están vestidos, inmovilizados en sus posturas, criogénicamente congelados. Entre todos estos trenes parados, en el silencio del vasto hangar con su techo redondeado, estos son los únicos pasajeros, que esperan pacientemente a puertas que nunca se cerrarán.
Vestidos de verano, precisos en cada uno de sus pliegues y arrugas, con colores y dibujos de flores, están hechos en yeso. El pelo es demasiado exuberante. La vampiresa de la puerta, de pie, aunque haya numerosos asientos vacíos, tiene los labios pintados de rojo escarlata. Ojos como de gata. Un soldado permanece sentado, intentando descifrar un mapa del metro. Una mujer de siniestra sonrisa señala el suelo. Otro sonriente autista, con camisa de cuello abierto, traje gris, lee un folleto del «Festival of Britain». Un auténtico londinense, de juerga, con corbata americana, se peina su pelo muerto. Ellos son, bajo esa tenue luz, más que realistas, pero
ha habido un error de cálculo: sus pies no llegan al suelo. Y allí permanecen, antes de que el espectáculo comience o después de que haya terminado, el último público. Los que se sientan y sonríen, sin memoria, ni tiempo, ni palabras. Los que no tienen obligación de descifrar el sentido de la ciudad que los contiene.



© Iain Sinclair / LRB
Traducción: Antonio Fernández Lera

Publicado originalmente en Xavierarribas.com

domingo, 18 de abril de 2010

Textos psicogeográficos del Grupo Surrealista de Estocolmo


Mathias Forshage/Carl-Michael Edenborg/Bruno Jacobs:

El lugar revisitado

Textos psicogeográficos del Grupo Surrealista de Estocolmo (*)




A la certidumbre de que sobre el espacio que habitamos se extiende un dominio abstracto y omnipresente, sigue el presentimiento de que a menudo, si no siempre, persiste una inclinación a desafiar lo que es impuesto de manera incondicional. En los textos del Grupo Surrealista de Estocolmo (1) que a continuación incluimos, se aborda una denuncia del control que el sistema ejerce sobre la totalidad del territorio, que ordena según criterios de productividad, al tiempo que se ensayan ciertas propuestas encaminadas a rescatar y ampliar ese espacio asfixiado y reducido.

La exploración del entorno que proponen pasa por buscar los resquicios por donde lo cualitativo se filtra a través de lo cuantificable espectacular. Creen hallarlo en ciertos lugares –abundantes en la ciudad– abandonados o inservibles, «impedimentos» en terminología económica, rechazados por la codicia de la rentabilidad inmediata, pero cuya improductividad e inutilidad precisamente les redimen y recargan de potencialidades, constituyéndose así en posibles focos de resistencia , en territorios donde vivir lo salvaje (2). Aquí se desenvuelve una vida cuyo comportamiento podría servir para reanimar lo social, por otra parte agonizante en la actual ciudad-imagen: no hay que subestimar lo inútil .

Se trata de una invocación de lo indómito que conduce a posturas ciertamente polémicas, como podría resultar su intento de aproximación a la naturaleza sirviéndose del azar objetivo y la búsqueda psicogeográfica para detectar indicios simbólicos que confirmaran el fin de nuestro destierro en el mundo. Designio polémico en el sentido de que matiza la afirmación de que vagar en el campo raso es, evidentemente, deprimente , y que aquí las interrupciones del azar son más pobres que en ninguna otra ocasión (3). Admitiendo esta limitación coincidimos con M. Forshage en que se trataría más bien de confiar en los encuentros que el azar proporcione, no tanto por su intensidad y frecuencia, sino por su condición de atalaya desde la que establecer nuevos sistemas de relación con la naturaleza. Así, a partir de esta experiencia persiguen además formular un misticismo del lugar que redescubriera los sitios, pero que huyera por completo de todo sentimiento patriótico; con ello desean distanciarse de la tradicional simbiosis que entre naturaleza e identidad nacional ha apuntado el nacionalismo, así como de sus ramificaciones más recientes en cierto pensamiento equívoco, como es el caso del ecofascismo (4).

Otras veces es una actitud escrutadora a la par que asombrada, guiada por la analogía o el desvarío interpretativo, la que interroga y descubre lo velado tras la aparentemente anodina cotidianidad de los lugares o bien la que acentúa sus cualidades frente a la normalización capitalista (por ejemplo, la interpretación crítica del entorno urbano mediante la búsqueda de analogías entre éste y el cuerpo humano o una indagación de las potencialidades aterrorizadoras de un determinado lugar).

Una disposición similar, en la que subyace un deseo de reapropiación de los lugares usurpados y de su posterior transformación en lugares donde reinventar la propia experiencia de lo real, centra buena parte de las experiencias de otros grupos surrealistas en la actualidad (5) y se halla igualmente en sintonía con los más vivos debates del pensamiento radical contemporáneo, con las estrategias prácticas y las reflexiones teóricas de colectivos como Reclaim the streets , las experiencias realizadas en el marco del desaparecido Laboratorio de Madrid, El Comité de Paseo de la Asamblea de Jussieu, la Encyclopédie des Nuissances , etc.
Lurdes Martínez

(1) El Grupo Surrealista de Estocolmo se formó en 1985, siendo sus principales órganos de expresión las revistas Mannen Pa Gatan y Stora Saltet de las que han sido extraídos los textos que publicamos en este número.

(2) El concepto de lo salvaje es central en la labor teórica del Grupo Surrealista de Estocolmo y recorre la totalidad de sus análisis y propuestas: frente a la muerte en vida que propone el espectáculo, experiencia adormecida y sin riesgos donde se silencian y acallan todas las angustiosas, desesperadas pero también enigmáticas y maravillosas cuestiones de la vida , invocan una iniciación a la muerte , que es condición y contraste necesarios de la vida, intensificadora de las fuerzas vitales hasta tal punto que el sistema orientado a la pseudomuerte no podría expropiar . Se trata de reivindicar la fuerza subversiva de lo salvaje, movimiento de lo desconocido que siempre supone una amenaza para el poder.

(3) Guy E. Debord: Teoría de la deriva , Las ediciones texticulares, Madrid, pág. 6.

(4) En su intento de desdramatizar, relativizar y rehabilitar el nacionalsocialismo, algunos defensores de esta corriente ideológica, que hace una lectura racista y esotérica de la ecología, encuentran positiva la regionalización, el reconocimiento de la potenciación de las particularidades que aquél se propuso. Sangre y tierra significa, en realidad, un nuevo encantamiento (Rainer Langhans). P. Bierl, “El ser humano como enemigo: Ecofascismo”, en El Viejo Topo , nº 114, enero 1998, pág. 42.

(5) Vid. El espíritu errante (Una introducción al nomadismo del ser seguido de Fragmentos para un dossier psicogeográfico) y El Juego de las Perturbaciones Sutiles , en los números 7 y 8/9 de la revista Salamandra .


Geografía (1)

La Geografía se ocupa de la coordinación de las circunstancias materiales con los deseos conscientes e inconscientes: nadie es capaz de crear una concepción del mundo sino a través de lo otro. No es extraño entonces que la Geografía esté constantemente interrelacionada con la poesía y la política .

La Psicogeografía formula preguntas sobre cómo se muestra el mundo realmente, a través de qué coordenadas y bases nos orientamos, qué areas y rutas son las que nos atraen magnéticamente y cuales no, etc. El campo psicogeográfico está en gran medida y con toda seguridad determinado por el miedo a lo desconocido y por los deseos que se quieren satisfacer; los recorridos monótonos hacia el trabajo, la escuela, las tiendas y los hogares transcurren a lo largo de calles intencionadamente empapeladas con anuncios publicitarios. El urbanismo fomenta este aspecto: políticos, empresas y expertos deciden hacia dónde se dirigirá la gente para satisfacer sus deseos de una manera simple y productiva. Pero siempre persiste una tendencia a dar rodeos, a mirar a la vuelta de la esquina, en el callejón, detrás de las barreras. Nos tropezamos a menudo con obstáculos. El control sobre el territorio es crucial. Allí donde no existen vallas, alambres de espino y guardas, nos adentramos en areas donde hay que asumir el riesgo de atraer por ejemplo el acoso sexual, la curiosidad de la policía y la agresión abierta.

El urbanismo, aparte de su función puramente disciplinaria, está fundado en exigencias de productividad sobre el suelo, y éstas no se hallan restringidas a las ciudades y sus alrededores, sino que dominan sobre todo. La tierra es un recurso natural, así que debe ser explotada: urbanizada, sometida a una agricultura o forestación efectiva o quizá reservada para areas recreativas. Estas pueden ser productivas a corto plazo para diversos fines turísticos, o sino, es posible que a largo plazo sean utilizadas por su función ideológica, su efecto calmante sobre individuos estresados o críticos.

No quedan lugares salvajes, lugares oscuros sobre el mapa. Casi todo el suelo está usado , sirve a un propósito; está delimitado, adaptado, domesticado.

Los escasos lugares no-productivos que persisten, son contemplados con desagrado o permanecen casi invisibles. Por todas partes las comunidades de vecinos emprenden campañas contra aquellos propietarios absentistas y tercos que dejan que sus propiedades se desarrollen libremente y caigan en desuso. Más importantes desde un punto de vista simbólico y poético son los «no-lugares» que quedan en ciudades y suburbios, los interespacios sin uso o abandonados situados entre zonas planificadas: pilas de basura, terraplenes, zanjas, zonas llenas de maleza, juncales, cuya poda sencillamente nadie considera su obligación. Estas areas sin valor son sin duda menos importantes, desde el punto de vista de la diversidad biológica que los terrenos baldíos, aunque es necesario constatar que un número creciente de plantas y animales han aprendido a utilizar estos biotopos menos glamorosos, por otra parte menos abundantes que especies poco frecuentes debido a que su biotopo original está desapareciendo se han vuelto ahora más comunes que nunca.

En el vocabulario económico existe el término impedimento para designar aquellos lugares donde los obstáculos para la productividad no han sido todavía eliminados. En las areas agrícolas sólo los impedimentos garantizan que algo de vida salvaje perdure a pesar de todo. Quizá los impedimentos urbanos puedan ocupar una función análoga a otro nivel.

La cuestión es naturalmente preferir la parte maldita antes que todo lo que se halla delimitado al servicio de una utilidad económica o ideológica. Lo que no tiene valor en sí mismo. Al mismo tiempo, las cualidades pintorescas de estos lugares sin valor resultan muchas veces sorprendentes. Pero en el marco del proyecto relativo a los citados lugares que durante algunos años hemos perseguido en el seno del Grupo Surrealista de Estocolmo, intentamos ahora ir más lejos y, a través de un estudio más sistemático, revelar focos de resistencia donde menos se esperaban.

Muchos de estos lugares se caracterizan por el hecho de que en ellos tienden a ocurrir situaciones singulares: uno encuentra objetos raros y se convierte en testigo –o parte– de acontecimientos extraños que proliferan com hongos únicamente porque el lugar en cuestión no se encuentra reducido, supervisado o restringido de una manera insistente a una función planificada. Otros no poseen cualidades atenuantes y se hacen valiosos más bien por su total inutilidad.

Este esfuerzo sistemático incluye no sólo documentación fotográfica, clasificación y especulación relativa al origen y evolución del lugar, sino también un estudio a través de encuestas y juegos surrealistas (que revelen entre otras cosas las obsesiones subjetivas que estos lugares provocan), la compilación de anécdotas (para insistir en sus posibilidades desde un punto de vista social), y el estudio botánico, que se ha convertido en un aspecto crucial.

Inspirados por un libro sobre la flora de Estocolmo del botánico Per Sigurd Linberg, nos hemos dado cuenta de que la ciudad constituye verdaderamente un entorno botánico único (y ante todo, especialmente, sus lugares sin valor). Se ha convertido en un oasis debido a una serie de circunstancias particulares, de las que la mayoría está constituida por factores ambientales extremadamente duros; sequía, polución, sobrealimentación, asfalto, hormigón, macadán; un altísimo índice de perturbación (deterioro así como una total reorganización, a través de trabajos de construcción, reparaciones, gente, coches); y el profuso intercambio con otros ambientes y otras partes del mundo (a través del comercio, el turismo, etc.). Todas estas circunstancias contribuyen a convertir la ciudad en refugio de plantas introducidas involuntariamente, prófugas del cultivo, malas hierbas diversas y sobre todo un número de especies menos competitivas que prosperan aquí en ausencia de otras rivales que dominan los entornos naturales.

Aparte del hecho de que estas plantas tengan su propia poesía y su particular interés científico, pueden servir más concretamente a una serie de campos análogos.

En primer lugar, el nivel del significado: la ciudad se expande allí donde los recolectores de desperdicios de lo útil miran hacia otro lado; lo que ha sido abandonado u olvidado se apila en montones que crecen en lo oculto; una jungla de extraños frutos de lo rechazado, la venganza de la naturaleza o el retorno de lo reprimido, un caos a veces imaginativo y otras sólo repugnante pero siempre extraña y profundamente humano.

Hasta cierto punto esto también es cierto en lo referente a los artefactos materiales, los objetos y la arquitectura: concentraciones de basura, de pertenencias perdidas, construcciones que se desmoronan, soluciones que se han vuelto anticuadas.

Es definitivamente cierto desde un punto de vista social: los sin techo, alcohólicos, drogadictos, maníacos, niños curiosos, jóvenes vagabundos, todos visitan estos no-lugares para hacer un uso no-intencionado de los mismos y cargarlos con la excitación de sus obsesiones. Los singulares encuentros que pudieran resultar, las extrañas formas de comunicación, las particulares soluciones en toda su no-conveniencia, deberían ser un elemento importante de lo que realmente constituya lo social hoy en día (no hace mucho la gente solía confundir estado con sociedad, pero esto no se hace tan fácilmente ahora que el estado abandona una por una sus funciones sociales o pseudo-sociales).

Y contemplando las principales tendencias del desarrollo de la flora urbana: 1) perturbación y sobrealimentación, 2) internacionalización indiscriminada, 3) inmigración de masas y dominio de lo menos competitivo, éstas podrían intentar constituirse en aspectos cruciales, no solamente del urbanismo moderno sino de la sociedad tardocapitalista en la totalidad de la imperturbabilidad de su desintegración. Ello incluiría naturalmente posibilidades revolucionarias. No hay que subestimar lo inútil.

***

La utilidad y la efectividad (en su concepción neutral y carente de interés) están al servicio de la acumulación de capital, decretos brutales, en nombre de lo que todo es devastado descuidadamente y por qué no irracionalmente. La guerra contra la «naturaleza salvaje» y la transformación de todo en dinero constante y sonante son axiomas naturales, no importa si conciernen a grandes compañías o a campesinos. Incluso el jardinero más amante de la naturaleza considera su deber planificar y crear naturaleza artificialmente, lo cual expresa la misma agresividad y prepotencia, incluso en el caso de que el jardín no sea productivo desde un punto de vista económico. (Por otra parte, esta planificación tan perversamente detallada parece a menudo necesaria para recrear vastos espacios destinados a salvaguardarla de especies en extinción).

El acuerdo Dennis y los puentes Öresund (2) muestran claramente el grandioso espíritu de destrucción presente en el ansia planificadora. Aquí parece que el estado posee, incluso en mayor medida que las empresas, medios para proyectos a gran escala, hecho que carece de sentido demostrar puesto que los sueños de los políticos sólo reflejan las ambiciones de los empresarios. En esta situación aquellos se permiten alegremente incumplir toda una serie de necesidades recreativas, de opiniones locales y de cuestiones ambientales beneficiosas que por otra parte se impacientan en salvaguardar. Es probable que ya se haya tocado fondo, pero mucho ha sido devastado en el proceso. Y mucho más habrá caido antes de que los proyectos se destruyan por su dinámica interna. Sería entonces apropiada una intervención a través de sabotajes, construcción de lugares y procesos de decisión.

Y si ignoramos por un momento los aspectos sociales, ¿no es entonces el urbanismo más que el arte de organizar la naturaleza conforme a la geometría, en lugar de al contrario? Creo que la búsqueda psicogeográfica conducirá, explorando geometrías alternativas, a nuevas intuiciones epistemológicas, a una diversidad de nuevas cartografías llenas de significado. En sí misma la geometría no es evidentemente una manera de describir la naturaleza sino un instrumento a utilizar. Y la geometría imperante está anticuada en más de un sentido. Ciertas matemáticas y físicas más modernas, que incluyen geometrías no euclidianas, como la relatividad espacio-tiempo, la teoría de la probabilidad, la física cuántica, la teoría del caos, probablemente contienen un gran número de propuestas excitantes que ofrecer a la geografía, y seguramente explicarían principios psicogeográficos que de otra forma parecen ininteligibles.

En el surrealismo existe la noción de azar objetivo para referirse a las coincidencias y cadenas de significados que estallan cuando la conciencia se ve estimulada por el amor, las intenciones poéticas o por otros estados más o menos paranoicos. Los pormenores de la realidad ofrecen mensajes donde las limitaciones de los canales ordinarios de conocimiento y causalidad devienen físicamente tangibles en aventuras reales, interpretaciones delirantes, impulsos salvajes.

En la mayoría de las ocasiones este fenómeno ha sido estudiado en el entorno urbano, con su entrega rebosante de signos entre hordas de gente, objetos olvidados o abandonados, anuncios, grafitis, fragmentos de conversaciones, etc. Es evidente que aquí solamente la selección puede crear puntos de partida; que los deseos, sueños, fantasías, voces internas escogen ciertos detalles con los que cooperar. Pero sin duda el mismo mecanismo funciona fuera de la ciudad: los bosques, playas, campos y pantanos poseen también detalles repletos de significados que los convierten en espacios para la actividad humana. Además de los artefactos aquí encontrados existen igualmente los más variados objetos naturales: todo tipo de especies de plantas, animales y hongos, toda clase de signos geológicos del cuaternario, todo tipo de formas de piedras, ramas y raíces.

Como es sabido la misma experiencia de lo salvaje es fácilmente accesible puesto que la «vida móvil al aire libre», en general sumisa, se mantiene dentro de los límites de una corta temporada alta y de caminos y zonas de descanso autorizados. Tan pronto como uno se desvía de la senda, o incluso sin hacerlo, se ofrecen entornos y formas de vida que parecían abrumadoramente ajenas e íntimas.

A través de la exploración de las significaciones humanas de la diversidad biológica y de la configuración y transformación del paisaje, podríamos alcanzar un romance de la naturaleza que no fuera pasivo ni sentimental, dentro del que también se hallaría implícito un elogio de lo salvaje , ni misántropo ni competitivo. Este romance de la naturaleza, junto a otros resultados psicogeográficos, podría convertirse en elemento sustentante de un misticismo del lugar alejado de todo chovinismo. Lejos de la xenofobia, la lealtad al estado, la reacción cultural y la venganza contra el patriotismo local, se encuentra allí algo importante en íntima relación con los centros y epicentros psicogeográficos.

Finalmente nos gustaría recordar hasta qué punto nuestro mundo está estimulado por el espacio de los sueños, el espacio del amor, el espacio de las imágenes poéticas, el espacio del cuerpo, el espacio de la desesperación y el espacio de las coincidencias. Estos son ambivalentes en sí mismos y pueden asímismo producir conflictos fructíferos con el espacio de la indolencia y del sentido común interesado, con el espacio del urbanismo y de la propiedad privada. La parte específica de los surrealistas en el campo geográfico podría consistir en una contribución a la defensa militante (en términos espirituales y materiales) de lo salvaje e inútil de nuestro entorno, invocando la poesía de la geografía y aquellos imperativos morales que ésta plantea. El mundo está en juego.
Mattias Forshage



Traducción del inglés: Lurdes Martínez



(1) Bajo este título presentamos la fusión de dos textos: Geografía , artículo que abre un número de la revista Stora Saltet dedicado al tema del espacio, y Atoposes , sumario de un proyecto de más largo alcance sobre los lugares sin valor.

(2) El acuerdo Dennis se refiere al plan vigente destinado a realizar una red de nuevas autopistas que atraviesan la totalidad de la provincia de Estocolmo y que junto con el puente hacia Dinamarca constituyen los proyectos de infraestructura más importantes de Suecia en la actualidad.



La piel de la ciudad

En realidad vivimos dentro de un animal, del que somos parásitos. La estructura de este animal determina la nuestra, y viceversa.

Novalis.

¿O quizá somos todos pulgas en la piel de un enorme perro? Esta hirsuta y untuosa piel de piedra permite amistosamente que paseemos por ella. Demasiado raramente ella nos pasea a nosotros –ah, momentos de clemencia. La mayoría de las veces damos vueltas en ella, nos enseña a que la controlemos, cuando en realidad sólo nos controlamos a nosotros mismos. Pero si no somos gusanos en el cadáver sino antes bien burbujas en la podredumbre, si no somos sujetos separados sino solamente miembros en la sucia y oscura parte inferior del cuerpo del espíritu objetivo, si experimentamos esto, ¿podemos hablar entonces de la otredad abstracta de la ciudad, de su fría superficie?

Había una casa de ladrillos en Brooklyn que se alzaba con la espalda recta como un soldado en medio de una serie de cincuenta casas exactamente iguales. Una larga hilera de rectángulos gemelos puestos de canto, con ventanas que recordaban los ojos inexpresivos y vacíos de personas muertas, con una escalera exterior que parecía una lengua que había caído de la boca de un ahorcado (Mickey Spillane, No esperes clemencia, 1962).

El ser humano anhela tanto la similitud, anhela tanto que aquello que no es él o por lo menos se parezca a él, que viste la opinión humana con lo más extraño –como cuando los propietarios de un perro ponen una chaqueta de punto sobre sus pequeños animalitos. La ciudad no es ningún cuerpo –pero se parece a un cuerpo. Tiene sus ojos, sus axilas, su ano. No es seguramente tan sencillo que sólo podamos encontrar similitudes y nada más. No, cuando una vez pusimos en funcionamiento un proyecto colectivo para el Grupo Surrealista, que salió a la calle para buscar analogías entre la ciudad y el cuerpo, recibimos sólo una respuesta, y esa era construida, errónea (el Tyska Brunn, la Fuente Alemana, sería el regazo de Estocolmo). La piel no se deja describir cartográficamente pelo a pelo. Por contra, se puede tener suerte, encontrar lugares que, antes bien, nos obligan a ver en ellos el modelo, el ejemplo, contra nuestra voluntad, a pesar de que no estemos especialmente interesados. Al mismo tiempo intuimos que habríamos visto otras cosas si fuéramos mujeres.

Por alguna razón, el sexo absorbe para sí más lugares que las demás partes del cuerpo. También la ciudad tiene su fertilidad y su angustia sexual.

Odenplan es un mercado triangular. En mitad del mismo se encuentra una boca de metro, y junto a ella una escalera enrejada que conduce a un urinario subterráneo. Junto a cada boca se alza una chimenea. Encima de ese mismo triángulo se encuentra un parque pequeño y sucio, donde sucios y furtivos hombres se detienen. Aún más lejos de allí se eleva un masivo edificio de piedra con una gran cúpula: la iglesia de Gustav Vasa (Gustav Vasas kyrka). Un poco más abajo de Odenplan, junto al cruce de las calles Sveavägen y Odengatan, se encuentra un puente sepultado, conservado en su totalidad bajo las calles. Junto al mismo cruce, en lo alto de la fachada de una casa, se eleva un letrero rojo con la forma de una espiral anticonceptiva: “Caja de Cremación de Suecia”.

Odenplan es un sexo femenino. La boca de Metro corresponde a la vagina, la entrada al urinario y el ano. El pequeño parque es el vello púbico, la cúpula de la iglesia un vientre grávido. El metro/útero representa el principio de utilidad económica y la reproducción mientras que el urinario/ano representa el gasto no-económico y el espíritu de derroche. El puente sepultado es un pasaje secreto o sumido: ¿la llave perdida o algo totalmente sin sentido? Una forma geométrica recurrente en la cercanía inmediata de Odenplan es el círculo dentro del cuadrado: la iglesia, la biblioteca de la ciudad, el observatorio. ¿No es tal combinación definitiva? Representa la vigilancia y el control.

La sexualidad femenina en su lucha y riqueza de contradicciones encuentra una correspondencia geográfica, a nuestro entender, en Odenplan y sus alrededores.

(Esta interpretación se continúa en parte en un número anterior de Mannen pa gatan , 1991).

Estos lugares y signos que súbitamente nos asaltan no se reducen al marco de la experiencia poética. A menudo sus significados tienenuna dimensión crítica: de manera inesperada, se concretan, profundizan y a veces también contradicen la crítica que ya hemos formulado.

Existe un antiguo mapa de Estocolmo del año 1642. Lo encontré reproducido en una postal y se me aparecieron inmediatamente nítidos dibujos fáciles de reconocer. Estocolmo era entonces, a grandes rasgos, distinto a ahora. Sobre todo, había más agua. En el mapa, Norrmalm (1) y Gamla Stan (2) tienen la forma de un miembro masculino. Gamla Stan es el glande, la cercana loma del monte Brunkeberg representa los cuerpos cavernosos, la calle Drottning (3) el conducto espermático. Brunsviken (4) la vejiga urinaria, Slussen el orificio mismo. Las acumulaciones de agua, “Strömmen”(5), son la vagina. Södermalm representa igualmente las partes más internas del aparato genital femenino, y en el mapa se puede ver también el cuello del útero marcado junto a Slussen. El mismo útero debería corresponderse con Fatburssjön (6) (Dykärret [7]), que, desde que el mapa fue dibujado, ha habido tiempo de limpiarlo de nuevo, desecarlo y construir sobre él. Slussen tiene evidentemente un significado especial, como lugar de encuentro .

Esta interpretación genital de Estocolmo es corroborada por las asociaciones dadas acerca de los valores tradicionales de las distintas partes de la ciudad. Norrsidan, Östermalm y Norrmalm han sido elegidas desde 1700 como lugar de residencia por las clases altas opresoras. Esta es la parte del poder y de la racionalidad burguesa y patriarcal de la ciudad. Södermalm ha pertenecido desde sus orígenes (y por ello cambió más en años posteriores) a las masas oprimidas; es una parte de la ciudad que espontáneamente se asocia con lo material, lo oscuro, lo sucio, pero es considerada también más cálida y más llena de sentimientos que la parte norte.

El mapa de 1642 otorga a este ordenamiento una ilustración extremadamente viva y pictórica. Según lo dibujado, la ordenación de las calles en la capital de la nueva potencia sueca sólo pudo llevarse a cabo en las partes septentrionales de la ciudad. Allí las calles corren rectas y ordenadas, y forman limpios cuadrados. En Södermalm, por el contrario, parece que la red de calles ha crecido posteriormente a partir de sí misma, extendiéndose como la hiedra.

La interpretación del mapa y de la ciudad refuerza la opinión evidente de que Estocolmo ha sido dominado cada vez con mayor intensidad por un orden absolutamente masculino. Es significativo que Slussen, después de haber sido una vía de comunicación bastante directa y abierta, ahora tiene la forma de un nudo (un complejo) muy apretado que parece haber sido creado a propósito para encubrir y combatir un único hecho. Esto quiere decir que los centros de poder se han trasladado de la misma capital real e imperial a la zona significativamente más segura (en parte para alejarse de lo femenino, en parte para reforzar las comunicaciones antaño muy débiles entre Gamla Stan y Norrmalm). Como consecuencia de ello, Fatburssjön ha quedado competamente camuflado por las superconstrucciones totalitarias postmodernas de las cercanías de la Södra Station (Estación del Sur) (que sin embargo descansan sobre un suelo inseguro, sustentadas sobre una tremenda multitud de pilotes, debido a lo cenagoso que es el suelo). (C.-M.E.).

El orden, la razón aprietan desde su dominio. Pero en ciertos lugares produce una especie de moho. Muy a menudo uno se apresura: pasamos corriendo o lo cubrimos. Entretanto, sin embargo, esos lugares son abandonados a sí mismos y esto puede producir nueva vida; lugares sin valor, pequeños matorrales abandonados, yermos solares, desfiladeros inservibles.

Ayer por la noche vi un desfiladero como nunca he visto otro. Entre Mariahissen y la montaña corre esta profunda garganta, de dos, tres metros de ancho. El terror se apodera de mí en cuanto siento ahora la gelidez, veo el abrupto risco, vislumbro la desolación del lugar –ser un lecho muerto. Las palomas se esconden dentro, en las concavidades de alrededor, aletean en torno a mis ojos, a adrenalina hierve en la carne. Muy hacia dentro, el precipicio está cubierto por una techumbre a aproximadamente veinte metros sobre mi cabeza. Dentro sube una escalera de caracol de metal delgado hasta dicha techumbre. Las palomas, aleteando, golpean como látigo ese enloquecido terror que crece. No puedo girarme ahora, no puedo dejar de realizar esto. ¿Quizá soy James Stewart atacado por el vértigo, arrastrándose escalera de la torre arriba en Vértigo de Hitchcock? Mi vértigo es por lo menos tan mortal como el suyo. Asciendo, o más tarde, me voy arrastrando por esta escalera de caracol cagada por las palomas. Todo tiembla, se tambalea, ¿soy yo o la ciudad entera? Por lo menos la escalera, como una caja de resonancia de mi pavor que se transforma en hielo. Y soy capaz de tranquilizarme todo el camino hacia arriba –allí encuentro una pequeña plataforma. Una almohada, revistas pornográficas despedazadas. ¡Un nido suspendido! Un nido para un pájaro pavoroso. (C.-M.E).

Hemos renunciado a fotografiar el lugar. El lector mismo ha de ir allí.

Esto es lo que la ciudad lanza contra nosotros, esto es lo que las hendiduras de la ciudad revelan. Hasta ahora han sido experiencias que tratan de un descenso –que quizá sea la condición, el presupuesto del ascenso.

Carl-Michel Edenborg/Bruno Jacobs.

Traducción del sueco: Jesús García Rodríguez.

(*) Publicado en «Salamandra», nº 10, Madrid, 1999 ( págs.78-82 ).

NOTAS:

1) “Mineral del norte”, en sueco.

2) “Ciudad vieja”, en sueco.

3) “Calle de la Reina”, en sueco.

4) “Bahía del manantial”, en sueco.

5) “Corriente, torrente”, en sueco.

6) “Lago de Fatburs”.

7) “Ciénaga de barro”.

miércoles, 7 de abril de 2010

MÉTODOS DE TERGIVERSACIÓN por GUY DEBORD Y GIL J. WOLMAN



Toda la gente avisada de nuestra época está de acuerdo en que el arte ya no puede justificarse como una actividad superior, ni tampoco como una actividad de compensación a la que uno puede entregarse honorablemente. La causa de este deterioro es claramente la emergencia de fuerzas productivas que precisan otras relaciones de producción y una nueva práctica de vida. Estamos inmersos en una fase de guerra civil, y en conexión cerrada con la orientación que hemos descubierto que acompaña a ciertas actividades superiores, podemos considerar que todos los medios conocidos de expresión convergen en un movimiento general de propaganda que ha de abarcar todos los aspectos perpetuamente interactuantes de la realidad social.

Por lo que se refiere a las formas y a la naturaleza misma de la propaganda educativa, existen muchas opiniones en conflicto, generalmente inspiradas por una u otra variedad de política reformista de moda actualmente. Desde nuestro punto de vista las premisas de la revolución, ya sea cultural o estrictamente política, no sólo están maduras, sino que han empezado a pudrirse. No sólo es reaccionario el retorno al pasado; también los objetivos culturales "modernos" en la medida en que dependen en realidad de formulaciones ideológicas de la sociedad que han prolongado su agonía mortal hasta el presente. Sólo la innovación extrema está justificada históricamente.

La herencia literaria y artística de la humanidad debería utilizarse para propósitos de propaganda de clase. Es preciso trascender la mera idea de escándalo. Una vez que la negación de la concepción burguesa del arte y el genio ha llegado a ser un hermoso sombrero demasiado viejo, el dibujo de un bigote sobre la Mona Lisa no es más interesante que la versión original de tal pintura. Debemos poner ahora este proceso en el momento de la negación de la negación. Bertolt Brecht, al revelar en una entrevista reciente en la revista France-Observatour que ignoró algunos aspectos de los clásicos del teatro para hacer más educativa la ejecución, está mucho más cerca que Duchamp de la orientación revolucionaria que nosotros estamos reclamando. Debemos anotar, sin embargo, que en el caso de Brecht estas alteraciones saludables están contenidas dentro de estrechos límites por su desafortunado respeto a la cultura definida por la clase dominante - el mismo respeto, mostrado en las escuelas primarias de la burguesía y en los periódicos de los partidos obreristas, que conduce siempre a los distritos obreros más rojos de París a preferir El Cid sobre Madre Coraje.

De hecho, es necesario terminar con cualquier noción de propiedad personal en esta área. La aparición de nuevas necesidades convierte a las obras "inspiradas" en antigüedades. Llegan a ser obstáculos, hábitos peligrosos. La cuestión no es si nos gusta o no. Tenemos que ir más allá.

Algunos elementos, no la materia de donde han sido tomados, pueden servir para hacer nuevas combinaciones. Los descubrimientos de la poesía moderna concernientes a la estructura analógica de las imágenes muestran que cuando se consideran juntos dos objetos, no importa lo alejados que pudieran estar sus contextos originales, siempre existe alguna relación. La atribución a uno mismo de un ordenamiento personal de las palabras es mera convención. La interferencia mutua entre dos mundos de experiencia, o la unión de dos expresiones independientes, sustituye a los elementos originales y produce una organización sintética de mayor eficacia. Algo de esto puede utilizarse.

No es preciso decir que uno no está constreñido a corregir un trabajo o a integrar diversos fragmentos de obras caducas en una nueva; puede también alterar el significado de aquellos fragmentos en un sentido adecuado, abandonando a los imbéciles la preservación esclavizadora de la 'cita'.

Tales métodos paródicos se han utilizado con frecuencia para obtener efectos cómicos. Pero este humor es el resultado de contradicciones dentro del estado de cosas cuya existencia viene dada. Puesto que el mundo de la literatura nos resulta casi tan distante como la Edad de Piedra, tales contradicciones no nos hacen reír. Es por tanto necesario formar una representación paródica de lo serio donde la acumulación de elementos tergiversados, lejos de provocar y alentar la indignación o de hacer alusiones cómicas a las obras originales, expresará nuestra indiferencia hacia un original prohibido y sin sentido, y respecto a sí misma como reproductora de una cierta sublimidad.

Lautréamont llegó tan lejos en esta dirección que todavía sólo es entendido a medias por sus admiradores más ostentosos. Además de su aplicación obvia de este método al lenguaje teórico en Poésies (particularmente perfilado en las máximas éticas de Pascal y Vauvenargues), donde Leautréamont se esfuerza en reducir el argumento, a través de sucesivas concentraciones, al máximo posible-- un tal Viroux causó un asombro considerable hace tres o cuatro años demostrando que Maldoror es una tergiversación de Buffon y otras obras de historia natural, entre otras cosas. Que los prosistas de Figaro, como el propio Viroux, sean capaces de ver en esto una razón para despreciar a Lautréamont, y que otros crean que tienen que defenderlo elogiando su insolencia, sólo atestigua la debilidad intelectual de aquellos dos campos de dotardos en elegante combate unos con otros. El slogan El Plagiarismo es necesario, el progreso lo implica, es todavía pobremente entendido, y por las mismas razones, también la famosa frase acerca de que la poesía debe ser hecha por todos.

Aparte del trabajo de Lautréamont - cuya avanzada aparición en su tiempo tuvo una gran repercusión gracias a la crítica pedante - las tendencias hacia el desvío que pueden observarse en la expresión contemporánea son en su mayor parte inconscientes o incidentales; y es en la industria publicitaria, más que en la decadente producción estética, donde uno puede encontrar los mejores ejemplos.

Podemos definir en primer lugar dos categorías principales de elementos desviados, sin considerar si la yuxtaposición va acompañada o no de rectificaciones introducidas en los originales. Son las tergiversaciones menores y las tergiversaciones fraudulentas.

La tergiversación menor es la de un elemento que no tiene importancia en si mismo, de manera que produce todo su significado en el nuevo contexto en que ha sido ubicado. Por ejemplo, un recorte de prensa, una frase neutra, una fotografía de un lugar común.

La tergiversación fraudulenta, también llamada tergiversación propositiva premonitoria, es por el contrario la tergiversación de un elemento intrínsecamente significante, que adquiere un sentido diferente en el nuevo contexto. Un slogan de Saint-Just, por ejemplo, o una secuencia de Eisenstein.

Las obras tergiversadas en sentido amplio estarán así compuestas de una o más secuencias de tergiversaciones fraudulentas o menores. Pueden formularse ahora algunas leyes sobre el uso de la tergiversación:

El elemento tergiversado periférico contribuye más claramente a la impresión global, y no los elementos que directamente determinan la naturaleza de esta impresión. Por ejemplo, en un metagrafo que trata sobre la Guerra Civil Española, la frase con el sentido más claramente revolucionario es el fragmento de un anuncio de pintalabios: 'Los labios rojos son bonitos'. En otro metagrafo (The Dead oh. J.H.) 125 anuncios clasificados de bares en venta expresan un suicidio de modo más impactante que los artículos de periódico que lo reseñan.

Las distorsiones introducidas en los elementos tergiversados deben ser tan simples como sea posible, ya que la fuerza principal de una tergiversación está en la afinidad directa con la conciencia o en la vaga recreación de los contextos originales de los elementos. Esto es bien conocido. Permitidme simplemente anotar que si esta dependencia de la memoria implica que uno debe contar con el público antes de idear un desvío, esto es sólo un caso particular de una ley general que no gobierna sólo el desvío, sino cualquier otra forma de acción en el mundo. La idea de expresión pura, absoluta, está muerta; sobrevive sólo temporalmente en forma de parodia tanto como nuestros otros enemigos sobreviven.

Es menos efectiva la tergiversación que más se aproxima a una respuesta racional. Este es el caso que presenta una larga serie de máximas alteradas de Lautréamont. Cuanto más aparente es el carácter racional de la respuesta, más se parece al espíritu de réplica ordinario, que usa similarmente las palabras de su oponente contra él. Esto no se limita naturalmente al lenguaje hablado. Está en conexión con lo que hemos objetado al proyecto de algunos camaradas que propusieron tergiversar un poster anti-soviético de la organización fascista 'Peace and Liberty' que proclamaba, entre imágenes de banderas superpuestas del bloque occidental, La unión hace la fuerza, añadiéndole una etiqueta con la frase y las coaliciones la guerra. La tergiversación por simple reversión es siempre la más directa y la menos efectiva. Así, la Masa Negra reacciona contra la construcción de un ambiente basado en una metafísica dada mediante la construcción de un ambiente con la misma estructura meramente revierte -y conserva así simultáneamente- los valores de esta metafísica. Tales reversiones no pueden tener nunca un auténtico aspecto progresivo. Por ejemplo, Clemenceau [apodado "El Tigre"] podría remitir a "El tigre llamado Clemenceau".

De las cuatro leyes que han sido expuestas, la primera es esencial y se aplica universalmente. Las otras tres son aplicables en la práctica sólo para elementos fraudulentamente tergiversados.

La primera consecuencia visible de un uso extendido de la tergiversación, aparte de su poder intrínseco de propaganda, será la revitalización de un montón de libros malos, y de esta manera la participación difusa (no-planificada) de sus desconocidos autores; una transformación difusa hacia un aumento de enunciados o trabajos plásticos que se suceden para estar de moda; y sobre todo una incomparablemente mayor producción en cantidad, variedad y calidad que la escritura automática que nos ha llegado a aburrir.

La tergiversación no sólo conduce al descubrimiento de nuevos aspectos del talento; al chocar frontalmente con todas las convenciones legales y sociales se convierte en un arma cultural poderosa e infalible al servicio de una verdadera lucha de clases. La gratuidad de sus productos es la artillería pesada que atravesará los muros de la inteligencia. Este es el sentido real de una educación artística proletaria, la primera etapa hacia un comunismo literario.

Las ideas y realizaciones en el dominio de la tergiversación pueden ser multiplicadas y lo serán. Por el momento nos limitaremos a mostrar unas pocas posibilidades concretas que emergen desde varios sectores vigentes de la comunicación - se entiende que estos sectores separados son significantes solo en relación a las técnicas aplicables al día-presente, y que tienden a fundirse en una síntesis superior con el avance de estas técnicas.

Aparte de los usos directos varios de frases tergiversadas en posters, discos o emisiones radiofónicas, las dos principales aplicaciones de la prosa tergiversada son la escritura metagráfica y, en menor grado, la hábil perversión de la forma de la novela clásica.

No hay mucho futuro para la tergiversación de novelas completas, pero durante la fase transicional puede haber unos cuantos intentos de este tipo. Una tergiversación gana al ser acompañada de ilustraciones cuya relación con el texto no sea inmediatamente obvia. A pesar de las innegables dificultades, creemos que sería posible producir una instructiva tergiversación psicogeográfica de Consuelo, de George Sand, que podría de esta manera ser devuelta al mercado literario disfrazada bajo algún título inocuo como Vida en los Suburbios, o incluso bajo un título a su vez tergiversado, como La patrulla perdida. (Podría ser una buena idea reutilizar de este modo viejos films deteriorados de los que nada se recuerda o películas que continúan causando estupor entre los jóvenes en los cineclubs.)

La escritura metagráfica, no importa lo reaccionaria que pueda ser la estructura plástica en la que está materialmente situada, presenta oportunidades más ricas para la prosa tergiversadora, tantas como otros objetos apropiados e imágenes. Uno puede hacerse una idea de esto a través del proyecto, imaginado en 1951 pero abandonado después por falta de recursos financieros, que concebía una máquina de ping-ball dispuesta de tal forma que el juego de luces y las más o menos previsibles trayectorias de las bolas conformarían una composición espacial metagráfica titulada Sensaciones térmicas y deseos de la gente que pasa por las puertas del Cluny Museum una hora después del crepúsculo. A partir de ahí hemos comprendido que un trabajo analítico-situacionista no puede avanzar científicamente mediante proyectos tales. Sin embargo los medios continúan siendo idóneos para metas menos ambiciosas.

Es en el campo del cine, obviamente, donde la tergiversación puede alcanzar su mayor eficacia, e indudablemente, por todo lo que implica, su mayor belleza.

Los poderes del cine son tan extensos, y la ausencia de coordinación de esos poderes tan notoria, que prácticamente cualquier película por encima del miserable promedio puede proveer materiales para innumerables polémicas entre los espectadores o los críticos profesionales. Sólo el conformismo de la gente les impide descubrir rasgos tan llamativos y defectos tan impactantes en las peores películas. Al eliminar radicalmente esta absurda confusión de valores, podemos observar que El nacimiento de una nación de Griffith es una de las películas más importantes de la historia del cine por su abundancia en contribuciones nuevas. Por otro lado es una película racista, por lo tanto no merece en absoluto ser exhibida en su forma presente. Pero su prohibición total podría verse como lamentable desde el punto de vista del dominio, secundario pero potencialmente más valioso, del cine. Sería mejor tergiversarla como una totalidad, sin alterar necesariamente el montaje, añadiéndole una banda sonora que haga una denuncia poderosa de los horrores de la guerra imperialista y de las actividades del Ku Klux Klan, que continúan vigentes en los Estados Unidos.

Una tal tergiversación - muy moderada - no es en un análisis final nada más que el equivalente moral de la restauración de pinturas viejas en los museos. Ya que la mayoría de las películas no merece otra cosa que ser cortadas para componer otros trabajos. Esta reconversión de secuencias preexistentes estaría acompañada obviamente por otros elementos, tanto músicos o pictóricos como históricos. Ya que la reescritura fílmica de la historia existe desde hace algún tiempo en las recreaciones burlescas de Guitry, uno podría hacer decir a Robespierre, antes de su ejecución: a pesar de tantas desgracias, mi experiencia y la "grandeur" de mi empresa me convence de que todo está bien. Si en este caso un resurgimiento sensato de la tragedia griega nos sirve para exaltar a Robespierre, podemos imaginar por conversión un tipo neorrealista de secuencia, en la barra de un bar de carretera, por ejemplo, con un camionero diciendo seriamente a otro: La ética estaba en los libros de los filósofos; nosotros la hemos introducido en el gobierno de las naciones. Puede verse que esta yuxtaposición ilumina la idea de Maximilien, la idea de una dictadura del proletariado.

La luz de la tergiversación se propaga en línea recta. En la medida en que la nueva arquitectura parece levantarse sobre el cimiento del barroco experimental, el complejo arquitectural que nosotros concebimos como la construcción de un entorno dinámico relativo a los estilos de conducta detornará probablemente las formas arquitecturales existentes, y en algún caso hará un uso plástico y emocional de todo tipo de objetos tergiversados: grúas calculadamente dispuestas o andamios metálicos reemplazando a una tradición escultural difunta. Esto es chocante sólo para los admiradores más fanáticos de los jardines estilo-Francés. Se dice que en su madurez D'Annunzio, ese cerdo pro-fascista, tuvo la proa de un torpedero en su jardín. Dejando de lado sus motivos patrióticos, la idea de un monumento tal tiene cierto atractivo.

Si la tergiversación se extendiera a las realizaciones urbanísticas, poca gente quedaría excluida de la reconstrucción exacta de un barrio entero de una ciudad en otra. La vida nunca puede ser demasiado caótica: a su nivel las tergiversaciones podrían hacerla realmente hermosa.

Los títulos en sí mismos, como hemos visto, son un elemento básico de la tergiversación. Esto se sigue de dos observaciones generales: que todos los títulos son intercambiables y que tienen una importancia determinante en muchos géneros. Todas las historias de detectives de 'serie negra' son extremadamente similares, basta con cambiar continuamente los títulos para obtener una audiencia considerable. En la música el título ejerce siempre una gran influencia aunque la elección del mismo es absolutamente arbitraria. Por ejemplo no sería una mala idea hacer una corrección radical del título de la Sinfonía Heroica cambiándolo, por ejemplo, por el de Sinfonía Lenin.

El título influye fuertemente en la recepción de la obra, pero existe una contrainfluencia inevitable de la obra sobre el título. Por eso se puede hacer un uso extensivo de títulos específicos tomados de publicaciones científicas (Biología Costera del Mar Temperado) o también militares (Combate Nocturno de las Unidades de Pequeña Infantería) o también de muchas frases encontradas en los libros ilustrados para niños (Paisajes Maravillosos dan la bienvenida a los viajeros).

Para concluir, haremos mención brevemente de algunos aspectos de lo que llamamos ultra-tergiversación, esto es, las tendencias tergiversadoras que operan en la vida social cotidiana. Gestos y palabras pueden adquirir otros significados, y así ha sido a través de la historia por varias razones prácticas. Las sociedades secretas de la antigua China hacían uso de señales de reconocimiento muy sutiles al llevar a cabo la mayor parte de las conductas sociales (la manera de asir las tazas; de beber; trozos de poemas interrumpidos en momentos convenidos). La necesidad de un lenguaje secreto, de claves, es inseparable de una tendencia al juego. En última instancia, cualquier signo o palabra es susceptible de ser convertido en algo más, incluso en su opuesto. Los insurgentes monárquicos de la Vendée fueron llamados la Armada Roja porque llevaban la repugnante imagen del Sagrado Corazón de Jesús. En el dominio limitado del vocabulario de la guerra política esta expresión fue completamente tergiversada en el transcurso de un siglo.

Fuera ya del lenguaje, es posible usar los mismos métodos para detornar vestidos, con todas sus fuertes connotaciones emocionales. Aquí encontramos otra vez la noción de disfraz en estrecha relación con la de juego. Finalmente, cuando construimos situaciones la meta última de toda nuestra actividad será abrir a cualquiera la posibilidad de desviar situaciones completas cambiando deliberadamente esta o aquella condición determinante de las mismas.

Los métodos de los que nos hemos ocupado aquí brevemente no se presentan como una invención nuestra, sino como una práctica general muy difundida que nosotros proponemos sistematizar.

En sí misma, la teoría de la tergiversación apenas nos interesa. Pero la encontramos ligada a casi todos los aspectos constructivos del período presituacionista de transición. Dada esta fertilidad, su práctica parece completamente necesaria.

Posponemos el desarrollo de estas tesis hasta más tarde.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

NUESTROS SENTIDOS Y LA CIUDAD POR EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA


NUESTROS SENTIDOS Y LA CIUDAD

Por Ezequiel Martínez Estrada

1. VISTA

La vista y el oído son órganos de tacto más que la mano, en la ciudad. Indican el espacio y el movimiento en tres dimensiones, donde todo lo que ocurre corresponde exclusivamente a la cinética y se refiere a nuestra seguridad personal. Nuestros oídos calculan precisamente la distancia del peligro y la vista pierde su cualidad óptica para reducirse a una función compleja de espuela, rienda y freno, al gobierno material del cuerpo que anda entre cuerpos contra los que no hay que chocar. Fisiológicamente y según el plan de organización de los seres vivos, el oído y la vista tienen misiones puras, y por eso los órganos están constituidos según la maravillosa técnica de los instrumentos estéticos; en la ciudad tienen una función táctil, como herramientas que se aplican directamente a las cosas. Anticipan el impacto y repelen los objetos o buscan los senderos expeditos en la maraña de obstáculos móviles. La ruta no es empleada para percibir las formas y los colores cuanto las masas en movimiento y su proximidad. Si vieran el color, las formas y los dibujo, no avanzaríamos mucho, porque a cada instante hay en la ciudad prodigios de esfumaturas, matices y detalles que nos fascinarían. Ni más ni menos que la naturaleza, tiene escondidos tesoros en cada partícula de una masa informe, en los panoramas y en los pormenores. La luz, el color y las formas derrochan obras maestras en un pedazo de pared, entre las ramas de un árbol que tiene detrás un edificio, en una perspectiva irregular, en una cornisa, en un zaguán. Marchamos pisando joyas. Es un maremágnum de imágenes quebradas, de escorzos y de porciones de belleza virginal. Lo que Cellini veía en cada relieve anatómico de un cuerpo hermoso, es posible ver en cada fragmento de la ciudad. ¿Quien puede andar de rodillas? Nuestros ojos tiran de nosotros como un cabestro.

Cuando Kate Weintzel nos enseñó a mirar con atención rincones y trozos insignificantes de la ciudad con su ojo fotográfico -una caja de fósforos junto a la rueda de un coche, un pedazo de puerta al sol, una pierna que sube la escalera-, comprendimos que nuestros ojos están ciegos. No nos sirven nada más que como lazarillos para cruzar las calles, no tropezar con otros y ganarnos la vida. El ojo ideal sería la célula fotoeléctrica. La ciudad pervierte así nuestros sentidos y, finalmente, nuestra inteligencia, que en vez de ser órgano de percibir la belleza, el bien y la verdad, se convierte en órgano de lucha y defensa, ocupado en eludir peligros y en acrecentar las reservas de pequeñas ventajas acumulativas. Inteligencia en la yema de los dedos, como el ojo del ciego.

En este orden de cosas, Buenos Aires todavía no ha sido descubierto, y aun para los que acostumbramos acariciarlo voluptuosamente con la vista, todos los días tiene sorpresas de emoción que venimos a estimar cuando estamos lejos de allí. La estética de la ciudad, ¿corresponderá al álbum más que al libro?

2. OÍDO
Si se tratara de suprimir los ruidos molestos la ciudad entraría en un pozo de silencio, pues en la ciudad todos los ruidos son molestos. Hasta el sonido se deforma y degrada como si perdiera el alma, pues el ruido es el cadáver del sonido. El jazz es la ampliación ciudadana de la música de cámara. Los altoparlantes demuestran que por razones acústicas y a semejanza de lo que resulta con los espejos curvos, toda imagen de sonido es convertida en caricatura por la ciudad, es decir, en ruido. Apenas recuerda uno como algo paradisíaco aquellos tiempos en que los vendedores ambulantes pregonaban su mercancía con voz clara y fresca, particularmente el pescado. Sonaban las notas finales del pregón como una proeza de ópera, y la frescura de la voz anticipaba el sabor de los langostinos y las ostras. Hasta la voz de cuerno del mayoral de tranvía parecía el solo de Sigfrido, y cada uno tenía su frase melódica, como en Wagner. Salía la voz retorcida con la figura sonora del cuerno, acompañada de herraduras en el empedrado. Los días de lluvia, esas notas pastoriles arrastraban la ciudad entera como en una carreta hacia los campos, y los chicos nos quedábamos en las puertas como si viajáramos.
El clarín de los bomberos emocionaba como al griego antiguo la recitación de un canto de la Ilíada. Pasaban las bombas como si llevaran más llamas al incendio, y el clarín era una lengua de fuego. Las bandas romantizaban las tardes de las plazas y Malvagni hacía sonar las luces sus anillos. Música para sentarse un rato a su sombra para huérfanos. Pudo ser que nuestros oídos no supieran entonces distinguir bien un ruido de un sonido; pero es más probable que hoy la ciudad deforma y envilece los sonidos y que la edad del organillo y de las serenatas se llevó consigo una sensibilidad. La voz de los pregoneros y de los lecheros que cantaban estribillos, enmudeció; los serenos no existen; la sirena reemplazó al clarín; el vendedor de barquillos y el afilador que ejecutaban con una unción que les salía del alma, desaparecieron; los altoparlantes a disco reemplazan a la vibrante voz de las arengas, los escapes y explosiones y el crujido de los frenos a la geórgica voz de las trompas de asta que cantaban refranes de amor. Todo hacia el año que murió Carriego. Ruidos de contenido furor, producidos con el pie o con la mano y no con las laringes y los estrangulares, resecan el aire y apergaminan los tímpanos. La ciudad se ha tragado las voces individuales y en cambio emplea su estentórea voz colectiva, de fuerza industrial, de aviso perentorio de que junto a nosotros pasa rodando la muerte.

Tampoco son los mismos individuos eufónicos los que dialogan en las orquestas populares, ni cuentan las mismas cosas. Buenos Aires cambió de voz a falsete. Muchos años, desde que comenzó la pasión del tango, hasta lo que podríamos llamar la era de Pacho y Berto, como los ingleses dicen la era victoriana, el instrumento preferido del pueblo fue el bandoneón. Era su voz de gris y húmedo timbre, vibrante de un eros contenido y muscular, más hombruna y sensual que la de ahora. La nota nítida y gruesa, emitida con la redondez del tubo donde el viento expulsaba, ampliábase luego como el goterón de lluvia que absorbe la tierra caliente y a la luz de las lámparas de acetileno era como un hipnótico de cloroformo y cantárida.

La guitarra y la flauta acompañaban al bandoneón la hermana, y completaban el trío de las voces de la, cada. En los bailes familiares el arpa, el piano y la flauta alas de paloma de tarjeta postal, valses, schotis, polkas y lanceros. La flauta acentuaba con su sístole la síncopa del tango y siempre en ella se reconocía esta virtud que le atribuyó Berlioz: "Y es concebida en semejante modo la melodía de Glück (escena de los Campos Elíseos, de Orfeo) que la flauta se presta a todos los movimientos inquietos de este dolor eterno, todavía marcado con el acento de las pasiones que agitan la vida terrestre. Al principio no es más que una voz apenas perceptible, que se diría temerosa casi de hacerse oír; en seguida gime sumisamente, elévase el acento del reproche, al del dolor profundo, al grito de un corazón dilacerado con incurables heridas, para recaer finalmente poco a poco en el lamento, en el gemido y en la amargura de un alma resignada...»
Más tarde la flauta fue desterrada por completo de nuestras orquestas populares y el saxófono ocupó su sitio, más flexible a la línea quebrada del jazz, esa música de prohibicionistas que gustan del alcohol clandestino. Bandurria y gaita eran instrumentos de rondallas y desterrados. Así como el acordeón venció, tierra adentro, a la vihuela tradicional, así el bandoneón venció en la metrópoli y acabó incorporándose con nuevas técnicas a la orquesta típica de los cafés y a las bodas te obreros. La guitarra tiene todavía hoy en la radio una íntima fascinación, y como casi siempre trae del fondo de la vida rural sus perfumes campestres, llega en las zambas y vidalitas con el encanto nostálgico de tierras y años perdidos. Siguen después los instrumentos de las bandas, voces cosmopolitas y extrañas a nuestra sensibilidad lunática.
La promiscuidad de vida ha creado una promiscuidad de voces. Toda la orquesta de jazz, con sus instrumentos de ricos matices de timbres y temperaturas, ha pasado a primer plano. El ukelele, el saxófono, el oboe, el clarinete, se enseñorean de la orquesta, como reyes legítimos que de ella son. Han creado una sensibilidad superpuesta que ofusca los sentidos pero que no nos llega al corazón. Podría hacerse una estadística de la extranjería al confrontar los programas de los bailes populares y de los cafés danzantes. Una voz nueva ha sido el cantor solista, parodiado del jazz, extraño a su papel, todavía no aclimatado, que trae a la melodía modernizada de la canción, su quejido de barrio pretérito, a igual distancia de la quejumbre indígena y de la bravura del virtuoso.

.....En la Plaza Constitución, los domingos, solían congregarse oficiales y soldados del Ejército de Salvación en los comienzos de la prédica. Cinco apóstoles de la nueva fe, con cinco voces falsas, desgastadas, ausentes, salmodiando la Biblia. Eran aquellos años de ciclones y volcanes, cuando nueve años más tarde pasó otra vez Beatriz desdeñosa, y el alma andaba por un lado y el cuerpo por el otro. Al atardecer formaban un círculo aquellos pintorescos cruzados de uniforme marcial, tan lejos de la mística de San Francisco como de la épica de Don Ignacio de Loyola, aunque inflamados por la misma ola de fervor. Caía la tarde entre los árboles, con un amarillo de ámbares y hojas marchitas; el aire de una remota y árida soledad hería como un cuchillo, y cuerpos de carne litigada entraban y salían de la estación. Parece un sueño, ahora. Después de un breve sermón, apenas comprensible, emitido por la nariz que apretaban los lentes junto a las fosas, aquellos ridículos soldados de la fe entonaban un cántico acompañado por las notas siempre bíblicas de la concertina. Cantaban de Jehová, de los ángeles y de los suplicios del Salvador. Las voces, levantadas por las alas de la concertina, atravesaban nuestros pechos y se esparcían por la gigantesca ciudad vacía, como un bálsamo para los tristes y afligidos. A los dieciocho años, estos espectáculos tienen siempre la virtud de atraer a los elegidos: "Jehová", consuelo de las almas, arráncame esta tristeza, aunque te lleves mi corazón. Líbrame de esta angustia infinita de mi vida; haz que vuelva a mí sus ojos o dame una muerte conforme, antes de que beba más de tu cáliz de insondable amargor". Las voces, en inglés, fluían y perdíanse indiferentes. Asociada a ese cántico de desconocidos, en un lenguaje extraño, con la concertina como honda identidad, él alma encontraba un instante de compañía y como de consuelo en tanta soledad. Poco después la plaza quedaba otra vez en silencio, manchado de luces y de ruidos. Las estrellas arriba y lágrimas salobres y calientes sobre la cara.

3. TACTO

El tacto de la ciudad es percibido por los pies. La mano es inútil para palpar la ciudad. No podemos entrar con ella en contacto si no es por los pies; se la palpa caminando y es durísima. En verdad, refractaria. Esa es su piel, de pavimento. De acuerdo con las teorías de la evolución, que explican el casco del solípedo para la acción mecánica de la percusión en la marcha, el pavimento debe explicarse por los mismos factores que el carapacho del armadillo y la dermis del paquidermo. Pero lo cierto es que la piel de pavimento, cuya dureza mineral perciben nuestros pies y la comunican en el cansancio y el mal humor a toda la psique, es aisladora y hostil. Es una planchada, especie de magma que separa al hombre del mundo. Cuando la Municipalidad deja, con exquisito gusto, algunas cuadras de vereda sin empedrar, el pie toma contacto directo con la naturaleza de todo el país y no es sólo el alivio para los pies fatigados, sino la sensación casi táctil de ese contacto. Sube por las piernas al corazón la sensación de bienestar que suministra siempre la tierra. La planta del pie siente la elasticidad de la tierra, que sobre el pavimento se produce a expensas de los tejidos vivos. Cede ella en vez de hacernos ceder a nosotros.

También desde un punto de vista darwiniano es el pavimento una defensa económica de la ciudad para mantener su tránsito. Nos obliga a tomar un vehículo aun por pocas cuadras. Toda marcha a pie es agotadora; en verano se une a la dureza de la piedra el calor, y en invierno el frío. Una ciudad no ha sido adoquinada para caminar por ella sino para recorrerla en coche. El coche es el peatón natural de la ciudad; el neumático, no el pie; la llanta de hierro, no la pata. Para la pata se ha ideado la herradura, que preserva el casco como el pavimento a la tierra; para el pavimento se ha fabricado el automóvil.
En cambio, el campo invita a marchar. La pampa es también movimiento, pero no pesimismo y desaliento, sin ejercicio y salud. Aun los hombres ricos gustan allí de caminar, como aquí los pobres de andar en automóvil. Mucho de la manía del automóvil que aqueja a los porteños es una especie de reuma y casancio. A Ford le convemdría hacer pavimentar por su cuenta el mundo entero. No es un descubrimiento mío que el automóvil ha sido creado por la necesidad del pavimento y no de la comodidad. Constitucionalmente ningún ser humano prefiere en estado de salud caminar sentado a caminar a pie, pero el reuma y el adoquín son dos asociados de las fabricas de automóviles.

...Después del pie, sigue el cuerpo como órgano urbano de palpitación. Vemos cantidad de personas que en las aglomeraciones y en los lugares concurridos frotan su cuerpo, como inadvertida o inevitablemente diría que tienen el traje sensible como la piel, y la piel eléctrica como gatos. La mano es utilizada en última instancia, porque en la mano está siempre la responsabilidad .Como que la mano es el más consciente los aparatos del hombre y el más responsable, según lo demuestran las historias de la civilización y de la moral. La ciudad hace un traje de la piel y una piel del traje. Bástale a muchos ese roce furtivo para consuelo de orfandad, y solamente las mujeres no comprenden bien esto.


4. OLFATO
La ciudad atrofia los sentidos: acorta y enturbia la vista, encallece el pie, embrutece el oído. El olfato es atrofiado insensiblemente, como sentido de la intemperie y de los efluvios terrestres. ¿Quién huele la ciudad? Es inodora. Tendrá su olor, pero no lo percibimos nosotros, como lo demuestra el hecho de que tenemos que ponernos a pensar a qué huele. Sólo llegando de las sierras, del mar o del campo, se barrunta apenas: humedad, gases de combustión, alquitrán, polvo y el complejo de las emanaciones que salen de los negocios, las casas de vecindad, los depósitos comestibles. Cuando en cambio vamos de la ciudad al campo, el olfato se rehabilita. Percibe el aroma de las hierbas, de la tierra seca o húmeda, de los árboles del aire y sus matices, de las flores y los animales invisibles. Este sentido, inexistente en la ciudad, sale de su letargo y redescubre el mundo. Como sentido el más adjunto a lo orgánico y vital, se restaura en seguida aunque se lo amortigüe al extremo. Tiene tendencia, la ciudad, a velar los sentidos en una especie de anticipo exquisito de la muerte, y para eso comienza a homogeneizar los olores; cada simple olor va disuelto en un tono urbano y todos juntos dan la suma de su olor, que al no percibimos. Todo tiene algo de pintado, para el olfato. Las flores de la ciudad son adornos para la vista; las de los cementerios tienen un olor funeral y la de los ramos huelen a florería más que a flor. El papel pintado es la imagen gráfica del olfato en la ciudad. No olemos nada, vemos más bien. El olor de Buenos Aires es una droga anestésica. Las iglesias, los Bancos y las tiendas perduran en sus notas olfativas genéricas y acaso únicamente los teatros y cines tienen un repertorio particular de olores, conformes a los programas. En fin, tenemos sordera de olfato. (*)

(*) Fuente: Ezequiel Martínez Estrada, La cabeza de Goliat, Buenos Aires, Editorial Losada, 2001, pp.95-102.

Extraido de Temakel