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jueves, 27 de octubre de 2011

Museos de melancolía- Iain Sinclair





Museos de melancolía
Iain Sinclair


Una investigación sobre los orígenes de la familia de mi esposa, los Hadman, me llevó hasta una oscura pared de la estación de King’s Cross. El padre de Anna consideraba que los Hadman estaban emparentados con el poeta John Clare, que provenía de Helpston, un pueblo cercano al suyo propio. Nuestra investigación sacó a muchos Hadman anteriormente desconocidos de la tierra donde habían yacido, sin que nadie les molestara, durante cientos de años. Algunos de ellos se habían conocido entre sí, pero eran desconocidos para nosotros: vidas resumidas por fechas inciertas e incompetentes transcripciones de aquel apellido. Los registros eclesiásticos habían sido roídos por las ratas, las inscripciones de las lápidas habían sido borradas por el viento de los pantanos. La mayoría de los Hadman nunca se habían alejado más allá de un día de paseo de distancia respecto de su punto de partida, el ahora desaparecido asentamiento de Washingley (en la colina sobre Stilton en Huntingdonshire). Descubrimos que dos de ellos se habían aventurado más lejos. Uno, Oscar, compró un pasaje para América. Registró su destino como 414 West First Street, Sioux Falls, Dakota del Sur. Desgraciadamente, su billete de tercera clase era para el Titanic. El otro, ‘Hadman E.’, fue registrado entre las columnas de los muertos del monumento a los caídos de King’s Cross. Los esfuerzos heroicos de Anna, viajes a
Kew, Clerkenwell, días de rastreo por Internet, establecieron una conexión. Hadman E. era Ernest. De Stilton. Ferroviario en Peterborough, «mozo interino». Ernest falleció en el Somme [Francia] en 1917 y figura en la lista del monumento a los caídos de Thiepval. Existía ciertamente un remoto parentesco con Anna. Su tatarabuelo y el bisabuelo de Ernest eran hermanos. Suficiente para dejarla envuelta en lágrimas y animarla a emprender una expedición al
monumento conmemorativo de la estación. Tuve que abordar este episodio a mi manera:
recorriendo a pie un circuito de las principales estaciones de Londres, para comprobar la visibilidad y la constante presencia de los muertos de las guerras. ¿Cómo los recuerda una ciudad preocupada, los rostros ausentes de un generación perdida? ¿Durante cuánto tiempo sobreviven estos recuerdos en la agitación de la vida contemporánea? Estaciones y guerra: bandas de música, banderas, banderines, torpes abrazos. Niños refugiados con
cajitas colgadas con cordeles alrededor de sus cuellos. Humo, vapor. Pitidos. Transportes de tropas. Rostros demacrados vistos a través de los tablones de camiones de ganado. La distribución física de las estaciones urbanas, en parte alarde cívico, en parte cocheras de puertas abiertas, crea un microclima de ansiedad suspendida: el deseo de caerse dormido sobre un incómodo banco, comer una comida que no necesitas, comprar productos como sacrificio simbólico contra los azares del viaje. Dejar atrás una identidad anterior, arraigada, que te mira mientras te alejas, implica un elemento de riesgo. Las estaciones son lugares aconfesionales de culto, atendidos por incrédulos preocupados. Las leyes del tiempo y del espacio son
diferentes aquí. El narrador de La guerra de los mundos se pasea hasta la estación de Woking para comprobar los últimos boletines informativos sobre la invasión marciana, noticias de otro lugar: los periódicos vespertinos londinenses, cotilleos con porteros, rumores difundidos por visitantes ocasionales de la estación. Las líneas ferroviarias que salen de las grandes catedrales urbanas –Victoria, Waterloo– parecen conectar directamente con apocalípticos campos de matanza. Excavan trincheras a través de un barro denso para emerger en la explosión de la batalla. La ciudad se estremece con los latidos silenciosos de la artillería de piedra, el mudo
estruendo del obús tamaño natural de Charles Sergeant Jagger en el Royal Artillery Memorial de la esquina de Hyde Park. Colocados sobre obeliscos vemos escuadrones de aeroplanos sin motor que nunca levantarán el vuelo. Acorazados de granito se esconden en los nichos. Ejércitos fantasmas se encaraman sobre pedestales temporales en una aventura psicosexual de pesadas capas, máscaras de gas, botas y cinturones. Pienso en la extraña fantasía de la Primera Guerra Mundial de Walter Owen, The Cross of Carl (1931), en la que trenes subterráneos transportan cadáveres todavía conscientes de las trincheras a las unidades industriales, donde serán convertidos en carne. Los raíles plateados que salen de la ciudad se duplican como cables telegráficos. El zumbido de la inteligencia manipulada, en las provincias, ciudades rurales, trae ruidosos ecos de conflictos actuales. En un ambiente de alucinación comunal, compañeros de coros o bandas o clubes de fútbol, hermanos trabajadores, son inducidos a presentarse como voluntarios. Abandonan el arado, el martillo del herrero, el cuchillo del carnicero. Intoxicados con una retórica de sangre y bandera, relatos de atrocidades cometidas por un enemigo bestial, desfilan voluntariamente. Sueños de gloria póstuma. Un monumento conmemorativo en la
iglesia del pueblo. La Gran Guerra infligió un daño psíquico todavía no apaciguado sobre la Inglaterra del siglo XX: las ondas de choque del Modernismo, las fracturas de la pretensión imperial. Las noticias eran ilegibles. Ya no se podía confiar en las fuentes oficiales: era mucho mejor construir tu propio relato a partir de titulares recortados al azar y barnizados e incrustados en los cuadros cubistas. Los zombis de La tierra baldía de T. S. Eliot, q ue
atraviesan el Puente de Londres, la mirada clavada en el suelo, acaban de salir de una estación de ferrocarril. Los muertos están esparcidos, sin enterrar, sin ser reclamados por nadie en Francia y Bélgica. No se han levantado monumentos conmemorativos, todavía no, para recordar a los trabajadores de la ciudad de Eliot lo que han perdido: padres, hermanos, hijos. Publicar el dolor, catalogar los nombres (sin un vulgar detalle forense), era un ritual necesario de convalescencia. Incluso monumentos conmemorativos que ahora nos sorprenden como barrocos o histéricos, fueron criticados en su inauguración por un innecesario realismo. La muerte como muerte: tan morbosa.Tanta gente. Tantos trabajadores ferroviarios; rostros desaparecidos, calor perdido. Apellidos que ya no se oyen: Asplen, Ellege, Ellener, Ellum, Elvidge, Fairminer, Gilderdale, Gladders, Hawnt, Kedges, Markillie, Povah, Rasberry, Shawsmith, Shimelda, Shroff, Snoxell, Smotheringale, Spendiff, Waldie, Waterworth, Wellawise. En los paneles de King’s Cross, están presentes, todos ellos, junto con Hadman E. Los nombres están allí porque los hombres muertos, un uniforme cambiado por otro, no lo están. Los cuerpos individuales no pudieron ser reensamblados, los huesos no pudieron recogerse del fango. «El gobierno de la época», escribió
Peter Ashley en su folleto para la editorial English Heritage, Lest We Forget (2004), «se negó a reconocer el concepto de la repatriación de los muertos, de manera que estos monumentos se convirtieron en los puntos focales para expresar el dolor». Los caídos de King’s Cross aparecen uniformemente en letras mayúsculas: un diseño sencillo, negro sobre gris. Los monumentos conmemorativos son pequeños incidentes de amnesia cívica, una manera de olvidar. Si colocamos algo así sobre una pared alta, nadie lo ve. Hace años, trabajé acarreando sacas de correo navideño, en Liverpool Street, King’s Cross y St Pancras, pero no tenía una imagen clara de los monumentos a los caídos. Un determinado día, el 29 de abril de 2005, uniría las estaciones terminales de Londres en un circuito de la memoria. Anna decidió que le gustaría venir conmigo, una parte del trayecto.Mientras masticaba mi muesli, contemplé un drama que se representaba justo al otro lado de la ventana; una urraca clavaba su pico en el vientre de un ratón, que estaba vivo pero inerme, boca arriba, moviendo desesperadamente las patas. Anna estaba encantada: un roedor menos que envenenar. El pájaro voló hasta el tejado del cobertizo, para disfrutar mejor su bocado. El paso de una ardilla le asustó. El ratón moribundo o muerto se soltó de sus garras y cayó rodando por la pendiente mohosa.Londres anticipa el desastre. Y, en esa temerosa anticipación, lo incuba. Tanques bien visibles patrullan por la valla que rodea el perímetro, marcando los límites de riesgo: Heathrow, el centro comercial de Bluewater. El personal de las fuerzas aéreas estadounidenses, se anunciaba, no podrá entrar en la M25. Al
afirmar que los horrores futuros son inevitables, los políticos nos invitan a adaptarnos al infortunio presente.A las siete y media de esta mañana de abril, coches patrulla recorren ruidosamente las calles, con su falsa vigilancia del limbo preelectoral, para cazar a los reincidentes e invadir los antros de fabricación de droga que cambian de sitio antes de que la brigada de acción rápida atrape al «camello expiatorio», que acaba esnifando en las celdas. Una desaparición importante es el puente del ferrocarril que antaño transportaba, además de pintadas en defensa de los condenados George Davis y Reggie Kray, a pasajeros desde Dalston
Junction hasta Broad Street: una encantadora vista aérea de industrias, canales, propiedades domésticas y comerciales, de Shoreditch a la City. Veías exactamente dónde estabas. Por una tarifa simbólica (a veces gratis), te convertías en un espectador privilegiado. Ahora hay planes más grandiosos en curso y tenemos los bloques de apartamentos, el polvo y el ruido y los derechos de paso cancelados para demostrarlo. Todo lo que queda, como ásperos muñones abiertos que muestran la memoria del puente, es una serie de pilares circulares de color rosa, coronados por unos pedestales planos sobre los cuales no se levanta nada. Los pilares han sido
personalizados por las poco elegantes firmas de grafiteros, el aerosol se convierte en el equivalente de la pata levantada del perro.
Desde el canal (los desaparecidos Gainsborough Film Studios, modernizados con escalinatas en cascada y apartamentos angulares, y difuminados letreros comerciales sobre ladrillo diseñados para ser leídos desde las barcazas o los trenes al pasar), aparecemos en los altos de Islington: esa famosa vista descendente hacia las locas espirales de St Pancras mordisqueadas por los murciélagos. Un ejemplo de arquitectura pretendidamente fabulosa, pero impracticable. Agujas grises sobre ladrillo rojo. Un millar de ventanas de renacimiento gótico con un sombrero oscuro en cada una de ellas. Hay una nostalgia residual de suciedad, heroína, cocaína, hierba, condones tirados, salones de masaje de cristales oscuros, platos para limosnas, perros pulgosos, atracadores, chaperos, antros de comida rápida, cámaras espías para optimizar los ingresos por multas de tráfico en nombre de ese dios corrupto, la ecología. La zona apesta: a pelo grasiento, sudor, movimiento espamódico. A miedo
inespecífico proveniente de los controles de vigilancia. La condición urbana: suspensión de realidad. Una multitud de viajeros evitan el contacto y la colisión. Se disculpan. O discuten interminablemente y a gritos con los invasores uniformados de la intimidad. Toda esta mezcolanza está asegurada, una vez más, por una futurología nocional. La Ciudad Radiante todavía está por venir, conectada a Bruselas, aderezada con la mantequilla del euro. Y en algún lugar, detrás de todo esto, Antony Gormley tiene una fábrica-refugio dedicada a procesar recortes de Gormley desnudos que se necesitan en todas partes para convalidar Ciudades de la
Cultura ricas en petróleo: desiertos, aeropuertos, autopistas, zonas de hipermercados, museos y centros comerciales. Gormley no es un escultor de monumentos de consuelo, un técnico del dolor capaz de curar los traumas. Es un místico práctico, un filósofo de espacios que de otro modo pasarían desapercibidos: montículos en los bordes de las autopistas, plataformas en las riveras de los ríos. Va por delante del siguiente proyecto de urbanización. Interrogado sobre la reproducción obsesiva de su propia envoltura corporal, responde: «quier o enfrentarme a la existencia».No podemos llegar al monumento conmemorativo: un carro cargado hasta los topes ha sido colocado delante del muro, con montones de ejemplares multicolores del diario de usar y tirar. ¡Todo gratis! Una guía de televisión que los viajeros mañaneros no están dispuestos a aceptar. Los turistas, tambaleantes con sus bultos de peregrinos, se resisten a aumentar sus cargas, pero sospechan que podría ser obligatorio. Aceptan la revista, la huelen y la tiran a la papelera tan pronto como pierden de vista a su benefactor. Las mochilas parecen Bergens de las SAS británicas [fuerzas aéreas especiales] vistas por última vez en el escenario de la Guerra de Las Malvinas: los viajes son ahora una operación militar, una prueba de resistencia. La mayoría de los programas de televisión de esta noche, según parece, han sido entregados a la franquicia de Hitler. Es posible que haya perdido la guerra, pero arrasa en los índices de audiencia. Dos horas y media de Hitler in Colour (Hitler a todo color), seguidas por Uncle Adolf («Tío Adolfo», un drama «basado en hechos reales» que se centra en la bochornosa relación del Führer con su sobrina Geli Raubal). La BBC2 ofrece The Nazis: A Warning from History (Los nazis: una advertencia de la historia). Por lo demás, programas de billar. Y repiten Dad’s Army (El Ejército de Papá).Los paneles que anuncian a los muertos de la guerra son invisibles para los usuarios que atraviesan la estación, clientes de la apatía. El falso techo no ayuda. Tampoco las cámaras elevadas de circuito cerrado de televisión que mantienen su vigilancia sobre la cola permanente del cajero automático. Te pones a buscar en la lista a un pariente perdido y quedas atrapado en el encuadre de vigilancia. Las cámaras sobresalen como erizos. Cualquier persona que saque dinero o que compre un billete de tren es culpable. Estás en el bucle de memoria de la estación, grabado en cinta: eres parte del cine involuntario de la vida metropolitana. Esta esquina oculta está pensada para no tener descanso, para que no dejes de moverte. Se eriza con los avisos de «Información de seguridad» que significan una condición contraria: la imposibilidad del libre tránsito. Los viajeros exhaustos desdeñan la placa conmemorativa: once columnas con ochenta y seis nombres en cada una.La razón de ser del puesto de información convenientemente situado es atenuar el pánico mediante una pequeña isla de calma en un océano de caos. No hay mozos. Unos grandes paneles informativos, con destinos míticos, hacían girar sus letreros como máquinas tragaperras. La naturaleza de la información que las placas giratorias podían transmitir es un secreto: no pueden decir lo que no saben. Y no saben lo que te dicen. Son
meros conductos; transmiten, a aplicaciones personales correctamente entregadas (en inglés), sosegadas y apacibles evasiones. Ofrecen una terapia, un consuelo analgésico, no hechos innegables.«¿Incendio?», dijo el hombre, ofendido. «¿Qué incendio?». La mujer, más joven, sabía algo sobre ello. «Pregunte a Wally», sugirió. Pero ya habíamos hecho eso, ya habíamos buscado al uniformado más antiguo de la estación, en nuestra anterior búsqueda del nombre de Hadman E. No molestemos otra vez a Wally. Sus conocimientos locales son un blasón de honor. El tristemente famoso incendio del Metro, en 1987, es la vergüenza del lugar; lo mejor es olvidar los malos tiempos. Descendemos por la rampa hacia un laberinto de pasillos subterráneos. «Hubo un incendio», grita la mujer a nuestras espaldas. «La estación ardió hasta quedar
hecha cenizas».No encontramos ni rastro de esta todavía poderosa fábula. Unas mamparas de yeso ocultan las anteriores paredes. No hay ninguna placa visible, ningún monumento conmemorativo de esa pérdida de vidas. Pero, cuando ascendemos hacia la luz de la calle, en Euston Road, veo a un oficial mayor, aunque más joven que Wally, un hombre que se mantiene en posición de firmes. Un raro oficial que sabe exactamente dónde está. El hombre explica: el monumento conmemorativo del desastre de King’s Cross ha sido retirado, guardado en un
almacén. Reformas. Si buscamos con suficiente intensidad, encontraremos un cartel informativo: un monumento conmemorativo del monumento conmemorativo. El incendio del ascensor de la línea de Piccadilly, el 18 de noviembre de 1987, mató a 31 personas. La placa ha sido trasladada a Acton, el almacén del Museo del Transporte de Londres, donde puede ser visto, mediante cita, en «fines de semana abiertos». El
monumento conmemorativo del incendio, nos prometen, será devuelto a su sitio. «Será reinstalado al finalizar el Proyecto en una zona pública de la estación». Y una cosa más: «Recurriremos a expertos para poner el nombre del señor Alexander Fallon en la placa, anteriormente identificado como víctima sin nombre».Incendios, choques de trenes, bombas y bombardeos aéreos: las estaciones principales, inconscientemente, se han convertido en nuestros museos melancólicos. Con el paso del tiempo, los monumentos pierden su función original, de ofrecer un lugar a los muertos homenajeados, y se convierten en mobiliario urbano, obstáculos, curiosidades. En Internet se ofrecen monumentos conmemorativos descatalogados para su venta a coleccionistas privados. O son retirados al National Memorial Arboretum de Staffordshire, un parque temático de símbolos redundantes: leones, osos, águilas. Existe incluso un hombre
con los ojos vendados, fantasmalmente blanco, que Peter Ashley cree que podría ser un homenaje póstumo a los soldados ejecutados por abandonar la batalla.La siguiente estación, en nuestro paseo hacia el oeste, nos deja frustrados. La grandilocuencia de mazapán y papilla de St Pancras es impenetrable, está acotada, protegida por guardias de seguridad. Se puede visitar la vieja estación los sábados y domingos de once de la mañana a una y media de la tarde. Y por
supuesto lo hago. Recientemente, los enormes pasillos, las decadentes salas públicas y las impresionantes escaleras han sido un escenario escogido para sesiones de moda y promociones musicales. Las Spice Girls tuvieron su lanzamiento allí, y un sótano frío y húmedo fue convertido en un antro de opio para Johnny Depp en la versión filmada de From Hell de Alan Moore. El monumento conmemorativo de la guerra se mantiene fuera de los límites mientras se produce el cambio que convertirá mágicamente las dependencias de la antigua estación en apartamentos de lujo para la Manhattan Loft Corporation y el resto en un reluciente Hotel Marriott.
St Pancras no tiene que ver con ir a ninguna parte, ya no: tiene que ver con la arquitectura, antaño admirada, posteriormente menospreciada, ahora restaurada. Tiene que ver con el enlace ferroviario del Túnel del Canal: otro grandilocuente proyecto más. «El mayor centro de transportes de Europa, según nos dicen los proyectos. La estación fue bombardeada en 1917, pero los trenes siguieron funcionando. Nuestro error es evidente, consiste en vivir en el pliegue entre la anticuada niebla de una ciudad que anda a tientas (privilegios para los privilegiados) y una ciudad que es prometida, pero que nunca llega del todo (se queda en la línea).
Cuando finalice el monstruoso maquillaje, las estaciones gemelas, parque ecológico, depósito de gas reubicado, hoteles, pisos y nuevas urbanizaciones a orillas del canal convertirán este lugar en «uno de los lugares más accesibles de Europa». Accesible al bombo publicitario, al dinero rápido, a los sueños olímpicos y a todas las células y grupúsculos del terrorismo internacional. Porque ahora los terroristas, como todos los demás hombres de negocios y soldados rasos corporativos, son aficionados a las sesiones de navegación en canoa o a los prácticos gimnasios. Por el momento, en el letargo de futuras emociones y actuales frustraciones, nos unimos al barullo de peatones nerviosos que cargan con bolsas a lo largo de una zanja entre zonas de obras.
Las barreras de plástico rojo y blanco son obras de arte conceptuales que sirven además como protecciones. Los edificios heridos han sido vendados para someterlos a una cirugía cosmética electiva. El viento suelta ráfagas de neblina como el último aliento de un moribundo, suelta ráfagas de polvo rojo alrededor de nuestros pies. No existen monumentos conmemorativos en la estación temporal. Las guerras actuales no se mencionan y las guerras antiguas han sido olvidadas. Una «Aviso de seguridad» promete una completa cobertura de circuito
cerrado de televisión en las zonas públicas y la «seguridad física» de todas las instalaciones y equipos.
Al abrirnos camino hacia Euston, la última parada en la tríada de Euston Road, un Sickert entre
estaciones, inspeccionamos el geómetra blakeano de Eduardo Paolozzi, esteroidal y con la espalda rota, sobre su pedestal frente a la Biblioteca Británica, bajo la pertinente sombra del Novotel. Newton desnudo (patrocinado por la casa de apuestas Vernon) es el verdadero arquitecto de esta visión retorcida. He aquí un símbolo adecuado de la ciudad corporativa. La Jerusalén de Blake reimaginada por un comité decidido a cubrir cualquier cambio y cualquier marca cultural. El compás del gigante hace sus terribles cálculos en la suciedad de las zonas de obras. En su profético poema, Europa, Blake escribe que el «poderoso espíritu... de la tierra de
Albión, llamado Newton» es el único que tiene poder para hacer que suene «la trompeta del juicio final».
El patio de la Biblioteca Británica es un terreno de pasto para atracadores: docenas de inofensivos y tiernos académicos, que esperan para entrar, agarran lo que son obviamente ordenadores portátiles, softwareen bolsas blandas. Se han adaptado al concepto del foro, el espacio cívico aderezado con sus indicaciones escultóricas. Se sientan donde pueden, sobre muros bajos, sobre los bancos curvos de piedra de un bonito anfiteatro adornado con ocho rocas de Gormley: Los planetas. La zona de Gormley refrenda la remodelación de la biblioteca, una impronta cultural: serenidad, cosmología medieval que firma su tratado con la física
contemporánea. Los planetas como estados de ánimo, como nuestros guías y mentores. Polvo humano llevado a reconocer su propia mortalidad, los espacios infinitos dentro de las células más minúsculas de nuestros cuerpos. Partes de cuerpos son prensadas en las balas de cañón de Gormley, sus rocas sobre pedestales; brazos, piernas, manos. Las ocho piedras son como trozos calcificados y recuperados de las cenizas de Pompeya o Herculaneum. Rastros vivientes impresos sobre basalto. Detrás del anfiteatro hay un seto cuadrado que contiene un árbol dorado-rojizo, un arce japonés; un árbol de monedas de bordes afilados. No te puedes aproximar al árbol a través del laberinto del seto fuertemente recortado; está aislado, solitario. También este árbol tiene su placa; es un monumento conmemorativo viviente, plantado el 12 de junio de 1998: «En memoria de Anna Frank y todos los niños muertos en las guerras y conflictos de este siglo». La placa incluye una cita del diario de Frank: «Veo que el mundo se transforma lentamente en una jungla, oigo la tormenta que se acerca y que un día me destruirá a mí también».
Llegados a este punto, mis anécdotas peatonales sobre lo que encontramos en Euston, Marylebone, Paddington, Victoria, Charing Cross, Waterloo, London Bridge, Liverpool Street, se volvieron repentinamente redundantes, rebasadas por los acontecimientos del 7 de julio, las cuatro bombas que estallaron en Londres. Con otras cuatro exactamente dos semanas más tarde. Explosiones aparentemente orquestadas por el compás de Newton: Norte, Sur, Este, Oeste. Contemplada en este entorno, junto a los Planetas de Gormley, la numerología era perturbadora. La expedición original, que registraba los nombres de ferroviarios muertos, las eliminaciones, era una alucinación, una fuga de un sonámbulo en el periodo de calma antes de los ataques de
Londres que utilizarían King’s Cross como el desencadenante de una maligna reacción en cadena.
El 14 de julio, el transporte ya funcionaba de nuevo con normalidad, el autobús 30 subía ruidosamente la colina desde King’s Cross mientras yo descendía de nuevo, hacia la estación. Había más peatones, ciertamente, más mochillas, pero los pasajeros se mostraban tan estoicos, preocupados y químicamente adaptados como siempre. Miraban hacia delante, impacientemente, hacia el próximo Harry Potter, un anuncio semitransparente que dificultaba la visión desde la ventana. Un arma, un peso reconfortante en el regazo. Potter utiliza el Andén Nueve y Tres Cuartos en King’s Cross: los aprendices de magos tienen que aprender a pasar a través de las sólidas barreras entre los andenes 9 y 10. Supongo que son capaces de sortear los sistemas de vigilancia. Los invisibles de la ciudad real no aparecen en el circuito cerrado de televisión hasta que están muertos, hasta que todo ha terminado y una ficción adecuada del pasado es editada por políticos y jueces.
Las colas normales de transeúntes, muchos de ellos aparatosamente cacheados por docenas de policías de chaleco amarillo o por guardias de seguridad de la estación con chaquetones de color «grosella y natillas», se alargaban interminablemente con personas que deseaban mostrar su dolor. Aguardaban pacientemente, con homenajes florales en recipientes de plástico con agua, a que les llegara su turno en el pequeño jardín de la memoria que se había formado alrededor de un árbol en una esquina no acotada en la fachada de la estación, entre Euston Road y York Way. A pesar del sombrío aspecto de los testigos, este templo multiconfesional parecía mexicano: una masa de colores contradictorios, camisetas de fútbol adaptadas, banderas con inscripciones, osos rosas, perros blancos. La luz del sol relucía sobre el celofán. El tronco del serbal blanco
desaparecía en un túmulo de flores ladeadas. Una mujer con uniforme de la Cruz Roja estaba junto al árbol, sosteniendo discretamente a su espalda una caja de kleenex. En el punto de entrada, se apilaban más cajas de pañuelos de papel, listos para hacer frente a un estallido de emoción confusa. Un accidente inadvertido de arquitectura ferroviaria, un adecuado no lugar, era el espacio consentido de la memoria, un claustro de flores momificadas. La muerte de la princesa Diana era el patrón del dolor público en la ciudad. Una valla, que protegía un palacio real, enterrada en claveles, azucenas, rosas, en ramos profesionalmente preparados, o manojos de lavanda recogidos de jardines privados. Ahora, este camino generalmente restringido limitado era el centro de atención para hileras de cámaras a las que no se permitía el acceso, mantenidas a distancia; los entrevistadores se entrevistaban unos a otros, hablaban con la policía, bostezaban, esperaban. Los rostros de los desaparecidos, algunos reproducidos en serie, eran clavados en paredes de yeso y adheridos a los cristales de las paradas de autobuses. En las cabinas telefónicas, los retratos de los ausentes competían con tarjetas para prostitutas. Algunas eran ingeniosas impresiones de ordenador, otras tan crudas como fanzines de la era punk. «¿Puedes ayudar?». Un triste tríptico de recuerdos grabados en vídeo, momentos especiales en una vida perdida, desplazaban a una destrozada octavilla referente al ya olvidado desastre del tsunami.
Poco antes de mediodía, vuelvo a la plaza de la Biblioteca Británica. Un puñado de hombres, sin camisa, cubiertos de tatuajes, pronuncian obscenidades muy audibles y juegan al pitch-and-toss
*(N. del T .: Juego que consiste en el lanzamiento de monedas contra una pared; quien gana se lleva las monedas de los demás)en el anfiteatro de Gormley. Es un lugar muy idóneo para esta actividad. Turistas nerviosos bordean el foso y se dirigen hacia el café al aire libre. Pero entonces, de un modo totalmente inesperado, cuando se anuncian los dos minutos de silencio, los jugadores se inmovilizan y se ponen firmes como si estuvieran en un desfile. Los turistas, perplejos, son sorprendidos a medio camino. Son figuras de Lowry, negro sobre ladrillo rojo, casillas del tablero de ajedrez. Londres no está acostumbrado a semejante silencio, a que no se oigan sirenas de policía, ambulancias, taladradoras; se paraliza por completo el tráfico en Euston Road sin el rumor de fondo de frustración y mal humor, el parloteo de las conversaciones telefónicas, las bocinas de los coches. La quietud de algo absorbido de la atmósfera, una respiración aspirada y sostenida. Dos minutos, entonces, es un tiempo largo, necesario: en el que puede experimentarse la proyección de Gormley del vacío de nuestros cuerpos, el difícil mecanismo de mantenerse firmes sobre un trozo de suelo en movimiento.
Parecía un día perfecto para pasear por las obras del enlace ferroviario del Túnel del Canal, los extensos terrenos aplanados y protegidos alrededor de las estaciones. Itinerarios conocidos detrás de King’s Cross y Pancras han tenido el acceso prohibido durante años; únicamente las visiones fugaces desde los trenes que pasan por la línea elevada del norte de Londres transmiten una sensación del progreso de esta inmensa obra de ingeniería civil. Barrios destartalados como Somers Town hace mucho tiempo que han desaparecido y los montículos polvorientos son un recuerdo urbano invocado por nuevos montones de basura, grúas gigantescas.
Abandonada e ignorada, en el centro secreto de toda esta actividad se alza la vieja iglesia de St Pancras [St Pancras Old Church], en su montículo pequeña colina sobre el ahora sumergido y canalizado río Fleet. Las empresas de construcción y consorcios y organismos semiautónomos asociados con este inmenso proyecto celebraron numerosas reuniones, debates, presentaciones privadas y semipúblicas. Tuvieron cuidado de no aparecer como destripadores de terrenos, como explotadores ciegos del tejido de la ciudad. Cada nuevo bloque tenía su sombra de parque ecológico, cada piratería un artista residente. El poeta más profundamente implicado en la geografía visionaria de King’s Cross fue Aidan Dun. Su ciclo largamente meditado, Vale Royal,
fue publicado en una bonita edición limitada en 1995. Dun fue invitado a dirigirse a los
constructores y ciertamente retribuido por ello. «Kings Cross –declaró– ha ejercido una
magnética atracción a lo largo de los siglos. Los artistas, los poetas, con su presencia, han convertido este lugar olvidado en un lugar majestuoso». Dado el manifiesto poético de Dun, basado en una lectura de Blake, una interpretación del dibujo de colinas y ríos, los acontecimientos del 7 de julio pueden verse como la consecuencia inevitable de nuestro
rechazo a recordar, nuestra amnesia colectiva. La ciudad de oro de Blake, sus pilares alineados con la topografía de Londres, ha sido deliberadamente desechada. Las leyendas de Chatterton y Rimbaud, de Shelley, su asociación con la vieja St Pancras, han sido olvidadas. Dun reconoce que las invocaciones bucólicas del río Fleet, sus nadadores, su ganado, sus pescadores, no son más que grabados nostálgicos colgados en la iglesia cerrada para hacer frente a la tormenta que se avecina. «La fetidez agridulce de la combustión de carne infantil / flota por las calles de Londres». Dun ve un patrón repetido de sacrificio como consecuencia de nuestra
negativa a reconocer los mitos originarios de este lugar desdeñado. «La flor envenenada de una necrópolis militar, / con perfumes de azufre».
La iglesia elevada sobre este montículo aparece ahora como un pensionista avergonzado, suspendido en los límites exteriores de la zona de construcción. Los operarios del enlace ferroviario del Túnel del Canal han levantado una pared protectora de color verde y ofrecen además una «línea de ayuda 24 horas» junto con la extensión de ese ubicuo plástico rojo y blanco: más barreras protectoras. Un enclave protegido pero medio oculto, sombreado y atractivo para los transeúntes urbanos de picnic. Me decido a entrar, como a menudo lo
hacía cuando trabajaba como cartero ferroviario. Entré en la iglesia por primera vez el 16 de mayo de 1973.
Hice una anotación sobre este hecho, sobre mi visión de la lápida del siglo VI de San Agustín debajo del paño del altar, el dibujo de cruces sencillas. «La iglesia –escribí– forma parte de la línea Northern Rail [del Metro de Londres]. Bebe de antiguas fuentes cristianas». Una semana después de las primeras bombas, he vuelto, por casualidad, a la hora en que se abren sus puertas. Incienso, cantos grabados, luz tenue; una mujer joven está de rodillas, absolutamente quieta, junto al estante de velas encendidas. Es checa y deja un mensaje en el libro de visitantes, donde expresa cuánto consuelo encuentra aquí. Se escenifican los rituales privados sin el boato
del templo de King’s Cross: las flores, las ofrendas de camisetas, los colores. La iglesia es de piedra y arena, toda ella descolorida y tiznada. Dos hombres entran al mismo tiempo. Uno de ellos, con elegante camisa de rayas, compra su vela, se arrodilla, hace sus gestos y sale. El otro, sucio, hecho jirones, enfadado, pide prestado para pagar su vela, se desploma, baja la cabeza, permanece en el sitio durante unos minutos y sale con paso vacilante. En el salón parroquial, da una patada contra la puerta del servicio. Las paredes de la iglesia están adornadas con grabados, acuarelas: la vieja St Pancras tal y como nunca existió. El icono más inesperado es una fotografía de los Beatles, colocada en el marco de la puerta occidental. Ringo, George y Paul se reclinan
contra el arco normando dentado, mientras que John se inclina hacia la cámara; su puño levantado es una imagen borrosa. Creo que esta fotografía proviene de una sesión con el fotógrafo de guerra Don McCullin el 28 de julio de 1968. Se cita en los libros de referencia como el «Día loco». La tropa póstuma se desplazó por un extraño y azaroso paseo por Londres, una versión de la geografía dictada de Aidan Dun o William Blake. De la vieja iglesia de St Pancras a Old Street Roundabout y de allí a Farringdon Road y Wapping Old Stairs, donde Lennon se tumba en el suelo y se hace el muerto.
St Pancras fue un niño mártir que dio su nombre a numerosa iglesias, un hospital, una estación de ferrocarril. Aparece pintado en un cuadro colgado en la pared de la casa sacramental de la vieja iglesia (cuyo tabernáculo fue robado en 1985). En su mano izquierda sostiene una cruz bizantina, una extensión de la cruz de tao. Un sitio web islamista argumentó que las bombas habían convertido a Londres en una «cruz ardiente» cuyo pivote habría sido la estación de King’s Cross, el punto de reunión desde donde los terroristas emprendieron sus mortíferas misiones. Un fallo del servicio en la línea Northern Line había desbaratado sus planes.
Un jardinero con camisa verde, el pelo recogido en una coleta, al verme leer en una lápida el borrosohomenaje a «una de las pocas personas que salió del agujero negro de Calcuta», se ofrece para hacer el recorrido completo: John Soane, William Godwin y Mary Wollstonecraft, los «Tres de Hardy». Las obras, como en los tiempos de la construcción del ferrocarril, provocan una gran confusión. Se destroza tumbas, los monumentos se tambalean como si estuviesen ebrios, aparecen socavones en la tierra. Si no se pisa con cuidado, se puede acabar en una cripta. El tejido de la ciudad no puede ser sacudido, taladrado, cubierto de zanjas, día tras día, sin coste alguno. No siempre es tan insignificante como el hundimiento de un supermercado Tesco en un túnel de ferrocarril excavado a cielo abierto. Londres se ha quedado sordo, tiene los ojos enrojecidos, está traumatizado. Se las apaña lo mejor que puede. Contamos nuestras historias a la cámara como en una confesión pública. Las víctimas reproducen incidentes horrorosos como una forma de exorcismo. Los acusados son observados y grabados por instrumentos diseñados para no hacer ningún juicio moral. La ciudad está paralizada mientras relatos contradictorios luchan por la credibilidad.
De nuevo en el canal, de regreso a casa, hay más paseantes que nunca, más bicicletas. Nada perturba el sentido del absurdo de Londres: un hombre negro, completamente desnudo, hace ejercicios sobre un banco, estiramientos, inclinaciones, gruñidos, mientras mira, a través de las aguas, hacia la zona de obras sin terminar, el jardín ecológico y las grúas. Junto a él, una mujer de mediana edad se sienta y come unos sandwiches, sin prestar atención al hombre sudoroso, doblando los bordes de su desgastado ejemplar de Harry Potter (releído hasta el olvido en preparación del siguiente acontecimiento). Cuando me acerco a Hackney, veo una nueva pintada en letras negras: Fallujah Londres. Bombas = Bombas.
No era sencillo, pero persistí. Tenía que ver el monumento conmemorativo del incendio de King’s Cross en el depósito del London Transport Museum de Acton. Los funcionarios de este hangar fueron agradables, serviciales, pero en cierto modo parecían afectados: como combatientes apartados del frente. «Mi espalda», dijo el hombre de ojos lechosos que nos llevó al pasillo lateral donde se almacenaban las dos lápidas conmemorativas. El depósito es un almacén estilo Ikea de recuerdos del transporte, archivados, envueltos y escondidos. El mozo del almacén agarró una banqueta para que yo pudiera fotografiar los paneles de pizarra con sus 31 muertos. Andy Burdett, B.A. (Hons), Jane A. Fairey, B.A. (Hons): distinciones académicas añadidas
a la lista. Mohammed Shoiab Khan, Rai Singh, Ivan Tarassenko. Las letras son sencillas; el monumento conmemorativo, financiado por la King’s Cross Disaster Fund, está protegido por capas de plástico. Las losas permanecerán en este lugar tranquilo, en este almacén, hasta que finalicen las obras de la estación.
El depósito es inquietante. Tenemos libertad para deambular, para examinar cualquier cosa que se nos ocurra entre los objetos amortajados y solitarios, los fragmentos conservados de un Londres anterior. Hay bucólicas litografías de Metroland, realizadas por Lawrence Bradshaw y John Mansbridge. Una fotografía en blanco y negro de pasajeros en el piso superior de un autobús: todos blancos, mujeres con el pelo ondulado, hombres con camisas blancas y corbatas, sin equipaje, sin cargas. Otra era, tan remota e independiente: un periodo de calma entre guerras. Hay también un extraordinario dispositivo, una especie de torpedo vertical con
una puerta lateral. Esta carcasa metálica gris es un refugio antibombardeos para una o dos personas, miembros del personal exclusivamente. Los refugios se situaban en «lugares vulnerables», de manera que los ferroviarios pudieran disfrutar de la experiencia de ser enterrados vivos en un doble ataúd con una escotilla de escape.
Los autobuses de color rojo oscuro relucen, sus ventanas brillan. Inmaculadas antigüedades como el 236 a Leyton High Road, pasando por Highbury Barn, Queensbridge Road, Hackney Wick. El transporte de Londres alcanza por fin la perfección: no va a ninguna parte. El horror de un sistema que se desmorona, el viaje de pesadilla para llegar a Acton desde Dalston Kingsland, es refutado por esta ciudadela de maravillas. Paseamos por plataformas de metro vacías, un cine de objetos ejemplares y sin guión. J. G. Ballard, en un ensayo sobre el director de cine Michael Powell, sugería que el drama en la novela «seria» del futuro «pasaría de [las cabezas de] los personajes al mundo a su alrededor». Nada de monólogos interiores, nada de sátira
social: sucesos absurdos y crueles relatados sin emoción. Esto parece predecir la mirada fija de los retratos fotográficos en los carteles de «desaparecidos»; las difusas grabaciones en vídeo de sospechosos que corren, tropiezan, esconden la cabeza: imágenes en movimiento. Escenas agrupadas a partir de improvisaciones en teléfonos móviles. Primero observas la cámara en el tejado y luego estalla la bomba. La nueva ficción de la ciudad es editada a partir de fragmentos sin autor, mientras que las fantasías egoístas de los políticos se pudren en oscuros cobertizos y almacenes subvencionados. Montados en estas plataformas virtuales, pasamos por el prototipo de Crossrail, por los trenes limpios y elegantes que nunca saldrán de sus cocheras. Y entonces
Anna, a quien le disgusta el viaje en metro, se da cuenta de que las puertas deslizantes de entrada a uno de los vagones están abiertas. Duda y luego entra. No está sola. Otros la han precedido. Maniquíes. Los muertos en vida. Figuras utilizadas para probar explosiones de bombas: están vestidos, inmovilizados en sus posturas, criogénicamente congelados. Entre todos estos trenes parados, en el silencio del vasto hangar con su techo redondeado, estos son los únicos pasajeros, que esperan pacientemente a puertas que nunca se cerrarán.
Vestidos de verano, precisos en cada uno de sus pliegues y arrugas, con colores y dibujos de flores, están hechos en yeso. El pelo es demasiado exuberante. La vampiresa de la puerta, de pie, aunque haya numerosos asientos vacíos, tiene los labios pintados de rojo escarlata. Ojos como de gata. Un soldado permanece sentado, intentando descifrar un mapa del metro. Una mujer de siniestra sonrisa señala el suelo. Otro sonriente autista, con camisa de cuello abierto, traje gris, lee un folleto del «Festival of Britain». Un auténtico londinense, de juerga, con corbata americana, se peina su pelo muerto. Ellos son, bajo esa tenue luz, más que realistas, pero
ha habido un error de cálculo: sus pies no llegan al suelo. Y allí permanecen, antes de que el espectáculo comience o después de que haya terminado, el último público. Los que se sientan y sonríen, sin memoria, ni tiempo, ni palabras. Los que no tienen obligación de descifrar el sentido de la ciudad que los contiene.



© Iain Sinclair / LRB
Traducción: Antonio Fernández Lera

Publicado originalmente en Xavierarribas.com

martes, 30 de agosto de 2011

Extractos de "La Religión Y El Rebelde" de Colin Wilson




En mi caso, la pregunta fundamental que existe detrás de Marginal es: ¿cómo puede el hombre ampliar su esfera de conciencia? Pienso que los seres humanos usufructúan una parte de conciencia tan angosta como las tres notas centrales del teclado de un piano. Que el área posible de los estados mentales es tan ancha como el teclado entero, y que el objetivo fundamental y el trabajo del hombre consisten en extender esa esfera de tres notas a todo el resto. Los hombres a que me referí en El Marginal tenían en común: un conocimiento instintivo de que su esfera podía ser ampliada, y una persistente insatisfacción del ámbito de sus experiencias cotidianas.



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La mayoría de las personas que conozco, viven ejemplarmente así: trabajando, viajando, comiendo, bebiendo y conversando. El ámbito de la actividad diaria en la civilización moderna levanta un muro alrededor del estado ordinario de conciencia y hace casi imposible mirar más allá. Tal cosa es provocada por las condiciones en que vivimos. Es lo que ocurre en una civilización que siempre hace ruido como una dínamo, y que no proporciona ocio para la paz ni la contemplación. Los hombres comienzan a perder la intuición de modos desconocidos de ser, esa capacidad de construir que los llevaría a ser algo más que cerdos altamente eficientes. La pérdida de esa capacidad produce un horror contra el que el Marginal se rebela.





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Una tarde estaba pegando sobres con una esponjita húmeda, cuando un joven que parecía cómodo desempeñándose como mandadero comentó: Destruye el alma, ¿no es así? Una frase de lugares comunes, pero nunca la había oído antes, y la repetí como una revelación. No destrucción del alma, sino destrucción de la vida; la fuerza vital frenada produce un olor como el agua estancada, y el ser entero se emponzoña.



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El aburrimiento, sabía, quería decir no tener lo suficiente que hacer con las propias energías vitales. La respuesta a esto, sencillamente, reside en extender el radio de la conciencia, poner en circulación las emociones y hacer trabajar la inteligencia, hasta que nuevas áreas de conciencia sean incorporadas a la vida, así como la sangre que empieza a circular nuevamente por una pierna que ha estado entumecida. Eso era apenas el punto de partida. Disponer del ocio no es suficiente, el ocio es sólo un concepto negativo: el ancho y despejado terreno donde uno puede edificar casas decentes después de hacer quitado los conventillos. El problema siguiente es empezar a construir.



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Cuanto más se combate, mayor caudal de vida es posible. Por eso, para mí, el problema de vivir se resolvía en la cuestión de elegir obstáculos que estimularan mi voluntad. Instantáneamente, reconocí que nuestra civilización va en sentido contrario: toda nuestra cultura y nuestra ciencia están apuntadas a capacitarnos para realizar la menor voluntad posible. Todo se hace fácil y si, después de una semana de rutina oficinesca y de viajar en ómnibus, aún sentimos la necesidad de aplicar un exceso de energía, siempre podemos entretenernos con esos juegos asociados a obstáculos artificiales, donde la voluntad se aplica para derrotar a un equipo de jugadores de cricket, o fútbol, o simplemente a luchar contra la imaginaria Esfinge que inserta las palabras cruzadas en el diario.



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Cuando decía que Platón, Goethe y Shaw fueron existencialistas, implicaba que los tres fueron pensadores para los que pensamiento y vida son inseparables. El otro hombre para el cual pensamiento y vida resultan inseparables es el artista; su arte es el resultado del impacto de la vida en su sensibilidad.





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Resumiendo, el existencialista es el artista filósofo, y su medio natural es la Bildungsroman –novela educativa—; la novela o la obra que se refiere a la maduración de su personaje central a través del impacto de su experiencia. Ejemplos de esto: Wilhelm Meister de Goethe, Los hermanos Karamazov de Dostoievski, El proceso de Richard Feverel de Meredith, La montaña mágica de Mann, Demian de Hesse, Los caminos de la libertad de Sartre, Adiós a las armas de Hemingway, El retrato de Joyce, Inmadurez de Shaw. He citado aquí juntas las mayores y las menores para enfatizar la anchura de esta rama. Déjenme terminar dogmatizando: en el siglo XX, la única forma seria del arte literario es la Bildungsroman.



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Imaginación es el poder captar, sin esto el hombre sería un imbécil, sin memoria, sin premeditaciones, sin capacidad de interpretar lo que ve y siente. Cuanto mayor es el poder de captar, más alta es la forma de vida; y en el hombre, el captar se transforma en una facultad consciente, que puede ser denominada imaginación. Si la vida es avanzar hacia estratos más elevados, más allá del mono, más allá del hombre-trabajador e incluso del hombre-artista, esto se produce mediante un mayor desarrollo del poder de captar. El anhelo religioso es la búsqueda de una intensidad de imaginación más grande.



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En ese punto comencé El Marginal. Mi tesis era que la religión comienza con el estímulo del heroísmo reemplazando a la imaginación. Los Marginales de los primeros capítulos eran hombres hambrientos de heroísmo, encallados en una era no-heroica. Su anormalidad como Marginales residía en sus intentos de fabricar su propio heroísmo. La queja de Roquentín –La náusea de Sastre— era: No hay aventura, e implicaba que esto es verdadero en la civilización moderna.

Traté de demostrar que el ansia por una mayor intensidad de imaginación –de vida— toma la forma de una búsqueda del heroísmo. Este hambre de lo heroico era completamente visible en las vidas de Van Gogh, T. E. Lawrence, Rimbaud, Gauguin. Guido Ruggiero ha llamado a Gauguin y Rimbaud Santos existencialistas, y declaró –con completa precisión— que el existencialismo toma a la vida como una novela de aventuras.



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Nietzsche sabía que el ideal de una paz universal es un ideal falso; el hombre siempre intentará crear oportunidades para lo heroico. Las guerras del siglo XX son la expresión de una frustración inconsciente. Kierkegaard tenía razón cuando dijo que el aburrimiento es el verdadero mal del mundo. Una religión es el receptáculo de lo heroico, el símbolo de la necesidad del hombre de luchar por la captación. Las guerras mundiales y el fracaso de la religión son compañeros inevitables.



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El Marginal debía ser considerado como un fenómeno de la civilización moderna. Se llegaba a esta conclusión: es el síntoma de una civilización en decadencia. Pero, al menos, es un signo de salud.



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En cualquier época, la religión más pura está en manos de sus rebeldes espirituales. El siglo XX no es una excepción.



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Cada vez que una civilización llega a un punto crítico, es capaz de crear un hombre mejor. La respuesta exitosa a la crisis depende de la creación de un nuevo ser. No necesariamente el Superhombre nietzscheano, sino un tipo de hombre con una conciencia más amplia y un sentido de sus propósitos más profundo que nunca. La civilización no puede continuar en el presente embrollo, este desfile de miopes que producen mejores y mejores refrigeradores, pantallas de cine más y más anchas, secando constantemente en los hombres toda vida espiritual. El Marginal es un intento de contrabalancear esta muerte de los propósitos. El desafío es inmediato y exige respuesta a todos los que sean capaces de entenderlo.





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Si nuestra época está al borde de su última decadencia, como la civilización griega en los tiempos de Platón, el Marginal sólo puede observarla con curiosidad científica, y continuar -como Platón- meditando en problemas no tan inmediatos. Este separarse es la básica condición del sobreviviente, un signo de optimismo fundamental:





Todas las cosas caen y son construidas nuevamente.

Y aquellos que otra vez las construyen están contentos.



Así decía Yeats.





Los Marginales aparecen como erupciones de una civilización moribunda





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Colin Wilson

domingo, 21 de noviembre de 2010

EL UNIVERSO EXTREMO Y DELIRANTE DE WILLIAM BURROUGHS por ANXO CUBA


INTRODUCCIÓN

William S. BURROUGHS es una de las figuras más transgresoras e inclasificables de la literatura universal, hasta el punto de resultar dudosa su condición de narrador, en el sentido estricto del término (contador de historias). No cabe duda de que se trata de un escritor, puesto que su medio de expresión es el lenguaje escrito plasmado sobre papel, pero ahí acaban las certezas.

El lenguaje que utiliza está tan alejado de la norma académica como de las distintas jergas y dialectos marginales norteamericanos. Con frecuencia sazona su prosa con términos de invención propia, construcciones gramaticales imposibles o palabras desprovistas de significado pero cargadas de sonoridad. Por todo ello, puede considerarse la mayor parte de su obra como poesía en prosa, ya que su intención no está tanto en la narración como en la evocación de determinadas atmósferas y ambientes, así como estados psicológicos extremos (casi nunca sentimientos). Para este fin utiliza el lenguaje, destruyéndolo y recomponiéndolo a su gusto, siempre consciente de que se trata de un código rígido y obtuso que debe ser dinamitado y reprogramado, intentando utilizarlo como fin más que como medio de expresión, ya que esto último supondría dejarlo en el lugar que siempre ha ocupado y que le ha servido para llegar a un estado de momificación absoluta.

En este sentido, BURROUGHS, como Joyce , decide replantearse la base misma de la creación literaria, que no es otra que el propio código de comunicación. Es consciente de que un nuevo código transmite siempre nuevas ideas, y lo que es más importante: nuevas sensaciones. Para él, escribir es un acto físico de coordinación motora. Su meta es escribir más rápido de lo que se piensa, tal y como lo pretendieron los surrealistas por medio de la escritura automática. Este fin, aunque imposible, se vuelve deseable y útil como método de creación, o incluso de meditación. De la misma forma que la repetición de los “mantras” en el budismo zen es una forma de desproveer al lenguaje de su significado y limpiar la mente de todo pensamiento, ayudada por el ritmo respiratorio que dichos “mantras” imprimen al cuerpo; la escritura automática es una forma de liberarse de esa corriente de parloteo interno, encerrando los pensamientos en una hoja de papel en blanco y dejándolos fluír sin reflexionar sobre ellos. Es el monólogo interior de John Dos Passos llevado a su última consecuencia.

Esta forma de trabajo fue una de las principales aportaciones que BURROUGHS transmitió a los escritores de la generación BEAT , de la que fue maestro y antecesor directo. No resulta casual que muchos de sus integrantes mostraran interés por la meditación y las tradiciones místicas orientales (zen, taoísmo, vedanta, sufismo...)y desarrollaran un estilo hipnótico y sincopado muy influenciado por estas filosofías, así como por movimientos musicales como el jazz y el be-bop. Tanto Allen Ginsberg como Gregory Corso y, sobretodo Jack Kerouac , reflejan en sus páginas esta clase de flujo obsesivo y automático de palabras, que guarda mucha relación con el beat (golpe) que les sirvió de seña de identidad generacional. Golpes a las teclas de la máquina de escribir, golpes a la batería de jazz que confieren un ritmo diabólico y espiral a las improvisaciones, golpes de las máquinas que trabajan en lugar del hombre a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial y sobretodo, golpes que les da la vida y la sociedad a todos aquellos que pretenden guiarse por su conciencia individual más que por la luz que irradia la locomotora del stablishment.

Como hemos dicho, BURROUGHS será una influencia decisiva sobre la generación beat, hasta el punto de ser considerado en ocasiones como parte integrante de la misma (algo no del todo cierto). El peculiar tratamiento que BURROUGHS hace del lenguaje lo llevará a la invención del método CUT-UP (cortar y pegar) aplicado a la narrativa, consistente en recortar un texto en múltiples fragmentos, agitarlos hasta mezclarlos aleatoriamente y, finalmente recombinarlos tal y como vayan surgiendo de los inexorables designios del azar. Dicho método ha dado lugar a novelas enteras de William Burroughs, quien lo ha llegado a utilizar durante entrevistas periodísticas por medio de la combinación de tres o más cintas magnetofónicas grabadas con distintos discursos mezlados de forma inconexa.

Este tipo de investigaciones y experimentos formales han cobrado gran importancia en la evolución de la música electrónica y las artes audiovisuales desde los sesenta hasta nuestros días (desde Stockhausen hasta el sampler digital tan utilizado en la actualidad, pasando por los videojockeys), pero no han seguido utilizándose apenas en la literatura. Esto explica por qué Burroughs ha ejercido tanta influencia sobre músicos y cineastas, tal como lo atestiguan los diversos discos-homenaje publicados por el sello belga de electrónica experimental Sub Rosa, o las múltiples colaboraciones de Burroughs con músicos ( Kurt Cobain , Ministry , U2, Laurie Anderson ...) o cineastas como Gus Van Sant y David Cronemberg .

SUS COMIENZOS: EL ESCRITOR COMPULSIVO

William Seward Burroughs había nacido en el año 1914 en St. Louis (estado de Missouri) y desde muy joven se había ido formando gracias a su condición de rata de biblioteca y su esmerada educación burguesa (pertenece a una familia acomodada, su abuelo fue el fundador de una famosa marca de calculadoras, posteriormente absorbida por IBM). Estas circunstancias biográficas lo llevan a un rechazo tajante de las convenciones sociales y la moral imperante, que tan bien pudo conocer gracias a su entorno familiar conservador. Fue criado en el “american way of life” propio de la Norteamérica de entreguerras. Como suele suceder, las disidencias se gestan en el centro mismo del problema. En este sentido, BURROUGHS pertenece a una larga estirpe de burgueses automarginados y transgresores, donde se encuentran también el Marqués de Sade , Cocteau o Tomas De Quincey . Cuando uno no necesita preocuparse por subsistir puede dedicar su tiempo a replantearse conceptos morales.

Durante su juventud, estudia en distintas universidades, licenciándose en literatura inglesa en Harvard (donde conoce a T.S. Eliot ) en 1936 y cursando varios años de antropología, medicina, psicología... en diversos países (Alemania, Panamá, México...). Se casa con una judía alemana para librarla de los nazis y emprende un viaje por toda Europa. Trabaja de redactor de un periódico en St. Louis y a partir de 1938 se traslada a Chicago, donde ejercerá de exterminador de cucarachas y asistirá a un seminario de semántica impartido por Alfred Korzibsky . Se forma en profundidad en teoría psicoanalítica, parapsicología, telepatía... leyendo compulsivamente a autores contemporáneos como Wilhelm Reich , C.G. Jung , Spengler o L. Ron Hubbard y a clásicos como Zoroastro , Giordano Bruno , Paracelso ...

Junto a su interés por el mundo de la ciencia y el ocultismo, desarrolla una gran pasión por las armas, adquirida en la adolescencia durante su estancia en el Ranch School, un internado aristocrático situado en Los Álamos (Nuevo Méjico), donde poco tiempo después se realizarían las primeras pruebas atómicas y donde el joven BURROUGHS se iniciaría en las prácticas homosexuales, a la edad de 15 años.

Durante su estancia en Chicago desde 1938 hasta 1943 se introduce en el mundo del hampa y la delincuencia, condicionado por su incipiente adicción a la morfina. En 1943 se instala en Nueva York, conoce a Herbert Huncke , uno de los “héroes” suburbanos retratados por los escritores de la generación beat y heroinómano prototípico (así como genial escritor). También en esa época conoce a Allen Ginsberg y Jack Kerouac, quienes quedan fascinados por la amplia cultura y erudición de BURROUGHS, tomándolo como maestro y fuente de inspiración para sus respectivas obras literarias (en el caso concreto de Kerouac, en casi todas sus novelas aparece algún personaje basado en BURROUGHS, como el Bull Lee de “On the road”). El rol que desempeña BURROUGHS en ese momento fundacional de la “beat generation” será el de “hermano mayor” (aunque sea poco mayor que el resto), sobretodo gracias a haber vivido en diversos países y poseer una vasta cultura de los más variados temas. De este modo, BURROUGHS supera la sensación de aislamiento y malditismo que le había perseguido desde la infancia. Gracias a su influencia, Ginsberg y Kerouac leerán a autores como Hart Crane , William Butler Yeats , W.H. Auden , Blake , Kafka , Denton Welch ... y comenzarán a interesarse por la cultura oriental, por medio de obras clásicas como el Bhagavad- Gita , El Libro tibetano de los muertos , Upanisad o el Tao Te King .

A principios de los cincuenta, Kerouac le insta a retomar su afición infantil a escribir novelas. Incluso escribirán juntos una novela inédita titulada “Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques”, que trataba de las experiencias homosexuales de un amigo común fallecido prematuramente.

Hay que decir que BURROUGHS había escrito algunas novelas en su infancia, como “La autobiografía de un lobo”, con tan sólo ocho años o “Carl Cranbury en Egipto”. En ambas se vislumbra su afición a los países exóticos como medio de alejarse del aislamiento social al que su familia lo somete tras la caída de la bolsa en 1929, hecho que provocó la ruina económica de su padre y la consiguiente vergüenza y sensación de fracaso que lleva a su familia a trasladarse a una pequeña propiedad en las afueras de St. Louis. En 1929 publica en la revista del colegio una historia titulada “Magnetismo personal” en la que aborda precozmente varias de sus obsesiones posteriores: control mental, telepatía... En torno a los diez años escribe compulsivamente historias de piratas, vaqueros, gángsters... sazonadas con abundantes duelos de pistola (un motivo repetido en varias de sus novelas adultas). En estas primeras novelas se deja sentir la influencia de un libro titulado “No puedes ganar”, autobiografía de un ladrón llamado Jack Black publicada en 1924, obra que ejercerá un enorme poder de fascinación sobre el joven BURROUGHS y que lo acercará a un mundo marginal y furtivo que años después conocería de primera mano.

PRECEDIENDO AL “BEAT”: SU PRIMERA NOVELA

En el año 1945, a pesar de su homosexualidad, se casa con una mujer llamada Joan y compra una granja en Texas. Dos años después se traslada a Nueva Orleáns, donde comienza a tener problemas con la policía, ya que la situación legal es cada vez más difícil para los morfinómanos, por lo que huye a Méjico en 1949, donde asiste a un curso sobre historia azteca y escribe sus dos primeras novelas: “Yonqui” y “Marica”. La primera de ellas saldrá publicada en EEUU en 1953, gracias a las incansables gestiones y correcciones de Allen Ginsberg. No olvidemos que este fue un libro muy incómodo para el mundo editorial estadounidense de principios de los cincuenta, tanto por su temática como por su estilo. Por esta razón sale en un formato “pulp” y firmado con el pseudónimo William Lee , dentro de la editorial Ace Books de Carl Solomon , quien obliga a BURROUGHS a escribir una nota introductoria con tono moralista para cubrirse las espaldas ante la moral bienpensante de la época.

En su debut como escritor, BURROUGHS utiliza un estilo mucho más conciso y aséptico que en la mayor parte de sus obras posteriores. Otorga prioridad a la historia más que a la forma literaria, construyendo una narración desprovista de todo elemento accesorio, casi minimal. Este estilo, propio de las novelas “pulp”, busca impactar por medio de la inmediatez del lenguaje y la contundencia de lo que se cuenta. El lector asiste a una narración en primera persona, de aspecto improvisado, lo cual otorga un aura de autenticidad a la novela, que sirve como gancho para el lector (el morbo es un elemento central en la intencionalidad de las “pulp novels”, a menudo deudoras del periodismo sensacionalista). La novela se convierte rápidamente en un hito dentro del subgénero de la autobiografía toxicómana, destacando por su tono anti-poético y marginal, distanciándose del romanticismo de De Quincey y del lirismo de “Cain's book”, escrito por Trochi algunos años después. A diferencia de dichas obras, el relato de BURROUGHS sólo se centra en el proceso adictivo mismo, obviando cualquier narración adyacente con entidad propia y tono evocador.

Cuando se publica esta primera novela, la sociedad estadounidense vive un fervor prohibicionista en torno a diversas drogas, gracias en parte a la política impulsada por Henry Anslinger desde la DEA ("drug and food administration"). El estereotipo del adicto a narcóticos cambia al tiempo que lo hacen las leyes sobre la venta de drogas, pasando del modelo integrado social y económicamente propio del s.XIX y principios del XX (representado por Coleridge o De Quincey en la literatura) al marginal perseguido, residente de los barrios pobres de las grandes urbes. El recrudecimiento de las leyes contra la venta de drogas provocará la aparición de la figura del “camello” o traficante clandestino, que a menudo vende sustancias adulteradas.

Este momento de cambio en los hábitos y en la sociología de las drogas, se ve reflejado en la novela de BURROUGHS, quien empieza su adicción durante la 2ª Guerra Mundial a base de morfina y opiáceos de farmacia y progresivamente comienza a recurrir a heroína adulterada del mercado callejero, con un precio considerablemente mayor. La novela retrata la cotidianidad del adicto y la lucha constante contra las resistencias de los médicos y farmacéuticos a dispensar narcóticos (algo impensable tan sólo veinte años antes, cuando estos mismos profesionales eran el principal grupo social de adictos y/o difusores de la adicción yatrogénica). Diversos historiadores de las sustancias psicoactivas ( Antonio Escohotado , Richard Rudgley, Sadie Plant ...) han destacado la influencia determinante de esta novela de Burroughs en la aparición del concepto de yonqui como estereotipo sociológico, muy diferenciado del adicto a opiáceos de siglos anteriores (tanto del morfinómano sanitario como del fumador de opio), cuyo ocaso queda reflejado en la novela autobiográfica “Diary of a drug fiend” (1922) de Aleister Crowley .

Cuando en la década de los setenta los sueños de los “hijos de las flores” se desvanecieron, la figura del yonqui marginal comenzó a tomar impulso en forma de las llamadas “epidemias de heroína” (en España no llegará hasta principios de los ochenta) y se reflejó notoriamente en varios fenómenos de la cultura popular norteamericana. Desde las primeras canciones de la Velvet Underground ( Heroin a la cabeza) hasta el desencanto punk, pasando por la progresiva marginalización y despolitización del movimiento underground o los filmes de Warhol , Morrisey , Anger ... todos ellos influidos de forma directa y confesa por BURROUGHS, una de las pocas figuras que resultó inmune a la iconografía del “flower power” y al movimiento hippie.

Ya en esta primera novela, escrita en torno a 1950, deja claro su falta de confianza en las ideologías políticas y en los movimientos de masas, decantándose por la descripción de su universo personal más desgarrado y sincero y consolidándose como el gran “outsider” de la literatura norteamericana del siglo XX.

Poco después de terminar “Yonqui”, BURROUGHS escribe “Marica”, utilizando el mismo estilo simple y conciso. Esta será su novela más sentimental, ya que trata de sus diversas relaciones amorosas y sexuales durante su estancia en Méjico y Panamá. En ella queda claro que su matrimonio con Joan, a pesar de los hijos en común, es más una cuestión de amistad que de amor, ya que su condición de homosexual lo lleva a acumular jóvenes amantes masculinos, a menudo interesados por el dinero que esperan sacarle al “gringo”.

EL NACIMIENTO DEL MUTANTE Y SU ALMUERZO DESNUDO

En Méjico, cuando cree haber encontrado por fin su asentamiento ideal (le fascina la extrema libertad y el mundo onírico que se vive allí, amén de la facilidad con que puede comprar morfina) sucede un accidente que marcará su destino como escritor: su mujer muere tras recibir un disparo del propio Burroughs mientras realizaban prácticas de tiro a lo Guillermo Tell en estado ebrio. Este trágico suceso lo llevará a embarcarse en una expedición antropológica a Panamá, que después continuará en solitario por Colombia, Ecuador y Perú, en busca de la ayahuasca o yagé , un poderoso enteógeno vegetal utilizado por diversas tribus latinoamericanas (en especial por los jíbaros o shuar ). El interés de Burroughs en esta sustancia procede de las alusiones que muchos antropólogos habían hecho a sus supuestas propiedades telepáticas (de hecho, uno de sus principios activos fue bautizado como telepatina).

Durante estos viajes mantiene una relación epistolar con Allen Ginsberg. Las cartas de ambos se recopilarán y saldrán publicadas con el título de “Las cartas del yagé” en 1963. En ellas se observa la profunda depresión que atraviesa BURROUGHS tras el desgraciado accidente con su esposa.

Regresa a Nueva York en 1953 para asistir como padrino al nacimiento incipiente de la “Beat generation”. Conoce a Gregory Corso , John Clellon Holmes y el resto de escritores beat. En 1954 se marcha a vivir a Tánger a causa de sus problemas con la justicia estadounidense, allí residirá hasta 1958. Estos años serán los más duros y dramáticos de su vida, a causa de su adicción cada vez mayor a la heroína. Sus vecinos se refieren a él como “el hombre invisible” a causa de su aspecto extremadamente degradado. Durante este período no es capaz de escribir más que pequeños fragmentos inconexos , algunos de ellos incorporados después a su novela “El almuerzo desnudo”, que describe su vida en esta época. Tras numerosos intentos de desintoxicación, en 1956 se somete al revolucionario tratamiento de apomorfina del doctor John Dent (1888-1962) en una clínica de Londres, con resultados positivos que le permitirán retomar enérgicamente su labor literaria. De hecho, a principios de 1957 ya casi ha finalizado la novela, que será mecanografiada por Kerouac durante una visita que le hacen él y Ginsberg a Tánger. En 1958 se traslada a París, donde reside en el “hotel beat”, llamado así por albergar a gran cantidad de escritores y pintores de vanguardia a finales de los cincuenta, y comienza a experimentar con métodos como el “cut-up” (cortado), el “fold-in” (montaje) o el “splice-in” (inserción), aplicados a la literatura y surgidos de la influencia decisiva del pintor Brion Gysin .

“El almuerzo desnudo” es considerada por muchos como la obra maestra de BURROUGHS y como una novela paradigmática en la historia de la literatura norteamericana y mundial. Publicada tras muchos problemas legales en 1959, generó un auténtico escándalo en el mundo editorial estadounidense y tuvo que afrontar diversos procesos legales por obscenidad en Los Ángeles y Boston en 1965. La novela comienza con un prólogo-ensayo en el que BURROUGHS reflexiona sobre la adicción a los opiáceos como enfermedad metabólica, los distintos métodos de desintoxicación y las abismales diferencias que existen entre las diversas sustancias ilegales, cada una de ellas con unas características históricas y farmacológicas distintas, aunque metidas en el mismo saco de represión y ausencia de libertades por el gigante estadounidense, quien exportó su criterio moralizante y prohibicionista a países con larga tradición de consumo de sustancias ajenas al país del tío Sam, por medio de coacciones y presiones económicas casi siempre motivadas por oscuros intereses de estado.

Tras el prólogo, la novela profundiza en un universo onírico, obsesivo, donde la alucinación se entremezcla con la realidad (es probable que el frecuente consumo de mayún, una forma de hachís comestible, influyera notablemente en la construcción de la atmósfera del libro). Las calles de Tánger, Chicago o Nueva York se describen con intensidad psicoanalítica por medio de contundentes imágenes monstruosas asociadas casi siempre a los personajes “freaks” que pululan por ellas. La lucha entre el poder y los desarraigados se expresa de forma hiperbólica por medio de la sensación de constante paranoia que atraviesa la novela desde su contundente comienzo:

“Siento que la pasma se me echa encima, los siento tomar posiciones ahí fuera, organizar a sus soplones del demonio, canturreando en torno a la cuchara y el cuentagotas que tiré en la estación de Washington Square”.

El autor utiliza la escritura automática y el constante monólogo interior para lanzar imágenes vertiginosas sobre el papel, que impactan con la fuerza de sus connotaciones más que por su significado literal:

“Así que vuelvo al centro por la estación de Sheridan Square por si el secreta acecha en un armario de escobas.

Ya dije que no podía durar. Sabía que andaban por allí fuera en aquelarre, preparando su magia negra pasmosa, pinchando muñecos con mi cara en Leavenworth. ”A ese no sirve de nada clavarle agujas, Mike”.

La novela carece de planteamiento, nudo o desenlace y se desarrolla en espiral a través de un torrente de sensaciones que impactan directamente en el subconsciente del lector y se graban a fuego. El propio autor lo explica de la siguiente manera:

“No pretendo imponer relato, argumento, continuidad... En la medida en que consigo un registro DIRECTO de ciertas áreas del proceso psíquico, quizá desempeñe una función concreta... no pretendo entretener”

En cuanto a la ambientación, también carece de escenario fijo. En un párrafo te encuentras en Méjico y en otro en Nueva York, sin que medie transición alguna. Este recurso permite al autor abordar una gran cantidad de ambientes y sensaciones distintas, cuyo único elemento común es el origen, la procedencia (la propia vida de BURROUGHS).

De esta forma, la no-historia que cuenta la novela es la no-historia de la vida del autor en esos años, narrada con toda la intensidad de quién la ha sentido en carne propia y se niega a filtrarla a través de ningún género o convención literaria. Por ello, muchos párrafos de la novela son pequeños ensayos microscópicos en los que no se describe ni se narra sino que se teoriza. Ensayo y novela se juntan para dar lugar a poesía en prosa, donde el lenguaje se subvierte y escapa a las convenciones.

Leyendo “El almuerzo desnudo” se comprende la fascinación de BURROUGHS por el método “cut-up”, aunque no lo haya utilizado aun en esta novela. Resulta lógica su utilización por parte de un autor que siempre ha priorizado la sugestión por encima de la narración (lo único que rompe el “cut-up” es la narración, pero a menudo incrementa la sugestión).

En ocasiones se ha considerado “El almuerzo desnudo” como una novela excesivamente densa e incoherente y es cierto que para el lector que desconozca por completo la biografía del autor o que no se haya iniciado con obras más accesibles como Yonqui o Marica, puede resultar insufrible (por incomprensible). La historia que subyace tras el marasmo onírico de la novela es la misma (o muy similar) que la narrada de forma más clara en las dos novelas antes mencionadas. Son distintas caras de la misma moneda. Las tres novelas se corresponden con el período 1945-1953, los años de más intensa adicción de BURROUGHS. El almuerzo desnudo expresa las sensaciones intangibles que acompañaron a los hechos concretos narrados en las otras dos obras, por lo que lo más adecuado puede ser leerla en último lugar, cuando ya se poseen unas coordenadas espacio-temporales, dadas en las obras precedentes. De todas formas, es necesario que el lector se abandone a la sugestión y aborde la novela como si de poesía se tratase, sin pretender encontrar un hilo argumental (lo mismo que ocurre con las películas de David Lynch o Philippe Garrel ).

DE LOS SESENTA A LOS NOVENTA, O EL TRIUNFO DEL CUT-UP

Tras su novela-hito, el profesor chiflado de la literatura abraza definitivamente las nuevas concepciones formales que surgieron del magnetismo creativo de Brion Gysin y posteriormente fueron elaboradas y regurgitadas por el escritor de St. Louis, quien las bautizó con los nombres ya mencionados ( cut-up , fold-in , splice-in y algunos más).

En 1960 se traslada a Londres, aunque con esporádicas estancias en París y Tánger. Desde allí vive distanciado del enorme revuelo que su novela “El almuerzo desnudo” está provocando en EEUU. En Edimburgo asiste a una Conferencia Internacional de escritores, donde autores como Norman Mailer le expresan una enorme admiración por su novela.

En 1965 reside en el mítico Hotel Chelsea de Nueva York, con diversos músicos y artistas de la nueva generación hippie, conoce a Andy Warhol , Larry Ryvers, Basquiat y otros muchos representantes de la pintura y poesía de la década de los sesenta. Poco después regresa a Londres, donde residirá hasta 1974, fecha de su definitivo regreso a EEUU.

Desde la publicación de “El almuerzo desnudo”, BURROUGHS comienza un proceso rápido de radicalización estilística, más acorde con su filosofía vital que el estilo pulp de sus primeras novelas. Comienza a aplicar trucos y prestidigitaciones lingüísticas con el objetivo de romper aun más la forma de sus novelas (una de sus sentencias más famosas es la contundente: “language is a virus”). Paralelamente, se vislumbra en sus nuevas obras un leve rastro ideológico, antes completamente inexistente. Comienzan a aparecer continuas referencias al PODER y a la anulación del hombre a través del CONTROL . El universo INTERZONA ha resultado fatalmente profético, un mundo globalizado donde “hablar es mentir y vivir es colaborar”, un mundo acelerado donde no queda tiempo para vivir y mucho menos para pensar. El planeta Nova, presente de forma recurrente en su trilogía “La máquina blanda” (1961), ”El tiquet que explotó” (1962) y “Expreso Nova” (1964), es una inmensa metáfora de la paranoia cibernética (recordemos la pleitesía que rindieron a BURROUGHS los exponentes de la corriente cyberpunk , léase William Gibson , Bruce Stirling y Clive Barker ). Un universo que en ocasiones posee reminiscencias de “El Proceso” de Kafka , pero desde una perspectiva más extrema y tecnológica. En el universo NOVA, las fuerzas policiales acechan en cada esquina y el individuo no está permitido.

“Las armas más poderosas han sido siempre las nuevas formas de conciencia... la Inquisición y el poder de la Iglesia en la Edad Media no fueron derribadas por una acción revolucionaria directa. Su fuerza desapareció porque la conciencia humana se desarrolló más allá de ellos”.

Los habitantes grises de Nova parecen vivir en un universo pregrabado donde la única salida está en provocar un fallo del sistema. En una sociedad binaria, dominada por el conflicto de opuestos, la unidad es revolucionaria:

“Hay varias fórmulas básicas que han mantenido a este planeta en la ignorancia y la esclavitud. La primera es el concepto de nación o país. Se dibuja una línea alrededor de un territorio y se le llama país. Lo que significa que hay que poner policía, control de aduanas, fronteras, ejércitos, y también problemas con las otras tribus del otro lado de la línea”

El chico subliminal , uno de los fantasmales habitantes de Nova, se desplaza por un mundo corrupto donde las fuerzas del orden son los criminales más peligrosos. Esta atmósfera inquietante se adelanta en más de una década a la paranoia post-hippie de los “speed-freaks” y los “hell-angels”, la caída del sueño psicodélico de retorno a la naturaleza, representado gráficamente por el dibujante de cómics Robert Crumb , quien describe la década de los sesenta como una gigantesca ola que acaba estrellándose contra las rocas del PODER y deja a su paso un rastro de destrucción (“he visto las mejores mentes de mi generación destruídas por la locura”, el impactante aullido de Allen Ginsberg resultó premonitorio para lo que ocurriría en los setenta).

Uno de los méritos de William S. BURROUGHS ha sido su capacidad de sobrevolar todas las modas y tendencias sin influirse más que por su arrolladora personalidad. Un auténtico “lobo estepario” de la era cibernética que fue capaz de publicar decenas de libros en la década de los sesenta sin acercarse por un momento a las modas de la época. La obra de BURROUGHS sigue resultando igual de atípica y visionaria en el 2004 de lo que lo fue en 1959 (lo mismo que ocurre con personajes como Timoty Leary , John Lily o James Lovelock en ciencia y filosofía o John Cage , Nico o Laurie Anderson en música).

La trilogía NOVA, leída hoy en día resulta absolutamente esclarecedora: “las técnicas esenciales de NOVA son muy simples, consisten en crear y agrabar conflictos”.

Además de la referida trilogía, BURROUGHS aprovecha la década prodigiosa para publicar infinidad de artículos teóricos y relatos en las más variopintas publicaciones contraculturales, así como algún que otro montaje teatral o poemas sueltos, como su aportación a la compilación poética “Minutes to go”, junto a Gregory Corso y Sinclair Belles . Igualmente, ofrece numerosas conferencias donde aborda los más variados temas (política, drogas, literatura...)

A principios de los setenta vive una crisis creativa en Londres, ya que lleva décadas escribiendo y sus obras casi nunca han pasado del malditismo más absoluto. Escribe el guión cinematográfico “Las últimas palabras de Dulch Schulz” (1970), las novelas “Los muchachos salvajes” (1971) y “Puerto de los santos” (1973), así como las compilaciones de relatos “Exterminador” y “Metro blanco” (ambas en 1971), todas ellas absolutos fracasos comerciales, como el resto de sus obras hasta su muerte.

A mediados de los setenta y gracias, en parte a la ayuda de el bueno de Ginsberg, comienza a ofrecer seminarios en diversas universidades norteamericanas y europeas. Ya de vuelta en EEUU, publica de forma compulsiva infinidad de obras a finales de los setenta, entre ellas destacan “La tercera mente” (1978) junto a Brion Gysin o “Doctor Benway” (1979) una suerte de remix o variación de “El almuerzo desnudo”, protagonizada por uno de sus personajes más enigmáticos.

En los ochenta publica una genial trilogía del espacio: “Ciudades de la noche roja” (1981), “El lugar de los caminos muertos” (1984) y “Las tierras de occidente” (1987). En ellas se dan citas los géneros más marcianos, desde el western surreal-cibernético a la ciencia ficción más reflexiva y ensayística. En estas obras el prolífico escritor norteamericano retoma lo mejor de su estilo aplicándolo a un nuevo tipo de historias, lo que le valió para trascender la compulsión del cut-up y retornar a un estilo más simple:

“Creo que Finnegan`s Wake ejemplifica muy bien la trampa en que puede caer la literatura experimental cuando se convierte en puramente experimental. Yo he ido así de lejos en algunos experimentos concretos y luego he retrocedido; es decir, ahora vuelvo a escribir narrativa lineal puramente convencional, pero aplicando lo que he aprendido con el cut-up y con las otras técnicas a los problemas de la escritura convencional”

Esa capacidad de reinventarse dice mucho a favor de la literatura de BURROUGHS en los años ochenta, aunque lo que él denomina “escritura convencional” no lo sea en absoluto, ni en la forma ni en el fondo. De hecho, muchos de los hallazgos expresivos alcanzados por BURROUGHS hace décadas aún no han sido asimilados ni incorporados apenas a la literatura (a diferencia de lo que ocurre con la música o las artes visuales, que llevan algún tiempo transitando por la senda burroughsiana).

Desde finales de los ochenta hasta su muerte en 1997, Burroughs publicó una enorme cantidad de novelas pero, sobretodo dedicó sus esfuerzos a la pintura, la música y el cine, grabando infinidad de discos con gente como David Bowie , Frank Zappa , Tom Waits , New Order , The Jesús & Mary Chain , Henry Rollins , Blondie y un interminable etcétera. Sus cuadros han sido utilizados como portadas de discos de Sonic Youth y su presencia ha sido requerida hasta para el spot publicitario de una multinacional de zapatillas deportivas. Ha protagonizado diversos cortos y prestado sus guiones para otros tantos (muchos de ellos de la animación más innovadora que se ha hecho en los noventa), así como numerosas películas. En definitiva, al final de su vida, el escritor maldito se convirtió en una especie de icono mediático de referencia para los hijos del punk y la nueva escena electrónica experimental, convirtiéndose en uno de los personajes con más presencia en la red INTERNET (¿interzona?). Incluso diversas universidades y entidades lo condecoraron con dudosos galardones en un vano intento por domesticar y absorver su mensaje de transgresión. Afortunadamente, hoy en día, años después de su muerte, sigue ocupando el mismo lugar inclasificable que ocupó siempre, y el tiempo le seguirá dando la razón.


Publicado originalmente en FEEDBACK-ZINE

viernes, 9 de abril de 2010

DOSTOIEVSKI: O HÉROE O FANGO por RS



La lectura de Memorias del Subsuelo, de Dostoievski, deviene en varias rutas. Algunas, tienen relación con el contexto histórico y social del siglo XIX, más precisamente en los años que se escribió. O sea, alrededor de 1864. Hay otras, en cambio, que sin olvidar la situación en la que se instala el escrito, rescata elementos que alzan al texto por un mérito propio. Escribiremos aquí sobre lo segundo. Los gestos y rastros históricos, eso sí, no deben ser obviados y merecen algunas consideraciones. La sombra de una cultura francófona, la presencia de Napoleón III y sus conflictos europeos, la guerra prusiano-danesa, las ideas de otros pensadores (como Henry Buckle, Chernichievski o Anaievski) y ciertas situaciones y personajes del también escritor ruso Gogol, configuran un texto que funciona como crítica, queja, reflexión y confrontación de ideas. Pero también como un relato que abre el campo a una nueva manera de entender la escritura y el sujeto.



El personaje principal, en la primera parte de Memorias del Subsuelo, realiza –a su manera, en su tono, con ese ritmo algo confrontacional- una especie de exégesis donde la idea de razón y voluntad se enfrentan. ¿Qué es lo que debe predominar en las resoluciones del hombre? ¿Qué sucede con el libre albedrío, con los condicionantes morales? Ésas parecen ser las preguntas que el narrador intenta responder. Sin embargo, a diferencia de un pontificado, las elucubraciones se saben imperfectas, subjetivas, dignas del mismo cuestionamiento que el narrador impone a su materia de estudio. Una operación que es realizada por un sujeto que se ha apartado del mundo, que vive en un subterráneo, en un subsuelo donde, supuestamente, enfrentarse a la sociedad es una resistencia siempre doblegada, pero no por eso innecesaria.


Se avergonzará de su propia imaginación, pero a pesar de ello no se olvidará de nada; montará y desmontará todos sus recuerdos; se inventará fábulas sobre sí mismo con la excusa de que todo pudo haber ocurrido…y no se perdonará nada. Puede que incluso comience a vengarse, pero lo hará a salto de mata, por cosas sin importancia, desde el otro lado de la estufa, de incógnito, sin creer en su derecha a vengarse ni en el éxito de su venganza, y sabiendo de antemano que en todos sus intentos de cobrarse venganza él sufrirá cien veces más que la persona de la que se vengue, la cual quizá no llegue ni a inmutarse.


La construcción de sujeto que realiza Dostoievski en esta obra, resulta importante para la historia de lo que se escribió después. Mucho se ha dicho de la importancia de Raskolnikov, el protagonista de Crimen y Castigo, para la configuración de un tipo de sujeto que se desarrollará en gran parte de la literatura del siglo XX (el ya famoso antihéroe, por ejemplo), pero hay un bosquejo de ese famoso personaje de Dostoievski ya en Memorias del Subsuelo. El autor ruso en este libro se desprende de cierto romanticismo que practicó en algunas de sus primeras obras (pienso en Las Noches Blancas) para explorar la sordidez de un personaje que comienza a cuestionar los principios racionales sobre los que funda la moral de una sociedad. Lucha sobre cierta convención social, sobre una moral que impera e intenta asfixiar las conductas, para justificar una libertad que recién comienza a ser nombrada.


¿Y no puede ser que el hombre ansía algo más que prosperidad? ¿Qué también le guste el dolor en la misma medida? ¿Por qué el dolor no puede resultarle tan beneficioso como la prosperidad? A veces el hombre ama el dolor de un modo pasional y terrible: esto es un hecho. Y para llegar a esta observación no hay porqué echar mano de la historia universal: basta con preguntarse a sí mismo, si uno es hombre y ha vivido un poquito. Por lo que a mi opinión personal se refiere, creo que anhelar sólo la prosperidad resulta incluso indecente. Romper algo en pedazos puede estar bien o mal, pero en ocasiones también resulta de lo más agradable. Personalmente, no soy partidario ni del sufrimiento ni de la prosperidad. Más bien soy partidario de…mi capricho personal, y de que se me garantice cuando así lo exija. (…) Sin embargo, estoy convencido de que el hombre nunca renunciará al auténtico sufrimiento, es decir, a la destrucción y al caos. Al fin y al cabo, el sufrimiento es la única razón de ser de la consciencia.


En el párrafo anterior podemos visualizar la presencia de un yo. Un yo fuerte y caprichoso, que se considera medida de las cosas y las sensaciones. A su vez, la presencia de una consciencia dictamina un principio fundamental en la literatura de Dostoievski: la culpa. Sin embargo, la consciencia es también necesaria, como el sufrimiento es un padecer ineludible, según el autor ruso. Hay una flagelación que nace de nuestro actuar, de nuestros comportamientos que surgen del deseo, que contravienen la suma racional, pero que son fieles a nuestras primeras intenciones. Lo que el narrador intenta decir es que estas intenciones no tienen por qué ser nobles, ni dignas. No tienen, además, que hacernos necesariamente un bien moral. Incluso, como lo dice, pueden provocarnos un dolor. Pero somos nosotros los que decidimos.


Estoy de acuerdo en que el dos por dos son cuatro es algo excelente. Pero, puestos a elogiar, el dos por dos son cinco también resulta encantador.


Una tentación de verdad, una genuina lucidez, es parte de la búsqueda del sujeto que transita las páginas de Memorias del Subsuelo. No obstante, hay, como lo he mencionado, una desconfianza hacia las afirmaciones que se sostienen, a las deliberaciones que se toman. La confesión de no escribir para nadie, que aparece en el final de la primera parte, o esas oraciones donde el narrador dice que todo es una broma, apelan a una falacia necesaria que no engaña, pero que se quita responsabilidad. Es un autocuestionamiento que la prosa de los años posteriores hará suya, no con la máxima de no escribirse para nadie, pero sí con la sutileza de reconocerse ficción, estrategia, mera representación. El fin de un relato hegemónico y excluyente; el principio de un plural infinito que lo contaminara todo y a todos.


Dostoievski apela a la necesidad de una reflexión. Un pensar que se tiene que dar no tan sólo en las ideas fuerzas que dominan una época, sino también en los objetos por los que se dan a conocer estos discursos: esto es, la literatura y los sujetos que ahí se desarrollan. Creo que el gesto del protagonista de Memorias del Subsuelo, convoca a una reestructuración de los modelos fundantes de su tiempo, pero con consecuencias directas al modo en que se comenzó a pensar y fundar un futuro que nadie sabe muy bien cuál es, pero que está ahí, en una tensión, en un desequilibrio que juega a no ser sólo promesa. Una actitud desafiante, y a veces dolorosa. Un regreso al deseo; a lo imperfecto, a la utopía. La utopía del desprenderse y mirar desde abajo. Pero, ¿mirar qué, mirar dónde? Son otros los que, con posterioridad, intentaron contestar eso. Intentaron. Beckett, por ejemplo. Pero eso está un poco más allá.


Publicado originalmente en La Periódica Revisión Dominical

miércoles, 23 de septiembre de 2009

ROMANTICISMO Y ALQUIMIA POR MARÍA ANDREA CASTELLINO


Breve aclaración y orientación de lectura:

La intención de estas líneas es conocer la influencia en el romanticismo, en este caso a través de Charles Baudelaire, del pensamiento alquímico y la escuela hermética. También relacionar con la obra de este poeta alguno de los principios del Kybalión, máxima expresión de esta filosofía.
Solo por una cuestión de organización decidí exponer en principio, como introducción, los antecedentes, contexto histórico y referentes más importantes de estas líneas de pensamiento. A continuación incluí una síntesis cronológica del poeta y finalmente, de manera arbitraria, y a riesgo de hacer una interpretación errónea, elegí parte de sus obras y procedí a relacionarlas con alguno de los principios herméticos.

Introducción

El pensamiento griego, la escuela Hermética, la alquimia


El pensamiento griego
Los primeros filósofos griegos llegaron a la conclusión de que la tierra estaba formada por unos cuantos elementos o sustancias básicas. Empédocles de Agriento, alrededor del 430 a. C. estableció que tales elementos eran cuatro: tierra, aire, agua y fuego. Un siglo más tarde, Aristóteles supuso que el cielo constituía un quinto elemento, el éter. Los griegos creían que las substancias de la tierra estaban formadas por las distintas combinaciones de estos elementos en distintas proporciones.
Siempre existió en los griegos un interés especial por la composición de la materia y sus características, si era continua o discontinua, es decir si podía ser dividida y subdividida en un polvo cada vez más fino, o si, al término de este proceso se llegaría a un punto en el que las partículas fuesen indivisibles. Leucipo de Mileto y su discípulo Demócrito de Abdera (aprox 450 a. C) insistían en que la segunda hipótesis era la verdadera. También pensaban que una substancia podía convertirse en otra al ordenar sus átomos (nombre que le dio Demócrito a estas partículas indivisibles) de diferente manera. Si tenemos en cuenta que es solo una sutil hipótesis, es sorprendente la exactitud de esta intuición. Pese a que la idea pueda ser hoy evidente, estaba muy lejos de serlo en la época en que Platón y Aristóteles la rechazaron.
Este particular planteo sobre la materia, su continuidad o discontinuidad, me pareció una buena introducción al pensamiento griego. El hecho de que existiese una preocupación por este tipo de cuestiones tiene que ver con alguno de los rasgos particulares de su manera de pensar. Los griegos no dudaban de que "... el universo no es caprichoso: obedece a la Ley y, por consiguiente, es susceptible de una explicación", esta ley es la que llamaban Anáke, la Necesidad, un orden de las cosas que ni siquiera los dioses pueden infringir. Muchas de las tragedias griegas están forjadas alrededor de la certeza de que esta ley reina en los asuntos humanos y no el azar, idea que el romanticismo retomara en la construcción de sus obras, como en William Blake, "El rugido de los leones, el aullido de los lobos, el furor del mar encrespado, son partes de la eternidad, excesivamente grandes para el ojo del hombre" este autor al igual que los griegos manifiesta que "...en la más compleja y aparente fortuita combinación de acontecimientos existe un designio, aunque no podamos llegar a comprenderlo".Otro aspecto permanente del pensamiento griego es que el universo, tanto el físico, como el moral, no debe ser solo racional, por consiguiente cognoscible, sino también simple, la multiplicidad aparente de las cosas es solo superficial.
Si bien es posible ampliar la descripción de los rasgos característicos de la forma de pensar de los griegos, me ajustaré a cómo se relaciona con la escuela hermética y con la alquimia. Para interiorizarnos sobre este aspecto voy a comenzar con un filósofo egipcio que Charles Baudelaire retoma en el primer poema titulado "Al lector" de su libro "Las flores del mal", su nombre es Hermes, la fecha de su nacimiento se ha perdido en el tiempo, pero se dice que fue contemporáneo de las más antiguas dinastías de Egipto y se estima que vivió en la segunda mitad del siglo II d. De C. y murió hacia el año 330. Después de su muerte los egipcios lo deidificaron e hicieron de él uno de sus dioses bajo el nombre de Thoth (dios inventor de la escritura y regente del tiempo). Luego los griegos lo adoptaron y posiblemente fueron los neoplatónicos los que lo llamaron Hermes Trismegistros o Tres veces Grande, porque era considerado como rey, legislador y sacerdote. A él se le atribuye la ciencia hermética compuesta en parte por los Libros Herméticos que constan de cuarenta y dos libros sagrados de sabiduría egipcia. Hay divergencia en el origen de los textos que componen el cuerpo hermético, por un lado se dice que más que un dios, estos escritos parecen referirse a un mítico rey egipcio del siglo XX antes de Jesucristo, inventor de todas las ciencias. Otras teorías atribuyen la paternidad de las obras a una secta gnóstica. Lo importante en todo caso es saber que únicamente se conservan fragmentos de esta literatura (Poimandres, La Llave, Asclepios, Tabla Esmeraldina), algunos en griego y otros en latín, hallados sobre paredes de templos o en viejos papiros que parecen haber sido transmitidos por un egipcio helenizado (s. II-III). Esta literatura que es la que da origen a la doctrina filosófica-religiosa conocida como hermetismo, ejerció gran influencia sobre la alquimia y magia medieval. Las traducciones al español que existentes del corpus hermético son: "Hermes Trimegisto", "Tres Tratados" y "Los Escritos Sagrados de Hermes".


La doctrina Hermética
La Hermética, que como decíamos es la ciencia adjudicada a Hermes, posee dos cuerpos:
El Hermetismo Filosófico: Más griego que egipcio, pero con propósito de unir la religión griega a la egipcia (las obras de Plutarco, Asclepíades, Jámbico, etc. están dentro de esta corriente), constituye una cosmogonía y escatología con numerosas doctrinas análogas a las del gnosticismo.
El Hermetismo Mágico-Astrológico: Basado en correspondencias entre fenómenos terrestres y celestiales, y entre las partes de la naturaleza y el cuerpo humano, así como en su esencia y elementos que lo integran. Es en esta corriente donde se pueden ubicar, entre otros textos del romanticismo, los de William Blake, Edgar A. Poe y Charles Baudelaire.
Dentro de lo que se denomina corpus herméticus no se dejarán de percibir las problemáticas que analizan y desarrollan el pensamiento griego hasta alcanzar la síntesis fantástica e inigualable de Platón. En realidad, Hermes propone los fundamentos del pensamiento occidental. Sus grandes y repetitivos temas son la afirmación de la Unidad del Todo; la presencia universal e inmanente de la Inteligencia y del Espíritu; la inteligibilidad de la realidad. El concepto de la creación como manifestación de lo inmanifestado. La materia como continente pasivo y la Luz inteligible, pleroma de arquetipos, como el agente activo de la manifestación. El concepto del Mundo como un Cosmos. La observación de la evolución de la naturaleza, siempre la misma, siempre renovada en el proceso continuo de la Vida, de muertes y nacimientos de individuos pero de permanencia en vigor arquetípico del género y la especie (una representación clara se ve en el texto de un autor romántico como Poe, "Coloquio de monos y unas"). El juego de la Libertad, la Necesidad-Destino y la realidad trina del Hombre: Mente-Razón-Sentido, Espíritu-Alma-Cuerpo. El concepto de Energía, del griego "energós", lo que actúa desde adentro y por sí mismo ( pivote fundamental en Blake). Y millares de otros temas nacidos de la observación y de la participación con la Inteligencia del Todo, están vivos y presentes desde Parménides hasta nosotros.Esta escuela habla el lenguaje del espíritu y de la inteligencia, más allá del Tiempo, en el instante Eterno e incomprensible del entender, del darse cuenta y del tomar conciencia.Los principios fundamentales de verdad del hermetismo son siete, descubiertos a través del Kybalion, y también son siete los estados de materia o mundos.
He aquí, los Siete estados de materia diferentes que tiene que ver con la evolución:

El mundo de Dios
El mundo de los Espíritus Virginales
El mundo Divino
El mundo del Espíritu de Vida
El mundo del Pensamiento
El mundo del Deseo
El mundo Físico

Y he aquí los siete principios fundamentales de verdad:
"Los principios de Verdad son
siete: el que comprende esto
perfectamente, posee la clave
mágica ante la cual todas las
puertas del Templo se abrirán
de par en par".

EL KYBALION
I. El principio del Mentalismo:
"El TODO es Mente; el universo es mental"
Para el Hermetismo Dios es incognoscible. De ahí que, con frecuencia, se le llame "La Ley" o "El Gran Desconocido". La literatura clásica de Hermes se llama Nous, que quiere decir mente. Así, el problema se resuelve igualando a Dios a la Mente Universal que, de acuerdo con el Primer Principio Hermético, es la fuente de todo. El Universo es mental, las emociones, sentimientos, pensamientos, pueden ser alterados en cualquier grado, luego todo cuanto nos rodea puede ser transmutado a la forma que más nos favorezca, hasta la menor de las partículas atómicas es susceptible a este cambio. Lo inferior siempre termina dominado por lo superior.
II. El Principio de Correspondencia:
"Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba"
El principio de correspondencia es el gran principio hermético que relaciona al hombre con el Cosmos. Como es arriba es abajo, como es en el microcosmo es en el macrocosmo.El hombre se encuentra siempre en medio del Universo, pues el Universo se encuentra en todas partes. El hombre, en realidad, es una réplica de todo el universo; de universos en una pequeñísima escala, y por esta razón es capaz de alcanzar conscientemente todo el universo que se encuentra fuera de él. Porque tiene dentro de sí mismo un algo definido que guarda una relación especial con cada parte separada del universo exterior.

III. El principio de Vibración:
"Nada está inmóvil; todo se mueve; todo vibra"
IV. El principio de Polaridad:
"Todo es doble; todo tiene dos polos; todo su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son semiverdades; todas las paradojas pueden reconciliarse".

V. El principio del Ritmo
"Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance y retroceso; todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo; la medida de su movimiento hacia la derecha, es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda; el ritmo es la compensación".
VI: El principio de Causa y Efecto
"Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo con la Ley; la suerte no es más que el nombre que se le da a una ley no conocida; hay muchos planos de casualidad, pero nada escapa a la Ley".
VII. El Principio de Generación
"La generación existe por doquier; todo tiene sus principios masculino y femenino; la generación se manifiesta en todos los planos".

La alquimia
"Alquimista del dolor", dijo de sí mismo Charles Baudelaire. ¿A qué se le llama alquimia? ¿Qué principios y fundamentos encarnan en este arte en el que Baudelaire y muchos románticos se inspiraron para llevar adelante sus obras y que fue su forma de transitar la vida?.La alquimia tiene una estrecha relación con la doctrina hermética, ya que se cree que Hermes también fue el iniciador de este arte, aunque todavía existen dudas acerca de su verdadero origen, ya que en su desarrollo histórico, geográficamente, pueden encontrarse varios lugares de comienzo. Si vamos al caso existen la alquimia griega, árabe, hindú y china.. Por un lado se atribuye su creación al dios Hermes de Egipto y por otro (como en la leyenda transmitida por Zosimus de Panopolis, alquimista griego del siglo II de nuestra era, basada en el Libro de Enoch) a los ángeles caídos que revelaron al hombre los secretos de la magia, la astrología, la alquimia y el poder de las hierbas. Por una cuestión de espacio decidí detenerme menos en su desarrollo histórico, que implicaría un análisis de mayor profundidad, para dedicar más atención a lo que conllevan sus fundamentos.
Según la definición del Diccionario de Ciencias Ocultas, el término Alquimia, proviene del vocablo árabe Ul-khemi, y es como su nombre lo indica, la química de la naturaleza. Ul-Khemi, Alkimia es una palabra arabizada sacada del griego "jugo", aunque también es factible encontrar que proviene del vocablo egipcio khem o khamé (tierra negra) o al término árabe al y griego chemia). Entre los grandes hombres de ciencia que se cuentan como sus practicantes esta Teofrasto Paracelso y Rogerio Bacon. Podemos decir muchísimas cosas acerca de lo que vale, lo que significa y a lo que a dado lugar la alquimia de los magos pero lo fundamental es decir que estos perseguían la fabricación del oro espargírico, la panacea universal y el elixir de la vida. Estos trabajos infatigables relativos a la transmutación de los metales dieron un sinnúmero de descubrimientos, muchos de los cuales fueron desarrollados y formaron parte fundamental del progreso científico de la humanidad, de hecho algunos que hoy se creen esencial y exclusivamente modernos eran conocidos por los magos y los alquimistas de las más remotas edades, por eso efectivamente, la alquimia es la precursora de la química moderna y comparativamente es para la química lo que la astrología es para la astronomía. La alquimia trata de las fuerzas sutiles de la naturaleza y de las variadas condiciones de la materia en las que aquéllas obran. Se estudia bajo tres aspectos distintos que admiten muchas interpretaciones diferentes, el cósmico, el humano y el terrestre. Estos tres métodos eran típicos bajo las tres propiedades alquímicas: el azufre, el mercurio y la sal.
Lo cierto es que la alquimia era el arte hermético por excelencia, que se basaba en la idea de la transmutación de los bajos metales en oro y del proceso denominado Misterium Magnum (conocimiento de las fuerzas sutiles de la naturaleza) para obtener el Lapis Philosophorum (Piedra Filosofal) y el elixir para alargar la vida.
Pero la Filosofía Hermética encierra un significado más general que la transmutación de los metales, también afirma que si se llega a alcanzar el entendimiento, la transmutación del alma es posible. Lo que conlleva la alquimia como principio ontológico es la noción de cambio de la materia y como también se basa en los principios aristotélicos de que todo lo existente esta constituido por solo cuatro elementos esenciales, nosotros como seres en la misma condición, tenemos la posibilidad de cambiar nuestra estado interno para ser uno con el universo. Como cita El Kybalion "La mente, así como todos los metales y demás elementos, pueden ser transmutados, de estado en estado, de grado en grado, de condición en condición, de polo a polo, de vibración en vibración. La verdadera transmutación hermética es una práctica, un método, un arte mental".



EL ROMÁNTICO, EL ALQUIMISTA DEL DOLOR, CHARLES BAUDELAIRE



Charles Baudelaire


Al lector:

La necedad, el error, la codicia, el pecado
invaden nuestro espíritu y agotan nuestro cuerpo;
y alimentamos todos nuestros remordimientos
como alimentan los mendigos su miseria.
Los pecados son tercos, débil nuestro pesar;
nos hacemos pagar todas las confesiones,
y tornamos, alegres, al camino fangoso,
creyendo que un vil llanto borra todas las manchas.
Del mal en la molicie es Satán Trimegisto
quien largamente mece nuestro hechizado espíritu
Y el metal opulento de nuestra voluntad
Se evapora al influjo de tan sabio alquimista.
El diablo es quien nos mueve igual que a marionetas.
En lo más repugnante hallamos un imán;
Descendemos un paso, cada día, al infierno,
Sin horror, a través de tinieblas que hieden.
Y como un laberinto que devora y que besa
el seno maltratado de una hetaria decrépita,
hurtamos al pasar un goce clandestino
exprimiéndolo igual que una naranja seca.
Espeso, hormigueando cual un millón de helmintos,
hierven en nuestros cerebros un pueblo de Demonios
y cuando respiramos, baja a nuestros pulmones,
la Muerte, río invisible, entre sordos gemidos.
Si el estupro, el veneno, el puñal, el incendio,
no han realzado ya con sus amables trazos
el trivial cañamazo de un mísero destino
es porque nuestras almas no son bastante audaces.
Pero entre los chacales, las panteras, las perras,
Los monos y escorpiones, los buitres, las serpientes,
Y esos monstruos que ladran, rugen, gimen y reptan
En el infame circo de todos nuestros vicios.
Hay uno más horrible, más vil y más inmundo.
Aunque no manotea ni exhala grandes gritos
Es capaz de trocar la tierra en un despojo
Y en un solo bostezo se tragaría el mundo.
¡Es el tedio - empapado de involuntarias lágrimas
sueña en vagos cadalsos mientras fuma su opio.
Ya conoces lector al delicado monstruo,
-¡hipócrita lector - igual a mí -, mi hermano!

Charles Baudelaire, Las Flores del mal, México D.F., año 1994, Edit. Porrúa, P. 3.


Síntesis cronológica
Nace en París, el día nueve de abril de 1821. En 1866, durante una estancia en Bélgica, un ataque lo paraliza y lo deja casi mudo. Nunca se recupera de la afasia y la hemiplejía. Agoniza durante un año y fallece a la edad de 46 años un 31 de agosto de 1867.
Si bien sus comienzos literarios son en una obra colectiva en 1843, Versos, publicada con los nombres de Le Vavasseur, Prarond y Argonne, su colaboración es anónima y lo que realmente marca su comienzo es una obra como crítico de arte, Salón de 1846, que es una loa a su amigo Delacroix, y una critica a pintores oficiales. En ese mismo año descubre la obra de Edgar A. Poe, que ve como ese otro incomprendido que se le asemeja. Durante 17 años va a traducirla y revelarla.El 4 de febrero de 1857 envía el manuscrito de "Las Flores del Mal" y el 8 de marzo del mismo año se publica la traducción de las "Nouvelles Histories extraordinaires", de Poe. El 25 de junio el editor pone en venta "Las Flores del Mal" y con esto comienzan las persecuciones judiciales de la obra lo que determina la supresión de seis poemas.

Las Flores del mal
"Al poeta impecable, al perfecto mago de las letras francesas, a mí muy querido amigo y muy venerado. Maestro y amigo, Teófilo Gautier, con los sentimientos de la más profunda humanidad, dedico estas flores enfermizas"

Su relación con el Principio hermético de Polaridad:
"Todo es doble; todo tiene dos polos; todo su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son semiverdades; todas las paradojas pueden reconciliarse".
Es evidente que "Las Flores del Mal" nombran la milagrosa síntesis de los opuestos. Entre el esplín e ideal se establece la lucha, la agonía de la existencia. "El esplín es el tedio, la rutina, la rueda cotidiana de la esperanza y el desengaño, la melancolía de vivir, en especial esos atardeceres pizarros que agrisan París". Que más que esas sensaciones contradictorias que este poeta transmite de manera tan espléndida para comprobar la irrefutable certeza de que todo tiene dos polos. El genio literario de Baudelaire sería inexplicable sin este París melancólico, sin el aburrimiento, sin el desánimo y el mal humor, sería inexplicable sin esa rueda cotidiana de la esperanza y el desengaño, sensaciones encontradas inspiradas por el mismo escenario. Y frente a esta síntesis milagrosa de los opuestos, Baudelaire, el poeta, no retrocede sino que busca el amparo y el refugio en el ideal superador de esa realidad que lo oprime, se universaliza y adquiere significación de absoluto para definir la condición universal de la existencia humana, para animarse a bajar a los abismos del alma. A continuación, algunos fragmentos de poemas de su libro como ejemplo...

Bendición
"Sed bendito, Dios mío, que otorgáis el dolor
cual divino remedio de nuestras impurezas
y como la más pura y más divina esencia
que dispone a los fuertes para los santos goces.

Yo sé que reserváis un lugar al poeta
En la fila dichosa de las santas Legiones,
Y que lo convidáis para la eterna fiesta
De las Dominaciones, los Tronos, las Virtudes.

Yo sé bien que el dolor es la única nobleza
Donde no morderán la tierra ni el infierno,
Y que para trenzarme en corona mística
Son precisos el mundo y todas sus edades.


Elevación

Tras todas las molestias y las enormes penas
Que agobian con su peso la existencia brumosa,
¡dichoso aquel que puede con sus alas pujantes
lanzarse hacia otro campo luminoso y sereno!

Y cuyos pensamientos igual que unas alondras,
En la libre mañana hasta el cielo se elevan,
que vuela por la vida y sin esfuerzo entiende
lo que dicen las flores y todo lo que es mudo.


Su relación con el Principio hermético de Correspondencia:
"Como es arriba es abajo; como es abajo es arriba".
Al poeta le atraen las armonías, las correspondencias, las comparaciones o metáforas, las analogías que puede establecer entre él y las cosas del mundo exterior. Aunque se aleja de los análisis de la realidad cósmica, al contrario de Blake que aspira a comprenderla, Baudelaire no es ciego a la existencia de ese mar de símbolos que el universo pone ante sus ojos, al parecer los reconoce más con una sensación de espanto que de placer, con miedo a lo desconocido, al misterio que encierran las cosas. Por ejemplo en el caso de "El hombre y el mar" hace una analogía entre el interior del hombre y los fenómenos de la naturaleza, se percibe la inquietud que le provoca no acceder a los secretos de ambos.
Fragmentos de algunos poemas.
El hombre y el mar
Te gusta buscar el fondo de tu imagen,
La abarcas con los ojos y los brazos; tu pecho
se olvida algunas veces de sus propios latidos
Escuchando el rumor de esa queja indomable
Entre ambos sois discretos al para que tenebrosos;
Hombre, nadie ha llegado al fondo de tu abismo;
¡oh mar nadie conoce tus ocultos tesoros,
¡tanto celo mostráis en guardar tus secretos!


Himno a la belleza

¿Surges del hondo cielo o subes del abismo,
belleza? Tu mirada infernal y divina, vierte confusamente beneficios y crímenes,
Por lo cual se te puede comparar con el vino.

Tu pupila contiene el ocaso y la aurora.
Derramas los perfumes cual noche de tormenta;

............................................

¿subes del negro abismo o bajas de los astros?
El destino hechizado, te sigue como un perro;
Vas sembrando al azar el desastre y el júbilo.
Y todo lo gobiernas sin responder a nada.

Y te burlas, Belleza, de los muertos que pisas.
El horror no es la menos preciosa de tus joyas
Y entre tus dijes, más prestigiosos, el crimen
danza lleno de amor entre tu vientre orgulloso.


Por último me gustaría retomar a Baudelaire con la denominación que él mismo se adjudica, "el alquimista del dolor" y a través de ellas acercarnos, aunque sea tímidamente, a la búsqueda de este genio poético.
Mi corazón puesto al desnudo

"Hay en todo hombre, a toda hora, dos proposiciones simultáneas, una hacia Dios, otra hacia Satán. La invocación a Dios o espiritualidad, es el deseo de ascender de grado; la de Satán, o animalidad, la alegría de descender"

(*) Fuente: Trabajo realizado por María Andrea Castellino en el contexto de la materia Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires en el año 2000.

Notas:

1. (c. 490-430 a. J. C.) Intentó reconciliar la doctrina de la permanencia del ser con la de la realidad de la experiencia del cambio y del movimiento, defendida por Heráclito. Predicó la doctrina de los "cuatro elementos", tierra, agua, fuego y aire, por cuya mezcla se formaban todas las cosas individuales; el amor y el odio eran la causa del movimiento y, por lo tanto, de la mezcla de esos elementos. Esto le llevó a introducir una teoría del valor en la explicación de la naturaleza, puesto que el amor y el odio eran también responsables del bien y del mal en el mundo.

2. (450 a J. C.) Contemporáneo de Empédocles y Anaxágoras y fundador de la escuela de Abdera. Defendió el principio de que todas las diferencias cualitativas de la naturaleza pueden reducirse a diferencias cuantitativas. Así, Leucipo dividió el "Ser" homogéneos, distribuyéndolos en el espacio infinito en una infinita variedad de formas. Estas pequeñas partículas del "Ser" estaban separadas por el no "Ser", es decir, el vacío. El "Devenir" de las cosas era esencialmente el resultado del movimiento de estos átomos en el espacio y de su unión casual.

3. (c 460 -C. 360 a J. C.) Desarrolló la primera filosofía de la naturaleza de tipo materialista, aparte de la de Leucipo. Su influencia fue transmitida por el poema de Lucrecio, hasta los siglos del Renacimiento, época en que la atención de los científicos se orientó hacia el estudio de la naturaleza. Explicó la percepción humana como emanación de minúsculas copias de las cosas sensibles (eidola) que, mediante su impacto sobre los átomos de la mente, dejan impresiones, que son las causas de la memoria.

4. H. D. F. Kitto, Los griegos, Buenos Aires, 1963, Editorial Universitaria de Buenos Aires, P. 243)

5. George Bataille, La literatura y el mal, 1971, Colección Ser y Tiempo, P. 124, material de la cátedra.

6. OP. CIT., Los griegos, P. 243.

7. (428 7-348 a J. C.) Fue uno de los más importantes pensadores griegos. Fue miembro del círculo Socrático, adquirió un conocimiento profundo de las filosofías de los Pitagóricos, Heráclito, los eleatas, y otras escuelas presocráticas. La Filosofía de Platón señala una de las más altas cumbres del genio filosófico griego.

8. Literalmente, el término griego significa henchimiento. Fue usado por los gnósticos para designar el mundo de la luz o el mundo espiritual de los eones llenos de vida divina.

9. Filósofo presocrático de finales del sigloVI a. J. C. fundador de la escuela eleata; desarrolló el concepto del "Ser" frente al "Devenir" de Heráclito. Para pensar debemos admitir previamente la existencia de algo, debemos suponer que algo es. Lo que no es no puede ser pensado y no puede ser.

10. Diccionario de Ciencias Ocultas, Buenos Aires, República Argentina, 1956, Edit. Noseda y Compañía, P. 82 - 85.

11. (1493 - 1541) Era médico e intentó usar la filosofía como uno de los pilares de la ciencia médica. Su filosofía es una misteriosa mezcla de neoplatonismo, experimentación y supersticiones mágicas. Rechazó gran parte de las teorías tradicionales de Galeno y de los médicos árabes.

12. (1214-1294) Perteneciente a la orden de los franciscanos. Descubrió la importancia de la aplicación deductiva de principios e insistió en la necesidad de una comprobación experimental de los resultados.

13. Delacroix, pinto romántico que se impone sobre la pintura clasista de Ingres (1824).

14. Charles Baudelaire, Las Flores del mal y Diarios íntimos, México D.F., 1994, Edit. Porrúa, P. 15.

15. IBID, P. 25.

Extraido de Temakel