miércoles, 29 de octubre de 2008

HERÁCLITO Y LA FILOSOFÍA DEL DEVENIR



Aún hay más filosofía en el sentido estricto de la palabra, en Heráclito de Éfeso que en los pitagóricos. Con el nombre de polimatía, condena aquél efectivamente, en Pitágoras y hasta en Jenófanes, una particularización de las investigaciones que ahoga la visión directa de lo real. Genio altanero y arrebatado, no quería que sus conocimientos dependieran sino de la intuición puramente especulativa de la verdad; desdeñando los detalles, abarca como filósofo auténtico los diversos aspectos de aquella intuición primitiva. Fue un temperamento inspirado y solitario, temperamento de melancólico, como dice Teofrasto.


Su libro puede fecharse, aproximadamente, a fines de la primera mitad del siglo V a. J. C. Al parecer, se trataba de una colección de aforismos en prosa cuyo estilo cargado de imágenes y opulento de antítesis, frecuentemente ambiguo, valió a Heráclito el sobrenombre proverbial de el oscuro. Tal estilo sibilino que, según él mismo decía, no expresa ni oculta el pensamiento, sino que lo sugiere, conviene a un hombre que tiene conciencia enérgica y hasta excesiva de su propia personalidad superior. Además, es innegable que, con frecuencia, la concisión de las fórmulas y el brillo de las imágenes dan al pensamiento todo su relieve. Lo que, sin embargo, tiene algo de charlatanería en ese tono arrogante y en aquella condición sibilina, no podía dejar de aparecer en una caricatura como la que trazaron de su maestro los heraclitianos de fines de aquel siglo.

En cuanto a su pensamiento, lo que en él señala, en primer lugar, su orientación, es la altiva indiferencia con la que trata a la Física particular, limitándose a representaciones populares. Por lo demás, muchos aspectos parecen que fueron descuidados en beneficio de las generalidades.

El principio del que provienen todas las cosas y al que éstas regresan, es el fuego. ”Este mundo -dice Heráclito- que es el mismo para todos los seres, no lo hizo ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que siempre ha sido, es y será un fuego constantemente vivo, que se enciende y se apaga de manera mesurada" (frag. 30).Hay un intercambio de todas las cosas con el fuego y de éste con aquellas, como lo hay de las mercaderías por el oro y del oro por mercaderías (frag. 90). No es posible negar la intención dinamista: una sustancia única reviste formas diversas con la sola condición de mantener una equivalencia en tales permutas que son su misma vida. Pero, por otra parte, para dar nacimiento a un mundo, esta potencia espontánea de cambio se manifiesta con el movimiento y, sin duda, da lugar a condensaciones o rarefacciones. En efecto, según Heráclito, hay un camino hacía lo alto y otro hacia lo bajo (frag. 60). Son las dos direcciones fundamentales del cambio. Los dos movimientos inversos se compensan por la diversidad o las vicisitudes de los cambios y así la cantidad de la materia de cambio, es decir, de fuego, permanece inmutable.

De este modo se extraen, poco a poco, las ideas fundamentales de la Filosofía de Heráclito. En primer lugar, la oposición y la identidad de los contrarios son la condición del devenir de las cosas: lo mismo en nosotros -decía- ser lo que es vivo que ser lo que es muerto, estar despierto o dormido, ser joven o viejo; pues, por el cambio, esto es aquello, y, por el cambio, aquello es, a su vez, esto (frag. 88; cf, 57). Esta perpetua oposición de los contrarios es, pues, el principio y la ley: El Conflicto es padre de todas las cosas, rey de todas las cosas (frag. 53), mientras que la concordia y la paz son su confusión en el abrazo general. Como los contrarios en lucha tienden constantemente a sustituirse mutuamente, las cosas se encuentran en un permanente estado de movilidad: todo se desliza y todo huye, nada permanece. Éste no es, sin embargo, sino un aspecto del conflicto universal; bajo otro distinto funda una solidaridad entre los términos que opone, pues el Conflicto es comunidad y la Discordia regulación (frag. 80). Así, la carrera de los contrarios se realiza según la necesidad fatal, que parece constituir, a la vez, lo que hay de determinado y estable en el cambio y lo que une las parejas de opuestos en formas definidas y relativamente permanentes. La discordia y la inestabilidad tienen, por tanto, como contrapartida el acuerdo y, con él, la necesidad de la ley: Lo discordante -dice Heráclito- concierta consigo mismo: acuerdo de tensiones inversas, como en el arco o en la lira (frag. 51)

Según Heráclito, "hay una única ley divina", de la que se nutren todas las leyes humanas, pero que parece distinta a la ley no escrita opuesta a las decisiones arbitrarias; pues es aquello en lo que el aspecto individual debe tomar sus fuerzas, al igual que en la ciudad nos apoyamos en la ley; es algo común a todo, que lo domina todo, en tanto que le place, que es suficiente a todo y todo lo supera (frag. 114); es decir, la ley universal de lo real, idéntica, al parecer, a aquel pensamiento común del que dice Heráclito que es preciso seguirlo (frag. 2) y que, sin embargo, se mantiene extraño a los hombres ignorantes de lo que constantemente está ante su mirada (frag. 72). Ahora bien, esta ley o pensamiento único es un logos inmanente, la sustancia misma de aquellos cambios que producen las cosas diversas, o, dicho de otra manera, el fuego, lo más incorporal que existe, lo más móvil, lo más transformable, lo más activo y lo más vivificante. En resumen, la reacción del genio filosófico de Heráclito frente al politeísmo vulgar, es un panteísmo, y ese panteísmo es un panteísmo físico.

De ahí procede lógicamente toda una teoría del saber. El logos es, a la vez, el pensamiento divino que circula eternamente en la Naturaleza, y el pensamiento humano también, pero sólo en tanto que participa en esa corriente única y eterna y pierde de este modo su individualidad. Sin embargo, no es un pensamiento personal el que orgullosamente enfrenta Heráclito a las opiniones de los doctos o de la multitud. Es la Verdad, única y eterna, del pensamiento divino, que es todo lo real, y del que se siente inspirado profeta. El individualismo del pensamiento, esa ilusión de que cada cual posee una inteligencia propia (frag. 2), es, por el contrario, la peculiar característica del conocimiento sensible. Heráclito subrayó ahincadamente su relatividad. Malos testimonios son nuestros sentidos si el alma es un bárbaro incapaz de penetrar el misterio del lenguaje (frag. 107). Además, mientras el pensamiento se supera a sí mismo (frag. 115), los sentidos dependen de los contrarios, pero sin que, al mismo tiempo, guarden consideración con la armonía.

Así pues, parece que Heráclito, por encima del conocimiento sensible colocaba una verdad absoluta y una especie de conocimiento científico. Por esto, no se explica bien cómo Aristóteles pudo decir que no hay para él ciencia, ni verdad, porque niega el principio de contradicción. Lo que más bien buscaba Heráclito era la armonía de los contrarios y no la identidad -desconocida para él- de los contrarios; muy lejos de aceptar que se esparciera el conocimiento sensible por todos los aspectos del devenir, colocaba la verdad en la sustancia única cuya ley sirve de urdimbre continua y de fondo a esta diversidad incesantemente cambiante.

Esta concepción general se refleja en su teoría del alma. El Alma, para él, es una exhalación cálida; pues para conocer el principio debe poseer su movilidad; expandirse, como él, por doquier, de manera que todo se encuentra lleno de almas y de genios.

Este hondo sentimiento de la identidad del pensamiento verdadero con la ley del universo, inspira a Heráclito una concepción, perfectamente congruente, de la vida moral; antes de que apareciera el estoicismo, decía: La sabiduría consiste en decir cosas verdaderas y obrar conforme a la Naturaleza, escuchando su voz (frag. 112). No sería mejor para los hombres que sucediera lo que desean (frag. 110). Si la pasión merece condena es porque expresa la pretensión del individuo de elevarse por encima del orden natural o divino y por olvidar su situación de dependencia. En consecuencia, la verdadera religión debe fundamentar su pensamiento en aquel otro pensamiento divino del fuego que circula por el universo: adorar a las imágenes es suponer que también se aceptaría hablar con las cosas; celebrar sacrificios sangrientos no sirve para purificarnos más de lo que el fango para lavar la mancha que ha producido.

Concibió la oposición de los contrarios con una generalización que no se encuentra en Anaximandro, ni aun en los pitagóricos o en Alcmeón. Pero, sobre todo, esclareció, de manera completamente nueva, la noción de una ley inmanente al devenir que sirve de vínculo inteligible a aquellos contrarios simultáneos o sucesivos. Con todo, no hay que olvidar que su pensamiento actuó en el dominio y dentro de las fronteras de la Física de su tiempo, concibiendo la ley como una sustancia más sutil, pero no lo hizo en el terreno de una lógica que se constituyó con posterioridad a sus días ni, por tanto, con el propósito de quebrar sus confines.

Leon Robin