martes, 21 de octubre de 2008

Manifiesto en el umbral de la puerta





Espejo negro

Hoy el arte ha perdido su carácter mágico, la experiencia que posee el poder de la revelación, la fuerza intangible que tiene el poder de la anticipación. Ha perdido la energía que contribuye a crear condiciones de cambio, la sospecha de lo posible en la vida, transformándose en una suerte de entretenimiento de élite sin profundidad ni significado. Hoy el arte no tiene sentido más allá de mostrar el ego del artista. Hoy padecemos un arte alejado de la sociedad, comprometido únicamente con quien le guarde la espalda al artista mientras el tiempo que dure el contrato entre ambas partes. Hoy padecemos un arte refugiado en su propia máscara. Un arte que no procura respuestas transcendentes ni inventa nuevos lenguajes.
No se le pide aquí las respuestas de la filosofía, el psicoanálisis o la sociología, sino sus propias soluciones en tanto que fuerza creadora activa. Y ahí es donde debemos exigirle esas respuestas. En la negación de esa misma argumentación, el arte moderno podría ser considerado una suerte de arte científico, puesto que al igual que la ciencia no ofrece, no procura, esas respuestas transcendentes, no contesta a los por qué (y aquí debemos recordar que los niños -y los niños poseen una verdadera visión entregada al mundo- jamás preguntan cómo sino por qué) la ciencia se conforma con ofrecer simplemente el cómo. Ofrecer el cómo no es ir demasiado allá; es pedirnos subordinación a los mecanismos de funcionamiento. Esto no calma la sed.

La experiencia artística (y hago aquí un llamamiento a todas y cada una de sus disciplinas)ha de ser un viaje al punto extremo de las posibilidades del artista. Del hombre que se llama así mismo artista, en tanto que transmisor de símbolos, viajero iniciático o creador de relámpagos, debe intentar alcanzar ese punto extremo de lo posible, donde no se puede concebir una posibilidad de ir más allá. Todo lo demás le hará siervo de la instrumentalidad, de la funcionalidad; será una brutal mentira. Un bálsamo para espíritus débiles, cuentos que nos gusta propurarnos para tratar de aliviarnos.
Hay que desprenderse de espejismos y terrores. Hay que abandonar el sueño o la ilusión en que transcurre la existencia humana, cuyo origen se halla en una división primordial en la esfera del Absoluto. Por así decirlo, en palabras de Gurdjieff: "si quiere usted adquirir algo por sí mismo, debe usted aprender a volar".



Combustión espontánea

Frente al arte que ha perdido su carácter mágico, un arte que muestre la Voluntad Verdadera del artista. Del hombre que ha tomado ese camino. Frente al arte del ego, un arte que se remita a las estrellas. Frente al arte que sonríe bobaliconamente ante sus propias ocurrencias, un arte consagrado, intensamente presente. Frente al arte charlatán y vocinglero, un arte que comunique su maravilloso silencio. Frente al arte que ya no cura, un arte que busque la curación en sí mismo. Frente al arte que yerra, un arte que se trague la serpiente. Frente al arte alejado del hombre, un arte que recupere el factor de recuerdo y sea capaz de transmitir sus símbolos. Frente al arte al que le espanta ver su propio vacío, un arte que entre en sí mismo. Frente al arte que rechaza sus propias reglas y su aprendizaje, un arte que comprenda que el tiempo no cuenta. Frente al arte de la nada, el arte del Absoluto. Frente al arte que se empeña en ver el punto rojo en el paño, un arte que quiera ser espejo del todo. Frente al arte que no penetra en la naturaleza, un arte que se transforma en el objeto o ser amado ¡tiene que ser verdaderamente él!. frente al arte que rechaza el dolor, un arte que muera para no morir. Frente al arte que no es capaz de mostrar un lenguaje nuevo, el arte de la invocación y la ceremonia. Frente al arte que tropieza todas las noches con los huesos de los muertos, un arte que no precise guías. Frente al arte del cómo, un arte que busque desesperadamente el porqué.


¡Dolor, oh dolor!

Este mundo se le da al hombre como un enigma a resolver. Desde el principo de los tiempos ese hombre ha tratado de resolver el enigma a riesgo de ser devorado por la esfinge, y aun por este mismo temor. Ha construido su voluntad en base a su imaginación para explicar el mundo que le rodea y el que imagina que le rodea. Tratando de aventurar en qué manera estamos incluidos en el misterioso mecanismo del mundo y cual es su condición. Desde las mágicas pinturas primitivas que hacían ver el objeto simbólicamente representado a la sofisticación de la escritura jeroglífica, la síntesis de la cuneíforme o la delicadeza de los ideogramas orientales, hasta la complejidad de cosmogonías y mitologías, anticipadoras de la filosofía. Una desaforada búsqueda del logos.
A pesar de ello la incomprensión y la inhapresibilidad de tamaña empresa -los desmayos de la voluntad- han sumido al hombre en la melancolía y en el dolor. Llamaremos a este dolor evidencia absurda pues si bien la causa de ese sufrimiento está localizado, no menos cierto es que se trata de una abstacción sin cuerpo ni formas. Un ideal o un fantasma de nuestra concepción bien amarrado en el arsenal psíquico humano. En fin, un dolor (dolor del alma, la psique enferma) que ni las religiones ni todos los sistemas filosóficos han conseguido mitigar. Si bien el arte y sus videntes, en el ejercicio de su máxima libertad, han sido quienes más cercanos han estado de encontrar una respuesta al enigma, al dolor. Pues en virtud de esa misma libertad, más allá de la razón y la pesadilla que engendran un mundo cada vez más ambiguo, más solapado, han solido poner el dedo en la llaga. En el ejercicio de su libre albedrío han imaginado esas respuestas a los problemas que enfermaban los espíritus en cada momento, y más aun: incluso han imaginado los mundos que nos esperan en un futuro con una exactitud que asusta en ciertos casos.
Aun así la insatisfacción, la puerilidad, las aspiraciones y los deseos blandos de nuestros días nos han convertido en víctimas de los sueños de un deseo mayor. El deseo de un monstruoso ídolo que se conforma con ver a sus criaturas a la deriva. Aquí es cuando debemos decir "¡NO!" un no que derribe montañas con su estruendo, un ruido de personas decididas a dejar de ser zombis babeantes y cariacontecidos que si caminan es porqué ya es un hábito adquirido. Hay que decir no al dolor y al cruel juego del victimismo en el que nos sentimos como cerdo en un baño de barro. No somos golems esperando ser creados por la palabra del mago negro de turno. Debemos hacer nuestra la palabra, habitarla, arrojarla a la cara del autonombrado demiurgo y destruirlo. Debemos ser poetas, el artista debe intentar por todos los medios a su alcance (y si no los tuviese inventarlos) hacerse poeta; cambiar la vida, transformar el mundo (sí, como decían los viejos surrealistas pero bajo el signo de nuestros tiempos, con nuestras necesidades). Aunque en el intento solo logre cambiar su propia vida ya será una enorme recompensa. La Poesía es la única herramienta que tiene el artista para destruir a la efigie, para combatir al dolor. Debemos transformar cada pintura en un poema, cada escultura, cada canción, cada novela, cada película, cada tratado filosófico en un bello poema y una búsqueda del Invisible que nos sane de nuestra condición anhelante. En definitiva: el artista debe marcar con su poesía el camino a seguir. Que rían los espíritus pobres si quieren. Del perezoso solo se puede esperar pereza y esto es absolutamente imperdonable en un hombre que se llama a sí mismo artista, creador, buscador del Invisible.