sábado, 15 de noviembre de 2008

MICHEL FOUCAULT II: VIGILAR Y CASTIGAR


VIGILAR Y CASTIGAR
Michel Foucault
SUPLICIO
I. EL CUERPO DE LOS CONDENADOS

Damiens fue condenado en 1757 a “pública retractación ante la Iglesia de París”. Había cometido parricidio (considerado contra el rey, a quien se equiparaba al padre). Fue brutalmente torturado (atenaceado, quemado). Finalmente, se lo descuartizó. Fue una operación muy larga, y no bastando esto, fue forzoso para desmembrar los muslos, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas. Los restos fueron quemados.


Aunque se decía que era un gran maldiciente, no dejó escapar blasfemia alguna; tan sólo los extremados dolores le hacían proferir horribles gritos y a menudo pedía a Dios que se apiadara de él. Le Breton, el escribano, se acercó repetidas veces al reo para preguntarle si no tenía algo que decir. Decía que no. A pesar todos los sufrimientos, levantaba de cuando en cuando la cabeza y se miraba valientemente, hasta morir.

Foucault cita luego parte del reglamento redactado en 1838 “para la Casa de Jóvenes delincuentes de París”. Allí transcribe diversos artículos, que reglamentan todos los detalles de la vida allí: desde a qué hora se deben levantar los internos, pasando por cuándo ingresan al trabajo, qué es lo que hacen allí, a qué hora comen, cuántas horas están asignadas a la enseñanza, cuándo deben ir a dónde y de qué forma, cuándo se deben lavar las manos, y hasta la hora en que deben acostarse, quedando entonces los vigilantes haciendo la ronda por los corredores.

He aquí un empleo del tiempo. No sancionan los mismos delitos, no castigan el mismo género de delincuentes. Con menos de un siglo de separación, cada uno define un estilo penal determinado. Época en que fue redistribuida, en Europa y EEUU, toda la economía del castigo. Nueva teoría de la ley y del delito, nueva justificación moral o política del derecho de castigar. Redacción de códigos “modernos”. Una nueva era para la justicia penal.

Señalaré una de las modificaciones: la desaparición de los suplicios. Castigos menos inmediatamente físicos, cierta discreción en el arte de hacer sufrir, un juego de dolores más sutiles, más silenciosos. Es el efecto de reordenaciones más profundas. En unas cuantas décadas ha desaparecido el cuerpo supliciado, descuartizado, marcado simbólicamente en el rostro o en el hombro, expuesto vivo o muerto, ofrecido en espectáculo. Ha desaparecido el cuerpo como blanco mayor de la represión penal.

A fines del S XVIII y comienzos del XIX, la sombría fiesta punitiva está extinguiéndose. En esta transformación, han intervenido dos procesos, que no han tenido por completo ni la misma cronología ni las mismas razones de ser.



1) La desaparición del espectáculo punitivo. El ceremonial de la pena tiende a entrar en la sombra. La retratación pública en Francia había sido abolida por primera vez en 1791, y reafirmada en 1837. Los trabajos públicos se suprimen casi en todas partes a fines del S XVIII, o en la primera mitad del XIX. La exposición en Francia se suprime finalmente en 1848. El castigo ha cesado poco a poco de ser teatro. El rito que “cerraba” el delito se hace sospechoso de mantener con él turbios parentescos: de habituar a los espectadores a una ferocidad de la que se les quería apartar, de mostrarles la frecuencia de los delitos, de emparejar al verdugo con un criminal y a los jueces con unos asesinos, de hacer del supliciado un objeto de compasión o de admiración. La ejecución pública se percibe ahora como un foro en el que se reanima la violencia. El castigo tenderá pues a convertirse en la parte más oculta del proceso penal. Consecuencias: abandona el dominio de la percepción casi cotidiana, para entrar en el de la conciencia abstracta; se pide su eficacia a su fatalidad, no a su intensidad visible; es la certidumbre de ser castigado y no ya el teatro abominable. Por esto, la justicia no toma sobre sí públicamente la parte de violencia vinculada a su ejercicio. Es la propia condena la que se supone que marca al delincuente con el signo negativo; publicidad, por tanto, de los debates y la sentencia; pero la ejecución misma es como una vergüenza suplementaria que a la justicia le avergüenza imponer al condenado; mantiénese a distancia, tendiendo siempre a confiarla a otros y bajo secreto. Es feo ser digno de castigo, pero poco glorioso es castigar. Lo esencial de la pena que los jueces infligimos no crean Uds. que consiste en castigar; trata de corregir, reformar, “curar”; una técnica del mejoramiento rechaza, en la pena, la estricta expiación del mal, y libera a los magistrados de la fea misión de castigar. Hay en la justicia moderna una vergüenza de castigar. Sobre esta herida, el psicólogo pulula así como el modesto funcionario de la ortopedia moral.



2) La desaparición de los suplicios es, pues, el espectáculo que se borra; y es también el relajamiento de la acción sobre el delincuente. Se dirá: la prisión, la reclusión, los trabajos forzados, el presidio, la interdicción de residencia, la deportación son realmente penas “físicas”; a diferencia de la multa, recaen, y directamente, sobre el cuerpo. Pero la relación castigo-cuerpo no es en ellas idéntica a lo que era en los suplicios. El cuerpo se halla aquí como instrumento o como intermediario; si se interviene sobre él encerrándolo o haciéndolo trabajar, es para privar al individuo de una libertad considerada como un derecho y como un bien. El cuerpo queda prendido de un sistema de coacción y de privación, de obligaciones y de prohibiciones. El sufrimiento físico no son ya los elementos constitutivos de la pena. Hay una anulación del dolor. El castigo ha pasado de un arte de las sensaciones insoportables a una economía de los derechos suspendidos. Y si le es preciso todavía a la justicia manipular y llegar al cuerpo, será de lejos y según unas reglas austeras. Un ejército entero de técnicos ha venido a relevar al verdugo, anatomista inmediato del sufrimiento: los vigilantes, los médicos, capellanes, psiquiatras, psicólogos, educadores. A la justicia le garantizan que el cuerpo y el dolor no son los objetivos últimos de su acción punitiva. Hoy un médico debe establecer una vigilancia sobre los condenados a muerte. Cuando se los está por ejecutar, se les inyecta un tranquilizante. Utopía del pudor judicial: quitar la existencia evitando sentir el daño. El recurso a la psicofarmacología se encuentra dentro de la lógica de esta penalidad “incorporal”.

De este doble proceso –desaparición del espectáculo, anulación del dolor– son testigos los rituales modernos de la ejecución capital. Se acabaron los largos procesos en los que la muerte se halla a la vez aplazada por interrupciones calculadas, y multiplicada por una serie de ataques sucesivos. La reducción de estas “muertes” a la estricta ejecución capital define toda una nueva moral propia del acto de castigar. Ya en 1760 se había probado en Inglaterra una máquina de ahorcar, perfeccionada y adoptada definitivamente en 1783. En Francia en 1791 se establece que a todo condenado a muerte se le cortaría la cabeza, implicando una muerte igual para todos, una solo muerte por condenado, obtenida de un solo golpe y sin recurrir a esos suplicios prolongados y crueles. La guillotina, utilizada a partir de 1792, es el mecanismo adecuado. Procura una muerte instantánea. Casi sin tocar el cuerpo, ésta suprime la vida, del mismo modo que la prisión quita la libertad, o una multa descuenta bienes. Se supone que aplica la ley menos a un cuerpo real capaz de dolor, que a un sujeto jurídico, poseedor del derecho de existir. La guillotina había de tener la abstracción de la propia ley.

Indudablemente, algo de los suplicios se sobreimpuso en Francia, por un tiempo, a la sobriedad de las ejecuciones. Los parricidas y regicidas eran conducidos al patíbulo cubiertos por un velo negro. Acordémonos de Damiens, y notemos el nuevo velo de luto. El condenado no tiene ya que ser visto. La sola lectura de la sentencia sobre el cadalso, enuncia un delito que no debe tener rostro.

Desaparece, pues, en los comienzos del S XIX, el gran espectáculo de la pena física; se disimula el cuerpo supliciado; se excluye del castigo el aparato teatral del sufrimiento. Se entra en la era de la sobriedad punitiva. Esta desaparición de los suplicios es conseguida alrededor de los años 1830-1848. Esta afirmación global exige paliativos. Primero, las transformaciones no se realizan en bloque ni según un proceso único. Ha habido demoras. Paradójicamente, Inglaterra fue uno de los países más refractarios a esta desaparición de los suplicios.

A esto se agrega que si bien lo esencial de la transformación se ha logrado hacia 1840, el proceso se halla lejos de estar terminado. La práctica del suplicio ha obsesionado durante mucho tiempo nuestro sistema penal, y alienta en él todavía. La guillotina había marcado en Francia una nueva ética de la muerte legal. Pero la Revolución la revistió inmediatamente de un gran ritual teatral. Fue preciso colocar finalmente la guillotina dentro del recinto de las prisiones y hacerla inaccesible al público para que la ejecución se desarrolle en secreto, para que deje de ser un espectáculo y para que se convierta en un extraño secreto entre la justicia y su sentenciado. Pero la muerte penal sigue siendo en su fondo, todavía hoy, un espectáculo, que es necesario prohibir.

En cuanto a la acción sobre el cuerpo, tampoco se encuentra suprimida por completo a mediados del S XIX. La pena ha dejado de estar centrada en el suplicio, ha tomado como objeto principal la pérdida de un bien o de un derecho. Pero un castigo como los trabajos forzados o incluso como la prisión –mera privación de la libertad– no ha funcionado jamás sin cierto suplemento punitivo que concierne al cuerpo mismo: racionamiento alimenticio, privación sexual, golpes, celda. La prisión ha procurado siempre cierta medida de sufrimiento corporal. Un postulado que jamás se ha suprimido francamente: es justo que un condenado sufra físicamente más que los otros hombres. La pena se disocia mal de un suplemento de dolor físico. ¿Qué sería un castigo no corporal?

Mantiénese, pues, un fondo “supliciante” en los mecanismos modernos de la justicia criminal, un fondo envuelto cada vez más por una penalidad de lo no corporal.


La atenuación de la severidad penal es un fenómeno muy conocido por los historiadores del derecho. Pero durante mucho tiempo, se ha tomado como un fenómeno cuantitativo: menos crueldad, menos sufrimiento, más benignidad, más respeto, más “humanidad”. Estas modificaciones van acompañadas de un desplazamiento en el objeto mismo de la operación punitiva.

Si no es ya el cuerpo el objeto, ¿cuál es? La respuesta de los teorizantes es “Puesto que ya no es el cuerpo, es el alma.” A la expiación que causa estragos en el cuerpo debe suceder un castigo que actúe en profundidad sobre el corazón, el pensamiento, la voluntad, las disposiciones.


SUPLICIO
La antigua pareja del falso punitivo, el cuerpo y la sangre, ceden el sitio. Entra en escena, cubierto el rostro, un nuevo personaje, entidades impalpables. El aparato de la justicia punitiva debe morder ahora en esta realidad sin cuerpo. Hoy castigar no es simplemente convertir un alma.

Primero, una sustitución de objetos. No se ha pasado de pronto a castigar otros delitos. La definición de infracciones, los márgenes de indulgencia, todo esto se ha modificado ampliamente desde hace 200 años; muchos delitos han dejado de serlo, por ejemplo la blasfemia ha perdido su status de delito; el contrabando y el robo doméstico, una parte de su gravedad.


Pero estos desplazamientos no son el hecho más importante: la división entre lo permitido y lo prohibido ha conservado, de un siglo a otro, cierta constancia. En cambio, el objeto “crimen”, aquello sobre lo que se ejerce la práctica penal, ha sido profundamente modificado: la calidad, el carácter, la sustancia de que está hecha la infracción, más que su definición formal.

Bajo el nombre de crímenes y de delitos, se siguen juzgando efectivamente objetos jurídicos definidos por el Código, pero se juzga a la vez pasiones, instintos, anomalías, achaques, inadaptaciones, efectos de medio o de herencia; se castigan las agresiones, pero a través de ellas las agresividades; las violaciones, pero a la vez, las perversiones; los asesinatos que son también pulsiones y deseos. Son esas sombras detrás de los elementos de la causa las efectivamente juzgadas y castigadas. Juzgadas por el rodeo de las “circunstancias atenuantes”, que hacen entrar en el veredicto una cosa que no es jurídicamente codificable: el conocimiento del delincuente, la apreciación que se hace de él, lo que puede saberse de su pasado y de su delito, lo que se puede esperar de su futuro. Juzgadas, lo son también por el juego de esas nociones que han circulado entre la medicina y la jurisprudencia desde el S XIX (monstruos, anomalías psíquicas, perversos, inadaptados), y que con el pretexto de explicar un acto, son modos de calificar a un individuo. Castigadas, lo son con una pena que se atribuye por función la de volver al delincuente “deseoso y capaz de vivir respetando la ley y de subvenir a sus propias necesidades”; lo son por la economía interna de una pena que, si bien sanciona el delito, puede modificarse, según que se transforme el comportamiento del condenado; lo son también por el juego de esas “medidas de seguridad” de que se hace acompañar la pena (interdicción de residencia, libertad vigilada, tutela penal, tratamiento médico obligatorio), y que no están destinadas a sancionar la infracción, sino a controlar al individuo, a neutralizar su estado peligroso.




El alma del delincuente no se invoca en el tribunal a los únicos fines de explicar su delito, ni para introducirla como un elemento en la asignación jurídica de las responsabilidades; si se la convoca, con tanto énfasis y con tan grande aplicación “científica”, es realmente para juzgarla, a ella al mismo tiempo que al delito, y para tomarla a cargo del castigo.

En todo el ritual penal, desde la instrucción hasta la sentencia y las últimas secuelas de la pena, se ha hecho penetrar un género de objetos que vienen a doblar, pero también a disociar, los objetos jurídicamente definidos y codificados. El examen pericial psiquiátrico, pero de forma más general la antropología criminal y el discurso de la criminología, encuentran aquí una de sus funciones precisas: inscribir las infracciones en el campo de los objetos susceptibles de un conocimiento científico, proporcionar a los mecanismos del castigo legal un asidero justificable no ya simplemente sobre las infracciones, sino sobre los individuos; no ya sobre lo que han hecho, sino sobre lo que son, serán y pueden ser. Los jueces, poco a poco, se han puesto, pues, a juzgar otra cosa distinta de los delitos: el “alma” de los delincuentes. Y se han puesto, por lo mismo, a hacer algo distinto de juzgar. Desde que la Edad Media construyó el gran procedimiento de la información judicial, juzgar implicaba un conocimiento de la infracción, un conocimiento del responsable, y un conocimiento de la ley. En el curso del juicio penal, se encuentra inscripta hoy en día una cuestión relativa a la verdad, muy distinta. Todo un conjunto de juicios apreciativos, diagnósticos, pronósticos, normativos, referentes al delincuente. Otra verdad ha penetrado la que requería el mecanismo judicial: una verdad que hace de la afirmación de culpabilidad un extraño complejo científico-jurídico. Tomemos la manera en que la cuestión de la locura ha evolucionado en la práctica penal. Según el Código francés de 1810, si el autor de un delito estaba loco, el delito mismo desaparecía. Era imposible declarar a alguien a la vez culpable y loco; el diagnóstico de locura, si se planteaba, no podía integrarse en el juicio. Los tribunales del S XIX se equivocaron en cuanto al sentido de lo planteado en ese artículo anterior. Han admitido que podía ser culpable y loco; culpable pero para encerrarlo y cuidarlo más que para castigarlo. Desde el punto de vista del Código penal, eran otros tantos absurdos jurídicos. Ya la reforma de 1832, que introducía las circunstancias atenuantes, permitía modular la sentencia de acuerdo con los grados supuestos de una enfermedad o las formas de una semilocura. Y la práctica, general en los tribunales, del examen pericial psiquiátrico, hace que la sentencia, aunque siempre formulada en términos de sanción legal, implica juicios de normalidad, asignaciones de causalidad, apreciaciones de cambios eventuales, anticipaciones sobre el porvenir de los delincuentes. Operaciones que se integran directamente en el proceso de formación de la sentencia. En lugar de que la locura anule el delito, todo delito ahora, y en el límite, toda infracción llevan en sí mismo como una sospecha legítima de locura, de anomalía. Y la sentencia que condena o absuelve no es simplemente juicio de culpabilidad, sino que lleva una apreciación de normalidad y una prescripción técnica para una normalización posible. El juez de nuestros días hace algo muy distinto que “juzgar”.




Y no es el único que juzga. A lo largo del procedimiento penal, y de la ejecución de la pena, bullen toda una seria de instancias anejas, de jueces paralelos: psiquiatras, psicólogos, magistrados de la aplicación de las penas, educadores, funcionarios de la administración penitenciaria se dividen el poder legal de castigar; se dirá que ninguno de ellos comparte realmente el derecho de juzgar. Los expertos no intervienen antes de la sentencia para emitir un juicio, sino para ilustrar la decisión de los jueces. Pero desde el momento en que se confía a otros que no son los jueces de la infracción el cometido de decidir si el condenado “merece” ser puesto en semilibertad o en libertad condicional, si es posible poner término a su tutela penal, son realmente mecanismos de castigo legal los que se ponen en sus manos y se dejan a su apreciación: jueces anejos, pero jueces después de todo. En cuanto a los expertos psiquiatras, desde la circular de 1958, les toca decir si el sujeto es “peligroso”, de qué manera protegerse de él, cómo intervenir para modificarlo, y si es preferible tratar de reprimir o de curar.

Resumamos, desde que funciona el nuevo sistema penal –el derecho definido por los grandes códigos de los siglos XVIII y XIX–, un proceso global ha conducido a los jueces a juzgar otra cosa que los delitos; han sido conducidos en sus sentencias a hacer otra cosa que juzgar; y el poder de juzgar ha sido transferido, por una parte, a otras instancias que los jueces de la infracción. La operación penal entera se ha cargado de elementos y de personajes extrajurídicos. Se dirá que no hay en ello nada extraordinario, que es propio del destino del derecho absorber elementos que le son ajenos. Pero hay algo singular en la justicia penal moderna: que si se carga tanto de elementos extrajurídicos, no es para poderlos calificar jurídicamente e integrarlos al estricto poder de castigar; es, por lo contrario, para poder hacerlos funcionar en el interior de la operación penal como elementos no jurídicos; es para evitar que esta operación sea pura y simplemente un castigo legal; para disculpar al juez de ser pura y simplemente el que castiga. La justicia criminal no funciona hoy ni se justifica sino por esta perpetua referencia a algo distinto de sí misma, por esta incesante reinscripción en sistemas no jurídicos y ha de tender a esta recalificación por el saber.

Una saber, unas técnicas, unos discursos “científicos” se forman y se entrelazan con la práctica del poder de castigar.

Objetivo de este libro: una historia correlativa del alma moderna y de un nuevo poder de juzgar; una genealogía del actual complejo científico-judicial en el que el poder de castigar toma su apoyo, recibe sus justificaciones y sus reglas, extiende sus efectos y disimula su exorbitante singularidad.

Pero ¿desde dónde se puede hacer esta historia del alma moderna en el juicio? Si nos atenemos a la evolución de las reglas de derecho o de los procedimientos penales, corremos el peligro de destacar como hecho masivo, externo, un cambio en la sensibilidad colectiva, un progreso del humanismo, o el desarrollo de las ciencias humanas. El presente estudio obedece a cuatro reglas generales:

No centrar el estudio de los mecanismos punitivos en sus únicos efectos “represivos”, sino reincorporarlos a la serie de los efectos positivos que pueden inducir. Considerar el castigo como una función social compleja.
Analizar los métodos punitivos no como simples consecuencias de reglas de derecho o como indicadores de estructuras sociales, sino como técnicas específicas del campo más general de los demás procedimientos de poder. Adoptar en cuanto a los castigos la perspectiva de la táctica política.
En lugar de tratar la historia del derecho penal y la de las ciencias humanas como dos series separadas cuyo cruce tendría un efecto perturbador o útil, buscar si no existe una matriz común y si no dependen ambas de un proceso de formación “epistemológico-jurídico”; en suma, situar la tecnología del poder en el principio tanto de la humanización de la penalidad como del conocimiento del hombre.
Examinar si esta entrada del alma en la escena de la justicia penal, y con ella la inserción en la práctica judicial de todo un saber “científico”, no será el efecto de una transformación en la manera en que el cuerpo mismo está investido por las relaciones de poder.
En suma, tratar de estudiar la metamorfosis de los métodos punitivos a partir de una tecnología política del cuerpo donde pudiera leerse una historia común de las relaciones de poder y de las relaciones de objeto.

No soy el primero que ha trabajado en esta dirección. Del libro de Rusche y Kirchheimer se pueden sacar puntos de referencia esenciales. Primero, desprenderse de la ilusión de que la penalidad es ante todo una manera de reprimir delitos, y que puede ser severa o indulgente, dirigida a la expiación o encaminada a obtener una reparación, aplicada a la persecución o a la asignación de responsabilidades colectivas. Analizar más bien los “sistemas punitivos concretos”, estudiarlos como fenómenos sociales de los que no pueden dar razón la sola armazón jurídica de la sociedad ni de sus opciones éticas fundamentales; situarlos en su campo de funcionamiento donde la sanción de los delitos no es el elemento único; demostrar que las medidas punitivas no son simplemente mecanismos “negativos” que reprimen, impiden, excluyen, suprimen, sino que están ligados a toda una serie de efectos positivos y útiles. En esta línea, Rusche y Kirchheimer han puesto en relación los diferentes regímenes punitivos con los sistemas de producción de los que toman sus efectos; así en una economía servil los mecanismos punitivos tendrían el cometido de aportar una mano de obra suplementaria, y de construir una esclavitud “civil”; con el feudalismo, se asistiría a un brusco aumento de los castigos corporales, por ser el cuerpo en la mayoría de los casos el único bien accesible, y el correccional – el Hospital general–, el trabajo obligado, la manufactura penal, aparecerían con el desarrollo de la economía mercantil. Pero al exigir el sistema industrial un mercado libre de mano de obra, el trabajo obligatorio hubo de disminuir en el S XIX, sustituido por una detención con fines correctivos. No son pocas las observaciones que hacer sobre esta correlación estricta.



Pero podemos sentar la tesis general de que en nuestras sociedades, hay que situar los sistemas punitivos en cierta “economía política” del cuerpo: incluso si no apelan a castigos violentos, incluso cuando utilizan los métodos “suaves” que encierran o corrigen, siempre es del cuerpo del que se trata –del cuerpo y de sus fuerzas, de su docilidad, de su sumisión–. ¿Es posible hacer una historia de los castigos sobre el fondo de una historia de los cuerpos?

SUPLICIO
Por lo que a la historia del cuerpo se refiere, los historiadores la han comenzado desde hace largo tiempo. Han estudiado el cuerpo en el campo de una demografía, como asiento de necesidades, como lugar de procesos fisiológicos y de metabolismos, han demostrado hasta qué punto estaban implicados los procesos históricos. Pero el cuerpo está también directamente inmerso en un campo político; las relaciones de poder operan sobre él, lo marcan, lo someten a suplicio, lo fuerzan a unos trabajos, lo obligan a unas ceremonias. Este cerco político del cuerpo va unido a la utilización económica del cuerpo.


El cuerpo está imbuido de relaciones de poder y de dominación, como fuerza de producción; pero en cambio, su constitución como fuerza de trabajo sólo es posible si se halla prendido en un sistema de sujeción. El cuerpo sólo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido.

Este sometimiento no se obtiene únicamente utilizando la violencia y la ideología; puede ser directo, físico, emplear la fuerza contra la fuerza, obrar sobre elementos materiales, y a pesar de todo esto no ser violento; puede ser calculado, organizado, sutil, sin hacer uso ni de las armas ni del terror, y sin embargo permanecer dentro del orden físico. Es decir que puede existir un “saber” del cuerpo que no es exactamente la ciencia de su funcionamiento, y un dominio de sus fuerzas que es más que la capacidad de vencerlas: este saber y este dominio constituyen lo que podría llamarse la tecnología política del cuerpo. Esta es difusa, rara vez formulada en discursos continuos y sistemáticos; se compone a menudo de elementos y fragmentos. A pesar de la coherencia de sus resultados, no suele ser sino una instrumentación multiforme. No es posible localizarla ni en un tipo definido de institución, ni en un aparato estatal, pero éstos recurren a ella. Se trata en cierto modo de una microfísica del poder que los aparatos y las instituciones ponen en juego.

El estudio de esta microfísica supone que el poder que en ella se ejerce no se conciba como una propiedad, sino como una estrategia, que sus efectos de dominación no sean atribuidos a una “apropiación”, sino a unas maniobras, a unas tácticas; que se descifre en él una red de relaciones siempre tensas, siempre activas; que se le dé como modelo la batalla perpetua más que el contrato que opera una cesión o la conquista que se apodera de un territorio. En suma este poder se ejerce más que se posee. No es el “privilegio” adquirido o conservado de la clase dominante, sino el efecto de conjunto de sus posiciones estratégicas, efecto que manifiesta y a veces acompaña la posición de aquellos que son dominados. Este poder no se aplica pura y simplemente como una obligación o una prohibición, a quienes “no lo tienen”, los invade, pasa por ellos y a través de ellos. Estas relaciones no son unívocas; definen puntos innumerables de enfrentamientos, de luchas y de inversión por lo menos transitoria de las relaciones de fuerzas.



El derrumbamiento de esos “micropoderes” no obedece a la ley de todo o nada. Sus episodios localizados pueden inscribirse en la historia por los efectos que inducen sobre toda la red en la que están prendidos.
Hay que renunciar a imaginar que no puede existir un saber sino allí donde se hallan suspendidas las relaciones de poder, a creer que el poder vuelve loco, y que la renunciación al mismo es una de las condiciones para llegar a sabio. Más bien el poder produce saber; poder y saber se implican directamente el uno al otro; no existe relación de poder sin constitución correlativa de un campo de saber, ni de saber que no suponga y no constituya al mismo tiempo unas relaciones de poder. Estas relaciones de “poder-saber” no se pueden analizar a partir de un sujeto de conocimiento que sería libre o no en relación con el sistema del poder; sino que hay que considerar, contrariamente, que el sujeto que conoce, los objetos a conocer y las modalidades de conocimiento son otros tantos efectos de esas implicaciones fundamentales del poder-saber y de sus transformaciones históricas. En suma, no es la actividad del sujeto de conocimiento lo que produciría un saber, sino que el poder-saber, los procesos y las luchas que lo atraviesan y que lo constituyen, son los que determinan las formas, así como también los dominios posibles del conocimiento.

Analizar el cerco político del cuerpo y la microfísica del poder implica, por lo tanto, que se renuncie a la oposición violencia-ideología, a la metáfora de la propiedad, al modelo del contrato o al de la conquista; en lo que concierne al saber, que se renuncie a la oposición de lo que es “interesado” y de lo que es “desinteresado”, al modelo del conocimiento y a la primacía del sujeto. Podríamos soñar con una “anatomía” política. No sería el estudio de un Estado tomado como un “cuerpo”, tampoco el estudio del cuerpo como un pequeño Estado. Se trataría en él del “cuerpo político” como conjunto de los elementos materiales y de las técnicas que sirven de armas, de relevos, de vías de comunicación y de puntos de apoyo a las relaciones de poder y de saber que cercan los cuerpos humanos y los dominan haciendo de ellos unos objetos de saber.

Se trata de reincorporar las técnicas punitivas –bien se apoderen del cuerpo en el ritual de los suplicios, bien del alma– a la historia de ese cuerpo político. Considerar las prácticas penales menos como una consecuencia de las teorías jurídicas que como un capítulo de la anatomía política.




Kantorowitz ha planteado el “cuerpo del rey” como un cuerpo doble según la teología jurídica formada en la Edad Media (creo que sería algo así como “rey como cuerpo orgánico” y “rey como representante divino” o “como figura real propiamente dicha”). En el otro polo, podríamos imaginar que se coloca al cuerpo del condenado; también tiene él su status jurídico; y solicita todo un discurso teórico, no para fundar el “más poder” que representaba la persona del soberano, sino para codificar el “menos poder” que marca a todos aquellos a quienes se somete a un castigo. El condenado dibuja la figura simétrica e invertida del rey.

El poder excedente que se ejerce sobre el cuerpo sometido del condenado ha suscitado un tipo de desdoblamiento. El de un incorpóreo, de un “alma”. La historia de esta “microfísica” del poder punitivo sería entonces una pieza para una genealogía del “alma” moderna. En esta alma, hay que reconocer el correlato actual de cierta tecnología del poder sobre el cuerpo. No se debería decir que el alma es una ilusión, o un efecto ideológico. Pero sí que existe, que tiene una realidad, que está producida permanentemente en la superficie y en el interior del cuerpo por el funcionamiento de un poder que se ejerce sobre aquellos a quienes se castiga, de una manera más general sobre aquellos a quienes se vigila, se educa y corrige, sobre aquellos a quienes se sujeta a un aparato de producción. Realidad histórica de esa alma, que a diferencia del alma representada por la teología cristiana, no nace culpable y castigable, sino que nace más bien de procedimientos de castigo, de vigilancia, de pena y de coacción. Esta alma real e incorpórea no es en absoluto sustancia; es el elemento en el que se articulan los efectos de determinado tipo de poder y la referencia de un saber, el engranaje por el cual las relaciones de saber dan lugar a un saber posible, y el saber prolonga y refuerza los efectos del poder. Sobre esta realidad se han construido conceptos diversos: psique, subjetividad, personalidad, conciencia, etc.; sobre ella se han edificado técnicas y discursos científicos. No se ha sustituido el alma, ilusión de los teólogos, por un hombre real, objeto de saber, de reflexión filosófica o de intervención técnica. El hombre de que se nos habla y que se nos invita a liberar es ya en sí el efecto de un sometimiento mucho más profundo que él mismo. Un “alma” lo habita y lo conduce a la existencia, que es una pieza en el dominio que el poder ejerce sobre el cuerpo. El alma, efecto e instrumento de una anatomía política; el alma, prisión del cuerpo.

Los castigos en general y la prisión corresponden a una tecnología política del cuerpo. Se han producido en el mundo rebeliones de presos. En su desarrollo había algo paradójico: eran contra toda una miseria física que data de más de un siglo (frío, hacinamiento, falta de aire, hambre, golpes), pero también contra las prisiones modelo, contra los tranquilizantes, contra el aislamiento, contra el servicio médico o educativo. Era realmente de los cuerpos y de las cosas materiales de lo que se trataba en todos esos movimientos, del mismo modo que se trata de ello en los innumerables discursos que la prisión ha producido desde los comienzos del S XIX. Una rebelión a nivel de los cuerpos, contra el cuerpo mismo de la prisión. Lo que estaba en juego era la materialidad de la prisión, en la medida en que es instrumento y vector de poder; era toda esa tecnología del poder sobre el cuerpo, que la tecnología del “alma” –la de los educadores, de los psicólogos y de los psiquiatras– no consigue ni enmascarar ni compensar, por la razón de que no es sino uno de sus instrumentos. De esa prisión es de la que quisiera hacer la historia, historia del presente.



Foucault estudiará el nacimiento de la prisión únicamente en el sistema penal francés. Las diferencias en los desarrollos históricos y las instituciones harían demasiado laboriosa la tarea de restituir el fenómeno de conjunto.


DISCIPLINA
I. LOS CUERPOS DÓCILES

La figura ideal del soldado tal como se describía aún a comienzos del S XVII. Es alguien a quien se reconoce desde lejos. Representa un cuerpo apto según determinadas características (vigor, valentía, buena marcha, cabeza erguida, estómago levantado, etc, etc, etc). Segunda mitad del S XVIII: el soldado se ha convertido en algo que se fabrica, de un cuerpo inepto se ha hecho la máquina que se necesitaba.

Ha habido en el curso de la edad clásica un descubrimiento del cuerpo como objeto y blanco de poder. Cuerpo que se manipula, que se da forma, que se educa, que obedece. El gran libro del Hombre-máquina ha sido escrito en dos registros:
el anátomo-metafísico, del que Descartes había compuesto las primeras páginas, y que médicos y filósofos continuaron (óptica médica y filosófica). Se trata aquí de funcionamiento y explicación; de un cuerpo analizable.
el técnico-político, que estuvo constituido por reglamentos (militares, escolares, hospitalarios) y por procedimientos empíricos y reflexivos. Se trata aquí de sumisión y utilización; de un cuerpo manipulable.
Estos dos registros se hallan unidos por la noción de docilidad. Es dócil un cuerpo que puede ser sometido, utilizado, transformado y perfeccionado. Estos esquemas de docilidad, de tanto interés para el S XVIII, no son los primeros en plantear el cuerpo como objeto de intereses, pero hay cosas nuevas en estas técnicas. En primer lugar, la escala de control: no se trata al cuerpo como unidad indisociable, sino que se lo trabaja en sus partes, se ejerce sobre él una coerción (sujeción) débil. En segundo lugar, el objeto de control: ya no los elementos significantes de la conducta o el lenguaje del cuerpo, sino la economía, la eficacia de los movimientos, su organización interna. En fin, la modalidad implica una coerción constante que vela sobre los procesos de la actividad más que sobre su resultado.




Por lo tanto, llamamos DISCIPLINAS a estos métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad. Estas han llegado a ser, en el transcurso de los S XVII y XVIII fórmulas generales de dominación. Se diferencian:
de la esclavitud (no se fundan en una relación de apropiación de los cuerpos),
de la domesticidad (que es una relación de dominación constante, masiva, no analítica, ilimitada y establecida bajo el “capricho” del amo),
del vasallaje o feudalismo (relación de sumisión extremadamente codificada que atañe más a los productos del trabajo que a las operaciones del cuerpo),
del ascetismo y de las “disciplinas” de tipo monástico (que garantizan renunciaciones más que aumentos de utilidad y que, si bien implican la obediencia a otro, tienen por objeto principal un aumento del dominio de uno sobre su propio cuerpo).
El momento histórico de la disciplina es cuando nace un arte del cuerpo humano pensado como cuanto más obediente, más útil. El cuerpo humano entra en un mecanismo de poder que lo desarticula y lo recompone. Una “anatomía política”, una “mecánica del poder” está naciendo, definiendo cómo se puede hacer que los cuerpos operen como se quiere. La disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos “dóciles”. La disciplina disocia el poder del cuerpo, hace de este poder una “aptitud”, una “capacidad” que trata de aumentar la potencia, convirtiéndola en una relación de sujeción estricta.

Esta nueva anatomía política como una multiplicidad de procesos con frecuencia menores y de localización diseminada. Se los encuentra actuando en colegios, en escuelas elementales, en hospitales, en el ejército. Casi siempre se han impuesto para responder a exigencias de coyuntura.
(Foucault no hará una historia de las instituciones disciplinarias, sino que señalará algunos ejemplos para teorizar en base a ellos).

La disciplina es una anatomía política del detalle.
En esta tradición de la eminencia del detalle aparecerá en la educación cristiana, en la pedagogía escolar o militar, en todas las formas finalmente de encauzamiento de la conducta. Para el hombre disciplinado, como para el verdadero creyente, ningún detalle es indiferente.Una observación minuciosa del detalle, y una consideración política de estas pequeñas cosas, para el control y la utilización de los hombres, se abre paso a través de la época clásica, llevando consigo un conjunto de técnicas, un corpus de procedimientos y de saber, de descripciones, y de datos. Y de estas fruslerías (cosas de poco valor) ha nacido el hombre del humanismo moderno.



EL ARTE DE LAS DISTRIBUCIONES

La disciplina procede a la distribución de los individuos en el espacio. Para ellos emplea varias técnicas.

1. La clasura, la especificación de un lugar heterogéneo a todos los demás y cerrado sobre sí mismo. Lugar protegido de la monotonía disciplinaria. Ejemplos: colegios con el modelo de “convento”, cuarteles, talleres manufactureros (por ej. Toufait construye Le Creusot en el valle de la Charbonnièrem e instala en la fábrica misma alojamientos para obreros, constituyendo un nuevo tipo de control. La fábrica así se asemeja al convento, a la fortaleza, a una ciudad cerrada: “el guardián no abrirá las puertas hasta la entrada de los obreros, y luego que la campana que anuncia la reanudación de los trabajos haya sonado”; 15min después nadie tendrá derecho a entrar; al final de la jornada, los jefes de taller tienen la obligación de entregar las llaves al portero para que abra las puertas).

2. La localización elemental o división en zonas, espacios. A cada individuo su lugar. Evitar las distribuciones por grupos, analizar las pluralidades confusas. Es preciso anular los efectos de las distribuciones indecisas. Se trata de saber dónde y cómo encontrar a los individuos, poder en cada instante vigilar la conducta de cada cual, apreciarla, sancionarla, medir las cualidades. Procedimiento para dominar y para utilizar. La disciplina organiza el espacio analítico, el espacio celular.

3. Los emplazamientos funcionales van progresivamente a codificar en las instituciones disciplinarias un espacio que la arquitectura dejaba en general disponible y dispuesto para varios usos. Se fijan lugares determinados para responder a la necesidad de vigilar, de romper las comunicaciones peligrosas y de crear un espacio útil. Ejemplos: en hospitales militares y navales (para la vigilancia médica de enfermedades y de contagios). Las disposiciones de la vigilancia fiscal y económica preceden las técnicas de la observación médica: localización de medicamentos en cofres cerrados, registro de su utilización, poco después identificación de enfermos, más tarde aislamiento de los contagiosos, las camas separadas. Poco a poco, un espacio administrativo y político se articula en espacio terapéutico. Nace de la disciplina un espacio médicamente útil.
Otro ejemplo: en las fábricas a fines del S XVIII se complica el principio de división en zonas individualizantes. Se trata a la vez de distribuir a los individuos en un espacio en el que es posible aislarlos y localizarlos; pero también de articular esta distribución sobre un aparato de producción que tiene exigencias propias. Así en una manufactura en Jouy, la planta baja se destina al estampado, y hay dos hileras a lo largo de la sala donde cada estampador trabaja en su mesa. Recorriendo el pasillo central es posible vigilar general e individualmente. La producción se divide. Bajo la división del proceso de producción, se encuentra, en el nacimiento de la gran industria, la descomposición individualizante de la fuerza de trabajo; las distribuciones del espacio disciplinario han garantizado a menudo una y otra.

4. El rango. En la disciplina los elementos son intercambiables, puesto que cada uno se define por el lugar que ocupa en una serie, y por la distancia que lo separa de los otros. La unidad en ella no es pues ni el territorio (unidad de dominación), ni el lugar (unidad de residencia), sino el rango: el lugar que se ocupa en una clasificación. La disciplina, arte del rango y técnica para la transformación de las combinaciones. Individualiza los cuerpos por una localización que no los implanta, pero los distribuye y los hace circular en un sistema de relaciones. Ejemplo: el “rango”, en el S XVIII, comienza a definir la gran forma de distribución de los individuos en el orden escolar: hileras de alumnos en clase, en los pasillos y los estudios; alineamiento de los grupos de edad unos a continuación de los otros; sucesión de las materias enseñadas según un orden de dificultad creciente. Y en estos alineamientos obligatorios, cada alumno de acuerdo a su edad, a sus adelantos y a su conducta, ocupa un orden determinado, un rango. Movimiento perpetuo en el que los individuos sustituyen unos a otros en un espacio ritmado por intervalos alineados.

La organización de un espacio serial fue una de las grandes mutaciones técnicas de la enseñanza elemental. Permitió sobrepasar el sistema tradicional (un alumno que trabaja unos minutos con el maestro, mientras el grupo permanece ocioso y sin vigilancia). Al asignar lugares individuales ha organizado una nueva economía del tiempo de aprendizaje. El espacio escolar como una máquina de aprender, pero también de vigilar.

Al organizar las “celdas”, los “lugares” y los “rangos”, fabrican las disciplinas espacios complejos: arquitectónicos, funcionales y jerárquicos a la vez. Recortan segmentos individuales e instauran relaciones operatorias. Espacios mixtos: reales (rigen la disposición de pabellones, salas, mobiliarios), pero ideales (se proyectan sobre la ordenación de las caracterizaciones, de las jerarquías). La primera de las grandes operaciones de la disciplina es pues la constitución de “cuadros vivos” que transforman las multitudes confusas, inútiles o peligrosas, en multiplicidades ordenadas. Esta constitución ha sido uno de los grandes problemas de la tecnología científica, política y económica del S XVIII: controlar, regularizar la circulación de las mercancías y de la moneda, inspeccionar a los hombres, distribuir los enfermos y clasificar las enfermedades: operaciones en que los dos constituyentes –distribución y análisis, control e inteligibilidad– son solidarios el uno con el otro. El cuadro en el S XVIII es una técnica de poder y un procedimiento de saber. Se trata de organizar lo múltiple.


Pero el cuadro no desempeña la misma función en estos diferentes registros. En la economía, permite la medida de las cantidades y el análisis de los movimientos. En la taxonomía, caracteriza y constituye clases (por tanto reduce las singularidades). Pero en la distribución disciplinaria, la ordenación en cuadro tiene como función, por el contrario, distribuir la multiplicidad y obtener de ella el mayor número de efectos posibles. Mientras que la taxonomía natural se sitúa sobre el eje que va del carácter a la categoría, la táctica disciplinaria se sitúa sobre el eje que une lo singular con lo múltiple. Permite a la vez la caracterización del individuo como individuo, y la ordenación de una multiplicidad dada. Es condición primera para el control y el uso de un conjunto de elementos distintos: la base para una microfísica de un poder celular.

DISCIPLINA
EL CONTROL DE LA ACTIVIDAD

1) El empleo del tiempo es una vieja herencia (las comunidades monásticas habían sugerido su modelo estricto y rápidamente se difundió). Sus tres grandes procedimientos –establecer ritmos, obligar a ocupaciones determinadas, regular los ciclos de repetición– coincidieron muy pronto en colegios, talleres, hospitales. El rigor del tiempo industrial ha conservado durante siglos un ritmo religioso. Durante siglos, las órdenes religiosas han sido maestras de disciplina: eran los especialistas del tiempo, grandes técnicos del ritmo y de las actividades regulares.
Pero estos procedimientos de regularización temporal que las disciplinas heredan, ellas mismas los modifican. Se ponen a contar en cuartos de hora, en minutos, en segundos. En las escuelas elementales, el recorte del tiempo se hace cada vez más útil. La extensión progresiva del salariado lleva aparejada una división ceñida del tiempo (pensemos lo que pasaría si los obreros llegaran 15min después de haber tocado la campana...). Pero se busca también asegurar la calidad del tiempo empleado: control ininterrumpido, presión de los vigilantes, supresión de todo cuanto puede turbar y distraer, se trata de construir un tiempo íntegramente útil. El tiempo medido y pagado debe ser también un tiempo sin defectos, a lo largo del cual permanezca el cuerpo aplicado a su ejercicio. La exactitud y la aplicación son, junto con la regularidad, las virtudes fundamentales del tiempo disciplinario. Pero esto no es lo más nuevo. Otros procedimientos son más característicos de las disciplinas.

2) La elaboración temporal del acto. Se ha pasado de una forma de conminación que medía o ritmaba los gestos a una trama que los coacciona y los sostiene a lo largo de todo su encadenamiento. Se define una especie de esquema anátomo-cronológico del comportamiento. El acto queda descompuesto en sus elementos; la posición del cuerpo, de los miembros, de las articulaciones se halla definida. El tiempo penetra el cuerpo, y con él todo los controles minuciosos del poder. (para ilustrar, ver ej. de la marcha de una tropa en el S XVII y en el S XVIII).




3) Establecimiento de correlación del cuerpo y del gesto. El control disciplinario no consiste simplemente en enseñar o en imponer una seria de gestos definidos; impone la mejor relación entre un gesto y la actitud global del cuerpo. En el buen empleo del cuerpo, que permite un buen empleo del tiempo, nada debe permanecer ocioso o inútil. Un cuerpo disciplinado es el apoyo de un gesto eficaz. Ejemplo: una buena letra supone toda una rutina cuyo código riguroso domina el cuerpo por entero (Foucault aquí cita un par de “reglas” de postura y posición que solían enseñarse en colegios para escribir clara y rápidamente).

4) La articulación cuerpo-objeto. La disciplina define cada una de las relaciones que el cuerpo debe mantener con el objeto que manipula. (Aquí Foucault da el ejemplo de la división en tres tiempos que se debe seguir para el manejo de un arma, según una ordenanza de 1766). Este ejemplo consiste en una descomposición del gesto global en dos series: la de los elementos del cuerpo que hay que poner en juego, y la de los elementos del objeto que se manipula; después pone en correlación los unos con los otros según ciertos gestos simples. El poder viene a deslizarse sobre toda la superficie de contacto entre el cuerpo y el objeto que manipula; los amarra el uno al otro. Constituye un complejo cuerpo-arma, cuerpo-instrumento, cuerpo-máquina. Se está lejos de aquellas formas de sujeción que no pedían al cuerpo otra cosa que signos o productos, formas de expresión o el resultado del trabajo. La reglamentación impuesta por el poder es al mismo tiempo la ley de construcción de la operación. Este carácter del poder disciplinario tiene una función de síntesis, de vínculo coercitivo (que sujeta, que contiene) con el aparato de producción.

5) La utilización exhaustiva. El principio subyacente en el empleo del tiempo en su forma tradicional era esencialmente negativo; principio de no ociosidad (no derrochar el tiempo). La disciplina procura una economía positiva; plantea el principio de una utilización teóricamente creciente siempre del tiempo: agotamiento más que empleo. Hay que tratar de intensificar el uso del menor instante, como si pudiera unirse el máximo de rapidez con el máximo de eficacia. Cuanto más se descompone el tiempo, mejor se lo desarticula desplegando sus elementos internos bajo una mirada que los controla, más se puede acelerar entonces una operación. Ejemplo: la escuela de enseñanza mutua como aparato para intensificar la utilización del tiempo; su organización permitía eludir el carácter lineal y sucesivo de la enseñanza del maestro. Cada instante estaba lleno de actividades múltiples, pero ordenadas, y el ritmo estaba regido por señales; imponía a todos unas normas temporales que debían acelerar el proceso de aprendizaje y enseñar la rapidez como virtud.



A través de esta técnica de sujeción, se está formando un nuevo objeto; lentamente, va ocupando el puesto del cuerpo mecánico. Este objeto nuevo es el cuerpo natural, el cuerpo susceptible de operaciones especificadas, que tienen su orden, su tiempo, sus condiciones internas, sus elementos constitutivos. El cuerpo, al convertirse en blanco para nuevos mecanismos del poder, se ofrece a nuevas formas de saber. Cuerpo del ejercicio, cuerpo manipulado por la autoridad, del encauzamiento útil, pero en el cual se anunciará cierto número de exigencias de naturaleza y de coacciones funcionales. En el ejercicio que se le impone y al que resiste, el cuerpo rechaza espontáneamente lo incompatible: “Éntrese en la mayoría de nuestras escuelas de ejercicio, y se verá a los soldados en actitudes violentas y forzadas, se verán todos sus músculos contraídos, la circulación de la sangre interrumpida...” (de un Ensayo general de táctica escrito en 1772).

Hemos visto cómo los procedimientos de la distribución disciplinaria tenían su lugar entre las técnicas contemporáneas de clasificación y de disposición en cuadro; pero cómo introducían el problema específico de los individuos y de la multiplicidad.


Los controles disciplinarios de la actividad se sitúan entre todas las investigaciones sobre la maquinaría natural de los cuerpos; el comportamiento y sus exigencias orgánicas van a sustituir poco a poco la simple física del movimiento. El cuerpo, al que se pide ser dócil, hasta en sus menores operaciones, opone y muestra condiciones de funcionamiento propias de un organismo. El poder disciplinario tiene como correlato una individualidad no sólo analítica y “celular”, sino natural y “orgánica”.


DISCIPLINA
LA ORGANIZACIÓN DE LA GÉNESIS

En 1667 la creación de la manufactura de los Gobelinos preveía la organización de una escuela. Se elegían 60 niños y se los confiaba a un maestro que les daría educación e instrucción, y después serían colocados como aprendices con los diferentes maestros tapiceros. Después de seis años, cuatro de servicio y una prueba de suficiencia, tenían derecho a “levantar y abrir establecimiento” en cualquier ciudad del reino.
Se encuentran aquí las características del aprendizaje corporativo: relación de dependencia individual y total a la vez respecto del maestro; duración estatutaria de la formación que termina por una prueba calificadora, pero que no se descompone de acuerdo a un programa precioso; intercambio global entre el maestro y el aprendiz que debe dar sus servicios, y con frecuencia una retribución. La forma de servidumbre va mezclada con una transferencia de conocimiento.

En 1737, un edicto organiza una escuela de dibujo para los aprendices de los Gobelinos; no destinada a reemplazar la formación con los maestros obreros, sino a completarla. Se controla, se divide en clases de acuerdo a los conocimientos de dibujo, etc, etc.

La escuela de los Gobelinos es el ejemplo de un fenómeno importante: el desarrollo, en la época clásica, de una nueva técnica para ocuparse del tiempo de las existencias singulares. Las disciplinas, que analizan el espacio, que descomponen y recomponen las actividades, deben ser también comprendidas como aparatos para sumar y capitalizar el tiempo utilizando cuatro procedimientos (claramente ejemplificados en la organización militar).





Dividir la duración en segmentos, sucesivos o paralelos, cada uno de los cuales debe llegar a un término especificado. Descomponer el tiempo en trámites separados y ajustados. Por ej. aislar el tiempo de formación y el período de la práctica (como en nuestra facultad).


Organizar estos trámites de acuerdo con un esquema analítico: sucesiones de elementos tan simples como sea posible, combinándose según una complejidad creciente. Lo cual supone que la instrucción abandone el principio de repetición analógica.


Finalizar estos segmentos temporales, fijarles un término marcado por una prueba que tiene por triple función indicar si el sujeto ha alcanzado el nivel estatutario, garantizar la conformidad de su aprendizaje con el de los demás y diferenciar las dotes de cada individuo.


Disponer series de series; prescribir cada una, según su nivel, su antigüedad y su grado, los ejercicios que le convienen; los ejercicios comunes tienen un papel diferenciador y cada diferencia lleva consigo ejercicios específicos. Al término de cada serie, comienzan otras, forman una ramificación, y se subdividen a su vez. Cada individuo está incluido en una serie temporal, que define específicamente su nivel o su rango.
Es este tiempo disciplinario el que se impone poco a poco a la práctica pedagógica, especializando el tiempo de formación y separándolo del tiempo adulto, del tiempo del oficio adquirido; disponiendo diferentes estadios separados por pruebas graduales; determinando programas que deben desarrollarse cada uno durante una fase determinada, y que implican ejercicios de dificultad creciente; calificando a los individuos según la manera en que han recorrido estas series. El tiempo disciplinario ha sustituido el tiempo “iniciático” de la formación tradicional (tiempo global, controlado únicamente por el maestro, sancionado por una prueba única). Fórmase toda una pedagogía analítica, muy detallista (decompone hasta en sus elementos más simples la materia de enseñanza, jerarquiza en grados próximos cada fase del progreso).
La disposición en “serie” de las actividades sucesivas da la posibilidad de un control detallado y de una intervención puntual (de diferenciación, corrección, depuración, eliminación) en cada momento del tiempo; posibilidad de caracterizar, y por tanto de utilizar a los individuos según el nivel que tienen en las series. El poder se articula directamente sobre el tiempo, asegurando su control y garantizando su uso.


Los procedimientos disciplinarios hacen aparecer un tiempo lineal, un tiempo evolutivo cuyos momentos se integran unos a otros. Al mismo tiempo, las técnicas administrativas y económicas de control hacían aparecer un tiempo social de tipo serial, orientado y acumulativo; descubrimiento de una evolución en términos de “progreso”. En cuanto a las técnicas disciplinarias, hacen emerger series individuales: descubrimiento de una evolución en términos de “génesis”. Progreso de las sociedades, génesis de los individuos, estos dos grandes “descubrimientos” del siglo XVIII son quizás correlativos de las nuevas técnicas de poder y de una nueva manera de administrar el tiempo y hacerlo útil al segmentarlo. Una macro y una microfísica de poder han permitido la integración de una dimensión temporal, unitaria, continua, acumulativa en el ejercicio de los controles y la práctica de las dominaciones. La historicidad “evolutiva” tal como se constituye entonces está vinculada a un modo de funcionamiento del poder. Con las nuevas técnicas de sometimiento, la “dinámica” de las evoluciones continuas tiende a reemplazar la “dinástica” de los acontecimientos solemnes.

El pequeño continuo temporal de la individualidad-génesis parece ser como la individualidad-célula o la individualidad-organismo, efecto y objeto de la disciplina. Y en el centro de esta seriación del tiempo se encuentra un procedimiento que es, para la disciplina, lo que era la disposición en “cuadro” para la distribución de los individuos y el recorte celular; o también lo que era la “maniobra” para la economía de las actividades y el control orgánico. Se trata del “ejercicio”: técnica por la cual se imponen a los cuerpos tareas a la vez repetitivas y diferentes, pero siempre graduadas. Influyendo sobre el comportamiento, el ejercicio permite una perpetua caracterización del individuo. Garantiza un crecimiento, una observación, una calificación. Antes de tener esta forma estrictamente disciplinaria, el ejercicio ha tenido una larga historia: se lo encuentra en prácticas militares, religiosas, universitarias. Su organización lineal, progresiva, su desarrollo genético a lo largo del tiempo son, al menos en el ejército y en la escuela, de introducción tardía y, sin duda, de origen religioso. Bajo su forma mística o ascética, el ejercicio era una manera de ordenar el tiempo terreno en la conquista de la salvación. Va poco a poco, en la historia de Occidente, a invertir su sentido conservando algunas características: sirve para economizar el tiempo de la vida, para acumularlo en una forma útil, y para ejercer el poder sobre los hombres por medio del tiempo así dispuesto. El ejercicio, convertido en elemento en una tecnología política del cuerpo y de la duración, tiende a una sujeción que no ha acabado jamás de completarse.

DISCIPLINA
LA COMPOSICIÓN DE FUERZAS

Desde fines S XVII el problema técnico de la infantería ha sido el de liberarse del modelo físico de la masa. Se busca hacer útil a cada individuo y rentable la formación de las tropas. Pero estas razones económicas han llegado a ser determinantes a partir de la invención del fusil: permitía explotar la potencia de fuego al nivel individual; e inversamente, hacía de todo soldado un blanco posible, exigiendo por ello una mayor movilidad.

Ocasionaba, por tanto, la desaparición de una técnica de masas en provecho de las unidades y los hombres a lo largo de líneas prolongadas, relativamente flexibles y móviles. De ahí la necesidad de inventar una maquinaria cuyo principio no fuera ya la masa móvil o inmóvil, sino, una geometría de segmentos divisibles cuya unidad de base fuera el soldado móvil con su fusil.

Los mismos problemas cuando se trata de constituir una fuerza productiva cuyo efecto deba ser superior a la suma de las fuerzas elementales que la componen. “La fuerza productiva específica de la jornada laboral combinada es una fuerza productiva social de trabajo, o fuerza del trabajo social. Surge de la cooperación misma” (Marx).

Aparece así una exigencia nueva para la disciplina: construir una máquina cuyo efecto se llevará al máximo por la articulación concertada de las piezas elementales de que está compuesta. La disciplina no es ya simplemente un arte de distribuir cuerpos, de extraer de ellos y de acumular tiempo, sino de componer unas fuerzas para obtener un aparato eficaz. Esta exigencia se traduce de diversas maneras.





El cuerpo singular se convierte en un elemento que se puede colocar, mover, articular sobre otros (combinación de los cuerpos). Su fuerza no es ya la variable principal que lo define, sino el lugar que ocupa, la regularidad. El hombre de tropa es un fragmento de espacio móvil, antes de ser una valentía o un honor. Reducción funcional del cuerpo, pero también inserción de este cuerpo-segmento en un conjunto sobre el cual se articula. El cuerpo se constituye como pieza de una máquina multisegmentaria.


Piezas igualmente, las diversas series cronológicas que la disciplina debe combinar para formar un tiempo compuesto, de manera que la cantidad máxima de fuerzas pueda ser extraída de cada cual y combinada en un resultado óptimo. Ejemplo: se apela en los grandes talleres a niños y ancianos como mano de obra barata. También se ha comenzado por confiar a los escolares mayores tareas de simple vigilancia, después de control del trabajo, y más tarde de enseñanza: todo el tiempo de los alumnos ha quedado ocupado en enseñar o en ser enseñado, contribuyendo así al proceso general de enseñanza.


Esta combinación cuidadosamente medida de las fuerzas exige un sistema preciso de mando. Toda la actividad del individuo disciplinado debe ser sostenida por órdenes terminantes cuya eficacia reposa en la brevedad y la claridad; la orden es precisa y basta que provoque el comportamiento deseado. Ejemplo: entre el maestro que impone la disciplina y aquel que le está sometido, la relación es de señalización: se trata no de comprender la orden, sino de percibir la señal. Situar los cuerpos en un mundo se señales a cada una de las cuales está adscrita una respuesta obligada. El soldado disciplinado comienza a obedecer mándesele lo que se le mande. La educación de los escolares debe hacerse de la misma manera: pocas palabras, ninguna educación. El alumno deberá aprender el código de señales y responder automáticamente a cada una de ellas.


En resumen, puede decirse que la disciplina fabrica a partir de los cuerpos que controla cuatro tipo de individualidad, o más bien, una individualidad dotada de cuatro características: es celular (por el juego de la distribución espacial), es orgánica (por el cifrado de las actividades), es genética (por la acumulación del tiempo), es combinatoria (por la composición de fuerzas). Y para ello utiliza cuatro grandes técnicas: construye cuadros; prescribe maniobras; impone ejercicios; en fin, para garantizar la combinación de las fuerzas, dispone “tácticas”. La táctica, arte de construir, con los cuerpos localizados, las actividades codificadas y las aptitudes formadas, unos aparatos donde el producto de las fuerzas diversas se encuentra aumentado por su combinación calculada, es la forma más elevada de la práctica disciplinaria. En este saber, los teóricos del S XVIII veían el fundamente general de la práctica militar.

Es posible que la guerra como estrategia sea la continuación de la política. La “política” ha sido la continuación del modelo militar como medio fundamental para prevenir la alteración civil. La política ha tratado de utilizar el dispositivo del ejército perfecto, de la masa disciplinada. Si hay una serie política-guerra que pasa por la estrategia, hay una serie ejército-política que pasa por la táctica. Es la estrategia la que permite comprender la guerra como una manera de conducir la política entre los Estados; es la táctica la que permite comprender el ejército como un principio para mantener la ausencia de guerra en la sociedad civil. Los historiadores de las ideas atribuyen fácilmente a filósofos y juristas del S XVIII el sueño de una sociedad perfecta; pero ha habido también un sueño militar de la sociedad; su referencia fundamental se hallaba no en el estado de naturaleza, sino en los engranajes cuidadosamente subordinados de una máquina, en las coerciones permanentes, en la educación y formación indefinidamente progresivos, no en la voluntad general, sino en la docilidad automática. Los militares y los técnicos de la disciplina, elaboraban los procedimientos para la coerción individual y colectiva de los cuerpos.

II. LOS MEDIOS DEL BUEN ENCAUZAMIENTO
El poder disciplinario tiene como función principal “enderezar conductas”. No encadena las fuerzas para reducirlas; lo hace para multiplicarlas y usarlas. Lleva sus procedimientos de descomposición hasta las singularidades. “Encauza” las multitudes móviles, confusas, inútiles de cuerpos y de fuerzas en una multiplicidad de elementos individuales –pequeñas células separadas, autonomías orgánicas, identidades y continuidades genéticas, segmentos combinatorios. La disciplina “fabrica” individuos como objetos y como instrumentos de su ejercicio. No es un poder triunfante, es un poder modesto que funciona según el modelo de una economía calculada y permanente.

Procedimientos menores, si se comparan con los rituales majestuosos de la soberanía o con los grandes aparatos del Estado. Y son ellos los que van a invadir poco a poco esas formas mayores, a modificar sus mecanismos y a imponer sus procedimientos. El éxito del poder disciplinario se debe al uso de instrumentos simples: la inspección jerárquica, la sanción normalizadora y su combinación en un procedimiento específico: el examen.

LA VIGILANCIA JERÁRQUICA

El ejercicio de la disciplina supone un aparato en el que las técnicas que permiten ver inducen efectos de poder y donde, de rechazo, los medios de coerción hacen visibles aquellos sobre quienes se aplican. En el transcurso de la época clásica, vemos construirse esos “observatorios” de la multiplicidad humana. Al lado de la gran tecnología de los anteojos, de las lentes, ha habido las pequeñas técnicas de las vigilancias múltiples, miradas ven sin ser vistas.

Estos observatorios tienen un modelo casi ideal: el campamento militar, como ciudad apresurada y artificial. El viejo y tradicional plano cuadrado ha sido afinado de acuerdo con innumerables esquemas. Se dibuja la red de las miradas que se controlan unas a otras. El campamento es el diagrama de un poder que actúa por el efecto de una visibilidad general. Durante mucho tiempo se encontrará en el urbanismo, en la construcción de ciudades obreras, de hospitales, de asilos, de prisiones, este modelo del campamento o al menos el principio subyacente: el encaje espacial de las vigilancias jerarquizadas.

Una arquitectura que ya no está hecha simplemente para ser vista, sino para permitir un control interior, articulado y detallado. El viejo esquema simple del encierro y de la clausura –del muro grueso, de la puerta sólida– comienza a ser sustituido por el cálculo de las aberturas, de los pasos y de las trasparencias. Así se organiza poco a poco el hospital-edificio como instrumento de acción médica: debe permitir observar bien a los enfermos, debe impedir los contagios. El hospital ya no simplemente como lugar para la miseria y la muerte cercana, sino como operador terapéutico. Igualmente la escuela-edificio debe ser un operador de encauzamiento de la conducta (ej. de la escuela militar). Las instituciones disciplinarias han secretado una maquinaria de control que ha funcionado como un microscopio de la conducta; las divisiones tenues y analíticas que han realizado han llegado a formar un aparato de observación, de registro y de encauzamiento de la conducta.





El aparato disciplinario perfecto permitiría a una sola mirada verlo todo permanentemente: ojo al cual nada se sustrae y centro hacia el cual están vueltas todas las miradas.

Necesita descomponer sus instancias, pero para aumentar su función productora. Especificar la vigilancia y hacerla funcional. Es el problema de los grandes talleres y fábricas, donde se organiza un nuevo tipo de vigilancia, diferente del que en los regímenes de las manufacturas realizaban desde el exterior los inspectores. Se trata ahora de un control intenso, continuo, a lo largo de todo el proceso de trabajo; no recae solamente sobre la producción, sino que toma en cuenta la actividad de los hombres, distinta del control doméstico del amo, ya que se efectúa por empleados, vigilantes, contralores y contramaestres. A medida que aumentan el número de obreros y la división del trabajo, las tareas de control se hacen más necesarias y más difíciles. Vigilar pasa a ser una función definida, integrante del proceso de producción. Se hace indispensable un personal especializado, constantemente presente y distintos de los obreros La vigilancia pasa a ser un operador económico decisivo, a la vez una pieza interna en el aparato de producción y un engranaje del poder disciplinario.

El mismo movimiento en la organización de la enseñanza elemental: especificación de la vigilancia. Se da por ej. el esbozo de una institución de tipo “de enseñanza mutua”, donde están integrados en el interior de un dispositivo único tres procedimientos: la enseñanza propiamente dicha, la adquisición de conocimientos por la actividad pedagógica, y una observación recíproca y jerarquizada. Encontramos en el corazón de la práctica de enseñanza una relación de vigilancia como mecanismo inherente que multiplica su eficacia.




La vigilancia jerarquizada, continua y funcional, no es una de las grandes “invenciones” técnicas del S XVIII, pero su extensión debe su importancia a las nuevas mecánicas de poder que lleva consigo. El poder disciplinario, gracias a ella, se convierte en un sistema “integrado” vinculado del interior a la economía y a los fines del dispositivo en que se ejerce. Se organiza también como poder múltiple, automático y anónimo; su funcionamiento es el de un sistema de relaciones de arriba abajo, pero también de abajo arriba y lateralmente (en redes): vigilantes perpetuamente vigilados. El poder en la vigilancia jerarquizada de las disciplinas no se transfiere como una propiedad; funciona como una maquinaria. La organización piramidal le da un “jefe”, pero es el aparato entero el que produce “poder” y distribuye los individuos en ese campo continuo. Lo cual permite al poder disciplinario ser indiscreto, siempre alerta, no dejando ninguna zona de sombra y controlando a aquellos mismos que están encargados de controlarlo; y discreto ya que funciona en silencio. Gracias a las técnicas de vigilancia, la “física” del poder, el dominio sobre el cuerpo se efectúan de acuerdo con las leyes de la óptica y de la mecánica, con todo un juego de espacios, líneas, pantallas, y sin recurrir, en principio al menos, a la violencia.

SANCIÓN NORMALIZADORA

En el centro de todo sistema disciplinario funciona un pequeño mecanismo penal. Las disciplinas establecen una “infra-penalidad”; reticulan un espacio que las leyes dejan vacío al reprimir conductas que su relativa indiferencia hacía sustraerse a los grandes sistemas de castigo. En el taller, en la escuela, en el ejército, reina una verdadera micropenalidad del tiempo (retrasos, ausencias, interrupciones de tareas), de la actividad (falta de atención, descuido), de la manera de ser (descortesía, desobediencia), de la palabra (charla, insolencia), del cuerpo (actitudes “incorrectas”, gestos impertinentes, suciedad), de la sexualidad (falta de recato, indecencia). Al mismo tiempo se utiliza, como castigos, una serie de procedimientos sutiles, que van desde el castigo físico leve, a privaciones menores y a pequeñas humillaciones. Se trata de hacer penables las fracciones más pequeñas de la conducta, que cada sujeto se encuentre prendido en una universalidad castigable-castigante.


Pero la disciplina lleva consigo una manera específica de castigar, y que no es únicamente un modelo reducido del tribunal. Lo que compete a la penalidad disciplinaria es la inobservancia, todo lo que no se ajusta a la regla: el soldado comete una “falta” siempre que no alcanza el nivel requerido; la “falta” del alumno es una ineptitud para cumplir sus tareas.
El orden que los castigos disciplinarios deben hacer respetar es de índole mixta: es un orden “artificial”, dispuesto por una ley, un reglamento, pero también definido por procesos naturales y observables: la duración de un aprendizaje, el tiempo de un ejercicio, que es también una regla. Los alumnos de las escuelas no son colocados ante una “lección” de la que no son todavía capaces.


El castigo disciplinario tiene por función ser correctivo, reduciendo las desviaciones. Al lado de los castigos tomados directamente del modelo judicial (multas, látigo, calabozo), los sistemas disciplinarios dan privilegio a los castigos del orden del ejercicio –del aprendizaje intensificado, varias veces repetido. El castigo disciplinario es en buena parte isomorfo a la obligación misma; es menos la venganza de la ley ultrajada que su repetición. El efecto correctivo esperado pasa accesoriamente por la expiación y el arrepentimiento; se obtienen directamente por el mecanismo de un encauzamiento de la conducta. Castigar es ejercitar.


El castigo disciplinario es un elemento de un sistema doble: gratificación-sanción. “El maestro debe evitar usar de castigos; por el contrario, debe tratar de hacer que las recompensas sean más frecuentes que las penas” (de un reglamento escolar de 1716). Este mecanismo de dos elementos permite cierto número de operaciones características de la penalidad disciplinaria. La calificación de las conductas y de las cualidades a partir de dos valores opuestos del bien y del mal; se tiene una distribución entre polo positivo y polo negativo; toda la conducta cae en el campo de las buenas y de las malas notas, de los buenos y de los malos puntos. Una contabilidad penal permite obtener el balance punitivo de cada cual. La “justicia” escolar ha llevado muy lejos este sistema. Y así los aparatos disciplinarios jerarquizan a las “buenas” y a las “malas” personas. La disciplina, al sancionar los actos con exactitud, calibra los individuos “en verdad”.


La distribución según los rangos o los grados tiene un doble papel: señalar las desviaciones, jerarquizar las cualidades, competencias y aptitudes; pero también castigar y recompensar. La disciplina recompensa por los ascensos; castiga haciendo retroceder y degradando. El rango por sí mismo equivale a recompensa o castigo. Un ejemplo en una escuela militar muestra el doble efecto de esta penalidad jerarquizante: distribuir los alumnos de acuerdo con sus aptitudes y su conducta; someterlos todos al mismo modelo, para que estén obligados todos juntos a la docilidad.

En suma, el arte de castigar, en el régimen del poder disciplinario no tiende ni a la expiación ni a la represión.



Utiliza cinco operaciones distintas: referir los actos, los hechos extraordinarios, las conductas similares a un conjunto que es a la vez campo de comparación, espacio de diferenciación y principio de una regla que seguir. Diferenciar a los individuos en función de esta regla de conjunto. Medir en términos cuantitativos y jerarquizar en términos de valor las capacidades, el nivel, la “naturaleza” de los individuos. Hacer que juegue, a través de esta medida “valorizante”, la coacción de una conformidad que realizar. La penalidad perfecta que atraviesa todos los puntos, y controla todos los instantes de las instituciones disciplinarias, compara, diferencia, jerarquiza, homogeniza, excluye. En una palabra, normaliza.

Se opone, por tanto, a una penalidad judicial, que tiene por función esencial la de referirse, no a fenómenos observables, sino a un corpus de leyes y de textos; no la de diferenciar a unos individuos, sino de especificar unos actos bajo cierto número de categorías generales; no la de jerarquizar sino la de hacer jugar pura y simplemente la oposición binaria de lo permitido y de lo prohibido; no la de homogenizar, sino la de operar la división de la condena. Los dispositivos disciplinarios han secretado una “penalidad de la norma”, irreductible a la penalidad tradicional de la ley. Las disciplinas han fabricado un nuevo funcionamiento punitivo, y es éste el que poco a poco ha revestido el gran aparato exterior que parecía reproducir modesta o irónicamente. El funcionamiento jurídico-antropológico que se revela en toda la historia de la penalidad moderna tiene su punto de formación en la técnica disciplinaria que ha hecho jugar esos nuevos mecanismos de sanción normalizadora.

Aparece el poder de la Norma, que desde el S XVIII se ha agregado a otros poderes obligándolos a nuevas delimitaciones, el de la Ley, el de la Palabra y del Texto, el de la Tradición. Lo Normal se establece como principio de coerción en la enseñanza con la instauración de una educación estandarizada y el establecimiento de las escuelas normales; en el esfuerzo por organizar un cuerpo médico y un encuadramiento hospitalario capaces de hacer funcionar unas normas generales de salubridad. Como la vigilancia, y con ella la normalización, se torna uno de los grandes instrumentos de poder al final de la época clásica. El poder de normalización obliga a la homogeneidad; pero individualiza al permitir las desviaciones, determinar los niveles, fijar las especialidades y hacer útiles las diferencias ajustando unas a otras. El poder de la norma en el interior de una homogeneidad que es la regla, introduce, como un imperativo útil y el resultado de una medida, las diferencias individuales.

II. LOS MEDIOS DEL BUEN ENCAUZAMIENTO
EL EXAMEN

El examen combina las técnicas de la jerarquía que vigila y las de la sanción que normaliza. Es una mirada normalizadora, una vigilancia que permite calificar, clasificar y castigar. En todos los dispositivos de disciplina el examen se halla altamente ritualizado. Manifiesta el sometimiento de aquellos que están sometidos. La superposición de las relaciones de poder y de las relaciones de saber adquiere en el examen toda su notoriedad visible.


Una de las condiciones esenciales para el desbloqueo epistemológico de la medicina a fines del S XVIII fue la organización del hospital como aparato de “examinar”. El ritual de la visita médica es su forma más llamativa. Una observación regular que pone al enfermo en situación de examen. Dos consecuencias: en la jerarquía interna, el médico, elemento ahora externo, comienza a adquirir preminencia sobre el personal religioso. Aparece la categoría del “enfermero”. El hospital bien “disciplinado” constituirá el lugar adecuado de la “disciplina” médica; ésta podrá entonces perder su carácter textual, y tomar sus referencias en un dominio de objetos ofrecidos al examen.

De la misma manera, la escuela pasa a ser una especie de aparato de examen ininterrumpido que acompaña en toda su longitud la operación de enseñanza. Se tratará de una comparación perpetua que permite medir y sancionar. El examen en la escuela crea un constante intercambio de saberes entre el maestro y el discípulo. La escuela pasa a ser el lugar de elaboración de la pedagogía. Y así como el procedimiento del examen hospitalario ha permitido el desbloqueo epistemológico de la medicina, la época de la escuela “examinatoria” ha marcado el comienzo de una pedagogía que funciona como ciencia.



El examen lleva consigo todo un mecanismo que une cierta forma de ejercicio del poder con cierto tipo de formación de saber.

1) El examen invierte la economía de la visibilidad en el ejercicio del poder. Tradicionalmente, el poder es lo que se ve. Aquellos sobre quienes se ejerce pueden mantenerse en la sombra. En cuanto al poder disciplinario, se ejerce haciéndose invisible, pero imponiendo a aquellos a quienes somete un principio de visibilidad obligatorio. En la disciplina, son los sometidos los que tienen que ser vistos para garantizar el dominio del poder que se ejerce sobre ellos. Y el examen es la técnica por la cual el poder, en lugar de emitir los signos de su potencia, en lugar de imponer su marca a sus sometidos, mantiene a éstos en un mecanismo de objetivación. En el espacio que domina, el poder disciplinario manifiesta su poderío acondicionando objetos. El examen equivale a la ceremonia de esta objetivación.

Hasta aquí el papel de la ceremonia política había sido dar lugar a la manifestación excesiva y regulada de poder. La ceremonia se aparejaba siempre al triunfo. En cuanto a la disciplina, tiene su propio tipo de ceremonia: el “desfile”, forma fastuosa de examen. Los “súbditos” son ofrecidos en él como “objetos” a la observación de un poder que no se manifiesta sino tan sólo por su mirada. No reciben directamente la imagen del poder soberano. La visibilidad apenas soportable del monarca se vuelve visibilidad inevitable de los súbditos. Y esta inversión de visibilidad en el funcionamiento de las disciplinas es lo que garantizará el ejercicio del poder. Entramos en la época del examen infinito y de la observación coactiva.

2) El examen hace entrar también la individualidad en un cambio documental. El examen que coloca a los individuos en un campo de vigilancia los sitúa igualmente en documentos que los captan y los inmovilizan. Los procedimientos de examen han sido inmediatamente acompañados de un sistema de registro intenso y de acumulación documental. Constitúyese un “poder de escritura” como una pieza esencial en los engranajes de la disciplina. Se modela sobre todo de acuerdo con los métodos tradicionales de la documentación administrativa, pero con técnicas particulares e innovaciones. Unas conciernen a los métodos de identificación, de señalización o de descripción. Era el problema de los hospitales, donde había que reconocer a los enfermos, expulsar a los simuladores, seguir la evolución de las enfermedades, verificar la eficacia de los tratamientos. Era el problema de los establecimientos de enseñanza, donde había que caracterizar la aptitud de cada cual, situar su nivel y su capacidad.




De ahí la formación de toda una serie de códigos de la individualidad disciplinaria que permiten transcribir homogeneizando los rasgos individuales establecidos por el examen: código físico de la señalización, código médico de los síntomas, código escolar o militar de las conductas. Estos códigos marcan el momento de una “formalización” inicial de lo individual en el interior de las relaciones de poder.

Las otras innovaciones de la escritura disciplinaria conciernen la puesta en correlación de estos elementos, la acumulación de los documentos, la organización de campos comparativos que permiten clasificar, fijar normas. Los hospitales del S XVIII han sido grandes laboratorios para los métodos escriturarios y documentales. Entre las condiciones fundamentales de una buena “disciplina” médica en los dos sentidos de la palabra, hay que tener en cuenta los procedimientos de escritura que permiten integrar, los datos individuales en sistemas acumulativos, para que se pueda encontrar un individuo en un registro general y para que cada dato del examen individual pueda repercutir en los cálculos de conjunto.

Gracias a todo este aparato de escritura que lo acompaña, el examen abre dos posibilidades correlativas:

la constitución del individuo como objeto descriptible, analizable; en modo alguno para reducirlo a rasgos “específicos” como hacen los naturalistas con los seres vivos, sino para mantenerlo en sus rasgos singulares bajo la mirada de un saber permanente;


la constitución de un sistema comparativo que permite la medida de fenómenos globales, la descripción de grupos, la caracterización de hechos colectivos, la estimación de las desviaciones.
Esas pequeñas técnicas de notación, de registro, que han permitido el desbloqueo epistemológico de las ciencias del individuo. Pero está el pequeño problema histórico de la emergencia, a fines del S XVIII, de lo que se podría colocar bajo la sigla de ciencias “clínicas”; problema de la entrada del individuo (y no ya de la especie) en el campo del saber; problema de la entrada de la descripción singular en el funcionamiento general del discurso científico. A esta simple cuestión corresponde una respuesta sin grandeza: hay que mirar del lado de esos procedimientos de escritura y registro, del lado de los mecanismos de examen, del lado de la formación de los dispositivos de disciplina, y de la formación de un nuevo tipo de poder sobre los cuerpos. ¿El nacimiento de las ciencias del hombre? Hay que buscarlo en esos archivos donde se elaboró el juego moderno de las coerciones sobre cuerpos, gestos, comportamientos.

3) El examen, rodeado de todas sus técnicas documentales, hace de cada individuo un “caso”: un caso que constituye un objeto para un conocimiento y una presa para un poder. El caso es el individuo tal como se lo puede juzgar, medir, comparar y esto en su individualidad misma; y es también el individuo cuya conducta hay que encauzar, a quien hay que clasificar, normalizar, excluir, etc.

Durante mucho tiempo la crónica de un hombre, el relato de su vida, relatada al hilo de su existencia formaban parte de los rituales de poderío. Ahora bien, los procedimientos disciplinarios invierten esa relación, rebajan el umbral de la individualidad descriptible, haciendo de esta descripción un medio de control y un método de dominación. No ya monumento para una memoria futura, sino documento para una utilización eventual. Y esta descriptibilidad nueva es tanto más marcada cuanto que el encuadramiento disciplinario es estricto: el niño, el enfermo, el loco, el condenado pasarán a ser a partir del S XVIII objeto de decisiones individuales y de relatos biográficos. Esta consignación por escrito de las existencias reales funciona como procedimiento de objetivación y de sometimiento.
El examen indica la aparición de una modalidad nueva de poder en la que cada cual recibe como estatuto su propia individualidad, y en la que es estatutariamente vinculado a los rasgos, medidas, desvíos que lo caracterizan y hacen de él un “caso”.

Finalmente, el examen se halla en el centro de los procedimientos que constituyen el individuo como objeto y efecto de poder, como efecto y objeto de saber. Combinando vigilancia jerárquica y sanción normalizadora, garantiza las grandes funciones disciplinarias de distribución y de clasificación, de extracción máxima de las fuerzas y del tiempo, de acumulación genética continua, de composición óptima de las aptitudes. Por lo tanto, de fabricación de la individualidad celular, orgánica, genética y combinatoria. Con él se ritualizan esas disciplinas que se pueden caracterizar diciendo que son una modalidad de poder para el que la diferencia individual es pertinenete.


Las disciplinas marcan el momento en que se efectúa la inversión del eje político de la individualización. En sociedades con régimen feudal la individualización es máxima del lado en que se ejerce la soberanía y en las regiones superiores del poder. Cuanto mayor cantidad de poderío más marcado se está como individuo: una individualización “ascendente”. En cambio, en un régimen disciplinario la individualización es en cambio “descendente”: a medida que el poder se vuelve más anónimo y más funcional, aquellos sobre los que se ejerce tienden a estar más fuertemente individualizados; y por vigilancias más que por ceremonias, por observaciones más que por relatos conmemorativos, por medidas comparativas que tienen la “norma” por referencia, y no por genealogías que dan los antepasados como punto de mira; por “desviaciones” más que por hechos señalados. En un sistema de disciplina, el niño está más individualizado que el adulto, el enfermo más que el hombre sano, el loco más que el normal. Es hacia los primeros a los que se dirigen en nuestra civilización todos los mecanismos individualizantes; y cuando se quiere individualizar al adulto sano es siempre buscando lo que hay en él todavía de niño, la locura secreta que lo habita, el crimen fundamental que ha querido cometer. Todas las ciencias, análisis o prácticas con raíz “psico-” tienen su lugar en esta inversión histórica de los procedimientos de individualización.

El individuo es el átomo ficticio de una representación “ideológica” de la sociedad; pero es también una realidad fabricada por esa tecnología específica de poder que se llama la “disciplina”. Hay que cesar de describir siempre los efectos de poder en términos negativos: “excluye”, “reprime”, “rechaza”, “censura”, “oculta”. De hecho, el poder produce; produce realidad; produce ámbitos de objetos y rituales de verdad. El individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden a esta producción.

DISCIPLINA

III. PANOPTISMO
Fines del SD. XVIII; medidas q’ había q’ adoptar cuando se declaraba la peste: Una estricta división espacial, privación de salir de la zona bajo pena de la vida; división de la ciudad en secciones distintas; cada calle queda bajo la autoridad de un sindico; se ordena a cada cual q’ se encierre en su casa; el sindico cierra personalmente cada casa; cuando es preciso en absoluto salir de la casa se hace por turno y evitando todo encuentro. Hay un espacio petrificado, inmóvil. Cada cual esta pegado a su puesto, y si se mueve, le va con ello la vida, contagio o castigo.

La inspección (vigilancia) funciona sin cesar, la mirada esta por doquier en movimiento. Un cuerpo de milicia, en las puertas, en el ayuntamiento y en todas las secciones. Cada cual encerrado en su jaula, asomándose a la ventana y mostrándose cuando se lo llama, es la gran revista de los vivos y de los muertos.

Esta vigilancia es apoyada por un sistema de registro permanente (informe de los síndicos a los intendentes); al comienzo del “encierro”, se establece, uno por uno, el papel de todos los vecinos presentes en la ciudad. De todo lo q’ se advierte en el curso de las visitas, se toma nota y se transmite a los intendentes y magistrados. Estos tiene autoridad sobre los cuidados médicos de las persona. El registro de lo patológico debe ser constante y centralizado. La relación de cada cual con su enfermedad y su muerte pasa por las instancias de poder, el registro a q’ estas la someten y las decisiones q’ toman.

Cinco o seis días después del comienzo de la cuarentena se procede con la purificación de las casa.

Este espacio cerrado, recortado, vigilado, en todos sus puntos, en el q’ los individuos están insertos en un lugar fijo, en los q’ los menores movimientos se hallan controlados [...] en el q’ el poder se ejerce de acuerdo con una figura jerárquica [...] constituye un modelo compacto del dispositivo disciplinario. A la peste responde el orden. Contra la peste q’ es mezcla, la disciplina hace valer su poder q’ es análisis. La peste como forma a la vez real e imaginaria del desorden tiene como correlato medico y político la disciplina.




Si bien la lepra a suscitado rituales de exclusión y encierro, la peste ha suscitado esquemas disciplinarios. Más q’ la división masiva y binaria entre los unos y los otros, apela a separaciones múltiples, a distribuciones individualizantes, a una organización en profundidades de las vigilancias y de los controles, a una intensificación y ramificación del poder. El leprosos esta prendido en una práctica del rechazo, del exilio-clausura. El gran encierro de una parte, el gran encauzamiento de la conducta por la otra. La lepra y su división, la peste y su reticulado. La una esta marcada, al otra analizada, y repartida. El exilio del leproso y la detención de la peste no llevan con sigo el mismo sueño político. El uno es el de una comunidad pura, el otro el de una sociedad disciplinada. Dos maneras diferentes de ejercer el poder sobre los hombres.

La peste es la prueba en le curso de la cual se puede definir idealmente el ejercicio del poder disciplinario. En le fondo de los esquemas disciplinarios la imagen de la peste vale por todas las confusiones y desordenes; del mismo modo que la imagen de la lepra, del contacto que cortar, se halla en el fondo de los esquemas de exclusión.
Lentamente, se le ve aproximarse, y corresponde al S XiX haber aplicado al espacio de la exclusión cuyo habitante simbólico era el leproso, la técnica del poder propia del reticulado disciplinario. Tratar a los “leprosos” como “apestados”; servirse de los procedimientos de individualización para marcar exclusiones – esto es lo que ha sido llevado a cabo regularmente por el poder disciplinario desde los comienzos del S XIX.

Todas las instancias de control individual funcionan de doble modo: el de la división binaria y la marcación; y el de la marcación coercitiva, la distribución diferencial. De una lado, se “apesta” a los leprosos; se impone a los excluidos la táctica de las disciplinas individualizantes; y, de otra parte, la universalidad de los controles disciplinarios permite marcar quien es “leproso” y hacer jugar contra él los mecanismos dualistas de la exclusión.

El Panóptico de Bentham es la figura arquitectónica de esta composición. Es una construcción en forma de anillo, tiene en el centro una torre con anchas ventanas que se abren en la cara interior del anillo. Esta dividida en celdas, cada una de las cuales atraviesa toda la anchura de la construcción; estas tiene dos ventanas, una que da al interior (correspondientes a las ventanas de la torre) y la otra que da al exterior permite que la luz atraviese la celda. Basta con situar un vigilante en la torre y en cada celda un loco, un enfermo, un condenado, etc. Se recorta sobre la luz las pequeñas siluetas cautivas en cada celda de la periferia. El dispositivo panóptico dispone unas unidades espaciales que permiten ver sin cesar. La plena luz y la mirada de un vigilante captan mejor que la sombra, que en ultimo termino protegía. La visibilidad es una trampa.

Cada cual en su lugar, está bien encerrado. Es visto, pero él no ve, objeto de una información, jamás sujeto en una comunicación. La disposición de su aposento, frente a la torre central, le impone una visibilidad axial; peor las divisiones del anillo, las celdas bien separadas implican una invisibilidad lateral. Y está es garantía del orden (no hay peligros de revueltas ni de contagios). La multitud, masa compacta, lugar de intercambios múltiples, individualidades que se funden, efecto colectivo, se anula en beneficio de una colección de individualidades separadas.




De ahí el efecto mayor del panóptico: inducir en el detenido un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder. Hacer que la vigilancia sea permanente en sus efectos, incluso si es discontinua en su acción. Este aparato e una maquina de crear y sostener una relación de poder independiente de aquel que lo ejerce.

Bentham ha sentado el principio de que el poder debe ser visible e in-verificable:

Visible - El individuo tendrá sin cesar frente a los ojos la elevada silueta de la torre de donde es espiado.
In-verificable – El detenido no debe saber jamás si en aquel momento se le mira, pero debe estar seguro de que siempre puede ser mirado.
El panóptico es una maquina de disociar la pareja ver-ser visto: en el anillo periférico, se es totalmente visto, sin ver jamás; en la torre central se ve todo, sin ser jamás visto.

Automatiza y des-individualiza el poder. Tiene su principio en cierta distribución concertada de los cuerpos, de las superficies, y no en una persona. Produce una relación en la cual están inserto los individuos; garantiza la asimetría, el desequilibrio, la diferencia; poco importa quien ejerce el poder. A partir de los deseos más diferentes, fabrica efectos homogéneos de poder.

Una sujeción real nace mecánicamente de una relación ficticia. La eficacia del poder esta del lado de su aplicación. El que está sometido a un campo de visibilidad, y que lo sabe, reproduce por su cuenta las coacciones del poder, las hace jugar espontáneamente sobre si mismo, inscribe en si mismo la relación de poder en la cual se juega simultáneamente los dos papeles; se convierte en el principio de su propio sometimiento, sin necesidad de medios de fuerzas para inducirle buena conducta. Se encuentra en el programa del panóptico la preocupación de la observación individualizadotes, de la caracterización y de la individualización, de la disposición analítica del espacio. El panóptico hace obra de naturalista; permite establecer las diferencias, notar los hechos singulares, notar las aptitudes de cada uno. En cuanto al aspecto de laboratorio el panóptico puede ser utilizado como maquina de hacer experiencias, de modificar el comportamiento, de encauzar o reeducar la conducta de los individuos. Experimentar medicamentos y verificar sus efectos. Probar castigos. Intentar experiencias pedagógicas.

El panóptico es un lugar privilegiado para hacer posible la experimentación sobre los hombres, y para analizar con toda certidumbre las transformaciones que se pueden obtener en ellos. Puede constituir una especie de control sobre sus propios mecanismos (“vigilantes que’ vigilan y son vigilados”.) Funciona como aun especie de laboratorio de poder. Gracias a sus mecanismos de control gana en eficacia y en capacidad de penetración en el comportamiento de los hombres: una aumento de saber viene a establecerse sobre todas las avanzadas del poder, y descubre objetos por conocer sobre todas las superficies en las que este viene a ejercerse.

El panóptico debe ser comprendido como un modelo generalizable de funcionamiento:; una manera de definir las relaciones del poder con la vida cotidiana de los hombres. El panóptico se considera jaula cruel y sabia. El panóptico es el diagrama de un mecanismo de poder referido a su forma ideal, su funcionamiento, abstraído de todo obstáculo, asistencias o razonamiento, puede muy bien ser representado como in puro sistema arquitectónico y óptico; es de hecho una figura de tecnología políticas que se puede y que se debe desprender de todo su uso especifico.

Es polivalente en sus aplicaciones. Es un tipo de implantación de los cuerpos en el espacio, de distribución de los individuos unos en relación con los otros, de organización jerárquica, de disposición de los centros y de los canales de poder, de definición de sus instrumentos y de sus modos de intervención. Es aplicable a todos los establecimientos donde, en los limites de un espacio que no es demasiado amplio, haya que mantener bajo vigilancia cierto numero de personas (bajo reserva de las modificaciones necesarias.)

Permite perfeccionar el ejercicio del poder porque:

Puede reducir el número de los que lo ejercen, a la vez que multiplica el numero sobre quienes se ejerce
Permite intervenir a cada instante, y la presión constante actúa aun antes de que las faltas, los errores, los delitos, se cometan.
Su fuerza estriba en no intervenir jamás directamente, en ejercerse espontáneamente y sin ruido, en constituir un mecanismo cuyos efectos se encadenan los unos a los otros.
Actúa directamente sobre los individuos sin otro instrumento que una arquitectura y una geometría.
“Da al espíritu poder sobre el espíritu” – el esquema es un intensificador para cualquier aparato de poder: garantiza su economía, su eficacia a través de su carácter preventivo, su funcionamiento continuo y sus mecanismos automáticos. Actúa de modo que el ejercicio del poder no se agrega del exterior como una coacción rígida sobre las funciones en las que influye, sino que esta en ellas lo bastante sutilmente presente.

La disposición de esta maquina es tal que su cierre no excluye una presencia permanente del exterior: cualquiera puede venir a ejercer en la torre central las funciones de la vigilancia, y al hacerlo puede adivinar la manera en que la vigilancia se ejerce.

El esquema, sin anularse ni perder ningunas de sus propiedades, esta destinado a difundirse en el cuerpo social; su vocación es volverse en é una función generalizada.

El panóptico tiene un poder de amplificación; si acondiciona el poder, si quiere hacerlo más económico y más eficaz, no es por el poder en sí, ni por la salvación inmediata de una sociedad amenazada: se trata de volver más fuertes a las fuerzas sociales.

¿Cómo al aumentar sus fuerzas, podrá el poder acrecentar las de la sociedad en lugar de confiscarlas o de frenarlas? La solución del panóptico a este problema es que el aumento productivo del poder no puede ser garantizado más que si de una parte tiene la posibilidad de ejercerse de manera continua, en los basamentos de la sociedad; y si, por otra parte, funciona al margen de esas formas repentinas, violentas, discontinuas, que están vinculadas al ejercicio de la soberanía. El dominio del panóptico es una nueva física del poder, la de los cuerpos irregulares, con sus detalles, sus movimientos múltiples, sus relaciones espaciales. Se trata de mecanismos que analizan distribuciones, desviaciones, series, combinaciones, y que utilizan instrumentos para hacer visible, registrar, diferenciar y comparar: física de un poder relacional y múltiple, que tiene su intensidad máxima no en la persona del rey (soberano), sino en los cuerpos que esas relaciones permiten individualizar.

El panoptismo es el principio general de una nueva “anatomía política” cuyo objeto y fin no es la relación de soberanía sino las relaciones de disciplinas.

El panóptico trata de proyectar una institución disciplinaria perfecta, pero trata también de demostrar como se puede “desencerrar” las disciplinas y hacerlas funcionar de manera difusa, múltiple, polivalente en le cuerpo social.

Hay dos imágenes de la disciplina: la disciplina-bloqueo (institución cerrada, establecida en los márgenes y vuelta toda ella hacia funciones negativas) y la disciplina-mecanismo, “el panoptismo”, (dispositivo funcional que debe mejorar el ejercicio del poder volviéndolo más rápido, más eficaz, más ligero.)

El movimiento que va de un proyecto a otro reposa en una transformación histórica: la extensión progresiva de los dispositivos de disciplinas a lo largo de los S. XVII y XVIII. Toda una generalización disciplinaria. Esta extensión de las instituciones disciplinarias es el aspecto más visible de transformaciones más profundas:

La inversión funcional de las disciplinas: Antes se les pedía que neutralizaran los peligros (detener el mal) Se les pide, desde ahora, el desempeño de un papel positivo, haciendo que aumente la utilidad posible de los individuos. Las disciplinas hacen crecer la habilidad de cada cual, coordina estas habilidades, acelera los movimientos, multiplica la potencia de fuego, ensancha los frentes de ataque sin disminuir su vigor, aumenta la capacidad de resistencia, etc... Funcionan cada vez más como unas técnicas que fabrican individuos útiles; de ahí que abandonen su posición de marginalidad, exclusión, encierro; y pasen a ocupar un lugar importante dentro de la sociedad en sus funciones esenciales.


La enjambrazón de los mecanismos disciplinarios: Mientras que se multiplican los establecimientos de disciplinas, sus mecanismos tiene cierta tendencia a “des-institucionalizarse”, a salir de las fortalezas cerradas en que funcionaban y a circular en estado “libre”; las disciplinas masivas y compactas se descomponen en procedimientos flexibles de control, que se pueden transferir y adaptar. Se ven también difundirse los procedimientos disciplinarios, a partir no de instituciones cerradas, sino de focos de control diseminados en la sociedad (“organización de disciplina” de la población)


La Racionalización de los mecanismos de disciplinas: Eran grupos privados de inspiración religiosa las que realizaban las funciones de la disciplina social; ahora han sido recobradas por el aparto de policía. La organización de una policía centralizada ha pasado durante mucho tiempo, por la expresión más directa del absolutismo monárquico: el soberano. La policía como institución ha sido realmente organizada bajo la forma de un aparato de estado (ctro. de soberanía política); el tipo de poder que ejerce, los mecanismo que pone en juego y los elementos de un aparato de Estado. Es un aparto que debe ser coextensivo al cuerpo social entero por la minucia de los detalles de que se ocupa. El poder policiaco debe actuar “sobre todo”, peor no es en absoluto la totalidad del Estado ni del reino. El objeto de la policía son esas cosas de cada instante, un control que trata idealmente de llega a lo más elemental, al fenómeno más pasajero del cuerpo social. Para ejercerse, este poder debe apropiarse de instrumentos de una vigilancia permanente, exhaustiva, omnipresente, capaz de hacerlo todo visible, pero a condición de volverse ella misma invisible. Y a diferencia de los métodos de la escritura judicial o administrativa, lo que se registra aquí son conductas, actitudes, virtualidades, sospechas – una toma en cuenta permanente del comportamiento de los indivivudos. La organización del cuerpo policiaco del S XVII sanciona una generalización de las disciplinas que alcanza las dimensiones del Estado. La “disciplina” no puede identificarse ni con una institución ni con un aparto. Es un tipo de poder, una modalidad para ejercerlo, implicando todo un conjunto de instrumentos, de técnicas, de procedimientos, de niveles de aplicación, de metas: es una “física” o una “anatomía” del poder; una tecnología (de poder.)
Se puede pues hablar en total de la formación de una sociedad disciplinaria en este movimiento que va de las disciplinas cerradas, especie de “cuarentena social” hasta el mecanismo identificadamente generalizable del “panoptismo”. En el principio del panóptico hay mucho más que una ingeniosidad arquitectónica: hay un acontecimiento en la historia del espíritu humano (nace un nueva sociedad) Es la solución de un problema técnico que a través de el dibuja todo un tipo nuevo de sociedad.

La antigüedad tiene un predominio sobre la vida publica; quiere hacer accesible a la multitud de los hombres un pequeño numero de objetos. La edad moderna plantea el problema inverso: Procurar a uno solo objeto la visión instantánea de una multitud. Una sociedad donde los elementos principales no son ya la comunidad y la vida publica, sino los individuos privados de una parte y el Estado de la otra.

Nuestra sociedad es la de la vigilancia, bajo la superficie de las imágenes, se llega a los cuerpos en profundidad, detrás de la gran abstracción del cambio, se persigue el adiestramiento minucioso y concreto de las fuerzas útiles. El individuo se halla cuidadosamente fabricado, de acuerdo con toda una táctica de las fuerzas y de los cuerpos.

La formación de la sociedad disciplinaria remite a cierto número de procesos históricos:

Puede decirse que las disciplinas son unas técnicas para garantizar la ordenación de las multiplicidades humanas. Lo propio es que intentan definir respecto de las multiplicidades una táctica de poder que responde a tres criterios: hacer el ejercicio del poder lo menos costoso posible; hacer que los efectos de este poder social alcancen su máximo de intensidad y se extiendan lo más lejos posible, sin fracaso ni laguna; aumentar a la vez la docilidad y la utilidad de todos los elementos del sistema. Este triple objetivo responde a una coyuntura histórica: el gran impulso demográfico del S. XVII (un cambio de escala de los grupos que se trata de manipular o controlar) . Y el crecimiento del aparato de la producción, cada vez más extenso, complejo, costoso y cuya rentabilidad se trata de hacer crecer. El desarrollo de los procedimientos disciplinario responde a estos dos procesos, o más bien, sin duda, a la necesidad de ajustar su correlación.
Las disciplinas sustituyen al viejo principio “exacción-violencia” (ß¿K?) que regia la economía del poder, por el principio “suavidad-producción-provecho”. Técnicas que permiten ajustar, según este principio, la multiplicidad del os hombres y la multiplicación de los aparatos de producción (económica, de saber, de aptitudes.)
La disciplina tiene que resolver cierto numero de problemas para los cuales la antigua economía del poder no estaba lo suficientemente armada. Dominar todas las fuerzas que se forman a partir de la multiplicación organizada. Debe neutralizar los efectos de contrapoder que surgen de ella y que forman resistencias al poder que quiere dominar. Debe igualmente hacer que crezca la utilidad singular de cada elemento de la multiplicidad pero por unos medios que sean los mas rápidos y los menos costosos, es decir utilizando la propia multiplicidad como instrumento de este crecimiento. Es necesario que hagan crecer la utilidad de las multiplicidades y que se vuelvan cada una de ellas mas útiles que la simple suma de lo s elementos.
Define unas tácticas de distribución, de ajuste reciproco de los cuerpos, de los gestos y los ritmos, de diferenciación de capacidades; la disciplina tiene que hacer jugar las relaciones de poder no por encima, sino en le sentido mismo de la multiplicidad. De la manera más discreta que se pueda.
A estos objetivos responden unos instrumentos de poder anónimos y coextensivos a la multiplicidad que regimientan, como la vigilancia jerárquica, el registro extensivo, etc. Sustituye un poder que se manifiesta por el esplendor de los que lo ejercen, por un poder que objetiva insidiosamente aquellos a quiénes se aplica: fundar un saber a propósito de estos, mas que desplegar los signos fastuoso de la soberanía.
Son el conjunto de minúsculas invenciones técnicas que han permitido hacer que crezca la magnitud útil de las multiplicidades haciendo decrecer los inconvenientes del poder que las rige. Es el procedimiento técnico unitario por el cual la fuerza del cuerpo esta con el menor gasto reducida como fuerza política, y maximizada como fuerza útil. El crecimiento de una economía capitalista a exigido la modalidad especifica del poder disciplinario, cuyas formulas generales, la “anatomía política” puede ser puesta en acción por los regímenes políticos.


La modalidad panóptica del poder no esta bajo la dependencia inmediata ni en la prolongación directa de las grandes estructuras jurídico-políticas de una sociedad; no es, sin embargo, absolutamente independiente. El desarrollo y la generalización de los dispositivos disciplinarios han sido una vertiente oscura de los procesos por los cuales la burguesía a llegado a ser en el cursos del S XVIII la clase políticamente dominante.
De una manera formal, el régimen representativo permite que directa o indirectamente, con o sin enlaces, la voluntad de todos forme instancia fundamental de la soberanía; las disciplinas dan, en la base, garantía de la sumisión de las fuerzas y de los cuerpos. Han constituido el subsuelo de las libertades formales y jurídicas. El “panoptismo”, elemento universal de coerción, no ha cesado de trabajar en profundidad las estructuras jurídicas de la sociedad para hacer funcionar los mecanismos efectivos del poder en oposición a los marcos formales que se había procurado.
Las disciplinas no constituyen más que un infra-derecho. Desempeñan el papel preciso de introducir unas disimetrías insuperables y de excluir reciprocidades. Porque la disciplina crea entre los individuos un vinculo “privado”, una relación de coacciones enteramente diferentes de la obligación contractural. Además, en tanto que los sistemas jurídicos califican a los sujetos de derecho según unas normas universales, las disciplinas caracterizan, clasifican, especializan, distribuyen a lo largo de una escala, reparten en torno de una norma, jerarquizan recíprocamente los cuerpos; y en el limite, descalifican e invalidan. Las disciplinas (el panoptismo) refleja la genealogía de la sociedad moderna, con la dominación de clase que la atraviesa, la contrapartida política de las normas jurídicas según las cuales se redistribuía el poder.
Y para volver al problema de los castigos legales, la prisión, con toda la tecnología correctiva de que va acompañada, hay que colocarla ahí: en el punto en que se realiza la torsión del poder codificado de castigar, en un poder disciplinario de vigilar. Lo que generaliza entonces el poder de castigar no es la conciencia universal de la ley en cada uno de los sujetos de derecho, es la extensión de regular, es la trama infinitamente tupida de los procedimiento panópticos.


Estos procedimientos alcanzan, desde el S XVIII un nivel en el que formación del saber y aumento de poder se refuerzan regularmente según un proceso circular. Las disciplinas franquean entonces el umbral “tecnológico”. Hay un doble proceso: desbloqueo epistemológico a partir de un afinamiento de las relaciones de poder; multiplicación de los efectos de poder gracias a la formación y a la acumulación de conocimientos nuevos.
El S. XVIII invento las técnicas de las disciplinas y el examen, un poco sin duda, como la Edad Media invento la investigación Judicial. La investigación era el poder soberano arrogándose el derecho de establecer la verdad por medio de cierto numero de técnicas reguladas. La investigación, en efecto, a sido la pieza rudimentaria, pero fundamental para la constitución de las ciencias empíricas; ha sido la matriz jurídico-política de este saber experimental. Lo que esta investigación fue para las ciencias de la naturaleza, el análisis disciplinario lo ha sido para las ciencias del hombre. Estas ciencias con las que nuestra “humanidad” se encanta desde hace más de un siglo tiene su matriz técnica en la pequeñez puntillosa y perversa de las disciplinas y de sus investigaciones. “Otro poder, otro saber”. Si bien es cierto que la investigación, al convertirse en una técnica para las ciencias empíricas, se ha desprendido del procedimiento inquisitorial (de inquisición) en que históricamente enraizaba, en cuanto al examen, ha quedado muy cerca del poder disciplinario que lo formo. Es todavía y siempre una pieza intrínseca de las disciplinas. Estas técnicas no hacen sino remitir a los individuos de una instancia disciplinaria a otra, y reproducen el esquema de poder-saber propio de toda disciplina. El examen sigue inserto en la tecnología disciplinaria.
Lo que en adelante se impone en las justicia penal como su punto de aplicación, su objeto “útil”, no será ya el cuerpo del culpable contra el cuerpo del rey, el punto ideal de la penalidad hoy día sería la disciplina indefinida: un interrogatorio que no tuviera termino.

El sometimiento a “observación” prolonga naturalmente una justicia invadida por los métodos disciplinarios y los procedimientos de examen.