sábado, 15 de noviembre de 2008

MICHEL FOUCAULT IX: SUJETO E IDEOLOGÍA


Sujeto e ideología



Michel Foucault se aparta de la noción de ideología orque piensa que se refiere necesariamente a algo como a un sujeto. Es, por tanto, consecuente con una de las grandes obsesiones de su obra, que es lograr el descentramiento del sujeto. En este esfuerzo, desarrolla una interpretación de la historia como un "proceso sin sujeto, ni fines", describe a las ideas en el ámbito del discurso por considerar que su inteligibilidad no procede de los sujetos y, finalmente, estudia al poder como estrategia en vez de atributo del Sujeto. De tal suerte, invalida el término de ideología porque autentifica al Sujeto como fundante de la historia, del saber y del poder, como originario de todo hacer y de todo decir.

La preocupación foucaultiana por negar al sujeto constituyente y desantropologizar al saber, está influida por la aproximación estructuralista al lenguaje. Ésta analiza a la lengua como un sistema de signos - considerado en sí y por sí mismo -, que produce significaciones a través de las relaciones de diferencia entre los elementos linguísticos, sin la intervención fundadora de un sujeto. Sí bien Foucault intenta deslindarse de las explicaciones sistémicas, retoma del estructuralismo el apartamiento del sujeto para pensar el saber. Asimismo, aplica este principio a las relaciones de poder cuando las define como "intencionales y no subjetivas"; esto es, como "grandes estrategias anónima" cuya racionalidad está en las tácticas, que al interrelacionarse constituyen dispositivos de conjunto.

Hasta 1968, Foucault va a sostener una concepción antisubjetivista que se manifiesta en una oposición contundente a todas las filosofías de la conciencia y, por tanto, al humanismo incluyendo al existencialismo sartreano.

En las palabras y las cosas niega de hecho la noción de ideología cuando sustenta la tesis de que los sujetos no son eternos ni constituyentes porque no son la fuente de las ideas, sino que están históricamente constituidos. De aquí, que su objetivo sea definir la fecha de nacimiento del hombre moderno a tráves de la descripción de los cambios en las reglas de formación de los discursos y, en concreto, del desentrañamiento de la emergencia de las ciencias humanas. Concibe al hombre moderno como un nudo epistemológico por ser a la vez el objeto y el sujeto de su conocimiento. Y, a partir de este círculo hermenéutico, se propone descifrar los mecanismos con los cuales las ciencias humanas llegan a dominar -en vez de liberaral sujeto. Esto es, se refiere a la entronización de la vida, el trabajo y el lenguaje como semitrascendentes del conocimiento, que culm inaron el proceso de antropologización del saber.

Su preocupación va a ser desenmascarar esta sujeción del sujeto y analizar las condiciones de posibilidad de la muerte epistemológica del hombre, es decir, de la desantropologización del sabor que lo constituye. Con este propósito se da a la tarea de interrogar los límites del pensamiento y de reanudar así el proyecto nietzscheano de la crítica general de la razón.

Foucault avanza en la definición de este problema en La arqueología del saber a través del perfeccionamiento y explicitación de sus recursos metodológicos. Afirma que no ha querido excluir el problema del sujeto al invalidar el carácter originario que le atribuye la noción de ideología, sino definir las posiciones y las funciones que el sujeto podrá ocupar en la diversidad de los discursos. Y a fin de desatar las últimas sujeciones antropológicas o, de manera más precisa, evidenciar cómo pudieron formarse esas sujeciones, devela un nuevo dominio de análisis: el de las modalidades enunciativas y las prácticas discursivas.

Se da a la búsqueda de la ley de las diversas enunciaciones, así como del lugar de donde vienen. Encuentra que los planos desde los que se habla son discontinuos y están unidos por todo un haz de relaciones establecido por las prácticas discursivas, que permiten la renovación de las modalidades enunciativas. Queda excluida, por tanto, la idea de una conciencia previa a toda palabra. Lo que interesa es detectar un campo de regularidad para diversas posiciones de subjetividad (no como la expresión del sujeto), desde donde pueda determinarse la dispersión del sujeto y su discontinuidad consigo mismo.

Puede observarse que, si bien Foucault no excluye la cuestión del sujeto, sí es contundente cuando retira al discurso el derecho exclusivo o instantáneo a la soberanía del sujeto. Niega así el principio de toda ideología que ve a los sujetos como la conciencia que se expresa en los discursos, para recuperarlos en su dispersión a tráves de un conjunto de reglas anónimas que los forman.

El autor aplica todos estos supuestos metodológicos en la construcción de los objetos de su trilogía arqueológica: la locura, la enfermedad y las ciencias humanas. Aun cuando los dos primeros reciben un tratamiento epistemológico clásico (en el que todo conocimiento se elabora en función de una urgencia práctica) y el tercero un procedimiento epistemológico nuevo (donde todo conocimiento se elabora porque otros conocimientos le dieron la posibilidad de aparecer), los tres objetos son analizados con reglas anónimas que constituyen y subordinan a los sujetos en su dispersión: los locos, los enfermos y el hombre moderno.

Aún más, su posición antisubjetivista se ratifica al excluir a la ideología de entre las cinco condiciones de posibilidad con que clasifica la formación de los saberes: infraestructural, institucional, discursivo, perceptivo y referencial.

Pasado el apogeo estructuralista, a fines de la década de los sesenta, Foucault aminora su tendencia inicial de relegar el toma del sujeto, ya que advierte que sin alguna teoría del sujeto no es posible analizar efectos de poder con la resistencia a la autoridad. Sin embargo, consecuentemente con las premisas de su pensamiento y con el propósito de atenuar el riesgo de sucumbir a la metafísica, continua negando la categoría de sujeto fundante y trascendente para anteponer la dispersión de los sujetos constituidos y sus relaciones atravesadas por una amplia red de saberes y poderes.

En esta segunda fase, privilegia cuestiones que subyacían latentes. Deconstruye la dfada saber-poder en la que el papel dominante del saber casi había sofocado el tema del poder. De esta manera, hace una inversión logocéntrica que otorga primacía al poder sin menoscabo del saber, ya que se autoimplican y son inseparables. Amplía el dispositivo arqueológico como genealogía y se desentiende de la máscara epistemológica para concentrarse en la política del saber. Y, por último, retorna de la arqueología el discurso en su materialidad de acontecimiento enunciativo e introduce el poder, en tanto que condición de posibilidad que ha hecho invisible este "dominio transparente".

En El orden del discurso la preocupación deja de ser, en primer término, invalidar al sujeto como creador del saber y dador del sentido, para negarlo como voluntad que posee el poder de determinar el control, la selección y redistribución de los discursos. En consecuencia desconoce el supuesto de que la ideología de la clase dominante expresa la representación del mundo en cada época y se avoca al estudio de la "imposición" de reglas anónimas que constituyen la política del saber. Hasta aquí, priva una concepción negativa del poder en la obra de Foucault.

Ya en Vigilar y castigar analiza la transformación de los sujetos a través,de una tecnología disciplinaria o modalidad positiva del poder. Y, en La voluntad de saber va más lejos aún al encarar la confesión como un medio de autentificación subjetiva y autoproducción de sujetos, e interpreta una práctica discursiva determinada no por la inhibición sino por la incitación. Aquí introduce el tema del placer vinculado al poder y al saber.. Por último, y en la misma línea, en El uso de los placeres; La inquietud de sí, y Los testimonios de la carne, se propone estudiar prácticas discursivas que dan cuenta de la genealogía del hombre de deseo.

En la fase genealógica, los condicionantes del sujeto y el apartamiento de la noción de ideología están implícitos en la renuncia de los cinco postulados marxistas sobre el poder. Consideramos importante citar estos condicionantes porque destruyen la pretensión soberana del sujeto sobre el poder y lo definen como una estrategia. Veamos:

- el sujeto (la clase dominante) no posee el poder, lo ejerce;

- el poder no se localiza en un sujeto (institución estatal), es una microfísica;

- el poder no es pura superestructura determinada, constituye y atraviesa con múltiples redes al sujeto (cuerpo social);

- la represión y la ideología son estrategias extremas de poder, éste produce lo real a través de una trasformación técnica de los cuerpos que tiene el efecto de normalización; y- el poder no está depositado en un sujeto (clase o polo dominante) de manera unilateral, hay solamente relaciones de poder con resistencias múltiples.

Se aprecia cómo Michel Foucault refuta el carácter absoluto del sujeto, a la vez que le otorga una condición trascendente al poder. Con esto, desmantela el sustrato metafísico de la ideología que define a la conciencia humana como el sujeto originario de todo sentido y de todo devenir y práctica; para erigir la primacía de la práctica discursiva y del poder como categorías descriptivas y analíticas que son funcionales a su genealogía (por estar exentas de la subordinación antropológica).