martes, 25 de noviembre de 2008

RAFAEL LÓPEZ-PEDRAZA: ANSIEDAD CULTURAL


ANSIEDAD CULTURAL
Por Rafael López-Pedraza*


Durante una discusión sobre los problemas del hombre, Jorge Luis Borges observó cómo el llamado hombre occidental y su cultura tienen sus raíces en un libro -la Biblia- que proviene del Oriente. Esto es, a pesar de que este libro es un producto oriental, nadie puede eludir su influencia y las consecuencias que ha forjado en la cultura del hombre occidental.


La Biblia comienza con un mito de creación. Los mitos de creación se encuentran en la literatura de todas las culturas, pero debemos aceptar que el mito de creación bíblico, que en otras culturas no ocuparía un lugar tan predominante, le da un toque especial a nuestra cultura porque está en la base de lo que llamamos nuestra creencia religiosa. Dios creó el hombre "a su propia imagen. Religiosamente hablando, el hombre occidental es un creyente: debe tener fe. Este mito hecho creencia ha sido central en la vida religiosa del hombre occidental y, por supuesto, central también para contener su psique y su locura (1).


Como hombre occidental, que vive en las tradiciones históricas de su geografía y de su raza, siento este producto oriental en mí y acepto su presencia en mi vivir. La esencia de la Biblia es el monoteísmo: el culto a un solo Dios y los celos y la ira de ese Dios frente a otros dioses u otros cultos. Esta creencia ha impregnado extensamente el mundo en que vivimos: nuestra religiosidad, nuestro modo de vida, las ideas de nuestra cultura, nuestra política, las ciencias y, por último, algo igualmente importante, los estudios de psicología. El monoteísmo está profundamente arraigado en la psicología de todo occidental, sea cual sea su geografía, condición social o educación.


Así, la Biblia, el libro del monoteísmo, aunque geográficamente ajena al hombre occidental, ocupa un lugar tan predominante en su psicología, que aquellos que podrían ser considerados como los libros genuinamente occidentales se han replegado dentro de lo que llamamos el inconsciente, o son sólo temas para minorías dispersas. De hecho, la Biblia está básicamente en oposición con los libros occidentales, oposición que se hace patente en los libros de mitología: los libros del politeísmo pagano, que son los libros de los muchos dioses con sus imágenes, la riqueza de las múltiples formas de vida. La mitología griega nos ofrece el más completo catálogo de imágenes que jamás haya sido producido y ella ha formado el material de la tragedia, las fuentes de la poesía y de la literatura, ha nutrido la vida poéticamente, poblando la tierra con imágenes, y ha dado fundamento a la filosofía.


Dentro de esto, debemos incluir también las otras y numerosas mitologías del mundo occidental: las mitologías nórdicas, las tradiciones y leyendas ocultas de los celtas, las mitologías, leyendas y concepciones poéticas de los pueblos americanos autóctonos, etc.


Estos son los libros que tienen que ver con lo que, en psicología junguiana, llamamos el inconsciente colectivo.


Después están los libros que nos hablan de los orígenes de la vida sobre la tierra y de la evolución del hombre, estos libros, con sus estimulantes discusiones sobre las razas humanas y el comportamiento del hombre, tratan de la historia más antigua y primitiva del hombre y, con más humildad, no dicen que la humanidad sea la obra culminante de la creación de Dios, sino sencillamente otra especie animal en otro nivel de evolución; en esto último vemos cuán grande es su contradicción con el creacionismo de la Biblia.


El hombre occidental ha escrito muchos libros a lo largo de su historia -libros que actualizan los viejos mitos, que nos relatan la historia vivida- y está también el gran logro de su literatura, donde se revelan aspectos esenciales de su psique; todo lo cual forma parte de los actuales estudios de psicología. Sin embargo, toda esa riqueza, que está en el nivel del inconsciente colectivo, no se iguala con la Biblia -el libro que nos llegó del Oriente- porque éste produce un efecto especial: produce una identificación con el texto, una identificación colectiva; algo que otros libros no suscitan, o si lo hacen, se trata de una identificación que permanece, por lo general, a niveles individuales o de pequeños grupos.


En la tradición española medieval parece haber existido una cierta conciencia de la identificación provocada por la Biblia. La Biblia nunca ha sido un libro para las mayorías. Para la Iglesia, ha sido más bien un libro de consulta para los eruditos y una fuente de amplificación para santos y místicos. Cervantes, en el libro mayor de nuestra literatura, nos alerta sobre la locura que provocó a nuestro señor Don Quijote la lectura, demasiado intensa, de los Libros de Caballería. Yo intuyo en esta conciencia una antigua y compleja tradición que trata de impedir cualquier literalización de la palabra escrita.


Los occidentales, sobre todo a partir de la Reforma, han venido haciendo una lectura de estos cuentos bíblicos orientales que va desde una necia identificación hasta un rechazo hábil o brusco que trata de tomarle distancia al libro. El hecho es que la Biblia, con su ingrediente oriental, desconcierta la psicología occidental justamente porque desencadena una respuesta colectiva. Parece que la concepción de un Dios todopoderoso, carente de imagen, en el cual el creyente tiene fe, provoca ese tipo de identificación psicológica. (Siempre he pensado que la concepción freudiana de la transferencia posee los mismos componentes de la antigua dependencia hebrea en un único Dios, carente de imagen). Y, por cuanto la Biblia mueve hacia la identificación, resulta difícil hablar o escribir sobre ella psicológicamente. Es un libro religioso movido por la fe y millones de personas, hoy en día, se identifican con él. Pero es también el libro religioso de los judíos, el centro de sus vidas y de sus tradiciones y, a causa de esa religiosidad, es poco o nada lo que se puede sacar de él como psicología. Siempre me ha asombrado el hecho de que, a pesar del gran número de estudiantes de psicología de origen judío, no se hayan realizado estudios mayores sobre la psicología del judaísmo. Si ha existido alguna contribución, ésta ha sido muy pequeña tomando en cuenta la inmensa importancia de este libro para nuestra cultura. Pero quizás un estudio psicológico del judaísmo es imposible; hasta ahora lo que se ha hecho es más bien una suerte de exégesis psicológica de la Biblia, o bien se le ha incluido de manera bastante indiscriminada en los estudios de religiones comparadas, hasta llegar al método de amplificación de la psicología junguiana.


Durante los últimos años, los estudios junguianos han prestado mayor atención a los temas del monoteísmo y del politeísmo, viéndolos en términos de polaridades extremadamente pertinentes para la psique del hombre occidental y para el dinamismo de la psicoterapia. Se trata de un acercamiento que difiere mucho del método de amplificación junguiana y que nos distrae del enfoque de lo que debería ser nuestra preocupación más urgente como occidentales: diferenciar el monoteísmo y el politeísmo en nuestra psique occidental. Es más, se trata de una diferenciación que ha de ser emprendida con una aguda conciencia del conflicto histórico y cultural existente entre esas dos influencias en la psique occidental. (2)


Lo que se ha hecho no son más que tímidos intentos por diferenciar el monoteísmo y el politeísmo. Pero mi intención en este escrito es discutir este punto en los términos de un conflicto, y de un conflicto psicológico fundamental. Además, considero que aceptar la discusión de este conflicto es algo esencial, porque localiza los estudios de psicología en el lugar que les corresponde (estemos o no conscientes de ello), que es donde nuestra psique está más afligida; una aflicción que disfrazamos de historia, de religión o de política. Es como si un tabú hubiese estado operando dentro de los estudios de psicología. Y, como los intentos por llegar a este punto fundamental comenzaron sólo recientemente, la repercusión de sus implicaciones ha sido escasa.


Sabemos que durante el siglo XVII, cuando comienzan los estudios de las ciencias naturales, éstas se fundamentaron psicológicamente en la premisa de que la ciencia no tenía nada que ver con la religión. De hecho, lo que hizo que los hombres de aquellos tiempos se reunieran a hablar sobre ciencia fue que, históricamente, se había vuelto imposible expresar las diferencias religiosas. La ciencia moderna es hija de las guerras de religiones llenas de ansiedad, sangre y crueldad. El diálogo científico posibilitaba una forma de relación, al margen de la locura de las principales religiones. También sabemos que la cuna de la psicología moderna está en las ciencias naturales. Y aun si presumimos que la psicología se ha alejado de sus orígenes, parece que la distancia todavía no es muy grande. (Insistimos en la inconveniencia de hablar y discutir de psicología adoptando la actitud de las ciencias naturales, usando su misma retórica; una retórica que no se adapta a las complejidades de la psique. Esta misma manera de pensar la vemos aplicada también a las humanidades: ensayos sobre poesía, por ejemplo, que tratan a la poesía como si ésta formara también parte de los estudios de ciencias naturales. Esto produce una tremenda confusión y la mayoría de las veces su resultado, por lo menos en los estudios de psicología, es una jerga fastidiosa que invade gran parte de las discusiones psicológicas.) De modo que resulta comprensible que, como dije antes, sea prácticamente un tabú hablar en psicología de religiones vivas.


No es necesario recordar que fue C. G. Jung quien comenzó a impulsar los estudios de psicología por el sendero de lo religioso. Apartando esos complejos históricos, uno siente que probablemente existen en nosotros resistencias más profundas ante la consideración de nuestra psique en términos de las polaridades monoteísmo y politeísmo; es como si, más que los complejos históricos que hemos heredado, existiera un íntimo tabú interior, como si el conflicto afligiera nuestra naturaleza básica.


El monoteísmo y el politeísmo constituyen dos campos fundamentales de la psique occidental y es indispensable que estemos profundamente conscientes de ambos. Es menester que seamos más astutos para poder reconocer lo que surge del lado monoteísta de la vida -conciencia colectiva, creencia, fe (la influencia del libro oriental)- y lo que surge del lado más reprimido, el pagano y politeísta: la gran variedad de las imágenes arquetipales. Pero, aún más importante, debemos percibir y entender ese conflicto interior y la ansiedad que producen, desde el principio, esos dos pilares del alma occidental.


E. R. Dodds, en su libro Pagan and Christian in an Age of Anxiety, examina las experiencias y los conflictos religiosos durante los primeros siglos del cristianismo, que él denomina "tiempos de ansiedad", inspirado en una frase poética acuñada por W. H. Auden. Fue una época en que el conflicto entre el paganismo tradicional y el nuevo monoteísmo cristiano irrumpió abiertamente; unos tiempos que, en cierto modo, pueden compararse con los nuestros, que son también "tiempos de ansiedad". El libro de Dodds sobre lo que para él fue históricamente una era de ansiedad, me incitó a tener una visión más amplia de la ansiedad y a considerar su trabajo dentro de un contexto más psíquico. Yo diría que la psique occidental siempre ha vivido en la ansiedad provocada por el conflicto constante entre las mitologías paganas -los numerosos dioses con sus imágenes diferenciadas- y el Dios único y carente de imagen del monoteísmo. Es una ansiedad que surge de un conflicto de culturas. Por lo tanto, siempre ha existido lo que yo me atrevería a llamar una ansiedad cultural. Los conflictos más profundos del hombre son culturales y esto es algo que la psicología no puede eludir (3).


El libro de Dodds nos da una perspectiva histórica, subrayada por la frase de Auden, que implica que el sentimiento de ansiedad cultural se hace más evidente, más agudo, en períodos de tensiones históricas. Pero, es a partir de las tensiones, que comienza a darse la reflexión sobre lo que siempre ha estado allí y se ha dado por descontado. Y, aquí, yo quisiera fomentar cierta reflexión sobre este tema del politeísmo y el monoteísmo, haciendo notar lo obvio de estos dos aspectos de la psique occidental y preguntarme: ¿por qué ha tardado tanto la psicología en comenzar a pensar en el monoteísmo y el politeísmo dentro de nosotros mismos y en darse cuenta de que estas dos realidades históricas están en la base misma de nuestro conflicto? Soy consciente de que se trata de un intento por reflexionar desde el punto de vista de la psicología junguiana, pero a partir de otro ángulo.


El estudio de la psicología ha sido concebido dentro de la dualidad Yo/inconsciente, pero ambos conceptos aparecen como coberturas que carecen de las imágenes del verdadero conflicto subyacente. Sin embargo, esta dualidad es nuestra herencia en psicología: una manera y sólo una manera de ver la psique.



Lo que de hecho hemos heredado es una predisposición monoteísta. Es como si un camarógrafo estuviera filmando con un lente que solamente enfoca la perspectiva vertical de la conciencia del Yo y del inconsciente. Pero uno se percata, una vez que el film ha sido revelado, de que lo que aparece en la película son conceptos y símbolos, no imágenes. Yo diría que la dicotomía Yo/inconsciente tiende a conceptuar lo que surge del inconsciente y esto obstaculiza la relación entre el Yo y el inconsciente. Sea cual sea la concepción que tengamos del Yo, me resulta imposible imaginar al Yo como receptor de imágenes. Tradicionalmente, son la imaginación y el alma las que reciben imágenes, y esto es válido para los procesos psíquicos y para la psicoterapia. Ahora bien, quisiera proponer que, sin cambiar el tópico de nuestra filmación, cambiemos el lente de la cámara. Entonces, al filmar, podremos captar, con un enfoque mucho más preciso, lo que surge del lado judeo-monoteísta de la psique y lo que viene del lado pagano-politeísta. De ello resulta la posibilidad de comenzar a diferenciar y obtener un cuadro más claro de la psique individual que se encuentra entre estas dos polaridades y que sufre por la ansiedad engendrada en el conflicto. Pero, para esto, debemos ser particularmente conscientes de lo que nos dice el monoteísmo dentro de nosotros mismos, mientras estamos ocupados enfocando las imágenes politeístas, ya que la lente que nuestro Yo monoteísta nos ha dado es automática.


Cambiar la perspectiva del Yo por una conciencia que abarque tanto el monoteísmo como el politeísmo es, para mí, de importancia primordial. Y ese cambio de punto de vista sólo se alcanza mediante un "caer en cuenta ". En su libro Re-visioning Psychology (4), James Hillman dice que los últimos trabajos sobre el judeo-monoteísmo fueron realizados por Sigmund Freud en Moisés y el Monoteísmo y por Jung en Respuesta a Job. (La armazón de los estudios de psiquiatría y psicología se ha apoyado sobre todo en conceptos surgidos de observaciones clínicas empíricas sobre enfermedades mentales. Desde comienzos de siglo, el símbolo parecía dominar los estudios del inconsciente. El uso que Freud hizo del símbolo, entendido por Jung como signo y síntoma (semiótica), evidentemente tuvo origen en sus estudios sobre conversiones histéricas a finales del siglo; por otro lado, Jung comenzó su trabajo psiquiátrico con pacientes psicóticos y esto le permitió llevar a cabo su gran descubrimiento de los símbolos religiosos en el inconsciente de esos pacientes. Aquí la palabra símbolo está correctamente usada, porque el término original -symbolon- significa la unión de algo que previamente se ha dividido. Y el símbolo está en la base de muchas de las ideas de Jung sobre los opuestos y la reconciliación de los opuestos. En su libro Psychological Types (Tipos psicológicos), siento que Jung usaba indiferentemente el símbolo y la imagen, dándoles el mismo valor. Luego fue más específico y más definido al tratar las imágenes arquetipales. Las imágenes se hicieron más diferenciadas, proporcionándonos hoy de ese modo un campo de exploración más amplio, donde considero que se desarrolla el trabajo psicológico más apropiado y el símbolo es considerado atributo de la imagen. Con la psicoterapia de la imagen se ha abierto una nueva perspectiva a la histeria; en la psicosis, sentimos que las respuestas imaginarias al simbolismo inconsciente del paciente propician una mejor terapia. Y un nuevo hallazgo de la imagen en los padecimientos psicosomáticos ofrece una aproximación completamente nueva a estos males. Al examinar esto, Hillman transmite en cierto modo una sensación de tedio, implicando que la fuente judeocristiana está agotada y que ahora la exploración se ha desplazado hacia el politeísmo pagano.


Ahora bien, con gusto acompañamos este cambio de rumbo, pues indudablemente es allí donde se encuentra almacenado todo un tesoro de imágenes y hacia donde se han desplazado los estudios de psicología, pero no debemos confundir el trabajo de erudición -sin obviar su importancia y utilidad- con el objetivo del estudio de lo psíquico lo cual, según mi manera de ver consistiría en concebirlo como conflicto psíquico internalizado.

Podemos realizar numerosos estudios sobre los mitos paganos (5) y, a pesar de ello, no percatarnos de la ansiedad cultural generada por estas dos fuerzas poderosas del monoteísmo y el politeísmo en la psique. Podemos realizar cuantiosas investigaciones cómodamente aislados dentro de nuestra predisposición monoteísta y repetir lo que un heredero de los estudios de las ciencias naturales hizo cuando, partiendo de su propio monoteísmo, tomó un mito politeísta -el mito de Edipo- y lo convirtió en la causa original de la neurosis, sin percatarse de que el mito politeísta contiene en sí mismo una imaginación politeísta ilimitada; imaginación muy alejada de su punto de vista monoteísta y científico.


Personalmente, se me hace difícil tener una visión de la psique a partir de la oposición Yo/inconsciente. Me parece una oposición poco psicológica que hereda esa tradición monoteísta de la identificación del Yo con el monoteísmo y, por ende, punto de partida para la represión de lo que no es monoteísmo. Mientras que la otra perspectiva que propongo: percatarnos de ambos, del monoteísmo y del politeísmo, parece adaptarse mejor al estudio, a la discusión de los procesos psíquicos y a la psicoterapia. Cuando menos a mí me resulta más fácil ubicarme dentro de este punto de vista. A veces uno se pregunta si la palabra "psicología" ha sido adecuadamente aplicada a los estudios que llevan ese nombre. Debemos darnos cuenta de que estudiar la psique desde el punto de vista del Yo es más absurdo de lo que se piensa.


De modo que permítanme explicar un poco más mi punto de vista sobre esto: cuando en lugar de situarnos en él Yo, nos mantenemos dentro del punto de vista de la psique, podemos percatarnos mejor de nuestro monoteísmo y tener una mayor capacidad para detectar cuando éste está actuando. Obviamente, no podemos percatarnos de ello cuando nos encontramos en el Yo, puesto que el Yo inevitablemente conlleva el punto de vista monoteísta y, por lo tanto, reprime lo que no es monoteísmo. Es indispensable reconocer la retórica monoteísta para poder leer su discurso. Tenemos demasiada tendencia a dar por descontado el aspecto monoteísta y, como dije antes, esto es lo que contribuye en gran medida a esa ansiedad cultural que vivimos. No podemos seguir especulando sobre la psique, trabajando por hacer nuestra alma (soul-making), sin tener una apreciación de las complejidades y ramificaciones del monoteísmo en nuestra psique y en nuestra vida.


Para el analista interesado en esta propuesta -percatarse del monoteísmo y del politeísmo-, el desafío consistiría en aprender a conocer mejor la diferencia entre la retórica monoteísta y la retórica politeísta: forjarse una memoria tan abundante como sea posible de sus diferentes estilos. Aquello que para un hombre del Renacimiento era el resultado de una "memoria unificada", para el analista moderno sería una diferenciación, a través de su retórica, del material que surge del lado dominante y monoteísta de la cultura y del que emana del lado pagano más reprimido. Desde el punto de vista de la psicología, los logros del hombre renacentista resultarían caóticos para el hombre moderno, porque no existe ninguna diferenciación básica dentro de su ansiedad cultural. El arte de la psicoterapia consistiría en reflexionar a partir de un tipo de memoria, que puede memorizar tanto como diferenciar el monoteísmo y el politeísmo y, abriéndose camino dentro de la ansiedad cultural, hacer consciente el conflicto.


Notas y referencias bibliográficas:

(1) Para la psicología de los mitos de creación ver Marie L. Von Franz. 1072. Patterns of Creativity Mirrored in Creation Myths. . Spring Publications.

(2) Una importante contribución al asunto de este trabajo nos es ofrecida por Rivkah Schörf Kluger (1974), en Psyche and Bible. Zurich. Spring Publications, parte I, pág. 3, donde afirma que "debemos también considerar seriamente la idea del pueblo elegido, pues pertenece a la cepa principal de las experiencias religiosas fundamentales del Viejo Testamento. El peligro de esta idea, su "sombra" por así decirlo, es la hubris, el peligro de que el ego colectivo, conducido por individuos que se identifican con él, puede tomar posesión, como una inflazón, de ese contenido que se origina en el self y abrumar a la personalidad.

(3) E.R.Dodd. 1965. Pagan and Christian in an Age of Anxiety. Cambridge University Press. (Hay traducción español: 1975. Paganos y cristianos en una época de Angustia. Madrid. Ediciones Cristiandad).

(4) James Hillman. 1977. Re-visioning Psychology. New York. Harper Colophon Books, p. 226

(5) Martín P. Nilson. 1949. A History of Greek Religion. Trad. F.J. Fielden. Oxford: Clarendon press, p. 217. (Hay traducción española: 1961. Historia de la religión griega. Buenos Aires: Eudeba.)



* Rafael López-Pedraza nació el año 1920 en Santa Clara, Cuba, y en 1949 se radicó en Caracas, Venezuela. En 1962 viaja a Europa y durante 11 años estudia Psicología Analítica en el Instituto C.G. Jung de Zurich. En 1974 regresa a Caracas e inicia su práctica psicoterapéutica privada. De 1976 a 1989 dicta seminarios de Mitología Clásica en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Es miembro individual de la Asociación Internacional de Psicología Analítica y autor de los libros: "Hermes y sus hijos", "Anselm Kiefer : la psicología de 'Después de la Catástrofe'", "Dionisos en Exilio" y "Ansiedad Cultural" de donde hemos extraído el presente texto.