domingo, 6 de julio de 2008

EMILE MICHEL CIORAN III: SELECCIÓN DE AFORISMOS


E. M. CIORAN(1)
SILOGISMOS DE LA AMARGURA(2)


La historia de las ideas es la historia del rencor de los solitarios.
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Shakespeare: cita de una rosa y un hacha...
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Sólo los espíritus superficiales abordan las ideas con delicadeza.
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Un libro que, después de haberlo demolido todo, no se destruye a sí mismo nos habrá exasperado en vano.
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Resulta increíble que la perspectiva de tener un biógrafo no haya hecho renunciar a nadie a tener una vida.
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Nada seca tanto la inteligencia como la repugnancia a concebir ideas oscuras.
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Todo pensamiento debería recordarnos la ruina de una sonrisa.
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Se extiende tanto la muerte, tanto lugar ocupa, que ya no sé dónde morir.
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Que haya o no solución a los problemas, eso no preocupa más que a una minoría; que los sentimientos no tengan ninguna salida, que no desemboquen en nada, que se pierdan en ellos mismos, he ahí el drama inconsciente de todos, el insoluble afectivo que cada uno sufre sin pensar en él.
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La palidez nos muestra hasta dónde puede el cuerpo comprender al alma.
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Con tus venas cargadas de noches, te hallas entre los hombres como un epitafio en medio de un circo.
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Con frecuencia me he retirado a ese desván que es el Cielo, con frecuencia he cedido a la necesidad de asfixiarme en Dios.
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Vivo únicamente porque puede morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.
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El deseo de morir fue mi única preocupación; renuncié a todo por él, incluso a la muerte.
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Dejad de pedirme mi programa: ¿acaso respirar no es uno?
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Si exprimiéramos el cerebro de un loco, el líquido obtenido parecería almíbar al lado de la hiel que segregan algunas tristezas.
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Qué desasosiego cuando, inseguros de nuestras dudas, nos preguntamos: ¿serán verdaderamente dudas?
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Sólo el idiota está equipado para respirar.
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Sólo se suicidan los optimistas, los optimistas que ya no logran serlo. Los demás, no teniendo ninguna razón para vivir, ¿por qué la tendrían para morir?
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¿Qué auxilio puede ofrecer la religión al creyente decepcionado por Dios y por el Diablo?
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En las fronteras del ser: “Nadie sabrá nunca todo lo que he sufrido y sufro, ni siquiera yo mismo”.
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Un amor que se desvanece es una experiencia filosófica tan grave que de un peluquero hace un émulo de Sócrates.
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¿El arte de amar? Saber unir a un temperamento de vampiro la discreción de una anémona.
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Quien se mata por una criada vive una experiencia más completa y profunda que el héroe que conmueve al mundo.
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Sueño a veces con un amor lejano y vaporoso como la esquizofrenia de un perfume.
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¿Quién no ha escuchado las confidencias de algún pobre diablo al lado del cual Tristán parecería proxeneta?
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A pesar de todo, continuamos amando; y ese “a pesar de todo” cubre un infinito.
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Nacido con un alma mortal, le pedí otra a la música: ése fue el comienzo de desastres maravillosos.
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Beethoven vició la música: introdujo en ella los cambios de humor, dejó que penetrara en ella la cólera.
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Sin Bach, la teología carecería de objeto, la Creación sería ficticia, la nada perentoria.
Si alguien le debe todo a Bach es sin duda Dios.
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El infinito actual, paradoja para la filosofía, es la realidad, la esencia misma de la música.
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Creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro.
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No podría reconciliarme con las cosas, aunque casa instante tuviera que desgarrarse del tiempo para besarme.
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Sólo los espíritus agrietados poseen aberturas al más allá.
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–¿De dónde le vienen a usted esos aires presuntuosos?
–He logrado sobrevivir a tantas noches en las que me preguntaba: ¿me mataré al alba?...
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Ese instante en que creemos al fin haberlo comprendido todo nos da una apariencia de asesinos.
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Apenas adolescente, la perspectiva de la muerte me horrorizaba; para huir de ella corría al burdel o invocaba a los ángeles. Pero con la edad nos acostumbramos a nuestros propios terrores, no hacemos nada por quitárnoslos de encima, nos aburguesamos en el Abismo. –Y, si hubo un tiempo en que envidiaba a esos monjes de Egipto que cavaban sus tumbas para llorar sobre ellas, si cavara ahora yo la mía, sería para no arrojar más que colillas.