lunes, 7 de julio de 2008

MÁQUINAS


Máquinas*


Alonso Miranda

La electricidad hace ciento y tantos años, da vida, es soplo. Aún hoy es maná, flujo energético técnico-mágico. Anima a la máquina, da vida, entre lo explicable y lo inexplicable, entre el proyecto y lo imprevisible

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El Golem es un adefesio antropomorfo creado por un rabí, animado por la magia y la cábala. El monstruo de Frankenstein es, propiamente, la máquina-monstruo: partes de procedencia diversa unidas por ciertas técnicas de ensamblaje, a las que se agrega un motor, otra máquina. En este caso luego del motor mítico que anima al Golem (siglo XVIII), viene un motor tecnológico, literalmente un motor eléctrico (siglo XIX). Entre lo místico y lo tecnológico no había (no hay) muchas diferencias.

Con impulsos eléctricos se podía estimular y provocar movimiento en patas de rana. La electricidad hace ciento y tantos años, da vida, es soplo. Aún hoy es maná, flujo energético técnico-mágico. Anima a la máquina, da vida, entre lo explicable y lo inexplicable, entre el proyecto y lo imprevisible, entre el cálculo y el accidente, entre el control consciente y el automatismo pulsional natural.

Una máquina compleja de dar vida tiene como terminal a la máquina-monstruo de Frankenstein; conexiones y polos lo atan a un complicado ingenio de grandes bobinas, de cajas negras, de interruptores-palanca -todo, finalmente, fluye hacia el techo, hacia el cielo: un pararrayos- la otra terminal de la máquina, se estira esperando la descarga. La electricidad, mientras tanto, agita el cielo; dispara sus fogonazos entre truenos y ráfagas de viento y lluvia -ayuda a escenificar el gótico, la gran máquina natural desatada, la tormenta. Tormenta del alma: la locura y la psicosis, el desenfreno, la psicodelia y los alucinógenos. Tormenta cerebral: la epilepsia, las narco y las catalepsias de Poe; Frankenstein, científico loco-poseído, incontenible instinto fáustico de experimentación y búsqueda, hibris, desafío a la máquina trascendente. Cae el rayo. La máquina, acostada en la mesa de disecciones, abre los ojos.


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El monstruo de Frankenstein tiene un cerebro pero carece de mente. Tiene materia, res extensa, pero no espíritu. El simulacro tecnológico no puede sino animar a la máquina antropomorfa. Con espíritu de época, Freud siente lo siniestro en el androide, en el autómata y por lo tanto en las repeticiones, las compulsiones y los automatismos, puertas hacia lo otro, pero también marcas estilísticas de la locura (psicosis) -experiencia primordial de la locura: soy una máquina.

Esta experiencia se extiende al olvido, al lapsus, al acto fallido, al sueño, al chiste. Todo somos cosa, autómata, máquina -los "síntomas cotidianos" estan ahí, para que no lo olvidemos. Esta experiencia maquínica "vive" también en la torpeza psicomotriz: monos, niños, ciertos enfermos, están mucho más cerca de la máquina que los adultos humanos. Esta torpeza se "coreografiza" en los androides del cine o la Tv. Hipnotíceme, doctor, haga de mí un autómata: la experiencia siniestra como espectáculo, gestionada por las habilidaes hipnóticas de Tony Kamo o Tu Sam.


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La enfermedad y la disfuncionalidad orgánica son unos de los momentos más vívidos de experimentación de la otredad, como maquinidad, en culturas cartesianas. El cuerpo, como el lenguaje, son máquinas que nuestra cultura hace desaparecer en un ideal de funcionalidad y obediencia: son máquinas-vehículo, grados cero, no deben verse o notarse -ambos son recipientes eficaces de la res cogitans- del soplo espiritual. Un grano en la espalda, un dolor de cabeza, los ruidos y los olores, hacen opaco al cuerpo, lo delatan y al mismo tiempo me arrancan de él, me separan del autómata. Verifico con incomodidad que mi cuerpo hace cosas que yo no he ordenado, o que yo no quiero que haga.

Mal funcionamiento, depósito de basura, residuo material (dolor, olor, ruido) de la actividad inmaterial. (Con este dolor de muelas no puedo pensar -concentrarme, leer-; -lo mejor es distraerme- automatizarme, cocinar, hacer crochet). Todo se vuelve cuerpo, gallina cartesiana, el pato de Vaucanson. El espíritu, plusvalor inexplicado, agregado a la máquina, desaparece. El monstruo ensamblado empieza a carecer de teorías que lo explican como un continuo unificado y gobernado por la plusvalía del espíritu.

Cuadrapléjicos con electroprótesis internas (estímulos a la pata de rana) guiadas desde controles con display y menú (provistos de algunos movimientos elementales: pararse, caminar, estirar un brazo), son una experiencia limítrofe de la maquinidad, de la tropeza tecnológica para producir plusvalía inmaterial en un ensamblaje de materia. Pero también son una experiencia de la posibilidad de inventar simulacros cada vez más perfectos de espiritualidad. Estos simulacros no son simplemente hardware experimental -pequeños impulsos eléctricos, enviados por un generador al accionar un interruptor instalado en mi hombro -hacen que mi brazo se levante-, sino también software teórico.

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Estos simulacros teóricos son en parte, la fabricación del hombre por la modernidad de la que hablaba Touraine. Descartes lo diseña como materia más espíritu (contenidos ideatorios formales). Kant mejora el diseño sustituyendo el espíritu por una inteligencia categorial, por un sistema operativo -se trata de la primera máquina cognitiva. La revolución industrial le agrega un cuerpo, brazos, piernas, fuerza de producción (medicina, tratados de anatomía). Las revoluciones políticas le dan existencia jurídica, lo ensamblan a máquinas externas de regulación. Marx le agrega una conciencia histórica y social. Freud, un inconsciente, un pasado y un sexo. La máquina, el monstruo ensamblado, estaba por así decirlo, completo. El problema es que cada uno de estos ensamblajes en cadena reclaman, en algún momento, el lugar de teorías explicativas sobre la unidad.

Las fabricaciones parciales tienen que ver con la complejización de las distintas partes. La conciencia histórico-social en Marx debe justificarse y legitimarse dentro de una máquina más grande: la gran máquina narrativa de la historia. El complejo ensamblaje de la máquina social, más un motor, la lucha de clases. Son máquinas externas.

Internas son las máquinas cognitivas (y, más tarde, lo afectivo-expresivo, vuelto máquina, al pasar del ámbito de réplica romántica al ámbito científico y clínico). Lo que las ciencias cognitivas actualmente llaman simuladores, aproximaciones y mapeos del funcionamiento de la mente humana desde modelos artificiales, técnico-computacionales o teórico-formales, son una de las más viejas aventuras culturales de occidente: simular al hombre con las prácticas y el saber tecnológico disponible y dominante -construir el androide.

Simular las "actividades superiores" (cognitivas) resultaba entreverado, digamos, en tiempos de Russell o de Turing: la gigantesca computadora ENEAC, cintas magnéticas, tarjetas perforadas, inexistencia de pantallas, la reprogramación a través de manipulaciones hechas sobre el hardware, entrando literalmente a la máquina, sustituyendo circuitos, ajustando y aflojando tornillos. Chafe, de la generación del personal computer y de la miniaturización, puede proponer un simulador bastante simple, compuesto por un scanner, más un procesador digital, más un sistema de archivo en el que la información se archiva metafóricamente (grafos, dibujos, diagramas) o metonímicamente (historia, relatos, adición).

El problema clásico de la ciencia cognitiva, esto es, dar una solución simple y verosímil a la ecuación mente-cerebro, parece heredar la vieja cuestión cartesiana de resolver la discontinuidad de la res cogitans y del espíritu como plusvalía inexplicable de la cadena material de montaje -conectar la incesante química cerebral y la tormenta neuronal del córtex, con signos, semiosis, categorías, gramáticas: en fin, conectar el espíritu y la materia. Los niveles de descripción se han ido afinando al extremo de que el sistema nervioso central ha desplazado completamente al espíritu.

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También en la producción de máquinas internas de simulación ocurren modificaciones (aditivas, de ensamblaje). La máquina cognitiva, para Kant -gran materialista moderno- era un DOS, un dispositivo que conecta, categoriza, mide, compara, funcionando en un mundo de objetos, provisto de ciertos procedimientos de registro (sentidos y memoria, según la actitud cognitiva modela en la antigüedad clásica: la mirada, la contemplación, el ocio).

Piaget le agrega, a la máquina kantiana, la capacidad de manipular y actuar sobre el mundo de los objetos: la máquina categoriza, tematiza y abstrae no objetos puestos a su contemplación, sino a sus propias operaciones de manipulación. Los interaccionistas modifican menos la máquina cognitiva que el mundo en el que le toca operar (esta modificación alterará radicalmente el ensamblaje, el funcionamiento y el sentido del movimiento de la propia máquina cognitiva): ese mundo ya no es natural, "objetivo", sino artificial, cultural, propiamiente maquínico. La máquina ya no se enfrenta a objetos sino a vínculos e interacciones -ensamblaje con otras máquinas y con la máquina social.

La máquina "externa" social y la máquina "interna" psicocognitiva, luego de esta cadena de montaje, se reconectan, se envuelven, acompasan sus movimientos. El sentido del flujo parecería ser externo-interno de afuera hacia adentro; la máquina social inventa, diseña y ensambla a la máquina psico, le permite existir en lugares de retiro, de repliegue. Ya nadie concibe la máquina social como la vasta sumatoria de las máquinas psicocognitivas -ni siquiera como su composición y coordinación a través de máquinas intermedias, como las instituciones.

Ya no hay, en definitiva, interno-externo, adentro-afuera. Círculo de la sociogénesis. No mucho es ya lo que recorta la positividad del hombre sobre un fondo de entidades (naturaleza, sociedad, objetos, mundo). La modernidad había construido y animado al androide. Foucault hablaba de la posibilidad de desaparición del hombre como un rostro en la arena, borrado por el mar. Últimamente, aunque no puede decirse que se esté borrando en el sentido del desvanecimiento, o aún desconstruyendo o desensamblando, ocurre que se lo ha descrito y enriquecido tanto como "máquina interna", y se lo ha conectado, ensamblado e hiperensamblado con tantas otras máquinas, otros dispositivos y otros ingenios, parejamente ricos y pormenorizadamente descritos, que el diseño-hombre como algo objetivo, provisto de interioridades de exterioridad y límites, no se reconoce.

De verlo allí, en la mesa de disecciones, nadie diría que ese hombre es algo distinto de las máquinas a las que está conectado -nadie diría de hecho, que eso es un hombre conectado a otras máquinas.

La máquina de asalto Terminator 101, al igual que el monstruo de Franquenstein, tiene cerebro pero no tiene mente. Simulador: por una cámara-ojo vemos a través de la máquina -en una pantalla sepia o ladrillo se filma el mundo, ordenadas y abscisas grafican y componen el espacio, focos y círculos residuales ayudan a medir y a calcular el movimiento y las posiciones futuras de los objetos.

Cuando le toca dialogar e interactuar, la pantalla despliega un set de posibles respuestas; un cursor las recorre ansiosamente hasta seleccionar una, que queda titilando un segundo, antes de ser dicha por el monstruo: ¡Fuck you asshole!. ¿Quién lee "dentro" del androide? ¿Quién ve e interpreta gráficos, o resuelve problemas complejos de geometría espacial? El monstruo es puramente máquina, pero en el espectador que "mira a través de él" hay un monto de irreductible espiritualidad (¿por qué, si no, escribir en la pantalla? ¿por qué graficar, diagramar, selecionar con un cursor?). Esta curiosa ecuación es lo que nos permite ver a través de él, máquina transparente, obediente, funcional -yo no veo lo que ella ve, sino que leo lo que ella hace porque dispongo de registros de su actividad mental.

La máquina mimética Terminator 1000, acrobacia inexplicable de la futura tecnología del ensamblaje y la animación, está hecha de metal líquido. Es un policía, una pared, un flujo mercurial, las losanjes de un piso. La cámara no puede mostrarme lo que ve. No podemos meternos y ser la máquina. T-1000 no puede ser simulado -ya no hay animación tecnológica sino mágica: es el Golem. Se invierte el recorrido: vamos de Frankestain al Golem, del siglo XIX al XVIII. La máquina espiritual Terminator 1000 es otra vez, dualismo; materia y plusvalor de la inmaterialidad que no puede ser explicada sin magia, sin pensamiento religioso. T-1000 no es una máquina -no ha sido ensamblado. Es como hombre: cree no haber sido ensamblado, cree que no hay posibilidad de simularlo tecnológicamente.


*Publicado originalmente en La República de Platón Nº 41

1 comentario:

Alvaro Barcala dijo...

Así que Frankenstein ya no es un símbolo, ahora ya es tan sólo un simulacro.
Tal vez el lenguaje tampoco sea ya un símbolo sino un simulacro, de sí mismo, o de nosotros mismos.

Pero el hombre no se simula tecnológicamente, sino mitológicamente.