miércoles, 9 de julio de 2008

UNA SEMBLANZA DE LA ANIMALIDAD POR PACO CARREÑO



Porque cuando el caos logró su
Primer esbozo de postura, hundido
hasta los hombros en la levadura
cenicienta y al sol se puso sin
esfuerzo buscando una postura protectora,
todas las otras posibilidades incumplidas meditaron la venganza
que se cumple día tras día.
Juan Larrea

Cuál es esa venganza que no conoce las treguas de la historia, la venganza más sana de todas, esa venganza que se cuela en las religiones codeándose con la voluntad de los dioses, venganza obicua donde las haya, capaz de anidar en la mismísima razón humana. Aquí nos gustaría señalar al menos los síntomas de esa rabia salubre contra la identidad desnuda del espejo, presente, creemos, en todos los seres que deben la imaginación a su simple nacimiento. El hecho de nacer, en sí mismo, ya supone una enorme metamorfosis a la que la vida no parece querer renunciar en sus estadios sucesivos. El deseo de ser exige estar naciendo siempre. Nacer es ser otro sin dejar de ser uno mismo. Renacemos por el miedo cuando nos dominan, por la risa cuando dominamos. Toda desmesura nos instala en el espacio imaginario de nuestro nacimiento, nos expulsa de la historia.

Hay lugares en el mundo que aparentemente representan mejor que otros el umbral del nacimiento postnatal. En Cracovia todavía hoy se pueden ver, colgando en la fachada de la catedral, unos huesos de tamaño espectacular, cuya verdadera mesura únicamente la imaginación y algún que otro paleontólogo podrían encontrar. La costumbre medieval de poner en las fachadas de las iglesias cráneos de gigantes y dragones quizás se había heredado de aquellas exhibiciones de esqueletos de cíclopes con las que Roma festejaba a sus ciudadanos a la vuelta de las campañas asiáticas. El cuaternario siempre ha sido un generoso proveedor de maravillas: a cualquier época que le tienda su interés prodiga con cantidad de riquezas más o menos fósiles.

Cracovia, como Roma eventualmente, salió de la historia en el año 1241; fue conquistada, introducida a golpe de leyenda en el vasto territorio del Gran Khan, en el comúnmente llamado Tártaro. Así fue como los huesos descomunales que se repartían la atención de los feligreses con los evangelistas entraron de repente en el infierno, pues allí empezaba para todos el infierno, o su realidad más verosímil, y aquellos cráneos fácilmente podrían ser los de la cabeza del Can Cerbero.

“En Oriente –había dicho Lambert de Saint-Omer hacia el año 1120 en su Liber Floridus– hay criaturas humanas que vienen al mundo con dientes y con barba. Allá se encuentran también los hermafroditas que tienen los dos sexos, los gigantes de gran tamaño, gentes que tienen por boca un pequeño orificio y viven sólo de líquidos, otros sin lengua, que hablan por signos, los sátiros con patas y cuerpos de cabra, los faunos silvestres y pequeñitos” (1).

Pero habría que esperar a que el Oriente se aproximase, a que infundiese su terror en el mundo cristiano para que el papa Inocencio IV se decidiese a mandar misioneros al imperio del Gran Khan. Estos exorcistas de la invasión, embajadores ante los poderosos señores de la guerra, se introdujeron en Asia también con la intención de verificar la realidad de lo que habían aprendido en las enciclopedias antiguas de Solino e Isidoro. Su delicada e importante misión estuvo salpicada de preguntas que a los aguerridos caballeros de las estepas, acostumbrados a beber la sangre de animales vivos, debían parecerles de una ingenuidad deliciosa. Eran niños cultivados, niños medievales que no pedían “Cuéntame un cuento”, sino “Cuéntame este cuento, háblame de los cinocéfalos, de los panotios de orejas como sábanas, de los derbis, que nada más nacer matan a sus padres y se los comen”. Puede que por eso fuesen tratados con más benevolencia: ¿a quién no le gustan los halagos que otorgan a nuestra realidad los hallazgos de la imaginación de quien así nos honra? Por eso los anfitriones fueron parcos en relatos –quizás muy generosos en sonrisas–, sólo uno de aquellos jefes del ejército mongol dio testimonio de “unos seres de forma humana, que sólo tenían un brazo y una mano en medio del pecho, y un solo pie; se desplazaban haciendo la rueda y se llamaban Ciclopodos”(2).

Hay otros modos de salir del quicio de la humanidad, de asomarse hasta perder en el paisaje las jambas de nuestra óptica. Veamos en primer lugar los mecanismos de la fe. Los pensadores cristianos consideraban el saber como un terreno neblinoso, las vías de conocimiento están plagadas de maraña y desencuentros, cuando van hacia la verdad última utilizan la vía mística y reconocen que el verdadero conocimiento es un regalo de la bruma. El mundo para ellos es perfecto, acabado, generosamente amorfo si queremos, pero obra de una voluntad a la que nada se le escapa. En esa obra no hay refracción posible, todo ha sido elegido por esa voluntad total, es su palabra contra la duda, y aún la misma duda está incluida desde sus primeros titubeos en su palabra. Las desviaciones de su voz creadora son alucinación de la ignorancia, obcecación de un falso dogma. Todo tiene una explicación, nada hay gratuito, pues todo procede de aquella primigenia unidad de sentido que decidió aventurarse por los contradictorios vericuetos de la manifestación. Todas las excepciones gravitan igualmente alrededor de esa semilla de sentido desplegada en su propio sistema. Los gnósticos, obsesionados con el mal, buscarán un terreno donde germine esa semilla, vientos, pájaros que la trasladen de su seno estéril al fecundo desconocimiento, demiurgos malvados y vitalistas, capaces de raptar los encantos femeninos del tiempo incontestable y llevarlos al serrallo de la desenfrenada probabilidad. Así, aventurados hijos de la tristeza, ocultan parte de la realidad en una causa irresponsable, fresca como la voluntad de un niño, sobreponen una opacidad semántica sobre lo que ya reviste un velo de sinsentido, como el que baila ante su casa en llamas. Su fe se detiene en la imperfección. A esos flecos de la creación les otorgan una razón menor y derivada, rebelde, todo lo contrario de San Agustín, que los incluye en la voluntad divina, llama locos a los que dicen que se ha equivocado en alguna de las partes de su obra e ignorante al hombre que desiste demasiado pronto de seguir concediendola responsabilidad de ciertos seres reales o imaginarios al creador de todo, al creador también de lo raro, lo amorfo. Esta zona de difícil influencia divina será bautizada con un derivado del verbo monere (mostrar). La palabra monstrum (aviso) se encargará de traer a buen recaudo, al recaudo del sentido y la responsabilidad lo que da problemas o, simplemente, divierte, a esos excesos de la diversidad que bajo su expresión de desvío, excesiva o notoria, esconde un mensaje igualmente divino.

Los mecanismos de la razón a la hora de dar legitimidad en su discurso a lo monstruoso quizás no sean tan explícitos, pero no están exentos de precisión. De hecho, en la época más dura para la fantasía, época en la que raramente se imprimen formas inhumanas, el siglo XVIII, cuando los faros potentes de los sentidos siempre orientados creían haber iluminado definitivamente el Mar Verde, el Mar de las Tinieblas por el que otros siglos bogaron en busca de inquietud, reducida la imaginación a la rigurosa morfología del hombre, cuando más precisamente se tenía perfilado en los contornos de su especie, ese mismo hombre descubrirá con ahínco la otredad en sí mismo. La fisiognomía, en su afán por definir los diferentes caracteres de los hombres, buscará en la naturaleza, en los más estables rasgos de los animales, el código necesario para identificarlos. Dos son los procesos de los que se vale: uno de ida, dando a los animales rasgos y caracteres humanos, y otro de vuelta, el que atribuye a los hombres rasgos animales. De esa aproximación renacerá la zoología fabulosa, dando así la razón al Borges que incluía todas las disciplinas humanas en la literatura fantástica.

La contribución de la ciencia fisiognómica a la teratología no se limitará al plano del pensamiento. Los fisiognomistas, preocupados por hacer ver sus ideas, las ilustrarán en cantidad de dibujos: hombres con ojos de búho, búhos con ojos de hombre, hombres con rasgos de camello, de loro, especies fundidas en seres sabiamente híbridos. Después de un rato observando los dibujos de Le Brun, los de Lavater, o esos otros anteriores de Rubens en los que la belleza del rostro de una mujer parece deducirse de la belleza bestial de la cara del caballo y eso ojo a ojo, diente a diente, belfo a labio, volvemos al mundo por las fabulosas puertas de una sorpresa inagotable. La artificiosa máscara de la humanidad cae hecha añicos reptiles, añicos mamíferos, añicos soberbiamente insectos. Esa especie neutra, sosa, no marcada, como el género masculino en algunas lenguas, el utilizado para los seres que más se nombran, se ve poseída por mil gestos de un allende capaz de hacer que recuperemos nuestra curiosidad por esos bípedos familiares.

Más allá de la inevitable atención al parecido del hombre con el mono, Lavater quiso mostrar, fotograma a fotograma, el movimiento analógico que une la cara del hombre con la de la rana. En veinticuatro estadios de transformación casi imperceptible nos lleva desde el ideal griego de la belleza, representado por una estatua de Apolo, hasta la rana, “imagen abotargada de la naturaleza más innoble y bestial” (2), ese habitante de las confusas charcas, vomitado como un espíritu infernal por la Bestia del Apocalipsis en el Beato de Liébana. En esos veinticuatro pasos cruzamos los dos extremos de una cultura, ligando así atracción y repulsión con una visible cadena en la que brutalidad, bondad, imbecilidad e inteligencia enlazan sus grados en la desmesura de un origen común, pues el empeño de Lavater era demostrar la unidad subyacente a la diversidad del mundo zoológico. Ahondando más en ese empeño aquella época curiosa señaló la semejanza que existe entre los esqueletos del hombre, del perro, del águila y del pingüino. Ese misterioso parentesco del hombre con el resto de los súbditos del reino animal puede comprobarlo cualquier niño abriendo su libro de ciencias naturales por la página en la que se muestra la evolución de los embriones de la vaca, el cerdo, el conejo y el hombre: es la base empírica de la idea renacentista a la que obedece la obra de Arcimboldo, en la que hay una representación de la correspondencia entre el microcosmos (el hombre) con el macrocosmos (la naturaleza toda). De ese modo el hombre participa, a la vez que de todas las plantas, de todos los animales. La fisiognomía aplicada se reduciría a buscar de qué animal cojeamos cada uno de nosotros. Todo parece indicar que la conciencia de esa participación absoluta de la naturaleza en nuestro ser sólo podemos adquirirla a costa de realzar esas renqueras pronunciadas por la fisiognomía, pues una vez más el bosque no dejaría ver los árboles, en cambio los árboles, cada árbol en su peculiaridad representa el bosque, es el bosque, desencadena su conciencia, lo nombra, como cada hoja, en sus nervaduras, representa el árbol del que forma parte. El todo es el vértigo, la ofuscación, la invisibilidad, la no presencia de lo indistinto. Sólo a través de los individuos, prisma perfecto, se despliega la variedad secretamente inscrita en la palidez primigenia. En la muerte, nuestra experiencia de la totalidad, desparecemos arrastrados por una ambición sin límite. Nuestro cuerpo está entonces definitivamente harto de nosotros, y a cualquier precio, al precio de la identidad, escapa en busca de lo que sea. Toda morfología fantástica, incluso la más osada, la que nos ensambla con nuestros propios utensilios –véase El Bosco–, es divertida porque con ella respiramos, nos aliviamos, desde la holgada atalaya de sólo dos o tres especies, minerales, vegetales o animales, de llevar el peso de la totalidad, el peso de la muerte al fin y al cabo.

Dentro de esa tensión que se rompe en la muerte y cuyo momento de máxima laxitud lo encontramos en la resignación de hombres meramente civilizados, el monstruo es conciencia y alegría, reposo y refuerzo de la atención, con él encontramos esa ambición de que nada escape a nuestro ser, ni siquiera nuestras obras; siendo híbridos del arpa, del reloj y de la flecha somos tanto sus creadores como sus esclavos. Sólo que de vez en cuando nos da una rabieta de humildad. Queremos reducir el hombre al hombre, de ahí nuestra máxima aspiración, la más natural que hayamos tenido nunca: conquistar la propia naturaleza, libres y cómodos señores de un mundo obediente, regidos por una voluntad perpetuamente ajena a la muerte, al exceso total de las formas; para descubrir en seguida que cualquier exceso de civilización desencadena en el hombre la conciencia de que “no puede vivir solo con su imagen, con su propia compañía” (4). Siendo él, sólo él, no es nadie, está vacío. Esa es su condición, o todo o nada, o microcosmos o darse de bruces con su no naturaleza, la revelada por Kaspar Hauser al salir de su reclusión, la del niño de Aveyron comiendo yerba y subiéndose a los árboles, la de los niños-oso de Lituania, la de las niñas-tigre de la India, la de todos esos seres humanos crecidos en el aislamiento. En ausencia de una naturaleza innata se adquiere la del silencio, la del oso, la del tigre. “La ausencia de determinaciones particulares viene a equivaler a la presencia de posibilidades infinitas”(5), presencias que el hombre encuentra en el animal, su “posible ilimitado”. Así, en buena lógica, la fórmula disyuntiva ha de ser convertida, máxima y única posible ambición, en esta otra fórmula copulativa: todo y nada.

Pero esa fórmula no se corresponde en toda su amplitud con la naturaleza. De ahí todas las antinaturalezas subsidiarias. Se buscan, en los extremos del tiempo y del espacio, en el verdadero patrimonio de nuestra percepción, seres ajenos a cualquier plan divino, supervivientes de un orden inactual, anterior a la civilización que los ha vencido y los añora. Tiempos en los que infinidad de miembros vagan entre agua y tinieblas buscando un cuerpo al que acoplarse: pezuñas, colas, cabezas de perro, cuernos de cabra, ojos de hombre y de mujer, reptiles de todas clases intercambiando, en el juego sin normas de la indeterminación, sus partes en un ansia irreverente. Espacios confusos, acuáticos, reinos de larva y latencias manifiestas, obedientes al movimiento del ahora.

El desierto por donde reptan las lamias, donde ejerce su terror el basilisco; el océano, con sus monjes de mar, las sirenas, los peces-isla; o esos lugares remotos donde pelean los hombres-grulla y los grifos guardan tesoros de irresistibles piedras preciosas, son lugares que exigen una adaptación, una deformación o un hibridismo obligados por la supervivencia. Los esciápodos, habitantes de una Etiopía fantástica, con su único pie desmesurado, cuya enormidad viene impuesta por el clima y la falta total de árboles, se defienden del sol tumbados en los márgenes de los mapas medievales. El mismo por el que algunos niños de la India nacen con el pelo gris, poco a poco ennegrecido por el paso del tiempo. Y los antípodas, con las manos y los pies respectivamente invertidos. Además del prurito de ubicuidad atestiguado por las sirenas voladoras, por las múltiples razas de hombres-pájaro, por los ictiófagos con los que se cruzó Alejandro en su batiscafo, que viven en las simas marinas y se alimentan de peces abisales. Todos ellos escaparon al diluvio y al arca de Noé, al desastre y a la salvación. No son individuos, como la mayoría de los monstruos griegos, sino razas que se perpetúan en los confines del mundo conocido. A la selección natural impuesta por Dios contestan con su existencia ultramarina, con su medio humanidad, con su imposibilidad vencida.

La concha, ese coágulo de mar, será el recipiente elegido por los monstruos para su nacimiento ermitaño. En las líneas de la vieira están la primera y última ola, Venus y el más profundo pez abisal. Al situar al monstruo en ese símbolo de toda la creación el hombre trata de legitimar su realidad. Es esa misma intención la que mueve a Aristóteles a afirmar que “el monstruo es un fenómeno que va contra la generalidad de los casos, pero no contra la naturaleza considerada en su totalidad”, integrándose así “en un orden natural superior al percibido por nosotros”(6). Todo parece indicar que, lejos de librarnos de ellos achacándoles una fácil irrealidad, debemos situarlos en ese psiquismo descubierto por Lupasco, en el que ubica las manifestaciones del arte abstracto, que “no es ni una interioridad subjetiva ni una exterioridad objetiva”, a medio camino entre la potencialidad y la actualidad, formados por esa tercera materia enraizada en el sistema nervioso. Ahí la dualidad que rige el sistema físico y el sistema biológico no puede actuar. Se trata de una realidad no contradictoria.

Cómo dar el salto, cómo ingresar en ese mundo que exige toda nuestra atención, donde cara a cara miramos a la muerte, tan cerca de ella como los animales; cómo llegar a ese locus horribillis que cerca con sus chapoteos el locus amoenus al que tiende toda civilización. Cómo acceder, retroceder, a ese alter orbis, cómo desnudar lo imposible hasta la probabilidad, hasta la suerte, para luego agotarla.

“La navegación libra al hombre de la incertidumbre de su suerte; cada uno queda entregado a su propio destino, pues cada viaje es, potencialmente, el último”. Estas palabras de Foucault, de su Historia de la locura en la época clásica, nos guían hacia el elemento más desnudo de toda la naturaleza, el posible por excelencia, objeto de las lenguas del fuego, de los embates del aire, de la firmeza de la tierra, el más expuesto. La grandiosa debilidad del agua no sólo acompaña, mantiene, acoge a casi todos los monstruos de la historia, desde los que surgen del caos de los presocráticos hasta la gran parada de Freaks , la película de Tod Browning en la que vemos, bajo una lluvia implacable, los cuerpos inacabados arrastrarse por el fango hacia la venganza de los acabados que no saben convivir con lo insólito; el agua es también el camino hacia ellos, como nos muestran los mapamundis medievales y los viajes paradigmáticos de Simbad el marino. Este navegante empedernido sentirá una y otra vez la necesidad acuciante de ir a perder el rumbo en el último de los océanos. Un jardín, una gran fiesta, lujo y placeres son incapaces de retenerle entre sus muros. Siempre hay una nave de los locos esperándole en el puerto, pronta a zarpar hacia el confín de la pesadilla. Al otro lado la vida es un renovado regalo y una conquista. Los barcos son su segunda, tercera, cuarta madre; todo el mar la placenta que sostiene su deseo. Los peces-isla, el pájaro Roj, el gigante caníbal de ojos rojos son los espejos en los que se templa su presencia irrevocable.

En el espacio siempre móvil de la sed, a lomos de una infinita curiosidad, sobre el resto inmenso de lo que no somos, con Simbad apelamos a nuestra vocación de náufragos. Una vez arreglado el jardín, tras mil años de agradable cultivo, de muertes apacibles, nos asomamos por el acantilado a nuestro suicidio. Entonces descubrimos que el sol podría tener otro color, que el mar podría ser rojo, podríamos tener pinzas en lugar de manos, y una buena trompa en mitad de la cara, nos entra la nostalgia, la horrible sensación de ser para siempre nosotros mismos. Los ojos se llenan de sal, nos sudan las manos, mil pitidos zumban en los oídos. Una inmensa confianza en los sentidos se apodera de nosotros. Queremos, podríamos, será. Convertimos el atolladero de nuestro deseo en un astillero. Pronto tendremos el gran vehículo que nos hará frutos inmemoriales del olvido. Talamos cerezos. Quemamos las raíces para el alabeo de la madera. Calafateamos con la resina. Manos a la obra cantamos el bramido, la ternura, el silencio de ultramar. Nuestros vecinos, al ver que no nos atenemos a razones, bautizan nuestro barco con un bonito nombre. Stultifera navis, la llaman. Nosotros, con el corazón ya en el otro lado, los abrazamos como sólo un pulpo podría hacerlo, con nuestros brazos y con los brazos de los que nos esperan en la orilla de la impaciencia.

(*) Publicado en «Salamandra», nº 8-9, Madrid, 1997-1998 ( págs.19-21 ).

(1) LECOUTEUX, Claude, Les monstres dans la pensée médievale européenne, París, Press de l'Université Paris-Sorbonne, 1993.

(2) LECOUTEUX, op.cit.

(3) BALTRUSAITIS, Jurgis, Aberrations. Essai sur la légende des formes, París, Flammarion, 1983.

(4) CAZAUX, Yves, “L'animal fabuleux”, Corps écrit, 6, L'animal fabuleux, Presses Universitaires de France, mayo 1983.

(5) Los niños selváticos, Alianza Editorial.

(6) KAPPLER, monstruos, demonios y maravillas a fines de la Edad Media, Madrid, Akal.

(7) LUPASCO, Stephane, Nuevos aspectos del arte y de la ciencia, Madrid, Guadarrama, 1968.