lunes, 7 de julio de 2008

LO INNOMINABLE POR MARIELLA NIGRO


Lo innominable


Mariella Nigro

Desde los antiguos ritos paganos y las fiestas orgiásticas medievales hasta el arte performático moderno, el individuo ingresa al terreno de lo prohibido a través del arte: sexo, violencia, sadismo, salvajismo, pecado, voyeurismo, androginia, fetiche…, apelando para ello al arsenal sígnico de lo abyecto.
"… le estaría permitido al soñador y no al práctico acceder a ese simulacro ininterrumpido que es la red simbólica sobre la cual pende nuestro mundo de cada día"
Fernando Andacht


A propósito de la lectura de Antes del asco. Excremento, entre naturaleza y cultura, de Hilia Moreira (*)


Hilia Moreira desentraña la significación de varios fenómenos culturales a la luz de la semiótica, disciplina considerada por la autora como un 'caleidoscopio', que mediatiza el conocimiento desde su raíz -'kalos', bello- "(…) hasta embellecer cualquier elemento, por neutro, humilde y hasta despreciado que lo considere una cultura". Así, la reflexión semiótica proyectará luz sobre diferentes aspectos de lo humano, a partir de un núcleo de significación constante a lo largo de esta obra: el excremento, en tanto abyección, lo expulsado de sí, eyección denotada y fuente de fenómenos connotados.

Los signos resultan tanto abordados en su significación como interpretados en su poeticidad; la semióloga desentraña la regla que los determina y también el numen que los libera. Semiología, hermenéutica y poiesis, tal vez es en esa inflexión donde radica el ejercicio globalizador de la semiótica: razón y empatía, instrumentos epistemológicos.
El mayor desafío de Hilia Moreira es afirmar desde el campo téorico de su disciplina lo que en otras áreas, especialmente en la praxis del arte, se ha proclamado con voluntaria trasngresión, bajo la mirada censora de algunos agentes críticos de los medios y las instituciones: "(…) lo fecal es sólo convencionalmente repulsivo". Esta idea es reiterada en el correr de la obra como premisa de su abordaje semiótico. En el arte, el mito y la literatura, habrá derivaciones muy diferentes a las del sistema social y el jurídico: en éstos, la interdicción (proscripción y prescripción), allá la pulsión del deseo y la transgresión; ambas áreas, fértiles campos de investigación semiótica.

La autora acerca su análisis a las categorías piercianas del signo, destacando el carácter de "primeridad" de la abyección -la "libertad" ("ilimitada, incontrolada, múltiple") de su emergencia-; luego refiere el fenómeno al choque cultural con el exterior ("secundidad" y "terceridad"), a partir del que es elaborada "(…) una fantasía según la cual el organismo es una móvil y animada fábrica de suciedad". Y reafirma que "(…) en diferentes actividades, en diversas culturas, en distintas épocas, el excremento puede actualizar otros de los infinitos significados que porta en su primeridad". Ello explicaría que no fuera hasta el siglo XVI que se organizara "una política de deyección" en las ciudades; y permitiría a la autora reconocer -desde la zoosemiótica y la etología- que, junto a la cultura humana, hay la "cultura animal", resultado de su "capacidad de simbolizar".

La cuestión radica en determinar si hay 'convención', límite social o cultural en el repliegue frente a la abyección, si sólo hay 'terceridad', o si media una interdicción original, primaria, anterior a la cultura, y ubicar el misterio del excremento ("misteriosa fantasía", diría Moreira) en el borde de la línea 'naturaleza-cultura', donde late la pulsión de la represión. Y hacerlo desde la semiótica, una disciplina cuyo instrumental para la significación del acto favorece la relativización del prejuicio y la reasignación de valores culturales en áreas diferentes de la fisiología o la biología, donde el fenómeno es más tradicionalmente abordado.

La autora reconoce que el proceso de alejamiento de lo abyecto, de aprendizaje de la repulsión, que lleva a cabo el sujeto desde su nacimiento es "(…) su proceso de individuación, sin el cual no hay ingreso a la cultura"; que ese alejamiento "(…) constituye una condición necesaria para formar la propia identidad sexual, psicológica y social". Llegado a este punto, coloca lo abyecto "entre madre y norma", en su condición, como la madre, de irrenunciable. Ambos vínculos, dice, de los que el sujeto permanece prendado, con nostalgia, son reivindicados a través de las transgresiones del arte y la religión. En los espacios estético y sagrado, "(…) los momentos de lo obsceno (…), lo sublime (…) y de éxtasis (…)" posibilitan el retorno a aquello "familiar en un tiempo remoto", el goce total del cuerpo.

Ciertamente es inherente a la condición humana el encanto de la transgresión catalizada en el arte. Desde los antiguos ritos paganos y las fiestas orgiásticas medievales hasta las expresiones plásticas modernas (pintura, fotografía, performance, acciones, body art), el individuo ha ingresado al terreno de lo prohibido a través del arte: sexo, violencia, sadismo, pecado, voyeurismo, androginia, fetiche…, apelando para ello al arsenal sígnico de lo abyecto.

La autora observa que el abordaje de estos temas desde el arte, el mito y la literatura responde al ejercicio de una mente desestructurada y libre, de una sensibilidad primaria, de una profunda conciencia de la corporalidad. Así, anota desde pasajes del Gargantúa de Rabelais hasta acciones dramáticas de Joseph Beuys y performances rituales de Marina Abramovic, desde la referencia constante a las excreciones en las diferentes cosmogonías (como la azteca Tlazoltéotl, Nuestra Señora de la Inmundicia) hasta las derivaciones de los desbordes de Sodoma y Gomorra. Podría agregarse que aún más desestructurado, menos solemne sería, en ocasiones, el tratamiento que esos temas recibieran desde la literatura, como con Francisco de Quevedo, o desde la pintura y la caricatura, como algunas ilustraciones de folletines y revistas literarias del movimiento surrealista de los años treinta, y aun desde algunas manifestaciones de la estética camp.

Es en estos terrenos donde lo abyecto puede terminar convencionalmente (culturalmente) redimido; donde aparece en su verdadera dimensión el poder de la palabra, lazo que ata percepción y pensamiento. Un poder especialmente subrayado por autores que se han ocupado de 'las malas palabras', como el argentino Ariel Arango quien, aun en una línea de análisis similar al de Moreira, refiere abiertamente lo estercóreo a lo erótico, ambos, puntas de iceberg del tabú.

Moreira ubica la poesía y las antiguas cosmogonías, -y en un paralelismo fenoménico, la categoría de lo abyecto (sombras, excremento, mutilación, sacrificio, "descenso a negrura, intestino, cloaca" de héroes y aedos) en "el punto mismo de encuentro entre lo simbólico (entendido en el sentido kristeviano de social, comprensible, comunicable) y lo que Kristeva llama xora o lo semiótico mismo", "(…) lo soterrado, inicial, ilimitado"; correspondencia entre "el impulso semiótico desbordante, insensato y la norma simbólica, separada, canalizada, socializada (…)".

A pesar de la apelación a lo simbólico, la autora corre 'el punto de encuentro' en esa línea naturaleza-cultura, señalando una fuerza de atracción desde lo semiótico, aunque debe reconocerse que la poesía y el mito pertenecen al símbolo, signo paradigmáticamente cultural. Entonces, allí, el excremento es alegoría -tal vez emblema, estigma o fetiche-, expresión acabada de 'terceridad', categoría de lo representable y lo comunicable; en el orden de la naturaleza, el excremento es icono, reino de la hipótesis, donde no es posible la retórica ni la connotación ni la convención, donde el signo se consume a sí mismo, donde no hace sombra, 'pura apariencia' en el esquema husserliano.

La cuestión es finalmente si la abyección es "lo innombrable", "lo innominable" o si está en el orden de la proposición y la representación, en el pliegue mismo del lenguaje, en el espesor de la palabra, un espacio fatalmente retórico; donde la experiencia del místico o la del alquimista (ejemplos articulados en la obra) son en realidad vías de conocimiento en el marco de sendos sistemas de signos, y donde nuevamente la cultura roba terreno a la naturaleza.
En la literatura y el mito, la idea de abyección como 'lo innombrable' bien puede convertirse en objeto de la fenomenología de la imaginación, si buceamos, con Gaston Bachelard, en las resonancias literarias de las lecturas, en busca de las imágenes arquetípicas de 'la pasta triste'. Allí queda en evidencia la frontera entre la mera existencia de la sustancia y el mundo de los 'valores literarios' del soñador. Nuevamente, estamos frente a un material simbólico; superado el umbral semiótico, el ensueño de la materia blanda pertenece al lenguaje: si en la naturaleza el impulso y el desorden, en la cultura, la representación y la imaginación.
Finalmente, parecería que lo abyecto obtuviera la mayor de sus estigmatizaciones en el área del Derecho.

La normatización es también un paradigma de la elaboración cultural: el homo faber es casi instantáneamente hacedor de cosas y hacedor de normas; desde que fabrica (hace, actúa) ejercita el poder, desde el más simple y unario de la represión primitiva hasta el más complejo y binario de la división entre lo público y lo privado y las derivaciones sofisticadas del ejercicio del imperium: cárcel, hospital, hospicio, colegio, ejército, en las 'estructuras de encierro' de Foucault. Paradójicamente, es en algunas de esas estructuras donde aparecen fallas por donde revienta y fuga la represión -¿social, cultural, jurídica, sicológica?- de lo abyecto, y el individuo retrocede hacia conductas infantiles o traspasa la misteriosa línea de la cordura, como muestra la observación clínica de la autora.

El discurso inteligente y audaz de Hilia Moreira deja al descubierto los nudos del tema, la cualidad de disciplina auxiliar de la semiótica y la visión postmodernista de su lente. A contraluz de ese caleidoscopio no se ve todo, pero se ve algo más; entre el práctico y el soñador media la imaginación; entre naturaleza y cultura, un juego óptico.


(1) Ediciones Trilce, 1998. Primer premio categoría ensayo de filosofía -édito- del Ministerio de Educación y Cultura 1998.