viernes, 11 de julio de 2008

JOSÉ MANUEL ROJO IV: LA GUERRA DE LAS ILUSIONES


José Manuel Rojo: LA GUERRA DE LAS ILUSIONES

Tengan razón o no algunos fatalistas nada exagerados que, como la Encyclopedie des Nuisances consideran que poco falta para que se cierre el ciclo revolucionario por la sencilla razón de que el capitalismo tecnoindustrial se ha entregado a una ‘empresa de desolación planificada cuyo programa explícito es la producción de un mundo inaprovechable' (Discurso preliminar, EdN nº1), lo cierto es que nuestro tiempo parece languidecer bajo el signo de la protesta en vez de la revolución, hasta el punto de que es ahora cuando se podría utilizar la etiqueta desmedida que un historiador dió al siglo XX: la Era de la Protesta (1). Aunque semejante denominación es excesiva y sobre todo interesada, y aunque aquí y allá, en Argentina o Argelia, en Perú o Ecuador el llamado proletariado salvaje prosiga sus asaltos supuestamente sin esperanza, la contestación social de los países capitalistas se está articulando a través de los movimientos de protesta colectiva, siguiendo, como se ha dicho, el modelo del Mayo del 68 en su faceta más espectacular. Desde las marchas ecopacifistas de la Alemania de los años 70, hasta las recientes manifestaciones contra la guerra de Irak, hemos asistido a protestas masivas que han llegado a derivar en auténticas conmociones de la opinión pública, que han conseguido paralizar la vida política y puesto contra las cuerdas aparentemente al poder, pero sólo para disolverse con una facilidad suma. También aparentemente , no han dejado nada atrás como un posible legado. Y así hasta la próxima protesta.

Este carácter cíclico y espasmódico permite enlazar la protesta contemporánea con otro modelo histórico de combate social, la revuelta preindustrial. La relativa facilidad con la que fracasaban las revueltas medievales o de la Edad Moderna parece legitimar tal acercamiento, pero, más allá de torpes analogías, podemos encontrar un punto en común más evidente: tanto la una como la otra no cuestionan la autoridad suprema de su tiempo. La revuelta criticó el mal gobierno, no al rey justo elegido por Dios; la protesta critica la política equivocada, corrupta o egoista, nunca al sistema democrático que está por encima de cualquier sospecha.

Seguramente, aquí acaban las semejanzas. Porque, por ejemplo, los campesinos que se amotinaban en el siglo XVIII sabían muy bien por qué lo hacían, y hasta cierto punto estaba en su mano el derrotar las manifestaciones más directas y concretas de su opresión: la subida del impuesto de la sal, el encarecimiento o escasez de los productos de primera necesidad, el despotismo exagerado de las autoridades locales, podían ser mitigados si la revuelta era lo bastante audaz y peligrosa como para que el gobierno considerara prudente ceder, aun momentáneamente, a sus reivindicaciones. Victorias parciales, pero victorias, que hablan de un mundo y unos conflictos que se nos antojan reales , sobre todo si los comparamos con los nuestros.

Pero los actuales movimientos ciudadanistas , impelidos sobre todo por imperativos éticos más que por amenazas concretas a sus intereses vitales, se caracterizan al contrario tanto por su ignorancia como por su impotencia. Ignorancia, porque la mayoría de esos ciudadanos que se movilizan por una causa justa ignoran el motivo o el culpable exacto del mal que denuncian (¿quién fue el culpable del Prestige , el capitán del barco, el armador, el gobierno, la industria petrolera?). Impotentes, porque la actual organización de un mundo dirigido y reconstituido por una economía que gracias a la globalización se ha emancipado casi por completo de la política, hace vanas todas las esperanzas de los movimientos de protesta, que lo apuestan todo a la carta de que su voluntad sea escuchada y respetada por sus gobiernos, cuando éstos ya no pueden complacerles, ni, claro está, lo pretenden (2). Desde este punto de vista, la definición mínima (y válida) del ciudadanismo, explican también las causas de su fracaso: ‘por ciudadanismo, entendemos en principio una ideología cuyos rasgos principales son: la creencia de que la democracia es capaz de oponerse al capitalismo, el proyecto de reforzar el Estado (o los Estados) para poner en marcha esta política, los ciudadanos como base activa de esta política. La finalidad expresa del ciudadanismo es humanizar el capitalismo, volverlo más justo, proporcionarle de alguna manera un suplemento de alma' (3). Ahora bien, no hay un acontecimiento que genere más sentimientos humanistas y reflexiones éticas que una guerra; no nos extrañará entonces que la guerra de Irak haya supuesto el punto álgido del ciudadanismo, su apoteosis global, pero también su mayor fracaso. Indudablemente, la oleada de manifestaciones que ha sacudido el mundo tienen también otros orígenes, y prometen distintos desarrollos. Por fortuna, muchos han salido a la calle como simples ciudadanos indignados, pero todavía no como ciudadanistas (4). Y no es descabellado interpretar estas protestas como un eslabón más de la cadena del movimiento de contestación al capitalismo triunfante, que se ha ido forjando, con avances y retrocesos, con aciertos y debilidades (5), con algunas luces y más claroscuros, desde (por poner una fecha) el levantamiento de Los Angeles de 1992.

Pero en casi todos los casos, las protestas contra la guerra han levantado algunas ilusiones que se justifican mal, igual que han provocado la resurrección de otras que creíamos muertas y que son decididamente injustificables.

En primer lugar, la capacidad de movilización y protesta de las opiniones públicas ha dado lo máximo de sí misma, pero con magros resultados. No se pretende reducir la importancia de las manifestaciones, signos del malestar social de millones de personas, en cuanto tales ; pero la pasión espectacular por el número y el récord, el entusiasmo por su supestamente inédito carácter internacional (6), no pueden borrar un sencillo hecho: la importancia final de las opiniones públicas cuando llega el momento de la verdad , es decir, el momento en que se miden las relaciones de fuerza entre dominantes y dominados, y se hace recuento de las victorias y de las derrotas. En el caso que nos ocupa, no sólo, ni por asomo, se ha “parado” la guerra, sino que ni siquiera se ha abierto una polémica seria entre los gobiernos belicistas y sus delicadas opiniones públicas. Por esta razón, resulta prematuro hablar, como se está haciendo con tanta alegría incluso desde las filas “radicales”, de esa falsa esperanza convertida en lamentable lugar común, de esa “nueva potencia mundial” de las opiniones públicas, que ha nacido con la guerra de Irak para contrarrestar el poder de los EEUU. Aparte de que ese discurso delata una incomprensible nostalgia de la guerra fría (volveremos sobre ello), lo menos que se puede decir es que esta nueva gran potencia es un gigante que tiene los pies de barro ya desde su mismo nacimiento, y esto sí que es una verdadera novedad histórica.

A este respecto, nada más significativo y aclarador que el caso español. El día 15 de febrero se manifestaron millones de personas, y no consiguieron ni siquiera abrir un debate de protesta reconociéndola legitimidad política, y que en consecuencia accediera a debatir con argumentos para intentar, si no convencer, al menos justificar sus decisiones. Y decimos argumentos, y no las naderías banales que los burócratas han soltado distraídos como el que se dirige, con fastidio y aburrimiento, a unos niños a los que ni ama ni soporta.

Este proceso de apertura de un debate y una negociación política con el poder es, por otra parte, el secreto y la esperanza del ciudadanismo. Aquí ni siquiera ha asomado su tímida naríz. Porque si una manifestación de un millón de personas, como la madrileña del día 15 de febrero, no es capaz de producir ni el más mínimo estremecimiento en el poder, aparte de las consabidas y cínicas alusiones al “respeto de todas las opiniones”, podríamos preguntarnos, parafraseando a ese patético ratón que rugió, ¿ qué más tiene que pasar para que el Estado se de por enterado? Seguramente muchas cosas, pero ninguna al estilo ciudadanista. Porque los ciudadanistas, o más en general todos aquellos que todavía confían en los medios civiles y pacíficos que permite y aconseja la democracia burguesa, han cumplido todos los requisitos imaginables exhibiendo toda su potencia de fuego de artificio, para conseguir nada: la multitud desfiló por todo el mundo, en marchas pacíficas, lúdicas, participativas, masivas , besó la frente de la democracia encantada pero ésta no despertó, ni siquiera para convertirse en rana represora (7). De esta forma se ha demostrado tanto lo que es la democracia, como la fuerza real del movimiento ciudadanista y de sus ilusiones.

Pero tal es la fe de los creyentes que siguieron las manifestaciones, mitines, sentadas, conciertos reivindicativos, etc. La misma sordera de los gobiernos produjo un hecho bien curioso, en cuanto que debería ser serena conciencia de nuestro tiempo, y no sobresalto ocasional: la sensación de incredulidad y humillación, de estafa insoportable de tantos “demócratas” ante el funcionamiento de la democracia. Se les había prometido que su voz sería siempre escuchada, y así había sido cuando de lo que se trataba era de encuestas inofensivas, de rankings de popularidad, de competiciones absurdas, de estudios de mercado; aquí su opinión, su voto emitido por móvil o correo electrónico, era respetado y hasta reverenciado (seguramente porque muchas veces pagaban por él, porque lo consumían; al menos, los desengañados plebeyos romanos vendían su voto, no lo compraban…). Y se lo creyeron. Pero ya se ha visto que otra cosa muy distinta es una guerra, donde ninguna opinión es necesaria porque sólo cuenta el poder de decisión que caracteriza a la clase dominante y del que carecen sus siervos. La brutal contestación de esta modesta evidencia, el doloroso (aunque seguramente momentáneo) despertar a la agria realidad, puede que ayude a explicar el desbordamiento de ciertas manifestaciones, producto de una rabia acumulada que en algunos se debe justamente a razones más amplias que la mera guerra y sus mentiras escandalosas.

En efecto, se han producido gratas y no desdeñables rupturas de la legalidad, como la de la manifestación del sábado 22 de marzo en Madrid, convocada, organizada y apoyada por la gente en abierto desafío a la prohibición y a las amenazas de un gobierno que tuvo que legalizarla a última hora para cubrir las apariencias. Una manifestación (pero no fue la única) que tranquilamente hizo caso omiso del tímido recorrido pactado, que prosiguió su marcha sin más consideraciones, y que desembocó en uno de los enfrentamientos más graves de todas las movilizaciones, enfrentamiento en el que participó un número de personas mucho mayor y mucho más variado de lo habitual, hecho quizás no tan significativo como el apoyo que estas personas recibían del grueso de manifestantes que se contentaban con concentrarse en la Puerta del Sol negándose a disolverse. Pero aunque el alborozo complaciente sea comprensible, habría que resituar esta experiencia de libertad colectiva en sus justos límites, que son los de la pérdida progresiva de los derechos más elementales de reunión, manifestación y expresión que se ha dado en los últimos quince años. Si un hipotético asiduo a las manifestaciones de los años 80, no digamos ya de las luchas obreras de la transición, hubiera estado en coma durante los años 90 y hubiera despertado de repente para acudir a una de tantas manifestaciones de los últimos años, se hubiera horrorizado ante este modelo de no-manifestación: cinturones de antidisturbios a ambos lados de la marcha, recorridos ridículamente cortos, ordenadas filas indias en las aceras o en los márgenes laterales de las calles para no interrumpir el sacrosanto tráfico, miedo a moverse y a dejarse ver, pantomimas teatrales para ocultar carencias más serias.

Se entiende que en un ambiente tan viciado una cierta espontaneidad y ruptura de las reglas haya sido una bocanada de aire fresco. Pero puede que haya tenido más importancia la crisis que ha sacudido al discurso oficial, y que ha permitido, como en el caso del Prestige , la emergencia de algunas dudas y preguntas muy inquietantes para el poder y para los que lo sirven. No sólo la puesta en cuestión del funcionamiento del sistema, sino, sobre todo, el llamado problema de la violencia , demasiado tiempo secuestrado por el duelo entre la ETA y el Estado. De alguna manera, en estos meses mucha más gente de lo habitual se ha planteado a qué llamamos violencia, violentos, terrorismo, asesinatos, legitimidad de los políticos demócratas que dan lecciones de pacifismo, razón de Estado, de tal manera que el hechizo del espectáculo ha dado síntomas de quedar en suspenso, y sus mentiras rotas ante la realidad. Así, la propaganda de guerra ha exhibido sus acostumbrados arsenales hollywoodienses de bombas inteligentes, marines hipervitaminados y cableados hasta convertirse en cyborgs , aviones no tripulados y tomahawks infalibles como la ira de Dios, pero el desequilibrio con las desventuradas tropas de Sadam era tan escandaloso, tan palpable , que no ha conseguido simpatía o emoción, ni siquiera la incertidumbre y la tensión propias del cine de acción, sino piedad por el enemigo débil y rencor contra el fuerte. De la misma manera, la desproporción absurda entre los ataques simbólicos a la sede del PP y la guerra sangrientaque éste avalaba, dejaba poco espacio de margen para las maniobras de distracción que apelaban al “terrorismo” de los “violentos”: como se podía leer en El Acratador , ‘las cristalerías en la sede del PP no tienen vida, los civiles iraquíes sí. Romper los cristales de MacDonalds o Kentucky Fried Chiken no causa un gran daño ecológico, quemar un pozo de petróleo causa una catástrofe a largo plazo. Hacer pintadas contra la guerra no produce cáncer, lanzar proyectiles con uranio empobrecido afecta a miles de personas durante un tiempo que puede ser de siglos. Boicotear una gasolinera no afecta más que a sus dueños, asfixiar económicamente a un país durante 12 años supone la pobreza para millones de personas. A un policía armado, con casco, escudo y protecciones una pedrada es difícil que le haga mucho daño. Un manifestante tirado en el suelo y pateado por seis policías (sólo hay que ver la tele, no necesitamos dramatizar) puede sufrir secuelas de por vida' (8). Lógicamente, para reducir este abismo entre la realidad y la ficción y hacer comulgar con ruedas de molino, el PP sólo podía contar con la colaboración de su leal oposición, PSOE, IU, los sindicatos, que al no poder, por la posición institucional que tienen y a la que se deben, responder al chantaje del gobierno cogiéndole la palabra (pues en efecto la ecuación propuesta por Aznar entre “terrorismo” y “guerra” es muy correcta, lo que le convierte, a él y a los suyos, en terroristas en cuanto que partidarios de la guerra), no pudieron sino replegar velas, permanecer en un silencio culpable más o menos indignado, y abrir el camino de la recuperación. Es el mismo papel que han desempeñado en el tempo y desarrollo de las manifestaciones de protesta, una vez que la impía violencia apareció en marzo: reconducirlas, moderarlas, ahogarlas, con el consabido recurso de las marchas a Torrejón y los mitines-fiesta. Este proceso sólo debería disgustar, sin embargo, a los que todavía esperan algo de estas organizaciones, igual que sólo se descepcionarán con los resultados de las elecciones municipales y autonómicas los que todavía guarden alguna fe en esos rituales sin sustancia. Tanto unos como otros (que suelen ser los mismos) aún no deben haber comprendido que todo movimiento popular, por desesperado, indignado o radical que pueda parecer, se desnaturaliza irremediablemente y se diluye en cuanto se le reconduce por los caminos de la política de partidos y las elecciones; que si ya es difícil que una lucha determinada, como la que provocó el Prestige , se extienda y cristalice en una crítica y en un rechazo algo más riguroso y consciente del orden dominante, lo que es seguro es que en cuanto entramos en el camino de la política institucional desaparecen todas las posibilidades abiertas por la crisis de conciencia y vuelven a ocupar su trono, momentáneamente discutido, la apatía, el conformismo y los cálculos más mezquinos.

Así se explica que un cínico notorio como Alain Touraine se permita constatar con deliciosa despreocupación que ‘es incluso sorprendente que la opinión pública no haya reaccionado más violentamente ante las revelaciones que demuestran que Sadam no poseía armas de destrucción masiva, cuya amenaza enarboló el presidente Bush como justificación para una guerra preventiva' ( El imperio guerrero , EL PAÍS, 1-9-03). No ya con la violencia, sino ni siquiera con medidas más contundentes que la mera acción simbólica o la consabida manifestación, ni después de la guerra, ni en su desarrollo, ni cuando todavía se podía detener antes de que empezara. Medidas tales como ‘una huelga generalizada o un proceso de desestabilización económica contra la economía de guerra'(9), que parecen ajenas o como poco difícilmente imaginables a un movimiento que parece conformarse con la demostración ética y su posible impacto sobre los medios de comunicación, la opinión pública y, como colofón, se supone que el “accesible” gobierno interlocutor. Quizás sea demasiado drástico concluir con Corsino Vela que hay un ‘consenso tácito, estructural, entre el movimiento [pacifista] y la estructura de poder capitalista', pero podemos estar más de acuerdo con que las connotaciones emocionales han dominado (y ocultado) las causas económicas de la guerra, y la responsabilidad del capitalismo como culpable último de la misma. Pero también esto podría ser injusto, pues como ejemplifica la popularidad del lema “sangre por petróleo”, muy pocos de los manifestantes podían permitirse el lujo de olvidar ciertas obviedades sobre el funcionamiento real del mundo, aún en la versión más superficial e inmediata de que los beneméritos argumentos del partido de la guerra intentaban disimular una indisimulable puja por el oro negro. Ahora bien, su análisis no ha llegado más lejos , y era en el problema crucial de la respuesta que había que dar a la lógica bélica donde han predominado, sin ningún género de dudas, las soluciones fantásticas que apelaban al humanitarismo compasivo, los sentimientos cristianos de la clase dirigente o la buena voluntad del género humano que todo lo puede.

¿La sangría de la guerra, la oposición (aún limitada) contra la misma han abierto los ojos al respecto? Puede que en algunos sí, lo que ya es mucho, pero el voluntarismo de Toni Negri, que confía en que ‘la lucha por la paz ha integrado los objetivos contra el liberalismo, ha permitido el reconocimiento de la guerra como un dispositivo feroz de legitimización del poder capitalista'(10), se debería aplicar tan sólo a esas minorías, descontando de entre ellas a las que no les hacía falta ninguna guerra para hacerlo. Hasta nueva orden, es decir, hasta que el siguiente estropicio del capital no deje a la “ciudadanía” otra salida que una nueva conmoción como respuesta (no se sabe si programada o, al contrario, fruto del instinto de supervivencia que intenta romper aún oscuramente con todos los acondicionamientos del consenso), la pasividad y el cansancio de los que se congratula Touraine siguen siendo demasiado reales y, sobre todo, generales, como para cantar victoria. Ni siquiera simbólica. Sobre todo, nunca simbólica si no se quiere subir un peldaño más en la escalera del optimismo a toda prueba ascendiendo de la ilusión al autoengaño. Eso es al parecer lo que hacen los aprendices de brujo de Wu Ming cuando se niegan a reconocer el fracaso o la insuficiencia del movimiento antiguerra, pues al menos ha conseguido éxitos tangibles nada desdeñables: ‘¿Sin las movilizaciones de los últimos tres años y el 80% de la población europea manifestándose contra la guerra, habríamos tenido las posiciones de Francia, de Alemania y de la ONU ? (…) Y, ¿pensamos que sin las citas mundiales del movimiento en Porto Alegre, Lula habría ganado las elecciones en Brasil y podría hoy desplazar los equilibrios económicos del subcontinente latinoamericano hacia MERCOSUR en lugar de hacia el NAFTA?' ( Entrevista a Wu Ming, tercera parte, Molotov nº 37, julio 03). Verdaderamente es dar pruebas de un pensamiento mágico que no se toma una mínima distancia dialéctica con los mitos que pretende promover el pretender que un camaleón político como Chirac, maestro de la manipulación de la opinión pública (¿nos hemos olvidado ya de la famosa “fractura social” que tanto ayudó a su primera elección presidencial?), ha hecho otra cosa que recoger el viento de la contestación popular en las velas de la tradicional estrategia política y económica del Estado francés. Lo mismo vale para el caso de Brasil. Sin despreciar los aspectos positivos y esperanzadores de las reuniones de Porto Alegre, el triunfo de Lula tiene poco que ver con las movilizaciones “altermundistas”, y mucho (casi todo) con ciertas claves políticas y económicas de orden interno y externo en las que no hay espacio para la heterodoxia: en primer lugar, estaba en juego la credibilidad del sistema democrático de Brasil, que no podía permitirse un nuevo pucherazo sin ponerse en flagrante evidencia. En segundo lugar, dado que la descomposición económica y social estaba llegando a un punto sin retorno que podría perjudicar los mismos intereses capitalistas, nada mejor que un programa reformista que sanee la economía, modernice las estructuras anquilosadas y dé una oportunidad de consumo a las masas excesivamente empobrecidas. Entiéndase que no se trata de negar la utilidad perentoria de ciertas reformas de primera necesidad , en nombre de un purismo “revolucionario” tanto más cómodo cuanto son otros los que corren con el hambre y la miseria absoluta; pero habría que ser conscientes de los límites y objetivos últimos de esas reformas(11).

Sin duda Wu Ming no ignora estas banalidades, pero da la impresión de que quizás prefiere endulzar las realidades amargas bajo la explicación mítica que asegura que las profecías emancipatorias están empezando a realizarse. Desde luego, nada hay que decir en principio contra la creación y utilización de mitos movilizadores en el terreno político, mitos que, en palabras de Vratislav Effenberger, ‘al asignar un sentido unitario a la vida individual, a las pasiones, al amor y a la vida colectiva, ilustran la fase activa del deseo y su historicidad (…) haciendo pasar los movimientos de la afectividad profunda de la virtualidad a la actualidad en una fórmula liberadora'(12). Pero no se puede pedir al mito aquello que el mito no puede ni debe dar, esto es, la interpretación objetiva y crítica del acontecimiento concreto, tanto más cuanto que ese error de ángulo, por puro desprestigio, puede terminar desactivando la fuerza de gravedad del mito, y la causa que este defiende y de la que no es sino una de sus expresiones(13).

La segunda de las ilusiones no está lejos de la primera, y es más bien su consecuencia lógica. Puesto que los estados-nación europeos parecen ineficaces ante el poder del mercado y la prepotencia del Imperio de los EEUU, habría que fundar un super Estado, dotado de toda la fuerza moral y legal necesaria (inevitablemente, también militar y policial, pero estos pensamientos desagradables se prefieren dejar para más adelante) para moderar al imprudente y poco sofisticado amigo americano y poner en su sitio al lobo feroz del capital, pues ese nuevo estado será capitalista, sí, pero renano, y a la vez democrático, tolerante, culto, integrador, respetuoso del medio ambiente y sobre todo de los deseos de sus ciudadanos, mestizo hasta un cierto punto decorativo, campeón de la cooperación con el Tercer Mundo, en definitiva humanista y como es lógico europeo .

Esta ilusión se sostiene sobre unos muy frágiles cimientos ideológicos: que hay diferencias fundamentales entre las civilizaciones europea y americana, que se plasmarían económicamente en la existencia de un capitalismo europeo alternativo, más productivo que financiero, más razonable, más honesto, más sensible a la contaminación y a la pobreza, que aceptaría por tanto sabias políticas socialdemócratas, justas redistribuciones de rentas, reglamentaciones prudentes y generosas “tasas Tobin”. En cambio, el capitalismo de los EEUU es un capitalismo financiero, cínico, depredador, genocida, etc., como corresponde a un país y una sociedad intrínsecamente perversas , y en simbiosis con semejante pueblo enloquecido, sólo puede fomentar un mundo desestabilizado y violento. Así, la esperanza está en fortalecer Europa, a partir de su valiente eje franco-alemán, creando una nueva fuerza internacional que, tal vez aliada o al menos en coordinación dialogante con la poderosa gran potencia de la opinión pública global, de la batalla en nombre de la dignidad humana. Para levantar este hipotético nuevo polo de poder autónomo, que lleva camino de cristalizar más como mitología que como realidad objetiva (14), parece que no importa echar mano de cualquier cosa, incluso de un político corrupto y autoritario como Chirac, al que se convierte por arte de magia en el héroe de la Resistencia ciudadanista y de la legitimidad de una ONU que hasta ayer se denostaba como organización puesta al servicio de la economía, ignorando o fingiendo ignorar que este improbable nuevo Asterix es, además de insignificante, un aliado inseguro que, como se está comprobando estos últimos meses, corre a pedir perdón y a reconciliarse con los EEUU, una vez que han terminado (y fracasado) sus combates de retaguardia para reajustar a la decadente Francia en el escalafón de bloque imperialista del Primer Mundo.

Pero independientemente de estas maniobras ubuescas, el sol de la economía sale en todas partes y es igual para todos. La desregulación de los mercados de trabajo, el empleo temporal, la destrucción de los tejidos sociales, la nueva pobreza, la mercantilización de todos los ámbitos de la vida, el holocausto del Tercer Mundo… forman parte de una nueva vuelta de tuerca del mismo sistema económico. Si en Europa se dan todavía ciertas inercias, es debido simplemente a una distinta evolución histórica de sus sindicatos y partidos “de izquierda”, que por un lado no han sufrido la misma descomposición mafiosa de sus compañeros del otro lado del Atlántico, y por otro han conservado un papel todavía útil en el marco del control social y del encuadramiento de la vieja clase obrera. Pero todo llega a su fin cuando su utilidad ha caducado: desde los años 80, y aprovechando siempre el fantasma de la crisis sempiterna, el neoliberalismo se afana en destruir también en Europa los últimos bastiones del contrato social y del Estado de Bienestar, como podemos comprobar con el enésimo asalto del capital que se está dando en Francia, Italia o Alemania, desde que terminó la Guerra de Irak. Igual que se afana en desmantelar, también en EEUU , los últimos resortes de la vida comunitaria, de las relaciones sociales y familiares, formas de convivencionalidad sin duda mediocres y casi siempre represoras, pero que una vez superado su papel integrador y de defensa del orden conservador suponen, por su misma existencia anterior y en cierto modo rival del totalitarismo del mercado, una rémora a la voluntad de poder de la economía, que necesita, para llegar a ser en absoluta plenitud, un universo de individuos aislados, perdidos, dejados a la merced del consumo y del espectáculo. Porque para que la propaganda del capital sea aceptada, asumida, realizada, no puede existir ninguna instancia, experiencia o institución autónoma que ofrezca otros sentidos o trascendencias disintos del económico, ya que su mera existencia sería una competencia y una amenaza que el totalitarismo del mercado no soporta, no puede soportar; porque las relaciones sociales y la forma de vida que impone son en realidad tan poco satisfactorias y tan antinaturales, es tan decepcionante la promesa de la mercancía y tan inhumana la sumisión de las relaciones personales a la mediación del dinero, es tan grande y tan triste el vacío miserable que intentan llenar los productos del consumo, que sólo si no tiene rivales, si no hay ya sentido, esperanza, sueño, utopía o mito, viejos o nuevos, retrógrados o revolucionarios, sólo si no queda más simulacro de alma que la suya, puede imponerse el delirio económico como forma de vida, como ideal y como obsesión patológica que encamine todos los actos del hombre hacia el trabajo y el consumo, la acumulación de cosas y el anestesiamiento de sus dudas y la sublimación de sus energías por medio de las transfuciones del espectáculo.

Es esta línea de sombra la que puede arrojar algo más de luz sobre las verdaderas causas de la Guerra de Irak, sin descartar la parte de razón que contengan otras interpretaciones, desde la competencia por el petróleo hasta el duelo financiero entre el dólar y el euro: para la economía, el objetivo era desencajar a la población iraquí del desmesurado estatalismo de la vía baazista al desarrollo, y, sobre todo, de sus légamos culturales, para desviarla hacia el cauce canalizado de su dominación, como ya ha hecho con las nuestras. Desde luego, el comercio, la banca o el fenómeno del consumo nunca han sido un misterio para la mentalidad musulmana, ni para las tribus que estructuran la sociedad iraquí, pero no siempre se han plasmado según los parámetros del capitalismo occidental, ni han absorvido la totalidad de las actividades que llamamos económicas: siguen vigentes la solidaridad tribal de tintes patriarcales, el uso comunitario de algunos de sus recursos, y una proporción no despreciable de la producción e intercambio de los bienes que tiene todavía más en común con la institución del don que con la mediación del dinero como forma única de relación social. No se trata de idealizar tradiciones y costumbres que pueden ser tan opresoras como la nuestra (15), ni mucho menos el régimen de Sadam, sino de constatar cómo nunca se ha buscado hacer de Irak “el faro de la democracia que alumbre a todo Oriente Medio”, sino el anuncio luminoso que tiene que deslumbrar a la noche árabe y a sus habitantes, para que, como polillas fascinadas por el fuego, corran a abarrotar los “no lugares” de la mercancía que se les tiene preparados. Como en el caso del Comodoro Perry, la misión confiada a los EEUU consiste en abrir de par en par un mercado todavía proteccionista a las mercancías, y romper las resistencias culturales que podrían ser refractarias al fetichismo de las mismas; a diferencia del siglo XIX, EEUU ya no es un socio más del imperialismo, ni siquiera un primus inter pares , sino el único amo. Pero el emperador debe cumplir los designios del dios de la economía, y todo indica que a ésta no le temblará la mano si tiene que sacrificarlo a los infiernos del déficit, de la lenta sangría de la guerrilla y de la “crisis de liderazgo”, una vez que, gracias a sus servicios, ha conseguido estirar aún más la piel de zapa de su globalización.

Sea como fuere, es innegable que la anomia social y el vaciamiento de las conciencias y de la vida cotidiana son más rápidos en EEUU, como es lógico que así sea, pues es este país y no cualquier otro la punta de lanza del capitalismo posindustrial (algo habría que hablar también de Japón y de sus aberraciones psicológicas); como son igualmente innegables los efectos catastróficos de estos procesos, que han dado lugar a verdaderas psicopatologías que por otro lado se han fundido con las lacras propias de la sociedad norteamericana (puritanismo, culto a las armas, racismo), como ilustran películas como Trust me, Glengarry Glen Ross, American Beauty o Bowling for Columbine , mezcla explosiva de la que se aprovecha la lógica totalitaria de la política imperial de su clase dominante, que se comporta en esto como todos los Imperios de la Historia. Pero estos fenómenos no son exclusivos de los EEUU, y se deben principalmente a su sistema económico y no a su “esencia” o “alma” malas . Puesto que este sistema económico es el de todos, y ha entrado en metástasis universal, estos odios indiscriminados revelan menos un explicable rencor contra el Imperio invencible, que el deseo más o menos inconsciente de afirmarse por contraste como miembros de una cultura, de una democracia, de una economía en definitiva superiores .

Como un inesperado (en cuanto que procede del medio “radical”, supuestamente vacunado contra el virus xenófobo) botón de muestra de este pensamiento deficiente, convendría perder algo de tiempo comentando un artículo de Gianfranco Berardi “Bifo”, Lo incalculable , publicado en altediciones . Aunque este texto hace un diagnóstico aceptable tanto de la dominación actual como de la resistencia que ésta encuentra en la vida misma, se pierde por caminos equívocos cuando identifica imprudentemente tal dominación con la naturaleza ontológica de EEUU. ‘La cultura americana ha sido y es el lugar predeterminado [la cursiva es mía] para un pensamiento del cálculo (…) Los Estados Unidos de América nacen en un espacio que la ideología pretende libre de la historia y conciben la política como puro cálculo, como combinatoria puramente racional, o ética en el sentido puritano'. Es decir, esta nación maldita sería culpable de inventarse desde cero, por medio de una Constitución basada solamente en la razón artificial que ha roto con la Historia , así como de un puritanismo fanático y apocalíptico que se expresa hoy en la pesadilla tecnológica de la economía. En cambio, “en la modernidad europea el desarrollo se produce por medio del contraste y la fusión de un elemento ilustrado (constitucional) y un elemento romántico (histórico)”, por lo que “el uso de la fuerza tiene como fin eliminar el exceso (lo ajeno, lo no regulable) e imponer las bases de un derecho contínuamente renegociable”. En cuanto a la religión, “mientras en Eurasia la religión es el resultado de la historia pasada, en Norteamérica la religión está completamente proyectada hacia un futuro al tiempo salvífico y apocalíptico”. Aunque el tremendista cuadro está bien trazado, abundan los agujeros negros. Para empezar, las críticas dirigidas por “Bifo” a la soberbia constitucionalista estadounidense son las mismas que hicieron los ideólogos de la Restauración contra la Revolución Francesa , los liberales y la Ilustración europea que los había inspirado (17). Pero además, el sueño de un mundo nuevo que hace tabla rasa de las tradiciones de la themis es un tópico europeo al menos desde los sofistas, y ha tenido un notable éxito, desde Platón a Fourier, desde Moro a Babeuf. En cuanto al “derecho contínuamente renegociable”, al pacto entre razón y sentimiento romántico de la Historia que no arrasa las viejas tradiciones y formas de vida, que se lo digan a los campesinos ingleses expulsados por las Enclosure Acts , a los chouanes vendeanos, o, para abreviar de una vez, a las víctimas del stalinismo (¡un régimen verdaderamente euroasíatico!) o del III Reich. Respecto a la religión, el ciertamente odioso puritanismo norteamericano no es sino un artículo de exportación del calvinismo europeo, que arraiga en América y sufre su propia evolución (como la sufrió entre los boers de Sudáfrica), por cierto nada artificial, sino bien enraizada en la trayectoria histórica de los colonos y de su enfrentamiento con lo “telúrico” de la desconocida naturaleza americana, para ellos tan grandiosa como atemorizadora (véase al respecto ciertas narraciones de Hawthorne, Melville, London o Lovecraft). En fin, sobre el milenarismo apocalíptico de las religiones norteamenricanas, marca de fábrica de su “epistemé” absolutamente extraña a Europa, es mejor no hablar; como es harto improbable que “Bifo” no haya leído a Norman Cohn, pero imposible que desconozca Rastros de carmín o Q , sobran las explicaciones.

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Si nos hemos detenido seguramente demasiado tiempo en el artículo de “Bifo”, ha sido porque sus aciertos parciales hacen más peligroso el confusionismo de sus otros argumentos (17). Sin embargo, otras interpretaciones no están para tantos matices, y seguramente por esto encuentran auditorios mucho más amplios. Nos referimos a lo que podría ser considerada como la ilusión primordial de esta guerra, la que a la vez resume y es símbolo de todos los equívocos que estamos comentando: el deseo mal disimulado (más bien exhibido sin complejos) de que el “yanquee” recibiera una lección a manos del pueblo iraquí, de que, en definitiva, perdiera la guerra o, con más realismo, se empantanara en un nuevo Vietnam. Entiéndase bien que nada hay que oponer al muy humano (y compartible) resentimiento contra el Imperio, que puede llegar a ser incluso necesario como un primer paso para la toma de conciencia y el deseo de revuelta. Pero desgraciadamente muchos se han quedado en ese primer paso, y lo han elevado a autocomplaciente ideología que habitan como un cómodo refugio contestatario. Una ideología que ha aceptado y acepta apoyar a cualquier tirano, por opresor y estrambótico que fuera, con tal de que se opusiera a los EEUU y luchara “contra el capitalismo”, de Stalin a Milosevic, de Fidel Castro a Jomeini, de Mao a Sadam Hussein. Una ideología que siente nostalgia de la URSS porque cree ciegamente en el poder del Estado, porque sólo entiende la lucha contra la dominación en términos de grandes potencias, de equilibrios de poderes, de ejércitos y de dirigentes esclarecidos, en definitiva en términos de guerra imperialista y lucha por el poder. Una ideología que, lo quiera o no, consigue desviar la lucha contra el capital a una lucha entre naciones, estados o imperios, creando la ilusión de que todavía puede haber diferencias entre ellos, convocando a las opiniones públicas a un combate que por principio no puede tener lugar y que consistiría en el apoyo o adhesión (a la manera de la fidelidad del consumidor) a unos Estados y políticos buenos (o aceptables, positivos, progresistas) contra otro que es por definición enemigo del género humano (18). Una ideología, en fin, que es intolerable no tanto por consideraciones morales, sino sobre todo porque supone una regresión en cuanto que prefiere luchar por delegación antes que enfrentarse por su cuenta al capital que le ha tocado en suerte.

Hay un último argumento que oponer a aquellos que, conscientemente o no, abiertamente o no se embriagan más con las hazañas bélicas de países lejanos que con la miseria cotidiana con la que pactan y transigen en su propia ciudad. Como esta ideología cifra su salvación en el choque de las armas, sólo puede ir de frustración en frustración, pues la superioridad tecnológica del ejército norteamericano hace por ahora imposible que sea derrotado en el plano militar, más allá del desgaste que sufra a manos de la resistencia iraquí. Incluso podríamos ir más lejos y empezar a pensar que, desde el estricto punto de vista de la técnica militar, no estamos muy lejos de la clausura del fenómeno histórico de la guerra, entendiendo ésta como un enfrentamiento de dos potencias o bloques de potencias dotadas de una capacidad militar y económica análogas o, al menos, mínimamente comparables. Naturalmente, no se trata de que el libre mercado sea pacifista. ‘La guerra no nació con el capitalismo, pero el capitalismo sí nació con guerra, siendo uno de sus pilares'(19), sin duda, y se ha insistido hasta la saciedad sobre cómo la economía no sólo se conforma con declarala allí donde lo considera necesario, sino que imita en la vida “civil” sus métodos de coerción, disciplinamiento y movilización de todas las energías humanas. Pero cuando un historiador experto en estrategia militar como Paul Kennedy reduce el número de ejércitos realmente operativos a poco más de una media docena, aparte del norteamericano (El juego de mesa planetario , EL PAÍS 21-8-03), es que también en el plano de la guerra el valor de cambio ha terminado por absorver el valor de uso. Y no porque, desgraciadamente, no sean eficaces los engendros de la tecnociencia aplicada al arte de matar, sino porque su precio es tan elevado, su obsolescencia programada tan vertiginosa, y su utilización tan compleja (¡hasta el punto de que los soldados necesitan “servicios técnicos especializados” proporcionados por compañías civiles!), que ya casi un solo Estado puede utilizar verdaderamente las mercancías de la industria militar, y está por ver si puede hacerlo por un tiempo indefinido y con qué eficacia real a la hora de asegurar la posguerra. Desde este punto de vista, toda retórica ajada del Pentágono sobre el “estado de guerra” y la consiguiente apelación a cerrar filas, al heroísmo, al agitar de banderas, a la amenaza “terrorista”, a los sacrificios necesarios, a la censura y vigilancia inevitables, queda privada de toda base objetiva, pues ni hay enemigo a la vista ni mucho menos una “tercera guerra mundial” a las puertas de la fortaleza, y se revela como lo que es: la reposición cansina en horario prime time del espectáculo belicista que pretende enmascarar la violencia cotidiana que el sistema impone en todas las partes del mundo, y la lucha social que se opone a esa violencia.

Así, podremos afirmar que ‘ciertamente, lo que se alumbra a principios del nuevo milenio es una nueva estrategia de mando que convierte la guerra en el estado permanente de gobierno'(20), siempre y cuando comprendamos cómo para que la guerra total del capital triunfara, el capital ha tenido que poner a la guerra totalmente bajo control . En primer lugar, como ya se ha apuntado, apartándola de su camino: quiero decir, evitando el enfrentamiento bélico a gran escala de la guerra industrial, consiguiendo para empezar que la Tercera Guerra Mundial no tuviera lugar, pues la destrucción mutua asegurada del armamento termonuclear se sitúa por encima de cualquier balance rentable de beneficios y gastos (21). En segundo lugar (y esta consideración es más arriesgada pero no tan absurda o estéril como puede parecer a primera vista), ya que la violencia como expediente económico no va a cesar sino todo lo contrario, la guerra ha experimentado una desustanciación de sus principios y valores, una subversión de su estructura para que nunca más de la voluptuosidad de la sangre , que tanto subyugó a individuos más que dudosos pero nunca simples como Jünger o Drieu La Rochelle , germine esa ‘mística atroz' que André Breton reconocía en la guerra, precisamente por encerrar ‘modos oscuros de seducción' que asediaban ‘uno de los grandes momentos de la desesperación humana', por lo que era urgentemente necesario ‘comenzar por arrancar a la guerra sus cartas de nobleza' (Luz Negra , 1944). Porque la guerra industrial, por su misma desmesura tecnológica, abstracta, anónima y sobrehumana, se ha demostrado capaz de engendrar a lo largo del siglo XX esa mística que, además de ser atroz, lograba absorver todo lo demás convirtiéndose en un valor puro en sí mismo, el único valor. ‘Toda actividad humana y social no se justifica si no prepara la guerra', dictaminaba el fieldmariscal Lündendorff en La guerra total, pero la dominación de la economía no necesita otra justificación que ella misma. Y de la misma manera que no podía consentir la ocupación monopolista de la calle por la agitación y la propaganda política de los totalitarismos, pues impedía el despliegue no menos totalitario de su publicidad y de sus mercancías, tampoco, en lo sucesivo, permitiría ninguna mística, ni la de la guerra ni otra cualquiera, pues todas tienen que ser neutralizadas y absorvidas si la economía ha de reinar como soberano absoluto de la totalidad. Y desde luego, nada repugnaría más a los códigos de honor de la caballería de la Edad Media o de los estrategas de la China clásica que la guerra tecnológica de la actualidad, donde los armamentos de última generación han desposeído de cualquier aura mítica a los hombres que las utilizan, donde a los cibersoldados de los EEUU, superprotegidos y alérgicos a esa muerte que era el último título de gloria (aún gloria negra ) del guerrero (22), se les oponen, en un infame pero esclarecedor juego de espejos, esos niños soldados desvalidos y grotescos que “campean” por todo el Tercer Mundo. Tan desecada ha quedado la guerra, que se desdeña participar en ella, confiándola a los niños o a los robots: es que los hombres tienen ya otros juegos, más asépticos y productivos. Por esta razón es sintomático que toda la épica que ha producido la Guerra de Irak se haya reducido a la “epopeya” de la “heroína” Jessica Lynch, cuyos títulos de gloria se reducen a perderse junto con su unidad por el desierto para ser capturada por el ejército iraquí e internada (y cuidada) en un hospital, donde la “liberarían” diez días después sus compañeros en una confusa operación digna de Sopa de gansos ; eso sí, a falta del verdadero ardor guerrero, a la ya ex soldado Lynch la adornan los dones y atributos competitivos y oportunistas de la guerra económica, pues ya se ha apresurado a escribir su autobiografía, que muy pronto se convertirá en película, ¿dirigida por Spielberg? Pero no hace falta cargar las tintas sobre esta cómica peripecia, ni sobre el falso y obsceno humanitarismo que pretende exhibir, ni tampoco sobre la mecánica espectacular que lo sostiene. Baste con levantar acta de que si éste es el modelo futuro del héroe, es que ya no hay heroísmo posible; que, también en las guerras, se ha aplicado esa ley de plástico de la economía que consiste en que sólo puede ofrecer cantidad y número a cambio de empobrecer cualquier vivencia humana, cualquier pasión que caiga en sus manos, indiferentemente de que esa experiencia sea de libertad o de locura homicida (23). Que, también aquí, ‘el espectáculo no canta a los hombres y sus armas, sino a las mercancías y sus pasiones' (Debord).

De esta forma, por causas muy diferentes y con bastante tiempo de retraso, el capital ha coincidido con el movimiento revolucionario en la carrera por despojar a la guerra de sus falsos valores, manteniendo a cambio la vigencia de sus instrumentos y de sus actos. Entonces oponerse a la guerra significa negarse a tomar en serio la declaración de la guerra universal, terminando de una vez por todas de arrancar a la guerra sus cartas de nobleza , lo que implica negarse también a elegir bando y tomar partido, incluyendo la vieja tentación que consiste en mitificar a no importa qué guerrilla, compartiendo su lucha mediante la acostumbrada y absurda identificación espectacular. Es que este Imperio no debe ser derribado por los bárbaros que levantan sus tiendas fuera de sus fronteras, sino por los que viven en el interior de ellas; y no lo hará como un ejército, aunque tenga que librar una guerra civil. Porque el capital está licenciando los ejércitos, pero sólo para llenar las cárceles y extender la violencia por las ciudades abiertas de la retaguardia global: al hacerlo, devuelve a la política todos los medios, y la política al conflicto social. A partir de este punto sin retorno, ya no es cuestión suya sino nuestra el que se extraigan o no las consecuencias últimas de su locura, y los medios adecuados para poner fin a las premisas que la hacen posible.

José Manuel Rojo

Publicado en «Salamandra», nº 13-14, Madrid, 2003-2004.

NOTAS:


(1) CANTOR, Norman F.: La era de la Protesta , Alianza Editorial, 1973. El sesgo ideológico de Cantor queda expresado a las mil maravillas ya desde el prefacio, donde promete una lectura provechosa a ‘rectores de universidad, jefes de policía y personajes políticos'. Más allá de la ironía “sesentayochista” (el libro se editó en 1969), tiene sin duda más interés los rasgos que Cantor presta a la protesta tal y como él la entiende, algunos de los cuales se ajustan a la perfección a los métodos ciudadanistas que más adelante se revisarán: protagonismo y liderazgo de las clases medias, programa centrado en reivindicaciones morales y éticas, utilización estratégica y táctica de los medios de comunicación a los que se pretende manipular mediante el escándalo. No es ninguna sorpresa entonces que el nombre y los análisis de Cantor sean citados y tomados a consideración por un ensayo ciudadanista de título evocador, Para una pedagogía de lo público (Pedro Saez Ortega, www. Iglesiaviva.org), que encuentra (no sin razón, pero no con toda la razón) rastros de ellos en la revuelta de Seattle y, más generalmente, en el movimiento antiglobalización.

(2) Se objetará que este análisis es demasiado imprudente y gratuito, en cuanto que las luchas corporativistas de la clase obrera están también a la orden del día, y que aquí no se puede hablar de ignorancia, puesto que la defensa del trabajo amenazado por el cierre de la fábrica, del sistema de pensiones o de las garantías de los trabajadores del sector público son sin duda combates parciales, reformistas, de retaguardia, pero tan reales , tan miserablemente concretos y determinantes para la vida de esas personas como los precios del trigo en el siglo XVIII. Ahora bien, en realidad la ignorancia sigue reinando, porque las soluciones reformistas que se exigen son, en último término, imaginarias, tan imaginarias como el juicio de valor del que proceden. Porque exigen al Estado soluciones economicistas y desarrollistas que suponen la reafirmación del proyecto capitalista que busca destruir la condición humana, y porque ese Estado, que ha abdicado ya de su autonomía económica ante el capital, ya ni siquiera sueña en que pueda ponerlas en práctica.

(3 ) ALAIN C: El impasse ciudadanista, contribución a una crítica del ciudadanismo , folletos Etcétera nº 23. Se puede leer también en www. altediciones.com

(4) Recuérdese, en las manifestaciones, la contradicción entre el iluso y ciudadanista “No nos representan”, que implica la esperanza de que otros políticos son posibles , y el “Lo llaman democracia y no lo es”, mucho más desencantado, y, por eso mismo, más cercano a la lucidez.

(5) Si no se puede obviar que en ese movimiento participan ciudadanistas con sus voluntariosas recetas y paños calientes, tampoco se puede ignorar que no escasean otros grupos y colectivos que llevan bastante más allá la crítica teórica y práctica del sistema dominante. Véase, como botón de muestra, el folleto Guerra a la guerra. Visión sobre la guerra y la paz desde una perspectiva revolucionaria (Madrid, mayo de 2003), donde se recogen varias aportaciones de ese sentido.

(6) Un hito histórico sin precedentes, se nos dice, pero la gloria de esta efeméride es más que dudosa. Aparte de precedentes históricos de solidaridad internacional, como los que se organizaron contra la guerra de Vietnam, la condena a muerte de Sacco y Vanzzeti, o incluso la ejecución de Ferrer i Guardia, no se puede ocultar que las marchas más concurridas han sido, como siempre cuando nos movemos en el contexto de la lucha ciudadanista, en el Occidente de las clases medias de buena conciencia, y más concretamente en Europa. ¿Qué quiere decir que se manifiesten cinco, diez, veinte mil cairotas, cuando esa ciudad sobrepasa los diez millones de habitantes? Algo parecido podríamos decir sobre las prácticamente testimoniales manifestaciones del resto del mundo árabe, de Pakistán, de Indonesia (¡3.000 manifestantes en Yakarta, 1,500 en Java, varias centenas en Sumatra!, según el nº 34, Marzo-03, de Molotov ).

(7) Evidentemente ha existido represión, a veces muy dura, pero poco significativa desde el punto de vista histórico, es decir, si la comparamos con la violencia que el poder ejerce cuando realmente se siente amenazado, desafiado o meramente burlado (véase el caso de la contracumbre de Génova).

(8) Hipócritas condenas , en El Acratador nº 74.

(9) VELA, Corsino: Autocelebración de la impotencia , Molotov nº 35, mayo 2003.

(10) La postguerra de los movimientos, revista Global Magazine nº 3, junio 2003, traducido y publicado en www.altediciones.com

(11) ¿Qué significa, por ejemplo, esa política de gran potencia que enlaza con el nacionalismo modernizador latinoamericano de los años 20 y 30? ¿Desmontará Lula la industria militar brasileña, que es (recordémoslo), después de la norteamericana, rusa y europea, una de las más pujantes y exportadoras del mundo? ¿Se quiere eregir Brasil en el defensor del Tercer Mundo, pedir un lugar competitivo al sol de la economía globalizada, o (lo que sería muy práctico) las dos cosas? El tiempo dirá si Lula da Silva es el Salvador Allende o el Felipe González del Brasil, pero algunos síntomas (la complacencia de los medios financieros internacionales, la reconversión de la Administración Pública , la recientísima aprobación de la soja transgénica) indican más lo segundo que lo primero. Léase al respecto la esclarecedora entrevista, publicada en Molotov nº 35, a un militante del Partido Comunista del Brasil y responsible de vivienda del ayuntamiento de Goiânia, que explica cómo ‘el sector de las clases dominantes de Brasil relacionado con lo productivo y lo industrial, dio un paso adelante y varios de ellos apoyaron la campaña de Lula, incluso para que la economía de Brasil venga a crecer y desarrollarse', pues los brasileños ‘no comen lo suficiente para tener fuerzas para trabajar al día siguiente' y el mercado interno ‘no llega hoy a 30 millones porque los otros mal consiguen sobrevivir'. Es decir, trabajo, producción y desarrollo, en la mejor tradición stalinista, más un barniz de consumismo postmoderno.

(12) El deseo obrando en la historia , en W.A.A.: La civilización surrealista , 1976.

(13) Puede también que el problema sea más general, y aquí sólo cabe apuntarlo sin pretender ni su desarrollo ni su solución: cuando, por comprensibles razones de eficacia, se ponen en marcha mitos excesivamente definidos, prefabricados , casi de diseño , construídos en torno a movimientos y fenómenos tal vez episódicos o al menos coyunturales, como las protestas contra las “cumbres” del capitalismo o los zapatistas, se corre el riesgo de cortar el cordón umbilical que nos lleva al inconsciente colectivo, el cual se manifiesta, como la poesía, en la cosmovisión general más que en el hecho particular, en la emoción inconsciente que galvaniza todas las dimensiones del individuo más que en la consigna de agit-prop .

Una visión diferente sobre estos aspectos del mito, pero no por ello carente de interés en cuanto que reconoce en éste valor civilizatorio y poder de movilización política, es el texto Apuntes sobre la necesidad de crear mitos , de Amador Fernández-Savater, aparecido en: Desobediencia Global , nº 2, 2001.

(14) Parece exagerado hablar de un Imperio europeo contrapuesto al estadounidense, y enfrentado a él por la competencia económica clásica (mercado, materias primas) del capitalismo, rivalidad que podría conducir a futuras guerras como medio tradicional, precisamente, de superación de las crisis de ese capitalismo. Los rencores históricos, los diferentes intereses económicos, hacen muy dudosa la creación de un verdadero Imperio, aunque la ideología nacionalista paneuropea del mismo, que sí está en proceso de gestación, bien podría utilizarse como una pantalla que distrajera de los conflictos sociales reales. Pero seguramente de ahí no se pasará. Para empezar, una guerra de verdad entre superpotencias dotadas de armamento nuclear (y Europa lo está) no interesa al capitalismo, como ya demostró el caso práctico de la guerra fría (y se aceptará que las diferencias ideológicas y políticas entre los bloques occidental y oriental eran mucho más acusadas y objetivas que todas las posibles incomprensiones culturales que puedan elucubrar los cantores del “divorcio euroatlántico”). Además, hay lazos más que solidarios entre las grandes y pequeñas potencias capitalistas para proseguir de forma más o menos armoniosa su común despojo del mundo: ya se ha visto cómo, a partir de la cumbre de Salónica de junio, la UE se ha “reconciliado” con los EEUU, formulando una doctrina estratégica que sigue punto por punto las exigencias y obsesiones de Bush (el terrorismo difuso, los “estados gamberros”, el estado de guerra permanente y preventivo). Algo parecido ha pasado en la reunión de la OMC en Cancún, donde era sumamente difícil encontrar diferencias entre las delegaciones de los EEUU o la UE ; si acaso, como dijo el representante de un país africano, “EEUU viene de frente mientras los europeos te intentan engañar”. Por último, pero cada vez más importante, en el horizonte apunta (y no es nada improbable) la entrada o asociación de Rusia (¿algún día China?) en la OTAN , o en alguna organización similar que se crearía para la ocasión, lo que la convertiría en el definitivo brazo armado de la globalización, en la Santa Alianza del capital contra los pueblos del mundo.

(15) Reconocer la incompatibilidad funcional entre ciertos arcaísmos precapitalistas y la dominación económica no supone complacerse con ellos, al igual que la crítica de los aspectos reaccionarios de esas instituciones no convierte en tontos útiles del capitalismo a aquellos que la ejercen. ‘Jacques Berque decía, y con razón, que “la lengua árabe, en la que cada palabra conduce a Dios, ha sido concebida para ocultar la realidad tras un velo, no para comprenderla (…) En el mundo árabe, la mujer-causa no cuenta, ni existe el escritor asesino, ni el texto-libertad, crimen que entraña todos los crímenes. El mundo árabe no ha conocido escritores, sino escribanos (…) Veo las bridas que retienen la lengua árabe en manos de una sociedad dominada por principios religiosos, cuyos portavoces persisten en considerar, con razón, que la poesía no es el camino recto'. Quien así habla no es un rabioso eurocéntrico, sino un árabe, iraquí por más señas, el poeta surrealista Abdelkader El Yanabi, que en los años 70 editó una revista de combate, El deseo libertario , entre cuyos objetivos se encontraba la crítica de la religión islámica en cuanto enemiga de la libertad y del amor. Se podría objetar que la actividad de El Yanabi y sus amigos, árabes exiliados como él, se equivocaba de enemigo, puesto que al socavar las tradiciones milenarias de su civilización sólo estaba abriendo la puerta a la nefasta modernización capitalista; este es, por lo demás el reproche que se hace al surrealismo o a la I.S ., en nombre de una revalorización (o relectura) de las formas de vida precapitalistas como posibles resistencias a la supremacía del capital. Esta curiosa nostalgia, de la que se pueden encontrar ejemplos en Jean-Claude Michéa o en la misma Encyclopedie de Nuisances , tiene razón cuando identifica las coincidencias, no deseadas pero reales, entre ciertos puntos de esos programas revolucionarios y el estilo de vida que impone el espectáculo, pero, aparte de que pasa demasiado alegremente sobre el problema crucial de la recuperación de esas reivindicaciones y de la falsificación ibsípida de las mismas en el horno microondas del consumo, parece desdeñar algo más importante aún: que, independientemente de la relación tormentosa que mantuvieran con el capitalismo (ahora ideología burguesa, ahora lastres de su dinamismo), la moral victoriana, la familia patriarcal, el concepto judeocristiano de pecado, la ética del trabajo o el nacionalismo xenófobo, eran y son repudiables en cuanto tales , en cuanto cortapisas y barreras de la liberación del ser humano. Parafraseando a René Crevel, ¿estamos todos locos, o qué? , si ponemos en duda ya no la oportunidad, sino la necesidad de combatir tales instituciones reaccionarias cuando y donde se presenten. (El que desee conocer una visión del mundo árabe tan lejana del relativismo cultural como del “choque de civilizaciones”, puede leer el libro de recuerdos: EL YANABI, Abdelkader: Horizontes Verticales , Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 2001).

(16) De Bonald: ‘El hombre no puede dotar de una constitución a la sociedad política como tampoco puede dotar de gravedad a los cuerpos o de extensión a la materia'. De Maistre: [El hombre] ‘puede, sin duda, plantar un pepino, hacer crecer un árbol, perfeccionarlo mediante injertos y podarlo de cien maneras distintas, pero jamás se ha podido imaginar que pueda crear un árbol; ¿cómo ha podido, entonces, imaginarse que tuviese poder para crear una constitución?' (DROZ, Jacques: Europa: Restauración y Revolución , Siglo XXI, 1988).

Como buenos reaccionarios, el vizconde de Bonald y Joseph de Maistre no tenían demasiada imaginación, y desgraciadamente hoy ya es posible no sólo crear árboles sino hasta seres humanos, de la misma manera que se puede dotar de gravidez, ingravidez, aumentar o desintegrar toda la materia que se crea conveniente; pero la cuestión no es ésta, como no lo es tampoco el que, a falta de imaginación, estos reaccionarios poseyeran quizás una juiciosa sensatez de la que carecían y carecen los peligrosos optimistas del Progreso, sino que de Maistre, Burke o Savigny se refirieron siempre al hombre europeo de la Ilustración y del ciclo revolucionario burgués.

(17) El caso de “Bifo” es tanto más curioso cuanto que abusa en demasía del noble pecado de la contradicción. Mientras que en algunos de sus textos abunda en la línea que aquí se ha criticado (véase como ejemplo las siguientes perlas de su artículo Too Much , publicado en Rekombinat , 7-10-02: ‘El discurso europeo y el americano parecen incompatibles (…) En el genocidio los anglos son imbatibles' ¿comparados a quienes? ¿a los españoles en América, a los italianos en Libia o Etiopía, a los alemanes en Europa?), en otros argumenta justo lo contrario, denunciando cualquier identificación simplista entre la sociedad norteamericana y el mal absoluto de la “lumpen-burguesía” del capitalismo internacional que ha tomado el poder “tanto en USA como en Italia” ( El tercer actor , Rekombinat , 25-2-03). Este es el caso de textos como Futura humanidad internacional ( Molotov nº 34, abril 03) o Por una Europa menor , de próxima aparición en Archipiélago , donde aboga por una nueva organización europea “en red”, construída desde la base de pequeñas comunidades autogobernadas y libre de cualquier ilusión imperialista. En esta propuesta “Bifo” parece alejarse de su querencia por la herencia romántica europea, pero para caer en el otro extremo, también contraproducente: la Europa “postnacionalista” ha de hacerse a partir de la mejor tradición europea, que consiste (según él) en la ‘creación de redes que no coinciden con ningún territorio y que se extienden hacia zonas distantes de la Europa histórico-geográfica'. Aparte de que este es el típico argumento ahistórico del internacionalismo difuso que enajena a los perdedores de la globalización, arrojándoles a los brazos de los vendedores de telurismo defensivo como Le Pen, habría que preguntarse por el modelo económico de esas redes, clave de bóveda sobre la que edificar el único internacionalismo viable; habría que preguntarse si esas redes ‘independientes pero interconectadas' seguirán siendo capitalistas, o si la autogestión debe extenderse a los medios de producción. Porque la economía es también otra red, su manipulación actúa en red, y sabe dirigirse y complacer a grupos y gustos muy dispares entre sí, de tal forma que no le disgustaría la idea de esas comunidades “independientes pero interconectadas” en la misma alienación; en cierto sentido, ya las ha puesto en marcha, pues, ¿qué son si no la “nación cóctel”, la “nación prozak”, la “nación rave ” o (todo se andará) la “nación okupa”?

(18) En este sentido, querríamos, en esta ocasión, rendir al pueblo norteamericano, el pueblo de Henry Thoreau y Emma Galdman, de Noam Chomsky y Benjamin Paul Blood, de los mártires del Haymarket de Chicago y de los wobblies , de la Brigada Lincoln , de los Black Panters y de los insurrectos de Los Angeles, de Charles Brockden Brown y Herman Melville, del Círculo de Cthulu y de la novela negra , de E. A. Poe y de Henry James, de Ambroise Bierce y de Philip K. Dick, de Sylvia Plath y de Penelope Rosemont, de Stuart Merrill y Ted Joans, de Loïe Fuller y de la Tamla Motown , del swing y de la Velvet Underground , de Blondie y de Sonic Youth , de Clarence John Laughlin y de Joseph Cornell, de Krazy Cat y de Little Nemo in Slumberland , de Simon Rodia y de Tex Avery, de Tim Burton y del Hollywood clásico y mestizo de Wells, Garbo, Stroheim, Hitchcock, Murnau, Bergman, Lugosi, Dietrich o los Hermanos Marx, el más solemne homenaje. Esta lista, sin duda arbitraria e incompleta, , es sobre todo tan gratuita como todas las que se podrían hacer con ejemplos opuestos, pero tiene al menos la virtud de redefinir la cuestión en términos del problema de la libertad. Es decir, que toda cultura está atravesada por corrientes antagónicas que se combaten y que refuerzan, respectivamente, la liberación y la dominación del ser humano, como reflejos y partes que son de la lucha de clases que se da en cada sociedad, en cada civilización. Ignorar esto es hacer el juego del enemigo, y convertir a todos los estadounidenses en los verdugos voluntarios de Bush hijo, y a su cultura en eterno huevo de la serpiente, es trabajar por la separación y por una condena aún mayor de las mismas víctimas de la misma economía.

(19) Otra guerra es posible, UHP, Madrid, 2003.

(20) Contrapoder nº 7, primavera 2003.

(21) Como se explica en el nº 105 de la revista Echanges ( Respuesta a un camarada , 2-11-02), ‘la guerra es una operación que se desarrolla en un mundo capitalista. Busca superar una situación de crisis económica destruyendo la mayor cantidad posible de capital, bajo la forma de utillaje industrial o de hombres, pero sin buscar nunca una eliminación total ni del potencial industrial ni de la población'.

(22) Es que la guerra posindustrial socava hasta el principio último y primigenio de la cosmovisión del guerrero: el derecho que éste tiene a recibir el homenaje de la tribu por la que ha combatido y, llegado el caso, caído en combate. Es claro que ese homenaje debe ser público, no clandestino o vergonzante. La amnesia aséptica de Bush y sus ladrones de cuerpos , que temen como a la peste cualquier contacto con la realidad irrelevante de sus soldados muertos en Irak, es seguramente la mayor violación del código militar desde que el vengativo Aquiles se negó a que se rindieran honras fúnebres a Héctor Priámida, domador de caballos. El héroe aqueo terminó entregando los despojos de su enemigo, pero Bush no es Aquiles, ni siquiera su porquero.

(23) Este análisis no intenta en absoluto absolver a la guerra de sus culpas, ni se subsumirla en el espectáculo hasta obviar su realidad como haría un Baudrillard, sino observar cómo, a la vez que se universaliza la violencia mafiosa del orden capitalista, se banaliza su práctica también en el plano de la psicología de masas, haciendo de ella una profesión respetable,convencional (ya se dijo que en la primera Guerra del Golfo los pilotos de los bombarderos norteamericanos volvían a sus hogares por la noche, para cenar en familia, tras la normal jornada de trabajo), segura, donde no se muere y quizás ni siquiera en el fondo se mata, pues todo se querría reducir a un confortable juego de ordenador. Se entienden mejor así ciertas contradicciones, producto de una institución en crisis, que superficialmente pueden pasar por incongruentes, como el llanto que asaltó en la hora de la despedida a algunos de los soldados profesionales del contingente español enviado a Irak hace unos meses, pues el decoro castrense exige que sea el que se queda en la patria quien llore, y no el que marcha en busca de la gloria. Pero estos soldados no se habían alistado para matar y morir, sino para jugar con máquinas sofisticadas, entrenarse en emocionantes deportes, aprender la utilísima informática, comer caliente… la mayoría de ellos era, además, inmigrante: igual podrían haber sido temporeros de la fruta o empleadas del hogar, y es con este poco marcial perfil psicológico con el que aceptaron las condiciones de trabajo ofrecidas por el Ejército. Puede que el tiempo y las circunstancias hagan de ellos saqueadores o asesinos, pero no guerreros enamorados del peligro y orgullosos de su valor y sacrificio. Es claro que la pérdida de tan acendrados valores, por los que por cierto no se siente aquí ningún tipo de nostalgia delirante sino un asco infinito, le importa muy poco a la dominación: sea para limpiar las playas de petróleo o para mancharlas de sangre, sólo le convienen los buenos profesionales para los que nada es personal porque todo es un negocio.